Peregrinación a Santiago de Compostela, "lugar de perdonanza
y de gracia", foco luminoso de vida cristiana"
1. El peregrino jacobeo en el inicio del tercer milenio
12. Acogida del peregrino
De las características inherentes a la peregrinación
una es la hospitalidad, obra de misericordia y testimonio de fe. La
acogida solícita y religiosa es un aspecto de la caridad fraterna
que hace que el cristiano se crea siempre deudor para con todos[35].
“Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación
se lo devuelve después la misericordia divina en la patria
definitiva”[36]. El significado de la hospitalidad
tiene una relevancia especial cuando se acoge al peregrino necesitado
de atenciones materiales y espirituales en su peregrinar. No es sólo
darle de comer o de beber sino escuchar lo que dice, aceptarle tal
y como es. Esto trastoca nuestra vida. En casa de Marta y María
“el Señor fue recibido en calidad de huésped,
él que vino a su casa y los suyos no lo recibieron, pero a
cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, adoptando
a los siervos y convirtiéndolos en hermanos, redimiendo a los
cautivos y convirtiéndolos en coherederos. Pero que nadie de
vosotros diga: ´Dichosos los que pudieron hospedar al Señor
en su casa´. No te sepa mal, no te quejes por haber nacido en
un tiempo en que ya no puedes ver al Señor en carne y hueso;
esto no te priva de aquel honor, ya que el mismo Señor afirma:
Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos,
conmigo lo hicisteis”[37].
13. La peregrinación jacobea, peregrinación milenaria
“Además de la liturgia, la vida cristiana se nutre de
formas variadas de piedad popular, enraizadas en las distintas culturas.
Esclareciéndolas a la luz de la fe, la Iglesia favorece aquellas
formas de religiosidad popular que expresan mejor un sentido evangélico
y una sabiduría humana, y que enriquecen la vida cristiana”[38].
A la luz de este texto del Catecismo de la Iglesia Católica,
contemplamos la peregrinación jacobea, enraizada en una ancestral
piedad y cultura popular, como una manifestación de religiosidad
que viene a apoyar la expresión de la realidad salvífica,
narrada en las Escrituras, guardada en la Tradición, “contenida”
y actualizada simbólicamente en la liturgia de los sacramentos.
“No es de extrañar que la ruta jacobea haya sido considerada
en algunas ocasiones paradigma de la peregrinación de la Iglesia
en su marcha hacia la ciudad celestial, camino de oración y
de penitencia, de caridad y solidaridad; tramo de la vida donde la
fe, haciéndose historia en los hombres, convierte asimismo
en cristiana la cultura”[39].
14. Ámbito cultural del peregrino, hoy
El peregrino contemporáneo respira la atmósfera de la
llamada cultura postmoderna en la que junto a los logros de una solidaridad
acrecentada, de un maduro voluntariado, de un mayor respeto y defensa
de los derechos humanos, ofrece, a su pesar, una cosmovisión
propia entretejida con los hilos del relativismo y pluralismo[40],
de la percepción exclusiva del presente que toca vivir, del
puro placer, de una estética superficial, de una razón
débil que cede cómodamente el paso a la sensación,
al sentimiento y al instinto, y de un retorno a una “religiosidad
confortable” que no comprometa. Por otra parte, un discernimiento
sobre esta situación concluye frecuentemente resaltando “el
malestar de la civilización”. Se suele decir que otros
tiempos fueron mejores porque no son los nuestros. En todo caso Dios
sigue siendo Señor del tiempo y de la historia, y nosotros,
salvados en Cristo, tenemos más motivos para alegrarnos que
para quejarnos de nuestros tiempos[41]. Es verdad
que al hombre de nuestros días no le faltan interrogantes y
le sobran zozobras en la búsqueda de la Verdad que nos hace
libres. En estas circunstancias este Año Santo y la peregrinación
jacobea, después de la celebración del Gran Jubileo
del 2000, son una ocasión providencial para avivar la tarea
de la nueva evangelización anunciando a Dios, primera realidad
y cuestión primera, tal como nos ha sido revelado definitivamente
en Cristo, “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14,6), al Dios
trino, Padre que se autocomunica al hombre como salvación por
el Hijo en el Espíritu Santo.
15. La referencia a Dios como condición de la cultura auténtica
En la realidad pueden distinguirse dos mundos distintos: un mundo
natural, un mundo de las cosas tal como aparecen en la naturaleza
y otro mundo de las cosas que ya no son productos simples de la naturaleza,
sino del hombre mismo, como así podemos considerar los bienes
culturales. En este sentido la cultura es todo aquello en lo cual
el hombre ha depositado una intención finalista o significativa[42].
