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PEREGRINOS POR GRACIA

Parte III

Peregrinos en la presencia del Señor


1. La disponibilidad que salva


40. La felicidad como don y tarea

La fe nace de una llamada, de un encuentro, de una relación, mediada de alguna forma por la palabra: “La fe proviene de la predicación” (Rom 10,17). La fe acoge, en la persona de Jesucristo, la intervención del Dios viviente en la historia, comprometiendo al hombre en lo más profundo. No brota originariamente del corazón del hombre, de su reflexión, de su deseo desmesurado y megalómano, sino que procede de fuera de nosotros, de la palabra que anuncia y da testimonio de lo que Dios ha obrado en la historia de Jesús por amor a los hombres para salvarlos.

Hay que añadir, sin embargo, que la felicidad es la suprema necesidad, la suprema esperanza, el supremo deseo y la suprema imposibilidad para el hombre, tal como lo describió San Agustín: “Toda la vida del buen cristiano es un santo deseo. Lo que deseas no lo ves todavía, mas por tu deseo te haces capaz de ser saciado cuando llegue el momento de la visión. Supón que quieres llenar una bolsa y que conoces la abundancia de lo que van a darte; entonces tenderás la bolsa, el saco, el odre o lo que sea; sabes cuán grande es lo que has de meter dentro y ves que la bolsa es estrecha, y por eso ensanchas la boca de la bolsa para aumentar su capacidad. Así Dios, difiriendo su promesa, ensancha el deseo; con el deseo ensancha el alma, y ensanchándola, la hace capaz de sus dones. Tal es nuestra vida: ejercitarnos en el deseo. Ahora bien, este santo deseo está en proporción directa con nuestro desasimiento de los deseos que suscita el amor del mundo. Ya hemos dicho en otra parte que un recipiente para ser llenado, tiene que estar vacío. Derrama, pues, de ti el mal, ya que has de ser llenado del bien”[90] .

En esta reflexión del Obispo de Hipona queda claro que la felicidad es a la vez un don y una tarea, nunca una conquista absoluta del hombre o un regalo que Dios diera al hombre sin esperarlo ni anhelarlo. Al mismo tiempo, la confianza en el hombre y la fe en Dios sólo son posibles donde el deseo de la verdad, la bondad y la belleza, basados más en el consentimiento personal y existencial que en el asentimiento conceptual y nocional, impulsan al hombre a peregrinar y encaminarse hacia una meta. Lo que equivale a decir que, si bien la fe en el hombre y la fe en Dios han sido siempre un acto intelectual, su origen es ético y práctico. Ningún otro sentido tienen las palabras de Pascal: “Trabajad, pues, para convenceros no por el aumento de las pruebas de Dios, sino por la disminución de las pasiones”[91] .

El mensaje cristiano está, pues, lejos de participar en el sueño prometeico de una consumación inmanente del proceso histórico. El progreso humano no se identifica con el Reino, aunque pueda ejercer respecto a él una suerte de causalidad dispositiva[92]. Más aún, partiendo de la doctrina de la justificación, tal y como ha sido definida por el concilio de Trento[93], la fe cristiana sostiene la necesidad de que el hombre coopere activamente en la recepción de la gracia, hasta el punto de que dicha actividad es condición imprescindible para la justificación, teniendo en cuenta la bondad, paciencia y generosidad de Dios y no ignorando que es la bondad de Dios la que nos invita al arrepentimiento (cf. Rom 2,4). Consecuentemente, a partir de estas premisas, podemos añadir asimismo que la felicidad plena es don trascendente, es decir, gracia, y que, por tanto, no puede ser causada por un factor inmanente, aunque sí debe ser acogida.

2. El hombre buscador de Dios

41. Una búsqueda abierta e insegura

Para ello, el hombre busca a Dios en una peregrinación, en la que se expresan las tensiones fundamentales hacia el sentido más profundo de la vida en relación con el misterio de Dios, marcadas por dos características particulares. Por una parte, se trata de una búsqueda abierta e insegura. El hombre actual, indagando en su propia vida, sobre su propio destino y sobre su camino, reflexionando sobre la familia, el trabajo o la situación socio-económica mundial, se da cuenta de que su búsqueda es abierta y no definida. Incluso a veces tiene la sensación de no acertar con la dirección hacia donde encaminarse. Por otra parte, esta búsqueda lleva inherente la conciencia de la separación. El hombre está moralmente separado de aquel a quien quiere encontrar. Enredado entre zarzas y sin encontrar el camino de vuelta a casa, su inquietud peregrinante se ve mediatizada por el afán de tenerlo todo, de vivir lo inmediato, de gozar la gratificación instantánea, sensacional y esotérica en el imperio de lo efímero, del continuo cambio e intercambio, de ceder a la tentación adolescente de probar nuevas experiencias fugaces mariposeando por todo sin detenerse en nada, de hacer un puro viaje sin adónde en un mundo carente de sentido, sin orden ni concierto.

