Dinamismo
de la peregrinación
1.
La peregrinación, práctica constante en la historia
de la humanidad
45. La peregrinación como momento privilegiado de la
trayectoria personal del hombre en la fe
“Alabanza, súplica, confianza, eso sólo le acontece
al hombre que se está moviendo y desplazando, al hombre en
marcha”[102]. En este sentir, la peregrinación
es una de las prácticas más antiguas tanto en la historia
de la humanidad como dentro de la tradición cristiana. “Ha
sido siempre un momento significativo en la vida de los creyentes,
asumiendo en las diferentes épocas históricas expresiones
culturales diversas. Evoca el camino personal del creyente siguiendo
las huellas del Redentor: es ejercicio de ascesis laboriosa, de arrepentimiento
por las debilidades humanas, de constante vigilancia de la propia
fragilidad y de preparación interior a la conversión
del corazón. Mediante la vela, el ayuno y la oración,
el peregrino avanza por el camino de la perfección cristiana,
esforzándose por llegar con la ayuda de la gracia de Dios al
estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo”[103].
En el fenómeno de la peregrinación como una constante
en la historia, independientemente de los muchos cambios que ha experimentado
la condición humana, se basa el Papa Juan Pablo II para decir
a los directores de peregrinaciones en reunión celebrada en
1980: “Tenéis en vuestras manos una clave para el futuro
religioso de nuestros tiempos”.
Las personas acuden en gran número y casi siempre con espíritu
de búsqueda, arrepentimiento, gratitud y buena disposición
para el favor divino. De esta forma, la peregrinación puede
convertirse en un momento privilegiado de la trayectoria personal
del hombre en la fe y aunque no se realice física y geográficamente,
puede servir para progresar en la fe personal, como un itinerario
hacia la plenitud de vida. Una auténtica peregrinación
será siempre un tiempo y un espacio privilegiados para el descubrimiento,
el discernimiento, la iluminación y la conversión. Jesús
devolvió a los discípulos de Emaús la memoria
y la verdadera interpretación de la historia. También
hoy este relato es una imagen del peregrinar cristiano muy adecuada
para los peregrinos de la Europa postcristiana. Estos, iluminando
los acontecimientos de su vida con la luz y orientándolos con
el sentido de las Escrituras, pueden recuperar la esperanza y convertirse
en ecos del encuentro con el Señor al retornar nuevamente a
la comunidad familiar, parroquial y diocesana y al desarrollar su
actividad laboral, social, cultural, política y económica.
Los itinerarios de la peregrinación espiritual
46. El “itinerario interior de la soledad”
La peregrinación jacobea ha mantenido siempre esta doble dimensión:
la devocional, reflejada en la súplica de la intercesión
del Apóstol, y la penitencial como búsqueda de conversión.
Esto supuesto, la misma peregrinación, como experiencia viva,
refleja la realidad íntima de la Iglesia. La relación
transformante con el Hijo, que es el Camino, la establece el hombre
en la peregrinación a través de tres itinerarios, conforme
a la doctrina expuesta por santo Tomás de Aquino en su Suma,
que entendía al hombre desarrollando la grandeza de su vocación
entre la salida (exitus) y el retorno (reditus): la salida de Dios
como Creador para hacer un camino que le conduciría en definitiva
al retorno al Dios Trino “ a cuya imagen fuimos creados. [El]
es nuestro supremo gozo, mayor no lo hay”[104].
Uno de los itinerarios de esta peregrinación es el “itinerario
de la soledad” que recorre el peregrino. La soledad es el presupuesto
o punto de partida para llegar a la ultimidad fontal, de donde brota
la humanidad verdadera, en el sentido de las palabras de Whitehead:
“La religión es [...] soledad. Y si usted no está
nunca en soledad, no será nunca religioso”[105].
Este es el itinerario interior que prepara al hombre para recibir
el don de Dios en “gemidos inefables” (Rom 8,26).
El Concilio Vaticano II formula un aspecto importante del itinerario
interior, cuando dice: “Todos llevan en su corazón una
ley inscrita por Dios. En obedecerla consiste la dignidad de la persona
humana; de acuerdo con ella será juzgada la persona... La conciencia
es el núcleo y el santuario más secreto de una persona.