Más aún, en la vida humana todo es cultura[43],
dado que pertenecen a ésta todos los recursos de los que se
valen los humanos para poder vivir con libertad, justicia y dignidad.
De aquí podemos afirmar que la cultura no tiene por qué
ser elitista y ha de ser evangelizada “hasta sus mismas raíces”.
Todos los recursos que emanan de la mente humana, ya sean aparentemente
primitivos o sofisticados, pueden concurrir para hacer mejor y más
digna la vida del hombre. Hay que añadir además que
la cultura no tiene por qué eliminar la apertura a la trascendencia.
En el ámbito cultural entra la dimensión espiritual,
que tiene en la religión su mayor incentivo. Consecuentemente,
el Papa subraya la necesidad de que la cultura se refiera a Dios,
afirmando que “no se puede poseer una verdadera cultura humana
sin referencia a Dios”[44].
La tradición cultural de la peregrinación a Santiago
de Compostela, en cuanto símbolo histórico y religioso,
sigue siendo en los inicios del tercer milenio un instrumento adecuado
y útil, susceptible de expresar el sentido profundo de la existencia
humana y, por ende, de la vida de fe cristiana conforme a la enseñanza
del Concilio Vaticano II: “Las Iglesias reciben de las costumbres
y tradiciones, de la sabiduría y doctrina, de las artes e instituciones
de los pueblos, todo lo que puede servir para confesar la gloria del
Creador, para explicar la gracia del Salvador y para ordenar debidamente
la vida cristiana”[45].
2. Sentido cristiano de la peregrinación.
Santiago de Compostela: “Lugar de perdonanza y de gracia, foco
luminoso de vida cristiana”
16. La peregrinación jacobea, arraigada en el pasado
y orientada hacia el futuro
Los lugares de peregrinación no son fines en sí mismos,
sino que muchas veces actúan como umbrales que dan acceso a
nuevas etapas de la vida. La peregrinación se emprende no para
instalarse en una experiencia privilegiada, sino para dejarse cambiar
de manera imprevisible y así retornar a la vida ordinaria con
unas actitudes completamente nuevas. Los peregrinos, pese a su diversidad
de culturas, ambientes, edades y situaciones personales, todos coinciden
en el propósito de buscar algo que está más allá
de lo ordinario.
La peregrinación, y en especial la jacobea, es contemplada
como una rica tradición, con la que muchos quieren conectar,
lo que conlleva un elemento de continuidad muy acentuado, factor diferenciador
de esta peregrinación. Hay también un elemento de discontinuidad,
en cuanto que el pasado, representado por un ritual tradicional, ofrece
una posibilidad de superación en una existencia postmoderna,
en la que se corre el riesgo de diluir la propia identificación
y de perder las relaciones interpersonales. En la peregrinación
jacobea se intenta hacer pie en el pasado para orientarse hacia el
futuro. El peregrino llega a la Casa del Señor Santiago para
hacer memoria de la tradición apostólica que fundamenta
nuestra fe.
Pese a su diferenciación con respecto a otras, esta peregrinación
posee tres rasgos comunes con las demás: la separación
con respecto a un ámbito espacial, social y psicológico;
el paso a un espacio desconocido y a un conjunto de relaciones sociales
en cuyo seno tiene lugar una teofanía que produce un profundo
sentimiento de comunidad; y el retorno del peregrino a casa como un
ser humano cambiado y renovado.
17. Camino personal de meditación
El peregrinaje por el Camino de Santiago posee unas características
propias que lo determinan como un símbolo de la genuina vida
cristiana. Es un camino personal de meditación y de contemplación
que han de apoyarse en el bordón de la Palabra de Dios, evitando
los peligros de la experiencia gnóstica, presente en la nueva
espiritualidad del movimiento religioso New Age[46].
A decir verdad, el misterio de la vivencia de la peregrinación
no depende en primer lugar de la soledad o de la importancia histórica
del lugar al que se peregrina, sino de la actitud personal de abrirse
internamente al seguimiento y encuentro con el Señor. La fidelidad
y el seguimiento de Cristo no pueden vivirse con un sentido cómodo,
pensando como los hombres y no según Dios (Mt 16,23), sino
aceptando la irrenunciable y santificadora cruz: “El que quiera
venir en pos de mi, niéguese a si mismo, tome su cruz y me
siga” (Lc 9,23).
