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PEREGRINOS POR GRACIA

Parte I


Peregrinación a Santiago de Compostela, "lugar de perdonanza y de gracia", foco luminoso de vida cristiana"


1. El peregrino jacobeo en el inicio del tercer milenio


12. Acogida del peregrino


De las características inherentes a la peregrinación una es la hospitalidad, obra de misericordia y testimonio de fe. La acogida solícita y religiosa es un aspecto de la caridad fraterna que hace que el cristiano se crea siempre deudor para con todos[35]. “Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la patria definitiva”[36]. El significado de la hospitalidad tiene una relevancia especial cuando se acoge al peregrino necesitado de atenciones materiales y espirituales en su peregrinar. No es sólo darle de comer o de beber sino escuchar lo que dice, aceptarle tal y como es. Esto trastoca nuestra vida. En casa de Marta y María “el Señor fue recibido en calidad de huésped, él que vino a su casa y los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, adoptando a los siervos y convirtiéndolos en hermanos, redimiendo a los cautivos y convirtiéndolos en coherederos. Pero que nadie de vosotros diga: ´Dichosos los que pudieron hospedar al Señor en su casa´. No te sepa mal, no te quejes por haber nacido en un tiempo en que ya no puedes ver al Señor en carne y hueso; esto no te priva de aquel honor, ya que el mismo Señor afirma: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”[37].

13. La peregrinación jacobea, peregrinación milenaria


“Además de la liturgia, la vida cristiana se nutre de formas variadas de piedad popular, enraizadas en las distintas culturas. Esclareciéndolas a la luz de la fe, la Iglesia favorece aquellas formas de religiosidad popular que expresan mejor un sentido evangélico y una sabiduría humana, y que enriquecen la vida cristiana”[38]. A la luz de este texto del Catecismo de la Iglesia Católica, contemplamos la peregrinación jacobea, enraizada en una ancestral piedad y cultura popular, como una manifestación de religiosidad que viene a apoyar la expresión de la realidad salvífica, narrada en las Escrituras, guardada en la Tradición, “contenida” y actualizada simbólicamente en la liturgia de los sacramentos. “No es de extrañar que la ruta jacobea haya sido considerada en algunas ocasiones paradigma de la peregrinación de la Iglesia en su marcha hacia la ciudad celestial, camino de oración y de penitencia, de caridad y solidaridad; tramo de la vida donde la fe, haciéndose historia en los hombres, convierte asimismo en cristiana la cultura”[39].

14. Ámbito cultural del peregrino, hoy


El peregrino contemporáneo respira la atmósfera de la llamada cultura postmoderna en la que junto a los logros de una solidaridad acrecentada, de un maduro voluntariado, de un mayor respeto y defensa de los derechos humanos, ofrece, a su pesar, una cosmovisión propia entretejida con los hilos del relativismo y pluralismo[40], de la percepción exclusiva del presente que toca vivir, del puro placer, de una estética superficial, de una razón débil que cede cómodamente el paso a la sensación, al sentimiento y al instinto, y de un retorno a una “religiosidad confortable” que no comprometa. Por otra parte, un discernimiento sobre esta situación concluye frecuentemente resaltando “el malestar de la civilización”. Se suele decir que otros tiempos fueron mejores porque no son los nuestros. En todo caso Dios sigue siendo Señor del tiempo y de la historia, y nosotros, salvados en Cristo, tenemos más motivos para alegrarnos que para quejarnos de nuestros tiempos[41]. Es verdad que al hombre de nuestros días no le faltan interrogantes y le sobran zozobras en la búsqueda de la Verdad que nos hace libres. En estas circunstancias este Año Santo y la peregrinación jacobea, después de la celebración del Gran Jubileo del 2000, son una ocasión providencial para avivar la tarea de la nueva evangelización anunciando a Dios, primera realidad y cuestión primera, tal como nos ha sido revelado definitivamente en Cristo, “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14,6), al Dios trino, Padre que se autocomunica al hombre como salvación por el Hijo en el Espíritu Santo.

