AÑO
JUBILAR COMPOSTELANO 2004 |
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carta pastoral |
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| PEREGRINOS POR GRACIA |
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INTRODUCCIÓN |
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1. Vida cristiana, vida de gracia 1. Primer año Santo Compostelano del tercer milenio A la tumba del Apóstol Santiago siguen llegando numerosos peregrinos de todo el mundo en el discurrir de cada año. No ignoramos en estos momentos el significado y el relieve que ha conseguido el fenómeno jacobeo en relación con el Camino de Santiago, la peregrinación y el Jubileo. Desde una lectura supuestamente crítica en otros tiempos, se está pasando a reducir la antropología del “hombre en camino” a un acontecimiento meramente político-cultural-turístico, olvidando la dimensión religiosa. Se intenta hacer simplemente una lectura secularizada de la realidad jacobea[1]. En el pasado Año Santo Compostelano, siguiendo la doctrina expuesta en la Carta Pastoral de los Obispos del “Camino de Santiago” en España[2] y en las abundantes referencias de Juan Pablo II a Compostela y a su Camino[3], intenté ofrecer mi sencilla aportación a esta visión católica de la peregrinación jacobea, del camino de Santiago y del Jubileo con mi pastoral “Peregrinar en espíritu y en verdad”[4]. También en esta ocasión quiero hacerlo a través de esta reflexión que ayude a preparar y celebrar el Año Santo Compostelano 2004. 2. El sentido y los objetivos del Jubileo Compostelano Los comienzos del tercer milenio del cristianismo con toda la carga simbólica y expresiva que ello encierra y con todos los retos que la Iglesia ha de afrontar en esta nueva etapa de su camino, sitúan providencialmente a este Año Santo en una perspectiva especial para responder a la invitación a “remar mar adentro” en la hondura de nuestro compromiso cristiano. De un modo u otro la herencia espiritual y cultural de Compostela se nos presenta en estos momentos como inequívoca luminaria que orienta el espíritu cristiano de Occidente. Siguiendo una tradición de siglos, el hombre de nuestros días, en la búsqueda de la referencia apostólica, peregrinará al Sepulcro del Apóstol Santiago el Mayor. La celebración festiva de este Jubileo, Año de Gracia, tiene que ser para todos motivo de alegría y esperanza, como llamada a la conversión continua en la vida de los cristianos, tanto personal como socialmente, conscientes de la trascendencia del mensaje cristiano, que consiste en el paradójico pero feliz ensamblaje del ya sí y todavía no de la salvación definitiva aportada por Cristo a la humanidad[5]. En la noche de la fe y de la esperanza por la que estamos pasando, el peregrino jacobeo tiene que ser vigía que anuncie la aurora de la vida después de la muerte, proclamando la fe en la resurrección y en la vida eterna[6], y haga fácil el camino de la peregrinación, practicando las virtudes más humildes. Según san Agustín “las palabras del Señor nos advierten que, en medio de la multiplicidad de ocupaciones de este mundo, hay una sola cosa a la que debemos tender. Tender porque somos todavía peregrinos, no residentes; estamos aún en camino, no en patria definitiva; hacia ella tienden nuestros deseos, pero no disfrutamos aún de su posesión”[7]. Es preciso abandonar toda forma de idolatría en nuestros tiempos y aspirar a glorificar a Dios sin dejarnos amedrentar por los que enseñan doctrinas extrañas al Evangelio. En este propósito, se peregrina a Santiago para confesar la fe en Cristo, acoger la gracia del perdón por la penitencia y el sacrificio y hacer memoria de los orígenes apostólicos de nuestra tradición cristiana, recuperando el contenido de su originalidad permanente y renovando la fidelidad a la misma cuyas raíces se remontan al mandato del Señor: “Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándolas a observar todas las cosas que os he mandado. Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos” (Mt 28,19-20). Ante “la cultura de la disensión” es necesario tomar conciencia del sentido de la ortodoxia. Esta inquietud, acompañada de la gracia, fortalece la fe, ayuda a mantener la tensión espiritual, dejando a un lado la pasividad, la indiferencia y la mediocridad, y aviva el deseo de la perfección cristiana en el camino de la santidad. 