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carta pastoral

PEREGRINOS POR GRACIA

Parte II

La peregrinación como vivencia del encuentro con el Señor


1. Condescendencia y gracia de Dios



31. Los encuentros del hombre con Dios

Como al apóstol Felipe en otro tiempo se le acercaron los griegos diciéndole que querían ver a Jesús (cf. Jn 12,20-26), hoy tantos y tantos peregrinos a través del Apóstol Santiago quieren vivir también ese encuentro con el Señor, haciendo memoria de la tradición apostólica y confesando al Dios Trinitario para convertirse en hombres nuevos. El presente del hombre que parece sin luz y sin salida, es iluminado por la fe en Dios y abierto a la esperanza.

Se pueden señalar dos formas de encontrarse el hombre con Dios. Una desde el conocimiento o la experiencia humana, y otra desde la fe. El hombre se encuentra con Dios a través de la realidad, y esto da lugar a que haya tantos encuentros con Dios como con la realidad, tantas posibilidades de preguntarse por Dios como de enfrentarse con la realidad o vivir la realidad. De aquí nace la diversa tipología de encuentros con Dios a través de la historia y de la sensibilidad humana: la medieval a partir del mundo, la moderna a partir del hombre y la actual a partir de la historia, que no son tres formas que se contraponen o se excluyen, sino que en muchos aspectos se complementan.

32 El encuentro con Dios a través de la historia


El encuentro o experiencia actual de Dios parte de la base de que el mundo se vivencia como historia, no como orden preestablecido, sino en proceso, que se hace por el trabajo de los hombres. De esta forma, la dimensión histórica constituye una dimensión esencial del hombre, puesto que descubrimos nuestra realidad dentro de una relación intersubjetiva. De aquí que la cuestión sobre la posibilidad de vivir la experiencia de Dios se convierte en la cuestión de cómo experimentar a Dios como sentido de la historia.

Ciertamente, resulta una temeridad afirmar que la historia tiene sentido. Dado que no tiene leyes fijas, depende del hombre, su progreso no es rectilíneo y con frecuencia la maldad humana lleva a situaciones absurdas. Sin embargo, pese a todas las decepciones y fracasos, existe una confianza fundamental que nos impide desahuciarnos a nosotros, a los demás y al mundo. Es decir, contra todo fracaso el sentido de la historia sigue manteniéndose vivo. Es más, este sentido no es sólo la meta de nuestro actuar histórico, sino también su razón y presupuesto. Es algo que se nos impone y, por tanto, no puede explicarse sólo desde el hombre y constituye una clave para el encuentro con Dios. El sentido, al ser algo que se nos da, no es natural, sino inesperado y sorprendente. Nos sale al encuentro como lo hacen las personas.

De esta forma, la historia nos descubre lo completamente nuevo, originario y totalmente otro, que llamamos Dios, hecho acontecimiento en la historia. Dios aparece así como la paz que hace posible nuestra paz, como la libertad que hace posible nuestra libertad, Dios creador y Dios esperanza, alfa y omega, cercano y próximo, que nos sale constantemente al encuentro, especialmente en el prójimo, en los acontecimientos y tareas; que es sentido y señor de la historia, pero que no es sólo poder supremo por encima de la historia, sino también sufrimiento con los oprimidos: un Dios sufriente, crucificado[79] .

33. La fe como expresión de la más alta dignidad humana


Sin embargo, el acto por el que se expresa la más alta dignidad de la vida humana concreta y su disponibilidad sin condiciones para el encuentro con el Dios vivo, que ha entrado en la historia, es el acto de fe de Abrahán. “Con este acto, en apariencia absurdo, Abrahán funda una nueva experiencia religiosa: la fe”[80] . Gracias al acto de fe en el Dios que parece negar sus promesas, el tiempo queda abierto a la omnipotencia divina, y a la decisión humana de fiarse de Él. Incluso cuando parece quedarse silencioso y escondido, adquiere el sabor de una infinita dignidad, capaz de dar valor a todo el tiempo histórico.