15. La referencia a Dios como condición de la cultura auténtica


En la realidad pueden distinguirse dos mundos distintos: un mundo natural, un mundo de las cosas tal como aparecen en la naturaleza y otro mundo de las cosas que ya no son productos simples de la naturaleza, sino del hombre mismo, como así podemos considerar los bienes culturales. En este sentido la cultura es todo aquello en lo cual el hombre ha depositado una intención finalista o significativa[42]. Más aún, en la vida humana todo es cultura[43], dado que pertenecen a ésta todos los recursos de los que se valen los humanos para poder vivir con libertad, justicia y dignidad. De aquí podemos afirmar que la cultura no tiene por qué ser elitista y ha de ser evangelizada “hasta sus mismas raíces”.

Todos los recursos que emanan de la mente humana, ya sean aparentemente primitivos o sofisticados, pueden concurrir para hacer mejor y más digna la vida del hombre. Hay que añadir además que la cultura no tiene por qué eliminar la apertura a la trascendencia. En el ámbito cultural entra la dimensión espiritual, que tiene en la religión su mayor incentivo. Consecuentemente, el Papa subraya la necesidad de que la cultura se refiera a Dios, afirmando que “no se puede poseer una verdadera cultura humana sin referencia a Dios”[44].

La tradición cultural de la peregrinación a Santiago de Compostela, en cuanto símbolo histórico y religioso, sigue siendo en los inicios del tercer milenio un instrumento adecuado y útil, susceptible de expresar el sentido profundo de la existencia humana y, por ende, de la vida de fe cristiana conforme a la enseñanza del Concilio Vaticano II: “Las Iglesias reciben de las costumbres y tradiciones, de la sabiduría y doctrina, de las artes e instituciones de los pueblos, todo lo que puede servir para confesar la gloria del Creador, para explicar la gracia del Salvador y para ordenar debidamente la vida cristiana”[45].

2. Sentido cristiano de la peregrinación. Santiago de Compostela: “Lugar de perdonanza y de gracia, foco luminoso de vida cristiana”

16. La peregrinación jacobea, arraigada en el pasado y orientada hacia el futuro

Los lugares de peregrinación no son fines en sí mismos, sino que muchas veces actúan como umbrales que dan acceso a nuevas etapas de la vida. La peregrinación se emprende no para instalarse en una experiencia privilegiada, sino para dejarse cambiar de manera imprevisible y así retornar a la vida ordinaria con unas actitudes completamente nuevas. Los peregrinos, pese a su diversidad de culturas, ambientes, edades y situaciones personales, todos coinciden en el propósito de buscar algo que está más allá de lo ordinario.

La peregrinación, y en especial la jacobea, es contemplada como una rica tradición, con la que muchos quieren conectar, lo que conlleva un elemento de continuidad muy acentuado, factor diferenciador de esta peregrinación. Hay también un elemento de discontinuidad, en cuanto que el pasado, representado por un ritual tradicional, ofrece una posibilidad de superación en una existencia postmoderna, en la que se corre el riesgo de diluir la propia identificación y de perder las relaciones interpersonales. En la peregrinación jacobea se intenta hacer pie en el pasado para orientarse hacia el futuro. El peregrino llega a la Casa del Señor Santiago para hacer memoria de la tradición apostólica que fundamenta nuestra fe.

Pese a su diferenciación con respecto a otras, esta peregrinación posee tres rasgos comunes con las demás: la separación con respecto a un ámbito espacial, social y psicológico; el paso a un espacio desconocido y a un conjunto de relaciones sociales en cuyo seno tiene lugar una teofanía que produce un profundo sentimiento de comunidad; y el retorno del peregrino a casa como un ser humano cambiado y renovado.

17. Camino personal de meditación

El peregrinaje por el Camino de Santiago posee unas características propias que lo determinan como un símbolo de la genuina vida cristiana. Es un camino personal de meditación y de contemplación que han de apoyarse en el bordón de la Palabra de Dios, evitando los peligros de la experiencia gnóstica, presente en la nueva espiritualidad del movimiento religioso New Age[46]. A decir verdad, el misterio de la vivencia de la peregrinación no depende en primer lugar de la soledad o de la importancia histórica del lugar al que se peregrina, sino de la actitud personal de abrirse internamente al seguimiento y encuentro con el Señor. La fidelidad y el seguimiento de Cristo no pueden vivirse con un sentido cómodo, pensando como los hombres y no según Dios (Mt 16,23), sino aceptando la irrenunciable y santificadora cruz: “El que quiera venir en pos de mi, niéguese a si mismo, tome su cruz y me siga” (Lc 9,23).

