Cristo,
peregrino de la gracia del Padre
1.
Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre
56. Filiación divina en y por Cristo
Cristo, “el Hijo que da Figura y Palabra a Dios en el mundo”
, es constituido por la relación al Padre que le envía
y a aquellos a quienes es enviado, con los que tienen la misma naturaleza
y comparte el mismo destino. Es el Hijo por antonomasia, cuya filiación
se basa en la generación y la consiguiente participación
de naturaleza. Pero Jesús no sólo llama a Dios Abbá,
sino que enseña a los suyos a hacer lo mismo. “Puesto
que sólo un hijo conoce realmente a su padre, sólo él
es capaz de trasmitir a otros este conocimiento”[124].
A partir de este hecho capital, la idea de una participación
humana en lo divino está indisolublemente vinculada a la persona
y a la obra de Cristo, esto es, a la idea y realidad de filiación
en y por Cristo.
Así, la existencia cristiana consiste en reproducir los misterios
salutíferos de Cristo: convivir, consufrir, conmorir, ser consepultados,
conresucitar, ser coherederos, ser conglorificados. Es cristiano aquél
en quien Cristo se va formando (cf. Gal 4,19; 2Cor 3,18; Col 3,10),
el que va reproduciendo la imagen del Hijo (cf. Rom 8,29) hasta que
esa imagen cobre una cualidad suma en la resurrección (cf.
1Cor 15,49; Fil 3,21). La asunción de la forma del Hijo por
parte del hombre se debe a la acción graciosa de comunicación
de la vida del Hijo, que hacía decir al Apóstol: “No
vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).
Asimismo, la existencia cristiforme[125] del creyente
conlleva una psicología igualmente cristiforme, en virtud de
la cual participamos de “los mismos sentimientos” de Cristo
(Fil 2,5), que han de exteriorizarse en las obras y, sobre todo en
la caridad fraterna (cf. 1Jn 2,29; 4,7-13), que es un amar como Cristo
nos amó (cf. Jn 13,34; 15,12) o un dar la vida como él
la dio (cf. 1Jn 3,16).
57. La comunicación personal divina por Cristo
La vida cristiana está así trenzada por hilos de horizontes
abiertos e ideales de grandeza –la propia del Verbo encarnado
– a la vez que por hilos de realismo, condición histórica
y pequeñez amada –la propia de Jesús desde Nazaret
hasta el Calvario[126], a quien debemos imitar:
“Haceos los sordos cuando alguien os hable a no ser de Jesucristo,
el de la descendencia de David, el hijo de María, que nació
verdaderamente, que comió y bebió como hombre, que fue
perseguido verdaderamente bajo Poncio Pilato y verdaderamente también
fue crucificado y murió verdaderamente a la vista de los seres
celestes, terrestres e infernales. El resucitó verdaderamente
de los muertos, habiendo sido resucitado por su mismo Padre, y a semejanza
suya, a los que hemos creído en Él también su
Padre nos resucitará en Jesucristo, fuera del cual no tenemos
la vida verdadera”[127].
La paradoja cristológica de muerte resurrección revela
asimismo la paradoja trinitaria. Dios, revelado en Cristo, es Padre,
Hijo y Espíritu, que se ponen y proponen recíprocamente
y hacia los hombres, cada uno en su relación concreta y original
al otro. Dios es comunidad dialogal en la cual un Yo se pone y propone
a un Tú, que Lo acoge y se Le da, en la comunión de
un Nosotros, que no es un El fuera del diálogo, sino que es
precisamente el Nosotros en persona: El Espíritu. En esta comunidad
de relaciones es introducido el hombre, que entra en contacto con
Jesús. Aquí se funda la exigencia absoluta de decisión
que plantean la predicación y la actuación de “Jesús
nazareno, varón poderoso en obras y palabras” (Lc 24,19).
En su historia y en su conciencia filial, el Padre se ha puesto en
una relación nueva y transformadora con los hombres, enviándoles
a través del Hijo al Espíritu. El hombre tiene acceso
al Padre en el Espíritu y a través del Hijo. “En
este nombre se encuentran y separan dos mundos... el mundo de la carne,
[...] y el mundo del Padre[...] El punto de la línea de intersección
en que ella puede ser vista y es vista es Jesús, Jesús
de Nazaret, el Jesús ‘histórico´”[128].