Esta valoración de la historia como lugar en que se revela y se esconde la gloria del Dios vivo alcanza su cima en la revelación cristiana: con la Encarnación el Hijo se hace sujeto de una vida plenamente humana, sin dejar de ser Dios. El hecho de que Dios se haya hecho sujeto personal de una historia verdaderamente humana hace descubrir el concepto de “persona” y ayuda a comprender al hombre mismo como sujeto histórico personal. La buena nueva característica del cristianismo es la salvación de la historia, no la salvación fuera de la historia; el humilde “hoy” del hombre queda asumido y redimido por el “hoy” del Hijo del hombre y puede convertirse, en la acogida que se le haga, en el “hoy” de Dios. El hombre es, pues, capaz de recibir el amor en la gratitud, de dejarse alcanzar y modificar por el otro, de ser habitado por el don, sin que pierda por ello su propia identidad, conforme a las palabras de San Agustín: “Cristo toma forma por la fe en el hombre interior del creyente, el cual es llamado a la libertad de la gracia, es manso y humilde corazón y no se jacta del mérito de sus obras, que es nulo, sino que reconoce que la gracia es el principio de sus pobres méritos; a éste puede Cristo llamar su humilde hermano, lo que equivale a identificarlo consigo mismo ya que dice: cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. Cristo toma forma en aquel que recibe la forma de Cristo y recibe la forma de Cristo el que vive unido a El con un amor espiritual. El resultado de este amor es la imitación perfecta de Cristo en la medida en que esto es posible. Quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió El”[81] .

2. A la búsqueda del sentido de la vida

34. El sentido de la vida como don y tarea


El hombre se interroga, pues, por el sentido del mundo de las cosas y de la historia de los hombres y cuando no lo encuentra, se siente insatisfecho e impulsado a descubrirlo o a crearlo. Sin embargo, la fe cristiana acepta que la vida tiene un sentido, porque es un don y una tarea confiada por alguien, ante quien podemos vivir y morir. El hombre que no admita un sentido inherente al vivir está incapacitado para comprender el cristianismo. Dada su condición de peregrino, el hombre a medida que se aproxima a su meta, aviva su espíritu de búsqueda. Esta inquietud no le permite saborear plenamente la posesión de la meta lograda mientras sigue peregrinando. Por ello, “busquemos como quienes han de encontrar y encontremos como quienes han de seguir buscando, porque cuando el hombre acaba, entonces en verdad comienza”[82] .

Es decir, desde cada situación en el peregrinar de su vida, el hombre tiende a una ulterior situación, a un futuro más denso y a una totalidad más plenificante. No se para en cada objetivo logrado, sino que marcha hacia un último término, conforme a la radical inquietud (cor inquietum), formulada por San Agustín y punto de partida de las formulaciones utópicas contemporáneas.

El sentido de nuestra vida no una cuestión puramente filosófica sino un problema de responsabilidad teológica que encuentra luz en la palabra de Dios. Esta nos ofrece dos consideraciones fundamentales para iluminar “nuestra razón de ser”: una es la reflexión sobre el destino personal frente al tiempo y la eternidad: “No os engañéis; de Dios nadie se burla. Lo que el hombre sembrare, eso cosechará” (Gal,6,7-8); “de qué aprovecha al hombre ganar el mundo entero y perder su alma?” (Mc 8,36). La otra es la necesidad de la caridad existencial entre y frente al prójimo: “¡Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas, y así cumpliréis la ley de Cristo...!. No nos cansemos de hacer de hacer el bien a todos, que a su tiempo cosecharemos, si no desfallecemos. Por consiguiente, mientras hay tiempo, hagamos el bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe” (Gal 6,2.9-10). El tiempo y la vida temporal, en su fugacidad y fragilidad, adquieren valor auténtico de eternidad a través de la caridad evangélica.