18. Camino teórico y práctico

La gracia jubilar nos ayuda a concienciarnos de nuestra condición de enviados por Cristo conforme a la vocación a la que hemos sido llamados. Al igual que los primeros discípulos, debemos recorrer el camino de nuestra misión con exigente disponibilidad y con plena confianza en el Padre celestial, siempre abiertos a los hermanos que vienen a nuestro encuentro. En la caridad “que es la esencia y la medida de la perfección cristiana”[47], la criatura humana acoge el amor divino y lo atestigua en la vida mediante la silenciosa irradiación del amor: “Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con hechos y de verdad. En esto sabremos que somos de la verdad...” (1Jn 3,18s). La aspiración a la salvación sólo puede encontrar satisfacción en un conocimiento de la existencia que implique experiencia del tiempo vivido y encuentro con los otros, con nosotros mismos y con Dios. Lo que equivale a decir que la salvación no puede acontecer en un vacío de la historia, de alteridad y de futuro. Consecuentemente, el seguimiento de Jesús es un seguimiento práctico y no meramente teórico. Un seguimiento que se quede absorto en la contemplación estética del camino o en el debate teórico y no se concrete en compromisos prácticos de la vida de cada día, dista todavía mucho del seguimiento querido por Jesús y sostenido por la Iglesia.

19. Camino espiritual y social, comunitario y no sólo individual


El camino de seguimiento de Jesús, simbolizado por la peregrinación a la tumba del Santo Apóstol, tiene también una dimensión social. Su dinamismo no es político, puesto que no contempla la transformación del sistema político o económico como su objetivo primordial; pero tampoco es apolítico, ya que no se limita a aceptar pasivamente las estructuras sociales y los convencionalismos de nuestra época.

Este peregrinar hacia el encuentro con Cristo es, además, comunitario y no meramente individual. El seguimiento no tiene que ver únicamente con lo que cada individuo hace individualmente con Dios. Ser seguidor de Jesús significa pertenecer a la familia de quienes tienen como prioridad intentar cumplir la voluntad de Dios, al grupo de quienes celebran el reino de Dios compartiendo su mesa. Simultáneamente, la comunidad de discípulos no debe considerarse a sí misma un grupo exclusivo. Al contrario, según la propia caracterización de Jesús, ha de ser un grupo abierto a los pobres y a los pecadores. El “nosotros” eclesial que define el seguimiento de Jesús no se traza para excluir a “ellos”. Es un “nosotros” inclusivo, abierto a los extraños, dispuesto a identificarse con los marginados y a reconocer en el seguimiento una comunidad que va más allá de otros signos de identidad más visibles y formales.

20. La “necesidad” de la Iglesia para la salvación

“Caminamos en la fe pero todavía no en la visión” (2Cor 5,7). La Iglesia, continuadora, bajo la guía del Espíritu Paráclito, de la obra del mismo Cristo, “que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido”[48], hace pública la Buena Noticia de la reconciliación del mundo con Dios en Cristo, a través de la Palabra y de una vida de testimonio que, sostenida por el culto a Cristo, se hace ella misma culto para que también la ofrenda de los paganos (gentiles) sea agradable a Dios (cf. Rom 15,16). De esta forma, la comunidad eclesial, como salvación de Dios en la historia, aparece como necesaria[49], puesto que permite identificar en la historia el principio de la transformación salvadora de la humanidad que es Jesucristo.

Es la “vía ordinaria” de salvación, lo que supone que existen vías extraordinarias, como las referidas a la acción del Espíritu, el cual distribuye las “semillas del Verbo”[50] presentes en los ritos y en las culturas, y las prepara para madurar en Cristo. Existe así la posibilidad de salvarse fuera de la visibilidad eclesial, pero se afirma la necesidad de la Iglesia para que la humanidad en su totalidad tenga plena conciencia y la esperanza de la salvación. Sin la comunidad eclesial, pues, no habría en la historia la certificación de que Dios quiere conducir a todos a la comunión con Él y con todo el género humano[51]. Toda la historia es historia de salvación; pero la plenitud de la vida está en la manifestación y entrega del Padre que se realiza plena y definitivamente en Cristo para los que la acogen (cf. Jn 1,1-18). “El es mediador de la gracia divina en el plan de la creación y de la redención, recapitulador de todas las cosas, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención”[52]. En este sentido, “la Iglesia (católica) no puede entenderse a sí misma como una de tantas manifestaciones y presencias históricas del único Dios-hombre Jesucristo, que Dios ofreciera al hombre para escoger a su arbitrio. No, la Iglesia se entiende y debe entenderse como la sola y plena presencia histórica del Dios-hombre uno en su verdad y gracia, en principio, para todos los hombres”[53].