18. Camino teórico y práctico
La gracia jubilar nos ayuda a concienciarnos de nuestra condición
de enviados por Cristo conforme a la vocación a la que hemos
sido llamados. Al igual que los primeros discípulos, debemos
recorrer el camino de nuestra misión con exigente disponibilidad
y con plena confianza en el Padre celestial, siempre abiertos a los
hermanos que vienen a nuestro encuentro. En la caridad “que
es la esencia y la medida de la perfección cristiana”[47],
la criatura humana acoge el amor divino y lo atestigua en la vida
mediante la silenciosa irradiación del amor: “Hijos míos,
no amemos de palabra ni con la boca, sino con hechos y de verdad.
En esto sabremos que somos de la verdad...” (1Jn 3,18s). La
aspiración a la salvación sólo puede encontrar
satisfacción en un conocimiento de la existencia que implique
experiencia del tiempo vivido y encuentro con los otros, con nosotros
mismos y con Dios. Lo que equivale a decir que la salvación
no puede acontecer en un vacío de la historia, de alteridad
y de futuro. Consecuentemente, el seguimiento de Jesús es un
seguimiento práctico y no meramente teórico. Un seguimiento
que se quede absorto en la contemplación estética del
camino o en el debate teórico y no se concrete en compromisos
prácticos de la vida de cada día, dista todavía
mucho del seguimiento querido por Jesús y sostenido por la
Iglesia.
19. Camino espiritual y social, comunitario y no sólo individual
El camino de seguimiento de Jesús, simbolizado por la peregrinación
a la tumba del Santo Apóstol, tiene también una dimensión
social. Su dinamismo no es político, puesto que no contempla
la transformación del sistema político o económico
como su objetivo primordial; pero tampoco es apolítico, ya
que no se limita a aceptar pasivamente las estructuras sociales y
los convencionalismos de nuestra época.
Este peregrinar hacia el encuentro con Cristo es, además, comunitario
y no meramente individual. El seguimiento no tiene que ver únicamente
con lo que cada individuo hace individualmente con Dios. Ser seguidor
de Jesús significa pertenecer a la familia de quienes tienen
como prioridad intentar cumplir la voluntad de Dios, al grupo de quienes
celebran el reino de Dios compartiendo su mesa. Simultáneamente,
la comunidad de discípulos no debe considerarse a sí
misma un grupo exclusivo. Al contrario, según la propia caracterización
de Jesús, ha de ser un grupo abierto a los pobres y a los pecadores.
El “nosotros” eclesial que define el seguimiento de Jesús
no se traza para excluir a “ellos”. Es un “nosotros”
inclusivo, abierto a los extraños, dispuesto a identificarse
con los marginados y a reconocer en el seguimiento una comunidad que
va más allá de otros signos de identidad más
visibles y formales.
20. La “necesidad” de la Iglesia para la salvación
“Caminamos en la fe pero todavía no en la visión”
(2Cor 5,7). La Iglesia, continuadora, bajo la guía del Espíritu
Paráclito, de la obra del mismo Cristo, “que vino al
mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar,
para servir y no para ser servido”[48], hace
pública la Buena Noticia de la reconciliación del mundo
con Dios en Cristo, a través de la Palabra y de una vida de
testimonio que, sostenida por el culto a Cristo, se hace ella misma
culto para que también la ofrenda de los paganos (gentiles)
sea agradable a Dios (cf. Rom 15,16). De esta forma, la comunidad
eclesial, como salvación de Dios en la historia, aparece como
necesaria[49], puesto que permite identificar en
la historia el principio de la transformación salvadora de
la humanidad que es Jesucristo.
Es la “vía ordinaria” de salvación, lo que
supone que existen vías extraordinarias, como las referidas
a la acción del Espíritu, el cual distribuye las “semillas
del Verbo”[50] presentes en los ritos y en
las culturas, y las prepara para madurar en Cristo. Existe así
la posibilidad de salvarse fuera de la visibilidad eclesial, pero
se afirma la necesidad de la Iglesia para que la humanidad en su totalidad
tenga plena conciencia y la esperanza de la salvación. Sin
la comunidad eclesial, pues, no habría en la historia la certificación
de que Dios quiere conducir a todos a la comunión con Él
y con todo el género humano[51]. Toda la
historia es historia de salvación; pero la plenitud de la vida
está en la manifestación y entrega del Padre que se
realiza plena y definitivamente en Cristo para los que la acogen (cf.
Jn 1,1-18). “El es mediador de la gracia divina en el plan de
la creación y de la redención, recapitulador de todas
las cosas, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen
divino, justicia, santificación y redención”[52].
En este sentido, “la Iglesia (católica) no puede entenderse
a sí misma como una de tantas manifestaciones y presencias
históricas del único Dios-hombre Jesucristo, que Dios
ofreciera al hombre para escoger a su arbitrio. No, la Iglesia se
entiende y debe entenderse como la sola y plena presencia histórica
del Dios-hombre uno en su verdad y gracia, en principio, para todos
los hombres”[53].