Pese a todo, el Señor misericordioso no desprecia la inquieta búsqueda del hombre peregrino, ni siquiera la que queda sofocada por las preocupaciones del momento. Dios responde siempre al hombre y da en Cristo un significado preciso a su búsqueda, no sofocándola, sino purificándola, haciéndola crecer y conduciéndola a su madurez, ya que “[la misericordia de Dios] se anticipa para curarnos, pero continuará tras la curación para reanimarnos. Se anticipa para llamarnos, pero continuará para glorificarnos. Nos dispone a ser piadosos, consiguiendo que vivamos con él, porque sin él no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5)”[94]. Esto motiva al peregrino en la fe a mantenerse perseverante, siguiendo el consejo del autor de la carta a los Hebreos cuando dice: “Ya que estamos rodeados de tal nube de testigos, liberémonos de todo impedimento y del pecado que continuamente nos asedia y corramos con constancia en la carrera que se abre ante nosotros, fijos los ojos en Jesús, autor y perfeccionador en la fe, el cual animado por el gozo que le esperaba, soportó sin acobardarse la cruz y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Pensad pues en aquel que soportó en su persona tal contradicción de parte de los pecadores, a fin de que no os dejéis abatir por el desaliento” (Heb 12,1-4).

3. Dios buscador del hombre


42. La gracia y el amor de Dios

Dios quiere en todos los tiempos recuperar al hombre, independientemente de su historia, de su pasado, de su experiencia de alejamiento y de infidelidad. La búsqueda por parte de Dios es, pues, capaz de hacer crecer, de llevar a madurez, de conducir a buen término el peregrinar casi a tientas del hombre, como hijo pródigo o como oveja descarriada[95]. Jesús, Hijo de Dios hecho Hombre, manifiesta que la búsqueda humana no queda simplemente abandonada a sí misma, sino que es impulsada a crecer y madurar, y es capaz de adueñarse interiormente de los deseos y de las necesidades del hombre y transfigurarlos y conducirlos hacia metas insospechadas. Bien es verdad que también es Aquel a quien se puede resistir como nos advierte el Evangelio: “Qué tengo que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo. Te pido que no me atormentes” (Lc 8,8).

De esta forma el cristianismo no es sólo propuesta de sentido, programa de vida moral o invitación a la responsabilidad histórica, sino perdón de los pecados, gracia y resurrección de la carne, y por eso “el cristiano no puede envanecerse de su condición cristiana, porque él sigue siendo humano, demasiado humano; vive de la gracia de Dios que viene a los hombres y llega a cada hombre que se abre a ella y aprende a reconocerla en al cruz de Cristo. El don de Cristo no es, por tanto, el cristianismo como otra forma de religión del hombre, sino la gracia y el amor de Dios, que culminan en la cruz”[96].

Cristo es, sí, modelo de vida o ejemplo moral, pero de manera diferente a otros moralistas. Es don de vida antes que exigencia de acción, otorga su santo Espíritu antes que su santa Ley, da el poder antes que impone su hacer. En virtud de la gracia, connaturaliza nuestros corazones con el bien para que lo amemos y solamente desde allí nos manda realizarlo.

4. El hombre en la presencia de Dios

43. Convergencia de las dos búsquedas dentro de la vida


Los caminos del hombre como medio para descubrir la propia identidad religiosa y decidirse a seguir a Cristo, están siempre ante la presencia de Dios. La convergencia de la búsqueda del hombre por parte de Dios y de la búsqueda de Dios por parte del hombre se realiza en la vida. Dios no se encuentra con el hombre al margen de la vida, sino en el centro mismo de la existencia, pues “o se encuentra a Dios en el centro de la existencia o no será posible encontrarlo, porque el Dios que está en la periferia de la vida a decir verdad no es el Dios cristiano, sino un sucedáneo”.

El elemento decisivo del encuentro consiste en saber enlazar todos los hechos de la vida –palabras, deseos, gestos, personas – con algo más grande y con un significado más profundo, que da valor y gusto a todo lo que el hombre hace y desea. En este sentido, el amor de los esposos, la responsabilidad paterna y el esfuerzo de educar se ven bajo una luz nueva si se sitúan en una dimensión más amplia, sin medir los resultados a la luz del día que pasa. De igual modo, los jóvenes estudiantes o trabajadores, al preguntarse si es posible construir una juventud con una perspectiva profunda, intuyen que no pueden sopesar las decisiones basándose únicamente en los resultados de una jornada.

El encuentro con el Señor supone entrar en relación con él, una relación que transforma el corazón y la vida. Por un lado, la intención de Dios busca en Jesús al hombre, quiere encontrarse con él donde quiera que se halle y se hace compañero de viaje y comensal. Por otro, el encuentro es un acontecimiento de transformación, que transfigura el corazón, cambia la vida, reaviva la esperanza y hace renacer una relación con Dios buena y saludable.