Allí está el hombre a solas con Dios, cuya voz resuena
en lo más profundo de la persona”[106].
La sensibilidad a la voz de Dios en las profundidades del propio ser
presupone el desarrollo de una capacidad de respuesta a la dinámica
de la interioridad que está hecha de asombro, reflexión,
contemplación y entrega a la intimidad del Dios que revela
y que “está presente en el hombre, pero también
ausente porque es infinitamente superior a cuanto hay de superior
en él [107]. No es, pues, posible una vida
cristiana plenamente efectiva sin el desarrollo de esta dimensión
de la peregrinación cristiana. “En el hombre interior
habita la verdad”[108]
47. El “itinerario del compromiso y de la solidaridad”
Sin embargo, la soledad, como todas las posibilidades de la vida humana,
es ambivalente y, para ser fecunda, tiene que ser percibida y vivida
como la huella que invita a seguir un camino en compañía.
Para el hombre creyente la soledad no es origen y fin radical, puesto
que el principio es el misterio de Dios, que siendo trinitario, es
compañía. Es aquí donde en el peregrinar de nuestra
vida hay que situar el segundo “itinerario del compromiso”.
Reconocido el prójimo en la soledad, el hombre emprende el
“itinerario del compromiso”, cuya meta se sitúa
en la construcción de un mundo en el que sea posible hablar,
compartir y construir sobre unos valores aceptados y garantizados
evangélicamente. “En esto conocerán todos que
sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos
a los otros” (Jn 13,35). “El peregrino jacobeo se ve espoleado
también en su camino por la aplicación de los principios
cristianos a la vida social. El cristianismo, vivo y firme en la fe,
debe mostrarse vivo y fecundo en la caridad, lo cual hoy no puede
dejar de adquirir formas de amplitud social, según la doctrina
social de la Iglesia”[109] .
48. El “itinerario ecuménico”
El compromiso y la solidaridad con todos descubren que la humanidad
ofrece distintas formas de expresión religiosa y cultural.
No es posible asignar la plenitud de lo humano a una sola raza o cultura,
sino que más bien subsiste en el espectro completo de la diversidad
cultural, étnica y lingüística, lo cual constituye
el tercer itinerario, que denominamos “itinerario ecuménico”.
Una de las grandes aportaciones del Concilio Vaticano II consistió
en articular las actitudes del respeto y de la apertura hacia las
diversas tradiciones de la humanidad, como se puede apreciar cuando
afirma: “También las otras religiones que se encuentran
por todo el mundo se esfuerzan por responder de varias maneras a la
inquietud del corazón humano, proponiendo caminos, es decir,
doctrinas, normas de vida y ritos sagrados. La Iglesia católica
nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo.
Considera con sincero respeto los modos de obrar y vivir, los preceptos
y las doctrinas, que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que
ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello
de aquella Verdad que ilumina a los hombres. Anuncia y tiene la obligación
de anunciar constantemente a Cristo, que es el camino, la verdad y
la vida (Jn 14,6), en quien los hombres encuentran la plenitud de
la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas
las cosas”[110]. Es momento de afirmar la
vocación universal católica. En este sentido, “preclaro
símbolo de esa vocación es Santiago de Compostela, la
ciudad que por la fuerza de la memoria apostólica, atrae a
distintos pueblos para que encuentren la unidad en una misma fe”[111].
El camino de Santiago es vínculo poderoso de unidad dentro
de un ideal religioso.
49. Invitación a la comunión, plenitud e integridad
humanas
La peregrinación por estos itinerarios no es una aventura solitaria,
sino una invitación a la comunión, plenitud e integridad
humanas. Anunciar el reino de la fraternidad, la libertad, la justicia,
la solidaridad y la vida como realidades ya implantadas por Jesucristo,
equivale a comprometerse contra el odio, la esclavitud, la injusticia
y la muerte; a “sentir al hermano de fe” para saber compartir
alegrías y sufrimientos, intuir sus deseos y atender sus necesidades;
a “ver lo que hay de positivo” en los otros para acogerlo
y valorarlo como don de Dios; y a “dar espacio a los otros”
llevando mutuamente las cargas” (cf. Gal 6,2) . La palabra que
proclama el evangelio de salvación es una palabra sacramental,
es sacramento: ha de obrar lo que significa. Por consiguiente, sólo
se proferirá de un modo veraz en tanto en cuanto verifique
sus contenidos actuándolos, haciéndolos sobrevenir.