21. La urgencia de la conversión a través de
la peregrinación
En el mensaje cristiano la llamada a ponerse en camino y seguir a
Jesús es algo serio y urgente: “Se ha cumplido el plazo,
y está cerca el reino de Dios” (Mc 1,15). Esta urgencia
exige del peregrino no ensimismarse en sí mismo, no distraerse
en sus propios intereses (cf. Lc 9,57-62) y no dejarse llevar por
el desaliento, sabiendo adónde va, teniendo total confianza
y aceptando los riesgos del peregrinar (cf. Lc 10,4). Esta decisión
y definición tienen algo de perturbador, son una sacudida que
hace temblar los cimientos de la vida convencional. Se trata de un
asunto vital, en cuanto que la orientación global de la vida
humana se halla en juego. La vida, en algunos momentos aparentemente
tan completa y tan llena de sentido, en otros puede revelarse superficial,
vacía y sin sentido. Tomar conciencia de ello conduce indudablemente
al arrepentimiento, que no hay que entender sólo en el sentido
de sentirse pesaroso o cambiar la forma de ver las cosas, sino que
implica también un giro, una modificación radical del
curso y orientación de la propia vida, de las motivaciones,
actitudes fundamentales con que uno ha vivido marginando a Dios en
su vida[54]. Por esta razón, la nueva actitud
es la conversión, entendida en el sentido literal de girarse
y encaminarse en una dirección distinta. Sin duda alguna, el
culto a Santiago el Mayor y el rico legado de la peregrinación
jacobea han sido verdaderas fuerzas dinamizadoras de una llamada a
la conversión a través de los siglos.
22 La Indulgencia Jubilar
El hombre de nuestros días, disperso en el vacío de
la superficialidad, necesita concentrarse y, respondiendo a la llamada
trascendente, orientar y dirigir sus pasos hacia la meta verdadera,
“hacia el galardón de la soberana vocación de
Dios en Cristo Jesús” (Fp 3,14). Así, la conversión
significa cambiar de camino, de modo de pensar y de actuar dentro
de la misma vida; y eso es profundamente doloroso y exigente. El amor
perfecto, como integración total de la vida en la unión
con Dios, redime totalmente al hombre, no sólo de sus pecados,
sino también de sus consecuencias. Sin embargo, el hombre tiene
la triste experiencia de que no es capaz de ese amor. La Indulgencia
Plenaria, don del Jubileo, de la que podemos beneficiarnos una vez
al día y que puede ser aplicada por las almas de los difuntos,
es la gracia que Dios nos concede para que nuestra maduración
en la conversión y en el amor se haga de manera cada vez más
profunda, fácil y rápida.
Por la oración eficaz de la Iglesia, sacramento de Cristo,
la indulgencia se concede de forma cierta y segura. Pero, como en
los sacramentos, la gracia y la comunicación personal de Dios
acontecen en el mundo y en el hombre si éste no les pone obstáculos.
Es decir, el hombre debe proponerse el arrepentimiento. “Las
indulgencias no tienen por objeto, ni pueden tenerlo, el aliviar o
sustituir la penitencia personal del hombre. Las indulgencias, por
su esencia, apuntan a alcanzar realmente con la ayuda de Dios y en
modo rápido y eficaz, lo que pretende la penitencia: la total
purificación y la plena maduración del hombre a partir
del hecho central de su recepción de la gracia de Dios. Alcanza
su actividad cuando está presente el auténtico espíritu
de penitencia. Sin él no se puede hablar de arrepentimiento.
Sin él no hay perdón de los pecados. Y sin el perdón
de los pecados tampoco puede haber perdón de las penas temporales
de los pecados”[55].
En este sentido, las indulgencias cobran un profundo significado religioso,
al atestiguar nuestra situación de miembros de la Iglesia peregrinante
que, a la vez que miramos hacia la patria que es Dios mismo, nos descubrimos
pecadores e imperfectos pero dispuestos a andar por el camino recto
en una integración total de las múltiples dimensiones
de nuestra existencia, pidiendo la indulgencia jubilar en la que “se
manifiesta la plenitud de la misericordia del Padre que sale al encuentro
de todos con su amor manifestado en primer lugar con el perdón
de las culpas”[56].