3. La gracia de Dios para el hombre peregrino de la salvación La relación salvífica Dios-hombre es una historia de amor, en la que Dios, mediante el don de sí mismo en Jesucristo, posibilita la libertad, la dignidad y la plenitud del hombre. “El conocimiento cristiano de Dios es resultado de un camino de búsqueda, racionalidad y esperanza del hombre ante Dios, pero sobre todo de un camino de condescendencia, abajamiento y gracia de Dios para con el hombre”[8]. De esta forma, la dinámica de la peregrinación histórica humana, teniendo en cuenta la acción providencial de Dios, pone de manifiesto que el hombre, creado “a imagen y semejanza de Dios” (Gen 1,26;2,7), es sujeto responsable e interlocutor cabal en un diálogo de libertad, en el que la estructura básica de la condición humana queda a salvo, no ignorando que el camino de la fe viene acompañado del sufrimiento, como advierte el apóstol san Pedro: “Alegraos de compartir los padecimientos de Cristo para que cuando se manifieste su gloria, vuestro gozo sea desbordante” (1Pe 4,13). Tampoco podemos ignorar que la tumba que veneramos en la Basílica compostelana es la del primer Apóstol que “bebió el cáliz del Señor” (cf. Mt 20,22) 4. La salvación cristiana, suprema gratuidad de Dios y suprema necesidad del hombre La indiscutible prioridad de la gracia divina no conlleva ni supone la anulación de la libertad humana. A este respecto son bien expresivas y paradigmáticas las palabras de Pascal: “Conoce, pues, soberbio, qué paradoja eres para ti mismo. Humíllate, razón impotente; calla, naturaleza imbécil; aprende que el hombre sobrepasa infinitamente al hombre, y escucha a tu Señor cuál es tu verdadera condición que ignoras. Escucha a Dios”[9]. Así pues, para que el camino de peregrinación, que por nuestra profesión de fe hemos emprendido, llegue a buen término, hay que tener siempre presente que la libertad y la gracia al igual que la razón y la fe, lejos de oponerse, son inseparables, pueden encontrarse porque de hecho se han encontrado ya en Jesucristo. En él se revela que la suprema gratuidad de Dios es la suprema necesidad del hombre. Él es lo que la fe cristiana llama “gracia” o “salvación”: el ser de Dios dándoseno[10]. La gracia, en cuanto relación, se expresa en la forma del encuentro e intercambio vital entre dos seres personales, en el que Dios ha condescendido con el hombre y el hombre se ha trascendido hacia Dios. La historia del cristiano es así la convergencia de dos caminos: el del Hijo que retorna al Padre y el del Padre, que va al encuentro del hijo menor. El Padre se nos ha dado, dándonos al Hijo y éste, a su vez, se nos entrega y nos hace partícipes de su existencia gloriosa, de modo que podamos decir en verdad: “Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). El Hijo, al peregrinar a nuestra historia y al someterse a sus condiciones, la potencia y la transforma por dentro, haciendo así “posible lo que era imposible” (Rom 8,3), es decir, romper las leyes de la finitud y hacernos coherederos de su gloria “porque gloria de Dios es el hombre dotado de Vida; y Vida del hombre es la visión de Dios”[11]. Dios dialoga con el hombre desde el origen durante los tiempos anteriores a la Encarnación de Cristo, y durante los tiempos posteriores, “por cuanto nos ha elegido en Cristo antes de la fundación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad” (Ef 1,3-5). 2. Año Santo Compostelano, año de gracia 5. El tiempo y el espacio de la Redención cristiana El Año Santo Jacobeo pretende motivar al hombre en su condición de peregrino a contemplar lo que le transfiere a “las grandezas de Dios”, resaltando “el lugar sagrado” de la tumba del Apóstol Santiago como una “tienda” (Jn 1,14; cf. Ex 40,34-35; 1Re 8,10-13), meta de peregrinación que facilita al hombre el encuentro con Cristo. El Santuario compostelano, en este caso, “es un signo de la presencia activa, salvífica, del Señor en la historia” y un refugio donde el pueblo de Dios, peregrino por los caminos del mundo hacia la Ciudad futura (cf. Heb 13,14) restaura sus fuerzas para continuar la marcha... Es imagen de la morada de Dios con los