2. La espiritualidad de la peregrinación
50. Dimensión escatológica
La peregrinación, como “experiencia religiosa universal”,
sigue manteniendo en la actualidad los elementos esenciales de su
espiritualidad, puestos de relieve en las diferentes dimensiones:
escatológica, penitencial, festiva, cultural, apostólica
y de comunión[112] .
En primer lugar, la peregrinación es una ayuda para la toma
de conciencia de la perspectiva escatológica en la que se mueve
el cristiano. La vida cristiana, como vida en el Espíritu,
consiste según san Pablo, en no dejarse guiar por las obras
de la carne, sino por el Espíritu, en optar, no por lo perecedero,
sino por lo imperecedero, en vivir según Dios y no según
el hombre (cf. Gal 5,17-25; 6,8; Rom 8,2-15). La vida desde el Espíritu
significa, positivamente, apertura a Dios y al prójimo. La
apertura a Dios se realiza principalmente en la oración (cf.
Rom 8,15.26s; Gal 4,6), como ventana abierta a su infinitud. Gracias
al Espíritu poseemos la libertad de los hijos de Dios. El hombre
libre es el que se libera de sí mismo para poder estar a disposición
de Dios y también de los otros. El desinterés del amor
es la verdadera libertad cristiana, ya que de aquí nacen los
frutos del Espíritu, que son: amor, alegría, paz, tolerancia,
agrado, generosidad, lealtad, sencillez, dominio de sí (cf.
Gal 5,22 s). De este modo el Espíritu promueve el reino de
la libertad de los hijos de Dios y hace que el cristiano viva en el
vaivén entre el “ya” y el “aún no”.
Lo que significa que vivir en el Espíritu es ante todo asentar
la vida en la dinámica de la esperanza y aguardar la transformación
definitiva del mundo. Si la fe es el punto de partida e inicio de
la experiencia cristiana, si la caridad es, en sí misma, la
virtud mayor (1 Cor 13,13), la esperanza es la virtud primera del
“homo viator”, en su peregrinar terrestre. Caminamos hacia
el fin de los tiempos, entendido no como catástrofe, sino como
plenitud y culminación de la historia. Este peregrinaje comienza
ya ahora, completamente bajo la promesa de Dios, pero confiado completamente
a la responsabilidad del hombre. “El peregrino sabe que ‘aquí
abajo no tenemos una ciudad estable’ (Heb 13,14), por lo cual
más allá de la meta inmediata del santuario, avanza
a través del desierto de la vida, hacia el Cielo, hacia la
tierra prometida”[113]. Esta dimensión
escatológica de la peregrinación terrenal hace exclamar
a Bonhoeffer: “Dichosos los que, habiendo reconocido [la gracia
de Dios en Jesucristo], pueden vivir en el mundo sin perderse en él;
aquellos que en el seguimiento de Jesucristo están tan seguros
de la patria celeste que se sienten realmente libres para vivir en
el mundo”[114] .
51. Dimensión penitencial
Además, “la peregrinación se configura como un
‘camino de conversión’: al caminar hacia el santuario,
el peregrino realiza un recorrido que va desde la toma de conciencia
del propio pecado y de los lazos que le atan a las cosas pasajeras
e inútiles, hasta la consecución de la libertad interior
y la comprensión del sentido profundo de la vida”[115].
El peregrino toma conciencia del pecado y lo rechaza. Se desviste
del hombre viejo para revestirse del hombre nuevo. Es decir, la vida
de fe se expresa a través de la conversión y la penitencia.