35. La provisionalidad de lo terreno

La inquietud del hombre peregrinante, en su caminar hacia la meta, no encuentra su satisfacción última en los proyectos terrenos políticos, todas las soluciones particulares de la ciencia y todo aquello que lo fije en un punto determinado del tiempo y del espacio. El cristiano no es, por tanto, aquel que acepta más verdades, que alimenta más esperanzas o que realiza más prácticas, sino más bien aquel que vive toda su vida referida al Misterio infinito y abierta a él en una actitud de reconocimiento y acatamiento, de alabanza y entrega por la fe: “Y para llegar directamente a este resultado, a través del recto camino de las Escrituras, hay que empezar por el principio, es decir, debemos acercarnos, sin otro bagaje que la fe, al Padre de los astros, doblando las rodillas de nuestro corazón para que el por su Hijo en el Espíritu Santo, nos dé el verdadero conocimiento de Jesucristo y con el conocimiento el amor para que así conociéndolo y amándolo, fundamentados en la fe y arraigados en la caridad, podamos conocer lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo de la Sagrada Escritura y por este conocimiento, llegar al conocimiento pleno y al amor extático de la Santísima Trinidad; a ello tienden los anhelos de los santos, en ello consisten la plenitud y la perfección de todo lo bueno y verdadero”[83] .

36. El compromiso del cristiano

Ello no significa que el cristiano, para ser tal, tenga que estar al margen del acontecer histórico, sino más bien que tiene que adoptar una actitud cercana y a la vez distanciada, acogedora y al mismo tiempo crítica respecto de la situaciones históricas, de las comprensiones de lo humano y de los proyectos social-políticos. El cristiano es el que percibe más humanamente la realidad, porque es el único que tasa la humanidad al precio de Dios.

Frente a las utopías intrahistóricas, la fe cristiana sostiene que el Reino de Dios, la salvación, en su figura última, trasciende la historia y que el proceso histórico alcanzará su plenitud al final de los tiempos, cuando, abolidas las caducidades que le son inherentes, la vida triunfe sobre la muerte y “Dios sea todo en todas las cosas” (1Cor 15,28). Sin embargo, esta esperanza escatológica no reniega de la historia, sino que la afirma y la convalida. En este sentido, Juan Pablo II[84] habla de cooperar a la llegada del Reino de Dios en el mundo, a través del compromiso en las realidades temporales por la libertad y la justicia, por evitar la catástrofe ecológica y por un futuro digno del hombre. “El hombre –dice el Papa no es un testigo inerte del ingreso de Dios en la historia. Jesús nos invita a ‘buscar’ activamente ‘el reino de Dios y su justicia’ y a considerar esta búsqueda como nuestra preocupación principal (cf. Mt 6,33)”. Sigue, pues, el Papa la línea del Concilio Vaticano II, el cual advierte que la esperanza cristiana no sólo “no disminuye la importancia de las tareas terrenas, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su cumplimiento”[85] .

3. Peregrinación y conversión

37. El cristiano entre la búsqueda y el encuentro

“Dichosos lo que encuentran en Ti su fuerza y peregrinan hacia Ti de buena gana”(Sal 83,6). El rito de la peregrinación, como metáfora viva, es uno de los más adecuados para expresar la proyección cristiana. El cristianismo es un encuentro con Cristo. Éste no es sólo reflejo de lo humano universal que cada uno de nosotros lleva dentro, sino una realidad indeducible e irreductible a lo ya conocido. Pero tampoco es el “totalmente otro”, sino que existe en nuestro mundo y es hombre como nosotros.