21. La urgencia de la conversión a través de la peregrinación

En el mensaje cristiano la llamada a ponerse en camino y seguir a Jesús es algo serio y urgente: “Se ha cumplido el plazo, y está cerca el reino de Dios” (Mc 1,15). Esta urgencia exige del peregrino no ensimismarse en sí mismo, no distraerse en sus propios intereses (cf. Lc 9,57-62) y no dejarse llevar por el desaliento, sabiendo adónde va, teniendo total confianza y aceptando los riesgos del peregrinar (cf. Lc 10,4). Esta decisión y definición tienen algo de perturbador, son una sacudida que hace temblar los cimientos de la vida convencional. Se trata de un asunto vital, en cuanto que la orientación global de la vida humana se halla en juego. La vida, en algunos momentos aparentemente tan completa y tan llena de sentido, en otros puede revelarse superficial, vacía y sin sentido. Tomar conciencia de ello conduce indudablemente al arrepentimiento, que no hay que entender sólo en el sentido de sentirse pesaroso o cambiar la forma de ver las cosas, sino que implica también un giro, una modificación radical del curso y orientación de la propia vida, de las motivaciones, actitudes fundamentales con que uno ha vivido marginando a Dios en su vida[54]. Por esta razón, la nueva actitud es la conversión, entendida en el sentido literal de girarse y encaminarse en una dirección distinta. Sin duda alguna, el culto a Santiago el Mayor y el rico legado de la peregrinación jacobea han sido verdaderas fuerzas dinamizadoras de una llamada a la conversión a través de los siglos.

22 La Indulgencia Jubilar

El hombre de nuestros días, disperso en el vacío de la superficialidad, necesita concentrarse y, respondiendo a la llamada trascendente, orientar y dirigir sus pasos hacia la meta verdadera, “hacia el galardón de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús” (Fp 3,14). Así, la conversión significa cambiar de camino, de modo de pensar y de actuar dentro de la misma vida; y eso es profundamente doloroso y exigente. El amor perfecto, como integración total de la vida en la unión con Dios, redime totalmente al hombre, no sólo de sus pecados, sino también de sus consecuencias. Sin embargo, el hombre tiene la triste experiencia de que no es capaz de ese amor. La Indulgencia Plenaria, don del Jubileo, de la que podemos beneficiarnos una vez al día y que puede ser aplicada por las almas de los difuntos, es la gracia que Dios nos concede para que nuestra maduración en la conversión y en el amor se haga de manera cada vez más profunda, fácil y rápida.

Por la oración eficaz de la Iglesia, sacramento de Cristo, la indulgencia se concede de forma cierta y segura. Pero, como en los sacramentos, la gracia y la comunicación personal de Dios acontecen en el mundo y en el hombre si éste no les pone obstáculos. Es decir, el hombre debe proponerse el arrepentimiento. “Las indulgencias no tienen por objeto, ni pueden tenerlo, el aliviar o sustituir la penitencia personal del hombre. Las indulgencias, por su esencia, apuntan a alcanzar realmente con la ayuda de Dios y en modo rápido y eficaz, lo que pretende la penitencia: la total purificación y la plena maduración del hombre a partir del hecho central de su recepción de la gracia de Dios. Alcanza su actividad cuando está presente el auténtico espíritu de penitencia. Sin él no se puede hablar de arrepentimiento. Sin él no hay perdón de los pecados. Y sin el perdón de los pecados tampoco puede haber perdón de las penas temporales de los pecados”[55].

En este sentido, las indulgencias cobran un profundo significado religioso, al atestiguar nuestra situación de miembros de la Iglesia peregrinante que, a la vez que miramos hacia la patria que es Dios mismo, nos descubrimos pecadores e imperfectos pero dispuestos a andar por el camino recto en una integración total de las múltiples dimensiones de nuestra existencia, pidiendo la indulgencia jubilar en la que “se manifiesta la plenitud de la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos con su amor manifestado en primer lugar con el perdón de las culpas”[56].