El Dios en quien creemos los cristianos, es, pues, comunicación
personal en amor que los hombres podemos recibir y compartir en Cristo.
2. Cristo, autodonación de Dios a la
criatura
58. Comunicación divina gratuita y misteriosa
Esta comunicación personal o revelación de Dios, como
manifestación total del misterio que estaba escondido, no evapora
el misterio, que debe entenderse como lo que se abre desde el seno
que al mismo tiempo lo esconde. Así pues, la comunicación
o revelación del Hijo es la manifestación del misterio
desde el regazo paterno que lo mantiene escondido en el silencio eterno.
Dios es el tesoro que, gratuitamente, anuncia su presencia siempre
escondida.
Lo que Dios revela no es algo aparte y fuera de sí mismo, sino
Él mismo como Palabra viva y como Amor trascendente e infinito.
Esto sucede de modo eminente cuando Dios, “amigo de la vida”
(cf. Sab 11,26), se compromete a favor de la vida plena del hombre,
lo cual tiene lugar en la vida, muerte y resurrección de Cristo
Jesús. El, impregnado del Amor sustancial, se comunica como
Gracia y Vida y se revela como Luz. “Se ha revelado el amor
de Dios”, (Tit 2,11). Pero la Salvación y el Amor de
Dios no son otra cosa sino Dios mismo.
59. Autodonación divina y realización del hombre por
gracia
En la concepción de la revelación, entendida como locución
de Dios que da su testimonio autorizado, hay que acentuar más
el aspecto de testimonio autorizado que el de la locución.
Dios, mediante su autodonación, forma parte de este lenguaje
y, por eso, en la revelación de Dios actúa Dios mismo
y, en segundo lugar, las palabras y proposiciones con las que los
hombres suelen comunicarse. Lo que equivale a decir que la primacía
la tiene la Palabra sobre las palabras y proposiciones. Las palabras
de la Sagrada Escritura son mediación testimonial entre la
Palabra y nuestros corazones iluminados con la fe por el Espíritu
Santo[129]. Las palabras son múltiples.
La Palabra, hecha carne, tan sólo una.
Por tanto, la encarnación no es el resultado de un movimiento
de autodivinización del hombre que por sí mismo habría
llegado a ser Dios, sino de una decisión libre de Dios omnipotente
que se proyecta a sí mismo fuera de sí. Vista desde
Dios, la encarnación es autodonación a la criatura,
y vista desde el hombre, es una realización de sí mismo,
que lo lleva a la posibilidad máxima contenida en su ser como
esencia abierta. La filiación divina es así perfección
del hombre, a la vez intrínseca, porque no tenemos en el designio
de Dios otra vocación, y gratuita, porque sólo por el
libre don de la libertad divina podemos llegar a ella. La gracia,
a la vez, supone y perfecciona nuestro ser de criaturas. Y esta perfección
es causada sólo por Dios mismo, “de suerte que el que
es de Cristo, se ha hecho criatura nueva; y lo viejo pasó,
se ha hecho nuevo” (2Cor 5,17).
60. Paternidad de Dios, filiación divina y fraternidad entre
los hombres
Hablar de filiación divina y paternidad de Dios supone además
pensar en una fraternidad entre los hombres. La gracia es también
un misterio de comunión fraterna, en cuanto que la unidad del
género humano se funda últimamente en Jesucristo, el
Adán definitivo, por quien todos tenemos acceso al Padre común
(cf. Ef. 2,18). Sólo quien entiende la vida y la propia salvación
como don puede a su vez entregarse enteramente al otro en el amor.
Sólo en cuanto los hombres nos sentimos “nosotros”
y estamos, por consiguiente, unidos a Cristo, podemos ser “tú”
para Dios, que, aun amándonos a nosotros mismos, nos ama precisamente
en su Hijo. Filiación divina y fraternidad humana son, por
consiguiente, dos nociones que se implican mutuamente y, como nos
dice san Juan (cf. 1Jn 4,19-21), en la segunda está la necesaria
verificación de la primera.