El encuentro con Cristo se sitúa en el justo medio de ambas formas. Dado que Jesús es hombre y existe en una humanidad no deducible desde abajo, una vez existente, podemos reconocerle como una extensión, acrecentamiento y perfección de nuestro ser más íntimo, en lo que tiene de apertura al absoluto. Como en la peregrinación, la meta del camino nos viene notificada por el evangelio a través de los hechos e interpretación del sentido de esos hechos queridos por Dios para el hombre. Este da su respuesta poniéndose en camino hacia esa meta mediante una forma de vida determinada por la conversión como ruptura con la vida anterior y como fe en adhesión a la realidad propuesta. En la peregrinación jacobea se subrayan desde el comienzo de la misma las consecuencias de la conversión lograda con la intercesión del Apóstol. Así lo refleja el Liber Sancti Iacobi: “Pues han ido allá muchos pobres que después han sido felices; muchos débiles, después sanos; muchos enemistados, luego en paz; muchos crueles, después piadosos; muchos lujuriosos, después castos; muchos seglares, más tarde monjes; muchos avaros, luego espléndidos; muchos usureros, después dadivosos; muchos soberbios, después humildes; muchos mentirosos luego sinceros; muchos despojadores de lo ajeno, que luego dieron hasta sus vestidos a los pobres; muchos perjuros, después leales; muchos que formaron juicios falsos, que luego proclamaron la verdad; muchas estériles, las cuales después fueron madres; muchos perversos, después justos, por la gracia de Dios”[86]. Por otra parte, muchos peregrinos formalizaban sus testamentos, tratando de dejar resueltos sus asuntos personales antes de emprender el aventurado y penitencial viaje hasta el sepulcro del apóstol Santiago que custodia la Basílica Compostelana, fiel relicario del amigo del Señor[87].

38. El sentido cristiano de la historia

La penosa peregrinación hacia el futuro, que desde los orígenes caracteriza a la historia del hombre sobre la tierra, no está colgada del vacío, sino que está recogida en Dios, puesto que Jesús, más que modelo de vida, es fuente de vida nueva, novedad transformadora, el Hijo, Dios con nosotros. Es así como en el cristianismo se puede hablar de sentido de la historia. Por una parte, no se trata de un desarrollo separado y extraño de la historia humana en la tierra respecto a un lejano espectador celestial. Por otra, no se trata tampoco del proceso titánico de un hombre que se vaya construyendo como Dios, en una historia del tiempo confundida con la historia eterna.

El sentido cristiano de la historia consiste, en primer lugar, en el reconocimiento de la divinidad de Dios y de la mundanidad del mundo, en el respeto a la soberana trascendencia del uno y de la profunda dignidad del otro y, sobre todo, en la buena noticia pascual de la participación en la vida misma de Dios, que ha venido a plantar su tienda en el mundo y a hacer suya la historia de los hombres para manifestar con ella, con los hombres y para los hombres la gloria eterna de su amor. Sólo podemos realizar el sentido histórico completo viviendo con igual empeño la fe, la caridad y la esperanza correlativas al pasado, presente y futuro.

Bajo esta luz no se pierde nada de la historia de los hombres, puesto que todo puede ser vivido y transformado en unión con el Dios vivo; el peso de los días y la oscuridad del futuro se iluminan ante el compromiso del Dios con nosotros; la finitud y el dolor del presente reciben una explicación que toca al mismo amor trinitario de Dios y pueden ser soportados con amor gracias al Espíritu, que el Padre nos da en la comunión con su Cristo crucificado. En un mundo, en donde la exigencia más fuerte parece ser la búsqueda de sentido para la empresa personal y colectiva, la “patria trinitaria” cristiana se ofrece como la meta de nuestro caminar que da luz al camino, como la compañía de nuestro presente que da fuerza al peregrinar, como la memoria de nuestros orígenes que nos hace sentirnos arraigados y fundamentados en el amor (cf. Ef 3,17).

Al mismo tiempo, la meta de la “patria trinitaria”, hacia la que peregrina el hombre sobre la tierra, denuncia la miopía de toda posesión humana e invita a la pobreza acogedora y a la perenne novedad del corazón y de la vida, estimulándole a ser continuo peregrino “para el que el día no comienza en donde acaba otro día y al que ninguna aurora encuentra en donde lo dejó el atardecer”[88] .