23. Penitencia y Eucaristía, “vértice de la peregrinación”

Además, con la participación en los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía, que suponen, alimentan y expresan la fe y “cuya recepción se configura como vértice de la peregrinación”[57], el peregrino descubre “a Cristo como misterio de piedad en el que Dios nos muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente consigo mismo”[58] y se contempla a sí mismo como el que existe por el don y por el perdón. “Esta comunión-koinonía, de tipo ‘vertical’ porque se une al misterio divino, engendra, al mismo tiempo, una comunión-koinonía que podríamos llamar ‘horizontal’, o sea, eclesial, fraterna, capaz de unir con un vínculo de amor a todos los que participan en la misma mesa”[59]. De esta forma, en la celebración de la Penitencia y Eucaristía junto a la tumba del Santo Apóstol, la Iglesia es figura expresiva del amor y del perdón de Dios, crea comunidad entre los hombres al integrarlos en la comunión a su destino. La Eucaristía es por ello anticipo de la unidad escatológica y pregustación de la vida eterna.

3. La peregrinación a Santiago, impulso de nueva evangelización


24. Universalidad de la salvación

La salvación no es algo que acontece solamente al final de la vida, como el paso previo a una situación nueva y definitiva, ni un episodio de la vida, ni una cualidad añadida a la vida normal. La salvación no toca a una parte o a un aspecto de la vida: toda la vida está llamada a ser salvada; nuestra vida histórica, en sus condiciones actuales, aquí y ahora. Es visión nueva (a partir de la fe), es relación nueva (con el Padre, con los hermanos, con uno mismo, con la naturaleza), es perspectiva nueva (para el presente y el futuro hasta después de la muerte). No consiste, pues, en la aceptación de un sistema de verdades o valores, ni en conjunto de ritos; es más bien, una relación personal, vivida tan profundamente que se actualiza en la celebración, se concreta en comportamientos y se expresa en conceptos.

Ser cristiano significa (y es el camino para) ser plenamente humano. El Evangelio nos enseña a vivir, nos indica las condiciones y nos ofrece su contenido. Es la propuesta de una vida más plena (cf. Jn 10,10), que una vez aceptada, conlleva una nueva manera de existencia. Sin embargo, sin el anuncio del Evangelio, al hombre no le es posible vivir humanamente su relación con Dios Padre. La salvación traída por Jesús entra en la vida cuando éste es descubierto por el sujeto individual. Al mismo tiempo, la tarea de comunicación de la salvación o evangelización responde al mandamiento y al deseo de Jesús (cf. 2Cor 5,14) así como al anhelo de la humanidad (cf. Rom 8,19). De esta forma, la evangelización ha de dar lugar al fenómeno de la inculturación, entendida como presencia y fruto de la fe en el seno de un cultura determinada: “La síntesis entre fe y cultura no es solamente una exigencia de la cultura sino de la fe. Una fe que no se traduce en cultura es una fe que no ha sido plenamente acogida, totalmente pensada y fielmente vivida”[60].

25. Pluralidad de caminos hacia Dios

Los caminos por donde la humanidad, y en ella el hombre particular, peregrinan hacia Dios son largos y múltiples. Todo camino por donde anda el hombre con fidelidad real a su conciencia es camino que llega a la infinitud de Dios. Lo que equivale a decir que la fe no se identifica con ningún proyecto cultural por perfecto que sea. Mientras la cultura es obra de la humanidad, aunque esté abierta a lo divino, la fe sólo se identifica con la misión evangelizadora de la Iglesia y, en definitiva, con la persona de Jesucristo. Hay que añadir, sin embargo, que la fe no se ofrece químicamente pura a una cultura determinada. La fe se ofrece ella misma “encarnada” o inculturada. Debe prevalecer, pues, el principio de encarnación, según el cual no deben eliminarse ni eclipsarse la tradición o genio cultural de un pueblo, a menos que conste con evidencia que se trata de algo aberrante y perjudicial para las personas [61].

