Peregrinos
en la presencia del Señor
1. La disponibilidad
que salva
40. La felicidad como don y tarea
La fe nace de una llamada, de un encuentro, de una relación,
mediada de alguna forma por la palabra: “La fe proviene de la
predicación” (Rom 10,17). La fe acoge, en la persona
de Jesucristo, la intervención del Dios viviente en la historia,
comprometiendo al hombre en lo más profundo. No brota originariamente
del corazón del hombre, de su reflexión, de su deseo
desmesurado y megalómano, sino que procede de fuera de nosotros,
de la palabra que anuncia y da testimonio de lo que Dios ha obrado
en la historia de Jesús por amor a los hombres para salvarlos.
Hay que añadir, sin embargo, que la felicidad es la suprema
necesidad, la suprema esperanza, el supremo deseo y la suprema imposibilidad
para el hombre, tal como lo describió San Agustín: “Toda
la vida del buen cristiano es un santo deseo. Lo que deseas no lo
ves todavía, mas por tu deseo te haces capaz de ser saciado
cuando llegue el momento de la visión. Supón que quieres
llenar una bolsa y que conoces la abundancia de lo que van a darte;
entonces tenderás la bolsa, el saco, el odre o lo que sea;
sabes cuán grande es lo que has de meter dentro y ves que la
bolsa es estrecha, y por eso ensanchas la boca de la bolsa para aumentar
su capacidad. Así Dios, difiriendo su promesa, ensancha el
deseo; con el deseo ensancha el alma, y ensanchándola, la hace
capaz de sus dones. Tal es nuestra vida: ejercitarnos en el deseo.
Ahora bien, este santo deseo está en proporción directa
con nuestro desasimiento de los deseos que suscita el amor del mundo.
Ya hemos dicho en otra parte que un recipiente para ser llenado, tiene
que estar vacío. Derrama, pues, de ti el mal, ya que has de
ser llenado del bien”[90] .
En esta reflexión del Obispo de Hipona queda claro que la felicidad
es a la vez un don y una tarea, nunca una conquista absoluta del hombre
o un regalo que Dios diera al hombre sin esperarlo ni anhelarlo. Al
mismo tiempo, la confianza en el hombre y la fe en Dios sólo
son posibles donde el deseo de la verdad, la bondad y la belleza,
basados más en el consentimiento personal y existencial que
en el asentimiento conceptual y nocional, impulsan al hombre a peregrinar
y encaminarse hacia una meta. Lo que equivale a decir que, si bien
la fe en el hombre y la fe en Dios han sido siempre un acto intelectual,
su origen es ético y práctico. Ningún otro sentido
tienen las palabras de Pascal: “Trabajad, pues, para convenceros
no por el aumento de las pruebas de Dios, sino por la disminución
de las pasiones”[91] .
El mensaje cristiano está, pues, lejos de participar en el
sueño prometeico de una consumación inmanente del proceso
histórico. El progreso humano no se identifica con el Reino,
aunque pueda ejercer respecto a él una suerte de causalidad
dispositiva[92]. Más aún, partiendo
de la doctrina de la justificación, tal y como ha sido definida
por el concilio de Trento[93], la fe cristiana sostiene
la necesidad de que el hombre coopere activamente en la recepción
de la gracia, hasta el punto de que dicha actividad es condición
imprescindible para la justificación, teniendo en cuenta la
bondad, paciencia y generosidad de Dios y no ignorando que es la bondad
de Dios la que nos invita al arrepentimiento (cf. Rom 2,4). Consecuentemente,
a partir de estas premisas, podemos añadir asimismo que la
felicidad plena es don trascendente, es decir, gracia, y que, por
tanto, no puede ser causada por un factor inmanente, aunque sí
debe ser acogida.