23. Penitencia y Eucaristía, “vértice
de la peregrinación”
Además, con la participación en los sacramentos de la
Penitencia y Eucaristía, que suponen, alimentan y expresan
la fe y “cuya recepción se configura como vértice
de la peregrinación”[57], el peregrino
descubre “a Cristo como misterio de piedad en el que Dios nos
muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente
consigo mismo”[58] y se contempla a sí
mismo como el que existe por el don y por el perdón. “Esta
comunión-koinonía, de tipo ‘vertical’ porque
se une al misterio divino, engendra, al mismo tiempo, una comunión-koinonía
que podríamos llamar ‘horizontal’, o sea, eclesial,
fraterna, capaz de unir con un vínculo de amor a todos los
que participan en la misma mesa”[59]. De esta
forma, en la celebración de la Penitencia y Eucaristía
junto a la tumba del Santo Apóstol, la Iglesia es figura expresiva
del amor y del perdón de Dios, crea comunidad entre los hombres
al integrarlos en la comunión a su destino. La Eucaristía
es por ello anticipo de la unidad escatológica y pregustación
de la vida eterna.
3. La peregrinación a Santiago, impulso de nueva evangelización
24. Universalidad de la salvación
La salvación no es algo que acontece solamente al final de
la vida, como el paso previo a una situación nueva y definitiva,
ni un episodio de la vida, ni una cualidad añadida a la vida
normal. La salvación no toca a una parte o a un aspecto de
la vida: toda la vida está llamada a ser salvada; nuestra vida
histórica, en sus condiciones actuales, aquí y ahora.
Es visión nueva (a partir de la fe), es relación nueva
(con el Padre, con los hermanos, con uno mismo, con la naturaleza),
es perspectiva nueva (para el presente y el futuro hasta después
de la muerte). No consiste, pues, en la aceptación de un sistema
de verdades o valores, ni en conjunto de ritos; es más bien,
una relación personal, vivida tan profundamente que se actualiza
en la celebración, se concreta en comportamientos y se expresa
en conceptos.
Ser cristiano significa (y es el camino para) ser plenamente humano.
El Evangelio nos enseña a vivir, nos indica las condiciones
y nos ofrece su contenido. Es la propuesta de una vida más
plena (cf. Jn 10,10), que una vez aceptada, conlleva una nueva manera
de existencia. Sin embargo, sin el anuncio del Evangelio, al hombre
no le es posible vivir humanamente su relación con Dios Padre.
La salvación traída por Jesús entra en la vida
cuando éste es descubierto por el sujeto individual. Al mismo
tiempo, la tarea de comunicación de la salvación o evangelización
responde al mandamiento y al deseo de Jesús (cf. 2Cor 5,14)
así como al anhelo de la humanidad (cf. Rom 8,19). De esta
forma, la evangelización ha de dar lugar al fenómeno
de la inculturación, entendida como presencia y fruto de la
fe en el seno de un cultura determinada: “La síntesis
entre fe y cultura no es solamente una exigencia de la cultura sino
de la fe. Una fe que no se traduce en cultura es una fe que no ha
sido plenamente acogida, totalmente pensada y fielmente vivida”[60].
25. Pluralidad de caminos hacia Dios
Los caminos por donde la humanidad, y en ella el hombre particular,
peregrinan hacia Dios son largos y múltiples. Todo camino por
donde anda el hombre con fidelidad real a su conciencia es camino
que llega a la infinitud de Dios. Lo que equivale a decir que la fe
no se identifica con ningún proyecto cultural por perfecto
que sea. Mientras la cultura es obra de la humanidad, aunque esté
abierta a lo divino, la fe sólo se identifica con la misión
evangelizadora de la Iglesia y, en definitiva, con la persona de Jesucristo.
Hay que añadir, sin embargo, que la fe no se ofrece químicamente
pura a una cultura determinada. La fe se ofrece ella misma “encarnada”
o inculturada. Debe prevalecer, pues, el principio de encarnación,
según el cual no deben eliminarse ni eclipsarse la tradición
o genio cultural de un pueblo, a menos que conste con evidencia que
se trata de algo aberrante y perjudicial para las personas
[61].
26. La peregrinación jacobea como vehículo de evangelización
En este contexto surge necesariamente la pregunta por la legitimidad
de la cultura tradicional de la peregrinación jacobea como
vehículo de evangelización en Europa, donde está
en crisis la trasmisión de la fe, es difícil anunciar
el Evangelio y urge renovar la iniciación cristiana para insertar
al hombre en el misterio de Cristo, muerto y resucitado, y en la Iglesia
por medio de la fe y de los sacramentos[62]. La
respuesta nos la da el Concilio Vaticano II en la Constitución
sobre la Sagrada Liturgia, por lo que a la liturgia se refiere[63],
y en la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual [64], donde se evocan dos principios básicos:
el principio de la encarnación, según la cual la Iglesia
puede entrar en comunión con las diversas culturas, y el de
la trascendencia, según el cual la Iglesia no está ligada
de manera indisoluble a ninguna raza o nación, a ninguna costumbre
antigua o reciente. En la milenaria historia de la peregrinación
jacobea están presentes estos dos criterios básicos
que la legitiman como fe “encarnada” o inculturada, con
la capacidad para seguir siendo fuerza que impulse una nueva evangelización
en la comunidad eclesial.