26. La peregrinación jacobea como vehículo de evangelización


En este contexto surge necesariamente la pregunta por la legitimidad de la cultura tradicional de la peregrinación jacobea como vehículo de evangelización en Europa, donde está en crisis la trasmisión de la fe, es difícil anunciar el Evangelio y urge renovar la iniciación cristiana para insertar al hombre en el misterio de Cristo, muerto y resucitado, y en la Iglesia por medio de la fe y de los sacramentos[62]. La respuesta nos la da el Concilio Vaticano II en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, por lo que a la liturgia se refiere[63], y en la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual [64], donde se evocan dos principios básicos: el principio de la encarnación, según la cual la Iglesia puede entrar en comunión con las diversas culturas, y el de la trascendencia, según el cual la Iglesia no está ligada de manera indisoluble a ninguna raza o nación, a ninguna costumbre antigua o reciente. En la milenaria historia de la peregrinación jacobea están presentes estos dos criterios básicos que la legitiman como fe “encarnada” o inculturada, con la capacidad para seguir siendo fuerza que impulse una nueva evangelización en la comunidad eclesial.

4. Peregrinar en la Iglesia “peregrina y misionera, penitente y caminante, orante y evangelizadora”

27. La Iglesia dentro del mundo

El peregrino mira con el corazón hacia el misterio de la Trinidad y en él a la Iglesia. “Procedente [ésta] del amor del Padre Eterno, fundada en el tiempo por Cristo Redentor, congregada en el Espíritu Santo, la Iglesia tiene un fin salvífico y escatológico que sólo podrá alcanzar plenamente en el siglo futuro. Está presente ya aquí en la tierra, formada por hombres, es decir, miembros de la ciudad terrestre que han sido llamados a formar ya, en la historia de la humanidad, la familia de los hijos de Dios, que ha de aumentar sin cesar hasta la venida del Señor”[65]. El Concilio Vaticano II presenta aquí a la Iglesia no como una institución que vive fuera del mundo, sino que más bien peregrina en él y con él crece, como órgano de Cristo para el servicio apostólico y, “guiada por el Espíritu Santo [...], sin cesar exhorta a sus hijos a la purificación y renovación para que brille con mayor claridad el signo de Cristo sobre la faz de la Iglesia”[66]. De esta forma, la Iglesia se sitúa conscientemente en un proceso de continuo aggiornamento en sus formas de manifestarse y actuar. Así, esta “mundanidad” o “historicidad” de la Iglesia exige de ella “auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, los diferentes lenguajes de nuestro tiempo y juzgarlos a la luz de la palabra divina para que la Verdad revelada pueda ser percibida más completamente, comprendida mejor y expresada más adecuadamente”[67] y “escrutar a fondo los signos de los tiempos”[68], es decir, le exige vivir en el mundo.

28. El talante crítico de la Iglesia

La historicidad de la Iglesia, su carácter de peregrina, evita el riesgo del inmovilismo histórico: “En virtud de su misión y naturaleza, no está ligada a ninguna forma particular de cultura humana o sistema político, económico o social”[69]. Por otra parte, si la Iglesia está tan desligada de las eventuales “formas de cultura humana”, es porque deben expresarse en ella, tal como lo exigen el evangelio y la salvación de los hombres. “Esta adaptación de la predicación de la palabra revelada debe seguir siendo la ley de toda evangelización”[70] que, por otra parte, nos exige un atento y cuidadoso discernimiento del trigo y de la cizaña, del grano y de la paja, del bien y del mal, en medio de las ambivalencias y ambigüedades de lo humano. La Iglesia, consciente de que no predica para agradar o halagar a los hombres (cf. 1Tes 2,4; Gal 1,10), debe manifestarse en el mundo en que vive, no para “acomodar” el Evangelio, sino para predicarlo más eficazmente o simplemente para hacerlo inteligible y asimilable. Sólo merced a esa inserción constantemente renovada en el tiempo y en la cultura, la Iglesia, “a la vez grupo visible y comunidad espiritual, avanza junto con toda la humanidad y experimenta la misma suerte terrena del mundo, y existe como fermento y alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo y transformada en familia de Dios”[71].

29. La Iglesia dialogante

En la peregrinación jacobea, hecha por un camino de fraternidad ecuménica, la Iglesia ha mantenido desde los comienzos una actitud dialogante, y sigue haciéndolo, en cuanto que al entrar en contacto con el mundo en que vive, comprende más plena y profundamente la verdad misma de la fe. Por tanto, ese contacto constante, ese diálogo con el mundo es para la Iglesia no sólo posibilidad, sino también deber, como comienzo y camino hacia la “plena unidad” de los cristianos, “que es esperada y deseada hoy también por muchos que no creen en Cristo” y que la consideran como “presagio de unidad y paz para el mundo entero”[72]. Trabajar por la unidad es garantizar la pluralidad, la libertad y el progreso.