2. El hombre buscador de Dios
41. Una búsqueda abierta e insegura
Para ello, el hombre busca a Dios en una peregrinación, en
la que se expresan las tensiones fundamentales hacia el sentido más
profundo de la vida en relación con el misterio de Dios, marcadas
por dos características particulares. Por una parte, se trata
de una búsqueda abierta e insegura. El hombre actual, indagando
en su propia vida, sobre su propio destino y sobre su camino, reflexionando
sobre la familia, el trabajo o la situación socio-económica
mundial, se da cuenta de que su búsqueda es abierta y no definida.
Incluso a veces tiene la sensación de no acertar con la dirección
hacia donde encaminarse. Por otra parte, esta búsqueda lleva
inherente la conciencia de la separación. El hombre está
moralmente separado de aquel a quien quiere encontrar. Enredado entre
zarzas y sin encontrar el camino de vuelta a casa, su inquietud peregrinante
se ve mediatizada por el afán de tenerlo todo, de vivir lo
inmediato, de gozar la gratificación instantánea, sensacional
y esotérica en el imperio de lo efímero, del continuo
cambio e intercambio, de ceder a la tentación adolescente de
probar nuevas experiencias fugaces mariposeando por todo sin detenerse
en nada, de hacer un puro viaje sin adónde en un mundo carente
de sentido, sin orden ni concierto.
Pese a todo, el Señor misericordioso no desprecia la inquieta
búsqueda del hombre peregrino, ni siquiera la que queda sofocada
por las preocupaciones del momento. Dios responde siempre al hombre
y da en Cristo un significado preciso a su búsqueda, no sofocándola,
sino purificándola, haciéndola crecer y conduciéndola
a su madurez, ya que “[la misericordia de Dios] se anticipa
para curarnos, pero continuará tras la curación para
reanimarnos. Se anticipa para llamarnos, pero continuará para
glorificarnos. Nos dispone a ser piadosos, consiguiendo que vivamos
con él, porque sin él no podemos hacer nada (cf. Jn
15,5)”[94]. Esto motiva al peregrino en la
fe a mantenerse perseverante, siguiendo el consejo del autor de la
carta a los Hebreos cuando dice: “Ya que estamos rodeados de
tal nube de testigos, liberémonos de todo impedimento y del
pecado que continuamente nos asedia y corramos con constancia en la
carrera que se abre ante nosotros, fijos los ojos en Jesús,
autor y perfeccionador en la fe, el cual animado por el gozo que le
esperaba, soportó sin acobardarse la cruz y ahora está
sentado a la derecha del trono de Dios. Pensad pues en aquel que soportó
en su persona tal contradicción de parte de los pecadores,
a fin de que no os dejéis abatir por el desaliento” (Heb
12,1-4).
3. Dios buscador del hombre
42. La gracia y el amor de Dios
Dios quiere en todos los tiempos recuperar al hombre, independientemente
de su historia, de su pasado, de su experiencia de alejamiento y de
infidelidad. La búsqueda por parte de Dios es, pues, capaz
de hacer crecer, de llevar a madurez, de conducir a buen término
el peregrinar casi a tientas del hombre, como hijo pródigo
o como oveja descarriada[95]. Jesús, Hijo
de Dios hecho Hombre, manifiesta que la búsqueda humana no
queda simplemente abandonada a sí misma, sino que es impulsada
a crecer y madurar, y es capaz de adueñarse interiormente de
los deseos y de las necesidades del hombre y transfigurarlos y conducirlos
hacia metas insospechadas. Bien es verdad que también es Aquel
a quien se puede resistir como nos advierte el Evangelio: “Qué
tengo que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo.
Te pido que no me atormentes” (Lc 8,8).
De esta forma el cristianismo no es sólo propuesta de sentido,
programa de vida moral o invitación a la responsabilidad histórica,
sino perdón de los pecados, gracia y resurrección de
la carne, y por eso “el cristiano no puede envanecerse de su
condición cristiana, porque él sigue siendo humano,
demasiado humano; vive de la gracia de Dios que viene a los hombres
y llega a cada hombre que se abre a ella y aprende a reconocerla en
al cruz de Cristo. El don de Cristo no es, por tanto, el cristianismo
como otra forma de religión del hombre, sino la gracia y el
amor de Dios, que culminan en la cruz”[96].