Lo que significa que “penitencia” sólo puede aclararse
sobre el trasfondo de una amplia comprensión de la fe. La fe
es una vuelta sin reservas (conversión) hacia Dios y, consecuentemente,
vuelta de otros esquemas y proyectos de la existencia, abandono de
otras formas de asegurar y fundamentar la vida, abandono del dinero,
del placer y del poder, en cuanto son comprendidos como garantía
y plenitud de la vida. La fe es la actitud que deja que Dios sea completamente
Dios. Por esto, la penitencia es su fuerza crítica frente a
los viejos ídolos, frente a todas las pretensiones de absolutez
por parte de los sistemas ideológicos y políticos.
Así lo resume Juan Pablo II cuando escribe: “La conversión
(metanoia), a la que cada ser humano está llamado, lleva a
aceptar y hacer propia la nueva mentalidad propuesta por el Evangelio.
Esto supone el abandono de la forma de pensar y actuar del mundo,
que tantas veces condiciona fuertemente la existencia. Como recuerda
la Sagrada Escritura, es necesario que muera el hombre viejo y nazca
el hombre nuevo, es decir, que todo el ser humano se renueve ‘hasta
alcanzar un conocimiento perfecto según la imagen de su creador’
(Col 3, 10). En ese camino de conversión y búsqueda
de la santidad ‘deben fomentarse los medios ascéticos
que existieron siempre en la práctica de la Iglesia, y que
alcanzan la cima en el sacramento del perdón, recibido y celebrado
con las debidas disposiciones’. Sólo quien se reconcilia
con Dios es protagonista de una auténtica reconciliación
con y entre los hermanos”[116] .
La peregrinación, pues, pone en evidencia que fe cristiana
y penitencia se pertenecen mutuamente, en cuanto que la penitencia
no es en el fondo ninguna otra cosa que la otra cara de la fe que
nos impulsa a vivir el amor de Dios hasta olvidarnos de nosotros mismos
y abandonar el amor de nosotros mismos que nos lleva a despreciar
a Dios[117] .
52. Dimensión festiva
Esta dimensión penitencial de la peregrinación “coexiste
con la dimensión festiva: también ésta se encuentra
en el centro de la peregrinación, en la que aparecen no pocos
motivos antropológicos de la fiesta”[118].
Todos los elementos integrantes de la peregrinación vienen
a significar que la existencia cristiana está presidida por
el gozo del Espíritu. Si poseemos ya, en arras y primicias,
el don del Espíritu, entonces poseemos ya la felicidad escatológica
incoativamente, en el sentido de que ésta no es algo que debe
diferirse hasta el fin, sino que se dispensa y se disfruta festivamente
en el ahora de la efusión del Espíritu. Por tanto, al
igual que la alegría de la peregrinación, la alegría
cristiana no es la impasibilidad pagana (apátheia), ni la felicidad
de la civilización del bienestar: la instalación placentera
en la existencia, la mayor acumulación posible de experiencias
gratificantes y de goces intensos y variados, la buena vida como única
versión válida de la vida buena.
53. Dimensión cultual
La peregrinación es esencialmente un acto de culto. Es un caminar
hacia el encuentro con Dios en un santuario, con una actitud de alabanza,
gratitud por los dones recibidos y súplica de las gracias necesarias
para la vida o el perdón por los pecados cometidos para participar
en la Pascua de Cristo, “en ese paso de lo divino a lo humano,
de la muerte a la vida, hacia la unidad de Dios y el hombre. El culto
cristiano es, de esta forma, el cumplimiento y la realización
concretos de la palabra que Jesús proclamó el primer
día de la gran semana, el Domingo de Ramos, en el templo de
Jerusalén: ´Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré
a todos hacia mí (Jn 12,22)´”[119].
En el culto, expresión de una actitud gratuita ante Dios, la
palabra divina nos es dada como vida, evitando el riesgo de reducir
a Jesús a puro objeto del pasado o maestro de moral. También,
como la oveja perdida cargada sobre los hombros de Cristo y “de
vuelta a casa”, reconocemos y proclamamos laudatoriamente que
somos gracia, y tomamos conciencia de ella en la medida que lo decimos
delante de Dios.
54. Dimensión apostólica
Dada la situación itinerante del peregrino al modo de Jesús
y sus discípulos recorriendo los caminos de Palestina para
anunciar el Evangelio, la peregrinación es un anuncio de fe
y los peregrinos se convierten en “heraldos de Cristo”[120].