El deseo de ese diálogo no excluye a nadie por parte de la Iglesia, que no sólo habla, sino que también escucha y aprende del mundo en que vive. Reconoce en todo lo auténticamente humano la voz de su Señor, que no es sólo “la cabeza de su cuerpo, sino también creador y señor del mundo”[73] que procede del amor del Creador y que, habiendo caído bajo el dominio del pecado, fue redimido por Cristo. En el mundo la Iglesia aporta a la familia humana que peregrina en la tierra, el bien de la salvación, “que manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre”[74]. Huelga decir que esta “misión es un proceso complejo, porque debe integrar una diversidad de elementos: el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado; la liberación del hombre de todo aquello que amenaza su integridad; la eliminación de todos los obstáculos a la reconciliación; el diálogo con los miembros de otras religiones; la defensa de la creación, sometida a la explotación del egoísmo humano; la incorporación a la comunidad y a la celebración de la fe”[75]. Ante esta complejidad de la tarea misionera es oportuno recordar las palabras de Juan Pablo II: “¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo... El Cristo contemplado y amado ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: ‘Id y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’ (Mt 28,19). El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos[76] .

30. El culto y la liturgia, fuerza para el diálogo eclesial


La acción dialogante, misionera y pastoral de la Iglesia encuentra su fuerza en la acción cultual o litúrgica con su doble dimensión. Es la acción que comenzó en la Encarnación, por la que Cristo santifica a la humanidad, haciéndose sobre todo visible, “al estar presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza”, y también en su palabra, “pues es El mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura”[77]. A este movimiento de arriba abajo corresponde el otro de abajo arriba, que se realiza en la glorificación del Padre en la acción litúrgica de la Iglesia, especialmente “cuando Cristo está presente en el sacrificio de la misa” y “cuando la Iglesia ora y canta”[78]. El apostolado misional vive, pues, de la liturgia, de aquí saca su vigor, sobre todo de la celebración eucarística, signo de gratitud y acción de gracias. Con esta actitud orante es como la Iglesia en su acción misionera quiere congregar a todos los hombres. De esta forma, en la acción litúrgica y orante la Iglesia aparece como peregrina, por cuanto que en ella la salud definitiva está oculta como la fuerza de su peregrinación hacia la posesión acabada y sin velos. Somos herederos de la salvación (cf. Heb 1,14) y estamos plenamente justificados por la fe (Rom 5,1), sin embargo todavía no estamos salvados más que en esperanza (Rom 8,24). Esto le lleva a decir a san Pablo: “Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros” (Rom 8,18).


35 “No debáis nada a nadie, sino el amaros los unos a los otros, porque quien ama al prójimo ha cumplido la Ley”(Rom 13,8). San Agustín escribió: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Esté siempre en ti la raíz del amor, porque de esta raíz no puede proceder sino el bien” In Epistolam Johannis ad Parthos, VII, 8: PL 35, 2033. Cf. Didaché, XII; Regula Benedicti 53, 1-2: “A todos los huéspedes ha de acogérseles como a Cristo, porque él lo dirá un día: ´era peregrino y me hospedasteis´.A todos se les tributará el mismo honor, ´sobre todos a los hermanos en la fe´y a los extranjeros”.

36 SAN CESAREO DE ARLES, Sermo 25, 1: Corpus Christianorum Latinorum (=CCL) 103, 111.

37 SAN AGUSTÍN, Sermo 103, I,2: PL 38, 613.615.

38 Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1679.

39 JUAN PABLO II, Discurso del Santo Padre: IV Jornada Mundial de la Juventud. Santiago de Compostela, agosto 1989, La Coruña 1990, 233.

40 Cf. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, “La Verdad os hará libres”(Jn 8,32), Madrid 1990; J.A. MARTINEZ CAMINO, Evangelizar la cultura de la libertad, Madrid 2002, 19-40; J. RATZINGER, Una mirada a Europa. Iglesia y modernidad en la Europa de las revoluciones, Madrid 1993; id., Ser cristianos en la era neopagana, Madrid 1995;A. Mª ROUCO VARELA, La Iglesia en España ante el siglo XXI. Retos y Tareas, Madrid 2001.