Cristo es, sí, modelo de vida o ejemplo moral, pero de manera
diferente a otros moralistas. Es don de vida antes que exigencia de
acción, otorga su santo Espíritu antes que su santa
Ley, da el poder antes que impone su hacer. En virtud de la gracia,
connaturaliza nuestros corazones con el bien para que lo amemos y
solamente desde allí nos manda realizarlo.
4. El hombre en la presencia de Dios
43. Convergencia de las dos búsquedas dentro de la vida
Los caminos del hombre como medio para descubrir la propia identidad
religiosa y decidirse a seguir a Cristo, están siempre ante
la presencia de Dios. La convergencia de la búsqueda del hombre
por parte de Dios y de la búsqueda de Dios por parte del hombre
se realiza en la vida. Dios no se encuentra con el hombre al margen
de la vida, sino en el centro mismo de la existencia, pues “o
se encuentra a Dios en el centro de la existencia o no será
posible encontrarlo, porque el Dios que está en la periferia
de la vida a decir verdad no es el Dios cristiano, sino un sucedáneo”.
El elemento decisivo del encuentro consiste en saber enlazar todos
los hechos de la vida –palabras, deseos, gestos, personas –
con algo más grande y con un significado más profundo,
que da valor y gusto a todo lo que el hombre hace y desea. En este
sentido, el amor de los esposos, la responsabilidad paterna y el esfuerzo
de educar se ven bajo una luz nueva si se sitúan en una dimensión
más amplia, sin medir los resultados a la luz del día
que pasa. De igual modo, los jóvenes estudiantes o trabajadores,
al preguntarse si es posible construir una juventud con una perspectiva
profunda, intuyen que no pueden sopesar las decisiones basándose
únicamente en los resultados de una jornada.
El encuentro con el Señor supone entrar en relación
con él, una relación que transforma el corazón
y la vida. Por un lado, la intención de Dios busca en Jesús
al hombre, quiere encontrarse con él donde quiera que se halle
y se hace compañero de viaje y comensal. Por otro, el encuentro
es un acontecimiento de transformación, que transfigura el
corazón, cambia la vida, reaviva la esperanza y hace renacer
una relación con Dios buena y saludable.
44. La inclusión del hombre en Dios
Dios a la búsqueda del hombre entrega a su Hijo, que se hace
uno de nosotros excepto en el pecado, identificándose con nosotros
y con nuestro destino, hombre verdadero con todas las consecuencias,
y que, desde dentro de la condición humana, rompe nuestra impotencia
y abre la posibilidad de una realización infinita. “Dios
se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios”: este pensamiento
constituye la más profunda intuición teológica
de los santos padres. “El Verbo de Dios, escribe san Ireneo
de Lyon, a causa de su inmenso amor, devino lo que nosotros somos
para conseguirnos que fuéramos lo que él es”[97].
El hombre llega a ser por gracia lo que las personas de la Trinidad
son por naturaleza. San Ireneo llama a esta inclusión del hombre
en Dios y a la comunidad con él don de la “inmortalidad”,
porque consiste en la participación de la vida divina[98].
El fin de la gracia es la “divinización” del hombre,
imagen de Dios. La comprensión cristiana de la divinización
humana lleva a considerar que la divinización es don divino,
no autopromoción humana: el hombre puede endiosarse o idolizarse,
pero no divinizarse; que no se trata de una pérdida por absorción
de lo humano en lo divino: si así fuera, el hombre renunciaría
a su identidad pues vive siempre de la gracia: “Peregrinos por
gracia aquí abajo, ciudadanos por gracia allá arriba”[99];
y que no conlleva una metamorfosis alienante del ser propio en un
ser extraño, una mezcla humano-divina[100].