hombres (cf. Ap 21,3) y remite al misterio del Templo[12] que se ha realizado en el cuerpo de Cristo (cf Jn 1,4; 2,22), en la comunidad eclesial (cf 1Pe 2,5) y en cada uno de los fieles (cf 1Cor 3,16-17; 6,19; 2Cor 6,16)[13]. En el trasfondo de la historia de la salvación juega un papel primordial el “tiempo” que “es como una imitación de la eternidad”, pero no hay que olvidar que en la actuación concreta del misterio de la Encarnación la dimensión “espacio” no es menos importante que la del “tiempo”[14], si bien es verdad que desde que Cristo pasó de este mundo al Padre (cf. Jn 13,1), “realizando en su persona el éxodo definitivo, para sus discípulos ya no existe ninguna peregrinación obligatoria: toda su vida es un camino hacia el santuario celeste y la misma Iglesia dice de si que es peregrina en este mundo”[15]. 6. La historia de la salvación como diálogo entre personas libres La historia de la salvación es un diálogo en el que Dios se revela como Libertad absoluta. Lo que equivale a decir que Dios se manifiesta como realidad personal, puesto que libertad y persona se implican mutuamente. Ante el drama de la despersonalización[16] que está sufriendo la persona humana en nuestros días, hay que afirmar con claridad que la libertad es el distintivo decisivo de la diferencia entre los seres personales y los impersonales: donde hay libertad, hay persona, y donde no hay libertad no hay persona. Y viceversa: donde hay persona hay libertad, y donde no hay persona, no hay libertad. Si Dios es Libertad absoluta, es también Conciencia plena de Sí, Plenitud personal. Un Dios impersonal sería superfluo, carente de importancia para el hombre. Sólo en virtud de su Libertad absoluta es Dios trascendente respecto al mundo, al hombre y a la historia. Al Dios impersonal “el hombre no puede dirigirle oraciones ni ofrecerle sacrificios. Ante [él], el hombre no puede postrarse de rodillas en un desahogo de temor religioso, ni tocar música o danzar”[17]. Evidentemente, un Dios ante el cual el hombre no puede tomar actitudes personales no puede ser el Dios del hombre. La realidad impersonal es sólo para el hombre un objeto, una cosa, que no tiene ningún interés para la libertad humana. En nuestra relación libre con Dios hay que tener siempre presentes sus dos atributos de trascendencia y personalidad, que en Jesucristo encuentran la superación de toda contradicción, puesto que en Él, Palabra encarnada, ya no es el imperio de las ideas, los valores y las leyes abstractas, el que rige la historia y funda su sentido: Él mismo es historia. En la vida de Cristo lo fáctico no sólo coincide con lo normativo "de hecho", sino "necesariamente", porque el "hecho" es a la vez manifestación de Dios y prototipo de lo auténticamente humano según el plan de Dios[18]. 7. El Dios de Jesucristo “concreto y personal” Así es como Cristo, por su recapitulación de la historia, se hace norma suya, no una norma abstracta universal, sino la eternidad en el tiempo, la verdad en la singularidad de su persona y de su vida. Ciertamente, en la visión cristiana de la historia lo concreto no se somete a la norma de lo general, no es nunca puro "caso". Sin embargo, todo en la historia está sometido a la norma de Jesucristo, verdad de razón universalmente normativa en virtud de la receptividad del Hijo encarnado. De esta forma el Dios cristiano, en cuanto trascendente y universal, es Señor del “tiempo” y del “espacio”, puesto que en su acción creadora todo ha salido de sus manos[19] y está presente en todos los lugares: “Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes, él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos” (Sal 24,1-2). Así, todo el mundo puede ser considerado “lugar sagrado” o “templo” de Dios. Sin embargo, como concreto y personal, el Dios revelado en Jesucristo se ha manifestado en la historia de la salvación de una forma especial en lugares sagrados determinados, tales como el templo de Jerusalén (cf. Sal 122,1-2), y sobre todo en el espacio sagrado por excelencia que es Cristo, nuevo “templo” (Jn 2,21), en el que habita la “plenitud de la divinidad” (Col 2,9). 