41 Cf. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XXI, Madrid 1999.

42 Cf. O. GONZALEZ DE CARDEDAL, El poder y la conciencia, Madrid 1984, 87-99.

43 Cf. JUAN PABLO II; Alocución a la UNESCO de 2.VI.1980, nº. 6.

44 Citado por el Cardenal P. POUPARD, Chiesa e cultura, Milán 1985, 225.

45 CONCILIO VATICANO II, Decreto “Ad gentes”, nº 22.

46 Cf. G. FILORAMO, Il risveglio della gnosi ovvero diventare dio, Bari 1990.

47 SAN AGUSTÍN, Enarrationes in Psalmos, 9, 7: PL 36, 120.

48 CONCILIO VATICANO II, Constitución “Gaudium et Spes”, nº 3.

49 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, Ciudad del Vaticano 2000, nº 20: “Ante todo debe ser firmemente creído que la Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo que es la Iglesia, y El, inculcando con palabras concretas la necesidad del bautismo (cf. Mt 16,16; Jn 3,5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios (cf. 1Tim 2,4); por lo tanto, `es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación`”

50 Cf. SAN JUSTINO, Apología II, 7(8), ed. D. Ruiz Bueno, BAC 116, Madrid 1996, 269.

51 Cf. G. LOHFINK, ¿Necesita Dios la Iglesia?, Madrid 1999.

52 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración..., nº 11.

53
K. RAHNER, “Iglesia, iglesias y religiones”: K. RAHNER–O. SEMMELROTH (ed.), Academia teológica, Salamanca 1967, 113.

54 Cf. G. BARDY, La conversión al cristianismo durante los primeros siglos, Madrid 1990.

55 K. RAHNER, “Ablass”: Lexikon für Theologie und Kirche, I, Freiburg 1957, 52-53; cf. Id., Observaciones sobre la teología de las indulgencias: Escritos de Teología II, Madrid 1961, pp 189-216.

56 JUAN PABLO II, Bula “Incarnationis mysterium”, nº 9.

57 JULIAN BARRIO BARRIO, “Peregrinar en Espíritu y en Verdad”..., nº 35. Cf. Conferencia Episcopal Española, La Eucaristía, alimento del pueblo peregrino, Madrid 1999.

58 JUAN PABLO II, Carta Apostólica “Novo millennio ineunte”, nº 37.

59 JUAN PABLO II, Alabanza a la Trinidad. El hombre y su encuentro con Dios. Catequesis del gran Jubileo, Madrid 2002, 125.

60 JUAN PABLO II, Mensaje de Juan Pablo II a España, Madrid 1982, 94.

61 Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución “Guadium et Spes”, nº 41-44; JUAN PABLO II, Carta Encíclica “Fides et Ratio”, Ciudad del Vaticano 1998.

62 Cf. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La iniciación cristiana. Reflexiones y orientaciones, Madrid 1998.

63 “La iglesia no desea imponer una rígida uniformidad, ni siquiera en la liturgia, en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad. Al contrario, respeta y promueve las dotes y cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos. Examina con benevolencia y, si puede, conserva íntegro lo que en las costumbres de los pueblos no esté indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, e incluso, a veces lo admite en la misma liturgia, siempre que armonice con el verdadero y auténtico espíritu litúrgico” CONCILIO VATICANO II, Constitución “Sacrosantum Concilium”, nº 37.

64 Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución “Gaudium et Spes”, nº 58.

65 CONCILIO VATICANO II, Constitución “Gaudium et Spes”, nº. 40.

66 Ibid., nº. 43. Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución “Lumen Gentium”, nº 15.

67 CONCILIO VATICANO II, Constitución “Guadium et Spes”., nº. 44

68 Ibid., nº. 4

69 Ibid., nº. 42

70
Ibid., nº. 44

71 Ibid., nº. 40

72 Ibid., nº. 92

73 Cf. E. SCHILLEBEECKX, “Kirche und Welt”, en J.B. METZ (Ed.), Weltverständnis im Glauben, Mainz 1965, 134.

74 CONCILIO VATICANO II, Constitución “Gaudium et Spes”, nº 46.

75 COMISION EPISCOPAL DE MISIONES, La misión Ad Gentes y la Iglesia en España, Madrid 2001, 15

76 JUAN PABLO II, Carta Apostólica “Novo millennio ineunte”, nº 58.


77 CONCILIO VATICANO II, Constitución “Sacrosantum Concilium”, nº. 7

78 Ibid.

introducción
I
II
III
IV
V
VI
exhortación