4. Peregrinar en la Iglesia “peregrina
y misionera, penitente y caminante, orante y evangelizadora”
27. La Iglesia dentro del mundo
El peregrino mira con el corazón hacia el misterio de la Trinidad
y en él a la Iglesia. “Procedente [ésta] del amor
del Padre Eterno, fundada en el tiempo por Cristo Redentor, congregada
en el Espíritu Santo, la Iglesia tiene un fin salvífico
y escatológico que sólo podrá alcanzar plenamente
en el siglo futuro. Está presente ya aquí en la tierra,
formada por hombres, es decir, miembros de la ciudad terrestre que
han sido llamados a formar ya, en la historia de la humanidad, la
familia de los hijos de Dios, que ha de aumentar sin cesar hasta la
venida del Señor”[65]. El Concilio
Vaticano II presenta aquí a la Iglesia no como una institución
que vive fuera del mundo, sino que más bien peregrina en él
y con él crece, como órgano de Cristo para el servicio
apostólico y, “guiada por el Espíritu Santo [...],
sin cesar exhorta a sus hijos a la purificación y renovación
para que brille con mayor claridad el signo de Cristo sobre la faz
de la Iglesia”[66]. De esta forma, la Iglesia
se sitúa conscientemente en un proceso de continuo aggiornamento
en sus formas de manifestarse y actuar. Así, esta “mundanidad”
o “historicidad” de la Iglesia exige de ella “auscultar,
discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, los
diferentes lenguajes de nuestro tiempo y juzgarlos a la luz de la
palabra divina para que la Verdad revelada pueda ser percibida más
completamente, comprendida mejor y expresada más adecuadamente”[67]
y “escrutar a fondo los signos de los tiempos”[68],
es decir, le exige vivir en el mundo.
28. El talante crítico de la Iglesia
La historicidad de la Iglesia, su carácter de peregrina, evita
el riesgo del inmovilismo histórico: “En virtud de su
misión y naturaleza, no está ligada a ninguna forma
particular de cultura humana o sistema político, económico
o social”[69]. Por otra parte, si la Iglesia
está tan desligada de las eventuales “formas de cultura
humana”, es porque deben expresarse en ella, tal como lo exigen
el evangelio y la salvación de los hombres. “Esta adaptación
de la predicación de la palabra revelada debe seguir siendo
la ley de toda evangelización”[70]
que, por otra parte, nos exige un atento y cuidadoso discernimiento
del trigo y de la cizaña, del grano y de la paja, del bien
y del mal, en medio de las ambivalencias y ambigüedades de lo
humano. La Iglesia, consciente de que no predica para agradar o halagar
a los hombres (cf. 1Tes 2,4; Gal 1,10), debe manifestarse en el mundo
en que vive, no para “acomodar” el Evangelio, sino para
predicarlo más eficazmente o simplemente para hacerlo inteligible
y asimilable. Sólo merced a esa inserción constantemente
renovada en el tiempo y en la cultura, la Iglesia, “a la vez
grupo visible y comunidad espiritual, avanza junto con toda la humanidad
y experimenta la misma suerte terrena del mundo, y existe como fermento
y alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo y transformada
en familia de Dios”[71].
29. La Iglesia dialogante
En la peregrinación jacobea, hecha por un camino de fraternidad
ecuménica, la Iglesia ha mantenido desde los comienzos una
actitud dialogante, y sigue haciéndolo, en cuanto que al entrar
en contacto con el mundo en que vive, comprende más plena y
profundamente la verdad misma de la fe. Por tanto, ese contacto constante,
ese diálogo con el mundo es para la Iglesia no sólo
posibilidad, sino también deber, como comienzo y camino hacia
la “plena unidad” de los cristianos, “que es esperada
y deseada hoy también por muchos que no creen en Cristo”
y que la consideran como “presagio de unidad y paz para el mundo
entero”[72]. Trabajar por la unidad es garantizar
la pluralidad, la libertad y el progreso.