Consecuentemente, la salvación es algo irrevocablemente ofrecido
por Dios al darnos a su Hijo y al incluirnos en su paternidad, pero
que tiene que encontrar en cada hombre la respuesta y conformación
libre con esa oferta y autodonación divinas. La salvación,
y por ende la gracia, ha de verse y hacerse presente en todas las
dimensiones de la vida humana, incluso en las más visibles
y exteriores, puesto que ellas pueden ser manifestaciones del amor
de Dios y signos de su presencia. Y es propio del hombre recibir y
testimoniar esta benevolencia divina en el mundo. “Dichosos
los que, en el simple seguimiento, han sido dominados [por la gracia
de Dios en Jesucristo], de suerte que , con espíritu humilde,
pueden glorificar la gracia de Cristo, que es la única que
actúa”[130].
3. Cristo, peregrino por amor al hombre
61. El “vaciamiento” de Dios como fuente de salvación
La autodonación divina pone de manifiesto la radicalidad con
que el Dios cristiano ha salido de sí para hacerse pobre y
peregrino por amor al hombre. En el evangelio de Juan el misterio
de la salvación se representa mediante el viaje de Jesús
en cuanto Hijo que procede del Padre y viene a este mundo. Su retorno
al Padre desde este mundo a través de la muerte y la resurrección
es el paradigma de nuestro tránsito o Pascua en seguimiento
de Jesús. “Salí del Padre y vine al mundo; ahora
dejo el mundo para volver al Padre” (Jn 16,28). La vida auténtica
se experimentará mediante la participación en esta pascua
de Cristo, por cuanto que cuando Jesús muere en la cruz, es
asumido por el Padre a su derecha y, henchido del Espíritu
que lo unge con el poder de Hijo de Dios, otorga ese mismo Espíritu
a su comunidad y a cada uno sus discípulos en los que está
vivo para siempre.
De manera semejante, san Pablo describe la salvación en términos
del ´viaje´ del Hijo como anonadamiento, o vaciamiento
de sí mismo que conduce al Hijo de Dios a la “obediencia
hasta la muerte” y a su exaltación a la gloria como fuente
de salvación para todos (cf. Fp 2,5-11). Ahí está
la esencia del misterio pascual que libera a los creyentes de la esclavitud
al pecado para conducirlos a una nueva vida en el Espíritu.
Jesús trasforma la trayectoria humana no sólo obrando
prodigios sino en su misma persona y su presencia.
4. María, peregrina por gracia e “icono
de la Iglesia peregrina en el desierto de la historia”
62. Plan divino preestablecido en libertad
Con la encarnación en la “plenitud de los tiempos”
(Gal 4,4) el Hijo de Dios inicia su peregrinaje en el mundo, naciendo
de una mujer bajo un régimen legal judío. La plenitud
no viene dada por la maduración intrahistórica del hombre,
ni por la esperanza explícita de una revelación divina,
ni porque la evolución biológica o cultural requiriera
esa presencia de Dios como necesaria. El envío del Hijo responde
a un plan divino preestablecido en libertad, al que sin embargo no
le son ajenas las preparaciones intrahistóricas, como condición
de posibilidad para reconocer y acoger la oferta divina. Hay por tanto
una reciprocidad: Dios envió a su Hijo en un momento en que
el desarrollo de los hombres había llegado a un determinado
punto. “La humanidad de Jesús es tan real y decisiva
como su divinidad; por eso la figura de María a partir del
momento en que se explicita la identidad humano-divina de Cristo ha
tenido una presencia fundamental en la conciencia cristiana que está
fundada y viene exigida por el realismo de la encarnación,
de la constitución humana y de la verdad fisiológica
de Jesús”[131] .
Por María se inserta y se inicia la peregrinación del
Hijo en el mundo y, en consecuencia, la verdad de la encarnación
y de la redención va ligada a la verdad de María. Si
ella no es una mujer libre, si no otorga su cuerpo y alma para que
nazca el Hijo de Dios, no hay encarnación ni redención.
Por eso, donde ella no es tomada absolutamente en serio como persona
real, dando su consentimiento a Dios y cooperando, no hay cristianismo
pleno[132]. En este sentido es muy significativo
que desde la teología se la califique como “exponente
de la fe católica”[133] . Su “sí”
consciente y cooperante con Dios es la condición para que él
plante su “tienda entre nosotros”, sea el “Emmanuel”,
Dios con nosotros. Para ello cuenta con nosotros, presentes, anticipados
y representados en el consentimiento de María. “La Bienaventurada
Virgen avanzó en la peregrinación de la fe”[134],
pasando a través de las pruebas que el peregrinar creyente
comporta para nosotros en la condición de confusión,
de indiferencia y de tibieza en relación de la fe.