Como los Apóstoles enviados a predicar por Jesús, los
discípulos peregrinos no deben llevar ni equipaje ni provisiones
ni dinero; deben depender enteramente de la hospitalidad que les ofrezcan
en las ciudades y pueblos en los que entren (cf. Mt 10,9-11). Se ponen
en camino en nombre de Jesús y en nombre del que ha enviado
a Jesús (cf. Mt 10,40). Gracias a las dos misiones trinitarias
que de forma visible tuvieron lugar por la encarnación del
Hijo en el seno de María y la efusión de Pentecostés,
en el peregrino tiene que encarnarse, nacer y tomar cuerpo Jesús
y descender el Espíritu, de forma que, como los apóstoles,
pueda ser testigo más allá de Jerusalén, Samaría
y Judea.
55. Dimensión de comunión
El peregrino está en comunión de fe y caridad no sólo
con los compañeros que le acompañan, sino con el mismo
Jesús, como en el camino de Emaús (cf. Lc 24,13-35),
con su comunidad de origen, con la iglesia que habita en el cielo
y peregrina en la tierra, con los peregrinos de todos los tiempos,
con la naturaleza y con toda la humanidad[121].
La comunión universal de todos los cristianos se funda en la
misma fe, vivida como encuentro radical con Cristo, y en la misma
experiencia del Espíritu, en libertad y amor, que une a todos
los cristianos (cf. Gal 3,1-5). Sin embargo, la novedad de esa experiencia
no se cierra en aquellos rasgos carismáticos que se limitan
a la emoción interna y a la elevación supra-racional,
que sin duda existen, sino que se abre en amor misionero y servicio
mutuo. Por eso san Pablo apela, más allá de la Ley,
al Espíritu de Cristo, recibido por fe (cf. Gal 3,1-3) y expresado
en “amor, gozo, paz” (cf. Gal 5,22), como garantía
de unión eclesial y misión universal. “Hacer de
la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: este es el
gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza,
si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también
a las profundas esperanzas del Mundo”[122]
.
102 P. BEAUCHAMP, Psaumes nuit et jour, Paris 1980,
147.
103 JUAN PABLO II, Bula “Incarnationis mysterium”…,
nº 7.
104 SAN AGUSTÍN, De Trinitate, I, VIII, 17-18:
PL 42, 831-832.
105 A.N. WHITEHEAD, Religion in the Making, New York
1926, 16 s.
106 CONCILIO VATICANO II, Constitución “Gaudium
et Spes”, nº 16.
107“Interior intimo meo et superior summo meo”
SAN AGUSTÍN, Confessiones III, 6, 11: PL 32, 688.
108 SAN AGUSTÍN, De vera religione,39, 72:
PL 34, 154.
109 PABLO VI, Mensaje radiotelevisado en la Fiesta
del Patrono de España, Año Santo 1965: Ecclesia 1254(31
julio 1965), 5.
110 CONCILIO VATICANO II, Declaración “Nostra
Aetate”, nº 2
111 JUAN PABLO II, Discurso del Papa [respuesta al
saludo de S.M. el Rey Juan Carlos I]: IV Jornada Mundial de la Juventud...,
226.
112 Cf. CCDYDS, Directorio sobre la piedad popular
y la liturgia..., nº 286.
113 Ibid.
114 D. BONHOEFFER, El precio de la gracia, Salamanca
19995, 25
115 CCDYDS, Directorio sobre la piedad popular y la
liturgia, .nº 286.
116JUAN PABLO II, Ecclesia in America (22 de enero
de 1999), nº. 32.
117 Cf. SAN AGUSTÍN, De civitate Dei XIV, 28:
CCL XLVIII, 451.
118 CCDYDS, Directorio sobre la piedad popular y la
liturgia...., nº 286.
119 J. RATZINGER, El espíritu de la Liturgia.
Una introducción, Madrid 2001, 55. Cf. R. GUARDINI, Sobre el
espíritu de la Liturgia, Barcelona 1999.
120 CCDYDS, Directorio sobre la piedad popular y la
liturgia..., nº 286.
121 Ibid.
122 JUAN PABLO II, Carta Apostólica “Novo
millennio ineunte”, nº 43.
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