El deseo de ese diálogo no excluye a nadie por parte de la
Iglesia, que no sólo habla, sino que también escucha
y aprende del mundo en que vive. Reconoce en todo lo auténticamente
humano la voz de su Señor, que no es sólo “la
cabeza de su cuerpo, sino también creador y señor del
mundo”[73] que procede del amor del Creador
y que, habiendo caído bajo el dominio del pecado, fue redimido
por Cristo. En el mundo la Iglesia aporta a la familia humana que
peregrina en la tierra, el bien de la salvación, “que
manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios
al hombre”[74]. Huelga decir que esta “misión
es un proceso complejo, porque debe integrar una diversidad de elementos:
el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado; la liberación
del hombre de todo aquello que amenaza su integridad; la eliminación
de todos los obstáculos a la reconciliación; el diálogo
con los miembros de otras religiones; la defensa de la creación,
sometida a la explotación del egoísmo humano; la incorporación
a la comunidad y a la celebración de la fe”[75].
Ante esta complejidad de la tarea misionera es oportuno recordar las
palabras de Juan Pablo II: “¡Caminemos con esperanza!
Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso
en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo...
El Cristo contemplado y amado ahora nos invita una vez más
a ponernos en camino: ‘Id y haced discípulos a todas
las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo’ (Mt 28,19). El mandato misionero
nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el
mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos[76]
.
30. El culto y la liturgia, fuerza para el diálogo eclesial
La acción dialogante, misionera y pastoral de la Iglesia encuentra
su fuerza en la acción cultual o litúrgica con su doble
dimensión. Es la acción que comenzó en la Encarnación,
por la que Cristo santifica a la humanidad, haciéndose sobre
todo visible, “al estar presente con su virtud en los sacramentos,
de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza”,
y también en su palabra, “pues es El mismo el que habla
cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura”[77].
A este movimiento de arriba abajo corresponde el otro de abajo arriba,
que se realiza en la glorificación del Padre en la acción
litúrgica de la Iglesia, especialmente “cuando Cristo
está presente en el sacrificio de la misa” y “cuando
la Iglesia ora y canta”[78]. El apostolado
misional vive, pues, de la liturgia, de aquí saca su vigor,
sobre todo de la celebración eucarística, signo de gratitud
y acción de gracias. Con esta actitud orante es como la Iglesia
en su acción misionera quiere congregar a todos los hombres.
De esta forma, en la acción litúrgica y orante la Iglesia
aparece como peregrina, por cuanto que en ella la salud definitiva
está oculta como la fuerza de su peregrinación hacia
la posesión acabada y sin velos. Somos herederos de la salvación
(cf. Heb 1,14) y estamos plenamente justificados por la fe (Rom 5,1),
sin embargo todavía no estamos salvados más que en esperanza
(Rom 8,24). Esto le lleva a decir a san Pablo: “Tengo por cierto
que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación
con la gloria que ha de manifestarse en nosotros” (Rom 8,18).
35
“No debáis nada a nadie, sino el amaros los unos a los
otros, porque quien ama al prójimo ha cumplido la Ley”(Rom
13,8). San Agustín escribió: “Ama y haz lo que quieras.
Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige
por amor; si perdonas, perdona por amor. Esté siempre en ti la
raíz del amor, porque de esta raíz no puede proceder sino
el bien” In Epistolam Johannis ad Parthos, VII, 8: PL 35, 2033.
Cf. Didaché, XII; Regula Benedicti 53, 1-2: “A todos los
huéspedes ha de acogérseles como a Cristo, porque él
lo dirá un día: ´era peregrino y me hospedasteis´.A
todos se les tributará el mismo honor, ´sobre todos a los
hermanos en la fe´y a los extranjeros”.
36 SAN CESAREO DE ARLES, Sermo 25, 1: Corpus Christianorum
Latinorum (=CCL) 103, 111.
37 SAN AGUSTÍN, Sermo 103, I,2: PL 38, 613.615.
38 Catecismo de la Iglesia Católica, nº
1679.
39 JUAN PABLO II, Discurso del Santo Padre: IV Jornada
Mundial de la Juventud. Santiago de Compostela, agosto 1989, La Coruña
1990, 233.
40 Cf. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, “La
Verdad os hará libres”(Jn 8,32), Madrid 1990; J.A. MARTINEZ
CAMINO, Evangelizar la cultura de la libertad, Madrid 2002, 19-40; J.
RATZINGER, Una mirada a Europa. Iglesia y modernidad en la Europa de
las revoluciones, Madrid 1993; id., Ser cristianos en la era neopagana,
Madrid 1995;A. Mª ROUCO VARELA, La Iglesia en España ante
el siglo XXI. Retos y Tareas, Madrid 2001.
41 Cf. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La fidelidad
de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XXI, Madrid 1999.
42 Cf. O. GONZALEZ DE CARDEDAL, El poder y la conciencia,
Madrid 1984, 87-99.
43 Cf. JUAN PABLO II; Alocución a la UNESCO
de 2.VI.1980, nº. 6.