Dios se ha humanado para que el hombre sea divinizado: “Cristo
Jesús existiendo en forma de Dios, no reputó como botín
(codiciable) ser igual a Dios, antes se anonadó, tomando la
forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en
la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta
la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios lo exaltó y le
otorgó un nombre sobre todo nombre” (Fp 2,6-9).
La fe cristiana afirma que el único cumplimiento del hombre
en cuanto humano es su participación por gracia en el ser que
Dios es. Pero esta participación es más que mera imitación
y de ningún modo fusión o absorción en lo divino[101].
Es asimilación por comunión vital en el seno de una
relación interpersonal. Esta divinización consiste en
la participación del ser divino del Hijo, en cuya humanidad
gloriosa “habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente”
(Col 2,9). De esta forma, la divinización cristiana termina
desembocando en la categoría de filiación, ya que en
y por el Hijo comulgamos en el ser del Padre y del Espíritu,
que se relacionan con nosotros asumiéndonos en el Hijo (cf.
Rom 8,14-17).
En la fe la búsqueda de Dios es, pues, la salvación
del hombre y la salvación del hombre es la venida de Dios.
De esta forma, se revela no sólo la identidad del hombre buscado,
sino también la identidad de Jesús: “El Hijo del
hombre que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”
(Mt 18,11) y la del Dios de Jesús, que busca y salva al hombre
perdido, y ante quien nuestra actitud ha de ser siempre la del peregrino
suplicante: “Lleguemos, pues, confiadamente al trono de la gracia
a fin de alcanzar misericordia y de hallar gracia para ser socorridos
en el tiempo conveniente” (Heb 4,16). La humildad es la actitud
para acoger la misericordia
90 SAN AGUSTÍN, In Epistolam Ioannis ad Parthos,IV,
6: PL 35, 2008-2009.
91 J. CHEVALIER (ed.), Pascal. Pensamientos sobre la
verdad...., 243.
92 “Aunque hay que distinguir cuidadosamente
el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo,
el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la
sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios” Concilio Vaticano
II, Constitución “Gaudium et Spes”, nº. 39.
93 DH 1525s; 1554.
94 SAN AGUSTÍN, De natura et gratia XXXI, 35:
PL 44, 403.
95 El peregrino ha de tener como referente en los días
y noches de su peregrinar las parábolas de la misericordia (Lc
15). Así San Agustín confesaba: “Oh casa luminosa...,
yo deseo que suspire hacia ti mi caminar; y lo digo al que te hizo,
para que también me posea en ti, porque también me hizo
a mí. Erré como oveja perdida, pero en los hombros de
mi pastor, tu constructor, espero ser reportada hasta ti” Confessiones,
XII, 15,21: PL 32, 833.
96 D. BONHOEFFER, Barcelona, Berlin, América
1928-1931, en: Werke, München 1991, X, 321.
97 SAN IRENEO, Adversus haereses V, praef.: PG 7 bis,
1120.
98 Cf. Y. de ANDIA, Homo vivens. Incorruptibilité
et dininisation de l´homme selon Irene de Lyon, Paris 1986.
99 Refiriéndose a Abel dice San Agustín:
“Peregrino en el siglo y perteneciente a la ciudad de Dios, predestinado
y elegido por gracia, por gracia peregrino aquí abajo, por gracia
ciudadano allá arriba” De civitate Dei XV, 1, 2: CCL XLVIII,
453-454.
100 Cf. L. SCHEFFCZYK – A. ZIEGENAUS, Katholische
Dogmatik. VI: Die Heilsverwirklichung in der Gnade. Gnadenlehre, Aachen
1998, 112.
101 Escribe Pascal: “Por donde aparece claramente
que el hombre por la gracia, se vuelve como semejante a Dios y participante
de su divinidad, y sin la gracia es como semejante a las bestias brutas”
B. PASCAL, Pensamientos sobre la verdad..., 229.
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