44. La inclusión del hombre en Dios

Dios a la búsqueda del hombre entrega a su Hijo, que se hace uno de nosotros excepto en el pecado, identificándose con nosotros y con nuestro destino, hombre verdadero con todas las consecuencias, y que, desde dentro de la condición humana, rompe nuestra impotencia y abre la posibilidad de una realización infinita. “Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios”: este pensamiento constituye la más profunda intuición teológica de los santos padres. “El Verbo de Dios, escribe san Ireneo de Lyon, a causa de su inmenso amor, devino lo que nosotros somos para conseguirnos que fuéramos lo que él es”[97]. El hombre llega a ser por gracia lo que las personas de la Trinidad son por naturaleza. San Ireneo llama a esta inclusión del hombre en Dios y a la comunidad con él don de la “inmortalidad”, porque consiste en la participación de la vida divina[98].

El fin de la gracia es la “divinización” del hombre, imagen de Dios. La comprensión cristiana de la divinización humana lleva a considerar que la divinización es don divino, no autopromoción humana: el hombre puede endiosarse o idolizarse, pero no divinizarse; que no se trata de una pérdida por absorción de lo humano en lo divino: si así fuera, el hombre renunciaría a su identidad pues vive siempre de la gracia: “Peregrinos por gracia aquí abajo, ciudadanos por gracia allá arriba”[99]; y que no conlleva una metamorfosis alienante del ser propio en un ser extraño, una mezcla humano-divina[100]. Dios se ha humanado para que el hombre sea divinizado: “Cristo Jesús existiendo en forma de Dios, no reputó como botín (codiciable) ser igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre” (Fp 2,6-9).

La fe cristiana afirma que el único cumplimiento del hombre en cuanto humano es su participación por gracia en el ser que Dios es. Pero esta participación es más que mera imitación y de ningún modo fusión o absorción en lo divino[101]. Es asimilación por comunión vital en el seno de una relación interpersonal. Esta divinización consiste en la participación del ser divino del Hijo, en cuya humanidad gloriosa “habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col 2,9). De esta forma, la divinización cristiana termina desembocando en la categoría de filiación, ya que en y por el Hijo comulgamos en el ser del Padre y del Espíritu, que se relacionan con nosotros asumiéndonos en el Hijo (cf. Rom 8,14-17).

En la fe la búsqueda de Dios es, pues, la salvación del hombre y la salvación del hombre es la venida de Dios. De esta forma, se revela no sólo la identidad del hombre buscado, sino también la identidad de Jesús: “El Hijo del hombre que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Mt 18,11) y la del Dios de Jesús, que busca y salva al hombre perdido, y ante quien nuestra actitud ha de ser siempre la del peregrino suplicante: “Lleguemos, pues, confiadamente al trono de la gracia a fin de alcanzar misericordia y de hallar gracia para ser socorridos en el tiempo conveniente” (Heb 4,16). La humildad es la actitud para acoger la misericordia


90 SAN AGUSTÍN, In Epistolam Ioannis ad Parthos,IV, 6: PL 35, 2008-2009.

91 J. CHEVALIER (ed.), Pascal. Pensamientos sobre la verdad...., 243.

92 “Aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios” Concilio Vaticano II, Constitución “Gaudium et Spes”, nº. 39.

93 DH 1525s; 1554.

94 SAN AGUSTÍN, De natura et gratia XXXI, 35: PL 44, 403.

95 El peregrino ha de tener como referente en los días y noches de su peregrinar las parábolas de la misericordia (Lc 15). Así San Agustín confesaba: “Oh casa luminosa..., yo deseo que suspire hacia ti mi caminar; y lo digo al que te hizo, para que también me posea en ti, porque también me hizo a mí. Erré como oveja perdida, pero en los hombros de mi pastor, tu constructor, espero ser reportada hasta ti” Confessiones, XII, 15,21: PL 32, 833.

96 D. BONHOEFFER, Barcelona, Berlin, América 1928-1931, en: Werke, München 1991, X, 321.

97 SAN IRENEO, Adversus haereses V, praef.: PG 7 bis, 1120.

98 Cf. Y. de ANDIA, Homo vivens. Incorruptibilité et dininisation de l´homme selon Irene de Lyon, Paris 1986.

99 Refiriéndose a Abel dice San Agustín: “Peregrino en el siglo y perteneciente a la ciudad de Dios, predestinado y elegido por gracia, por gracia peregrino aquí abajo, por gracia ciudadano allá arriba” De civitate Dei XV, 1, 2: CCL XLVIII, 453-454.

100 Cf. L. SCHEFFCZYK – A. ZIEGENAUS, Katholische Dogmatik. VI: Die Heilsverwirklichung in der Gnade. Gnadenlehre, Aachen 1998, 112.

101 Escribe Pascal: “Por donde aparece claramente que el hombre por la gracia, se vuelve como semejante a Dios y participante de su divinidad, y sin la gracia es como semejante a las bestias brutas” B. PASCAL, Pensamientos sobre la verdad..., 229.

introducción
I
II
III
IV
V
VI
exhortación