44 Citado por el Cardenal P. POUPARD, Chiesa e cultura,
Milán 1985, 225.
45 CONCILIO VATICANO II, Decreto “Ad gentes”,
nº 22.
46 Cf. G. FILORAMO, Il risveglio della gnosi ovvero
diventare dio, Bari 1990.
47 SAN AGUSTÍN, Enarrationes in Psalmos, 9,
7: PL 36, 120.
48 CONCILIO VATICANO II, Constitución “Gaudium
et Spes”, nº 3.
49 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración
Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvífica
de Jesucristo y de la Iglesia, Ciudad del Vaticano 2000, nº 20:
“Ante todo debe ser firmemente creído que la Iglesia peregrinante
es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único
Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su
Cuerpo que es la Iglesia, y El, inculcando con palabras concretas la
necesidad del bautismo (cf. Mt 16,16; Jn 3,5), confirmó a un
tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por
el bautismo como por una puerta. Esta doctrina no se contrapone a la
voluntad salvífica universal de Dios (cf. 1Tim 2,4); por lo tanto,
`es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad
real de salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad
de la Iglesia en orden a esta misma salvación`”
50 Cf. SAN JUSTINO, Apología II, 7(8), ed. D.
Ruiz Bueno, BAC 116, Madrid 1996, 269.
51 Cf. G. LOHFINK, ¿Necesita Dios la Iglesia?,
Madrid 1999.
52 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración...,
nº 11.
53 K.
RAHNER, “Iglesia, iglesias y religiones”: K. RAHNER–O.
SEMMELROTH (ed.), Academia teológica, Salamanca 1967, 113.
54 Cf. G. BARDY, La conversión al cristianismo
durante los primeros siglos, Madrid 1990.
55 K. RAHNER, “Ablass”: Lexikon für
Theologie und Kirche, I, Freiburg 1957, 52-53; cf. Id., Observaciones
sobre la teología de las indulgencias: Escritos de Teología
II, Madrid 1961, pp 189-216.
56 JUAN PABLO II, Bula “Incarnationis mysterium”,
nº 9.
57 JULIAN BARRIO BARRIO, “Peregrinar en Espíritu
y en Verdad”..., nº 35. Cf. Conferencia Episcopal Española,
La Eucaristía, alimento del pueblo peregrino, Madrid 1999.
58 JUAN PABLO II, Carta Apostólica “Novo
millennio ineunte”, nº 37.
59 JUAN PABLO II, Alabanza a la Trinidad. El hombre
y su encuentro con Dios. Catequesis del gran Jubileo, Madrid 2002, 125.
60 JUAN PABLO II, Mensaje de Juan Pablo II a España,
Madrid 1982, 94.
61 Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución “Guadium
et Spes”, nº 41-44; JUAN PABLO II, Carta Encíclica
“Fides et Ratio”, Ciudad del Vaticano 1998.
62 Cf. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La iniciación
cristiana. Reflexiones y orientaciones, Madrid 1998.
63 “La iglesia no desea imponer una rígida
uniformidad, ni siquiera en la liturgia, en aquello que no afecta a
la fe o al bien de toda la comunidad. Al contrario, respeta y promueve
las dotes y cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos.
Examina con benevolencia y, si puede, conserva íntegro lo que
en las costumbres de los pueblos no esté indisolublemente vinculado
a supersticiones y errores, e incluso, a veces lo admite en la misma
liturgia, siempre que armonice con el verdadero y auténtico espíritu
litúrgico” CONCILIO VATICANO II, Constitución “Sacrosantum
Concilium”, nº 37.
64 Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución “Gaudium
et Spes”, nº 58.
65 CONCILIO VATICANO II, Constitución “Gaudium
et Spes”, nº. 40.
66 Ibid., nº. 43. Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución
“Lumen Gentium”, nº 15.
67 CONCILIO VATICANO II, Constitución “Guadium
et Spes”., nº. 44
68 Ibid., nº. 4
69 Ibid., nº. 42
70 Ibid.,
nº. 44
71 Ibid., nº. 40
72 Ibid., nº. 92
73 Cf. E. SCHILLEBEECKX, “Kirche und Welt”,
en J.B. METZ (Ed.), Weltverständnis im Glauben, Mainz 1965, 134.
74 CONCILIO VATICANO II, Constitución “Gaudium
et Spes”, nº 46.
75 COMISION EPISCOPAL DE MISIONES, La misión
Ad Gentes y la Iglesia en España, Madrid 2001, 15
76 JUAN PABLO II, Carta Apostólica “Novo
millennio ineunte”, nº 58.
77
CONCILIO VATICANO II, Constitución “Sacrosantum Concilium”,
nº. 7
78 Ibid.
|