63. María, emblema luminoso de la humanidad redimida
Según Juan Pablo II, María, “icono de la Iglesia
peregrina en el desierto de la historia”, indica el camino,
Cristo, que es el único mediador para encontrar en plenitud
al Padre. En su Inmaculada Concepción es modelo perfecto de
la criatura humana, en cuanto que colmada desde el inicio de la gracia
divina elige en libertad el camino de Dios. En “su gloriosa
Asunción al cielo, María es la imagen de la criatura
llamada por Cristo resucitado a alcanzar, al final de la historia,
la plenitud de la comunión con Dios en la resurrección
durante una eternidad feliz. Para la Iglesia, que a menudo siente
el peso de la historia y el asedio del mal, la Madre de Cristo es
el emblema luminoso de la humanidad redimida y envuelta por la gracia
que salva”[135] .
Teniendo en cuenta que la glorificación corporal de la Virgen
anticipa aquella glorificación a la que están destinados
todos los elegidos, el Papa la califica como “signo de esperanza
para los últimos de la tierra, que serán los primeros
en el reino” y como “peregrina en la fe, estrella del
tercer milenio”, a quien la Iglesia sigue “caminando por
las sendas tortuosas de la historia, para levantar, promover y valorizar
la inmensa procesión de mujeres y hombres pobres y hambrientos,
humillados y ofendidos... Como tal, a todos los que recurren a ella
los guía hacia el encuentro con Dios Trinidad: Padre, Hijo
y Espíritu Santo”[136].
123 Cf. O. GONZALEZ DE CARDEDAL, La entraña
del cristianismo..., 413-428.
124 J. JEREMÍAS, Teología del Nuevo
Testamento I, Salamanca 19804, 78.
125 “Cristo toma forma por la fe en el hombre
interior del creyente, el cual es llamado a la libertad de la gracia,
es manso y humilde de corazón y no se jacta del mérito
de sus obras, que es nulo, sino que reconoce que la gracia es el principio
de sus pobres méritos; a éste puede Cristo llamar su humilde
hermano, lo que equivale a identificarlo consigo mismo ya que dice:
Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos conmigo
lo hicisteis. Cristo toma forma en aquel que recibe la forma de Cristo
el que vive unido a él con un amor espiritual. El resultado de
este amor es la imitación perfecta de Cristo en la medida en
que esto posible. Quien dice que permanece en Cristo debe vivir como
él vivió” SAN AGUSTÍN, Expositio Epistolae
ad Galatas 37-38: PL 35, 2131-2132.
126 Cf. O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Raíz
de la esperanza, Salamanca 1995, 400.
127 SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Carta a los Tralianos
IX, 1-2: Fuentes Patrísticas 1, edición bilingüe
preparada por Juan José Ayán Calvo, Madrid 1991, 143.145.
128 K. BARTH, Carta a los romanos, Madrid 1998, 77.
129 “La Sagrada Escritura no se identifica con
la revelación; aunque las Sagrada Escritura misma sea palabra
de Dios, lo es en forma de atestiguamiento de la propia revelación
de la Palabra; y además, la Sagrada Escritura es la forma de
autoatestiguamiento de la Palabra en la letra, al lado de la cual se
dan todavía otras formas de autoatestiguamiento de la Palabra”
H.U.von BALTHASAR, Palabra, Escritura, Tradición: Ensayos teológicos
I. Verbum Caro, Madrid 1964, 19.
130 Cf. D. BONHOEFFER, El precio de la gracia, 25.
131 O. GONZALEZ DE CARDEDAL, La entraña del
cristianismo, 87.
132 Cf. O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Cristología,
Madrid 2001, 421-423.
133 Cf. L. SCHEFFCZYK, Maria. Exponent des katholischen
Glaubens, en IDEM, Schwerpunkte des Glaubens. Gesammelte Schriften zur
Theologie, Einsiedeln 1977, 306-323.
134 CONCILIO VATICANO II, Constitución “Lumen
Gentium”, nº 58.
135 JUAN PABLO II, Alabanza a la Trinidad..., 166.
136 Ibid, 171.
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