8. Transformación de la experiencia universal del “espacio sagrado” A tenor de estos presupuestos, “el misterio de la Encarnación [...] transforma la experiencia universal del «espacio sagrado», restringiéndola por un lado y, por otro, resaltando su importancia en nuevos términos. En efecto, la referencia al espacio está implicada en el mismo «hacerse carne» del Verbo (cf. Jn 1,14). Dios ha asumido en Jesús de Nazaret las características propias de la naturaleza humana, incluida la ineludible pertenencia del hombre a un pueblo concreto y a una tierra determinada [...]. La concreción física de la tierra y de su emplazamiento geográfico está unida a la verdad de la carne humana asumida por el Verbo”[20]. Es en este contexto de la Encarnación[21] donde se sitúa el “tiempo y lugar sagrados” concretos del Año Santo Compostelano, gracia para todos y, singularmente, invitación a los que se encuentran distantes de una actitud de fe, para volver de nuevo a la vida cristiana. Los que necesitan médico son los enfermos (cf. Mt 9,12), para retornar al pastor de nuestras almas, si estamos descarriados (cf. 1Pe 2,25). 9. Gracia y conversión en un diálogo en libertad Gracia y conversión son, pues, las coordenadas por las que se tiene que regir toda peregrinación. El principio esencial de la vida cristiana es la primacía de la gracia, que está muy lejos de aquella tentación de adulterar todo camino espiritual y la acción pastoral, “al pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, no podemos hacer nada (Jn 15,5)”[22]. Aunque el don de Dios es definitivo y está del todo dado, queda aún pendiente el acogimiento por parte de los hombres, en un acto de conversión a través de un diálogo en libertad. En la aceptación de la revelación salvífica, el hombre, cual peregrino, abandona su anterior estructura de vida personal, ansiando estar con Cristo y esperando ser revestido de la nueva condición, a la luz y sobre el fundamento de la verdad recibida graciosamente de Dios. La vida del hombre peregrino no es cosa fácil, porque continuamente tiene que vencer la tentación de instalarse y de aferrarse a las realidades o creaciones humanas, que no son medio directamente expresivo de la novedad cristiana. El peregrino cristiano, “caminante hacia el cielo pero con sus raíces en la tierra”, ha de aligerarse de todo lo superfluo o de todo aquello que no ha sido conformado por el espíritu de las Bienaventuranzas. Así nos lo enseña el Concilio Vaticano II: “Los cristianos, una vez adquirida la competencia profesional y la experiencia que son absolutamente necesarias, respeten en la acción temporal la justa jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su evangelio, a fin de que toda su vida, así la individual como la social, quede saturada con el espíritu de las Bienaventuranzas, y particularmente con el espíritu de la pobreza”[23]. Ciertamente, “el mundo no puede ser trasformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las Bienaventuranzas”[24]. 3. Anuncio gozoso de esta celebración jubilar 10. La peregrinación como expresión adecuada de la condición humana “El tiempo jubilar nos introduce en el recio lenguaje que la pedagogía divina de la salvación usa para impulsar al hombre a la conversión y a la penitencia, principio y camino de su rehabilitación y condición para recuperar lo que con sus solas fuerzas no podría alcanzar, la amistad de Dios, su gracia, la vida sobrenatural, la única en la que pueden resolverse las aspiraciones más profundas del corazón humano”[25]. Es la condición “peregrinante” de toda existencia humana la que hace a San Agustín exclamar: “Inquieto está nuestro corazón, hasta que descanse en ti”[26], y a Santo Tomás situar como categoría central de la Suma Teológica la condición del ser humano peregrino. Estar de camino es un constitutivo fundamental en la vida del hombre de todas las épocas. El creyente ve en ello el camino hacia la meta y hacia la consumación en Dios. Los pasos hacia esa meta son frecuentemente comparados con los pasos del caminante en el mundo y en la historia. También el Camino de Santiago, espacio y tiempo para el diálogo, la reconciliación y la paz, ha de recorrerse con el equipaje de la fe, de la confianza en Dios y de la caridad, pues si ésta falta en nuestro peregrinar, todo sería inútil (cf. 1Cor 13,2). Es una herencia que debemos vivir y transmitir con