4. Vivencia del encuentro con el Señor

39. El Espíritu como puente entre la historia y el misterio trinitario

Jesucristo, anclado en la historia, trasciende el mundo y nos revela su propio misterio de Hijo y en él el misterio trinitario. A la luz trinitaria es posible superar la “zanja” del tiempo y establecer un encuentro con Jesús que desarrolló su vida en la oscuridad de una remota parte del Imperio Romano. El es el “hombre para los otros”[89]: “De su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia” (Jn 1,16). De este modo su Espíritu salva la distancia entre los tiempos y el tiempo de la gracia y actualiza de otra forma la relación del acontecimiento irrepetible de la salvación en cada situación humana, escribiendo con ello la historia de Dios en la historia de los hombres. En el Espíritu de Cristo se hace posible el encuentro con el Padre a todo hombre que lo desee, cualquiera que sea el tiempo y el lugar en que se encuentre. El Espíritu es la garantía de que Dios tendrá siempre tiempo para el hombre.

La decisión del hombre por el Cristo viviente tiene lugar en el acto de fe, por el que, gracias también a la acción del Espíritu, el hombre se hace contemporáneo del tiempo de Dios, teniendo como resultado la divinización del hombre y la humanización de Dios. Lo que equivale a decir que, sin el Espíritu, la fe no es más que un piadoso recuerdo y por el Espíritu es la experiencia del Viviente, capaz de cambiar la vida del hombre en su concreto presente.


79 Cf. A. VERGOTE, “Amarás al Señor tu Dios”. La identidad cristiana, Madrid 1997.

80 M. ELIADE, El mito del eterno retorno, Madrid 1972, 103.

81 SAN AGUSTÍN, Expositio Epistolae ad Galatas: PL 35, 2131-2132.

82 SAN AGUSTÍN, De Trinitate, IX,1: PL 42, 961.

83 SAN BUENAVENTURA, Breviloquium: Opera omnia, 5, 201-202.

84 Cf. JUAN PABLO II, Alabanza a la Trinidad..., (cit. En nota 57), 138-154 p.

85 CONCILIO VATICANO II, Constitución “Gaudium et Spes”, nº 21.

86 Liber Sancti Iacobi “Codex Calixtinus”. Traducción por los Profesores A. Moralejo-C. Torres-J. Feo. Reedición preparada por X. Carro Otero, Pontevedra 1992, 202.

87 “Debidamente se encamina al Santuario de Santiago aquel que antes de emprender, perdona a los que le han hecho injuria, quien todos los remordimientos que le dirigen los demás o la propia conciencia, si le es posible hacerlo, los aplaca; [...] el que devuelve lo injustamente adquirido, si puede; el que convierte las disensiones en tranquilidad dentro de su jurisdicción; [...] el que una vez emprendido el camino, da lo necesario para el cuerpo y para el alma a los peregrinos necesitados [...]; el que no habla palabras ociosas, sino que cuenta anécdotas de los santos, huye de la embriaguez, de las pendencias y de la lujuria; la misa, si no todos los días, por lo menos los domingos y días festivos la oye, ora sin interrupción y todas las adversidades las aguanta con paciencia; el que al regresar a su domicilio se aparta de lo ilícito y en las buenas obras persevera hasta el fin, para poder cantar con el Salmista: Yo cantaba tus justificaciones, Señor, en el lugar de mi peregrinación” Ibid.,210-211.

88 Son palabras de G. Khalil Gibran, citadas por B. FORTE, Trinidad como historia, Salamanca 1988, 211.

89 Cf. D. BONHOEFFER, Resistencia y sumisión. Carta del 3 de agosto 1944, Barcelona 1969, 224ss.
introducción
I
II
III
IV
V
VI
exhortación