gratitud. El sentido peregrinante es un rasgo profundamente enraizado en la visión cristiana de la vida y de la Iglesia[27]. La peregrinación a Santiago de Compostela durante el Año Jubilar constituirá un acontecimiento capital para la comunidad cristiana universal en el empeño de renovar la vitalidad de la fe. El secular papel de lugar de encuentro que posibilita la ciudad del Apóstol Santiago en el concierto internacional y la extraordinaria herencia histórica y cultural del Camino de Santiago se revitalizan con la llegada de numerosos peregrinos procedentes de todos los continentes del mundo. La experiencia que estamos viviendo en esta Meta de peregrinación indica, de modo esclarecedor, que Santiago y las rutas jacobeas continúan siendo ese faro de esperanza y de concordia que guiarán los pasos de todo “homo viator” que, en expresión de San Agustín, aludiendo a los de Emaús, es cada hijo de Dios realizando su propio camino en la tierra. La peregrinación en sus diferentes formas es el símbolo más adecuado para entender la vida del hombre[28], que se percibe fundamentalmente como camino hacia la eternidad, la verdad y la plenitud. El deseo de ser, de conocer, de amar que domina la vida humana no es otra cosa que el amor siempre presente de Dios: querer ser es amar la eternidad, querer conocer es amar la verdad, querer amar es amar el amor[29]. Al principio se peregrinaba para borrar una culpa o para ganar indulgencia por los pecados, para conseguir la salvación espiritual, con la esperanza de curación de un mal corporal, pero también por el deseo de aventura. No hay que minusvalorar este último factor, pues la peregrinación fue para muchos de los peregrinos medievales la única posibilidad de salirse de su mundo rígidamente estructurado. De esta forma, los peregrinos de antes y de ahora tienen mucho de común, pues también hoy como ayer, en la peregrinación jacobea se abandonan las normas y quehaceres cotidianos y se retorna a los orígenes culturales y espirituales de la vieja Europa. Sin embargo, por encima de todo tiempo y lugar, la razón más profunda de la peregrinación a Santiago de Compostela es la conversión al Dios vivo a través del encuentro consigo mismo, pues “uno se prepara para descubrir el cristianismo no por la lectura de los libros ni por las perspectivas histórico-mundiales, sino por la profundización en la existencia”[30]. De esta forma, el hombre es camino hacia Dios, pero Dios es camino hacia el hombre, en cuanto se ha abierto camino por la historia para llegar hasta donde está él: “Si Él no hubiera tenido voluntad de ser camino, extraviados andaríamos. Hízose, pues, camino por donde ir. No te diré ya: ‘Busca el camino’. El camino mismo es quien viene a tí. Levántate y anda”[31]. 11. Anuncio gozoso para todos El inicio del nuevo siglo es el punto de partida adecuado para especulaciones y pronósticos de todo tipo sobre lo que nos deparará el futuro[32]. Por otra parte es evidente el desasosiego humano y la incertidumbre dramática que generan la insolidaridad, la violencia y los hechos terroristas. Por esta razón, los pueblos tienen la responsabilidad, pero también la posibilidad, de expresar su voluntad de paz como actitud general de esperanza[33]. De esta forma se aportará a la humanidad un positivo impulso de conciencia para emprender el camino del nuevo milenio. Con tal esperanza, agradeciendo este privilegio concedido a la Iglesia particular de Santiago de Compostela, anuncio gozosamente el primer Año Santo Compostelano del tercer milenio e invito a los fieles de la Archidiócesis y de las diócesis hermanas de Galicia, del resto de España, de Europa, y de otros continentes , para que se pongan en camino, respondiendo a la llamada de seguir decididamente a Cristo, confesando la fe en El y recibiendo la abundancia de su misericordia.
1 Cf. E. ROMERO POSE, El Jubileo Compostelano: I Giubilei
nella storia della Chiesa. Atti del Convengo internazionale in collaborazione
con l´École Française de Rome sotto il patrocinio
del Comitato Centrale per il Giubileo del 2000, Roma, Istituto Patristico
Augustinianum, 23-26 giugno 1999, Libreria Editrice Vaticana, Roma 2001,
90-105, especialmente p. 104. |
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