AÑO JUBILAR COMPOSTELANO 2004
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El más europeo de los caminos

“Y mirando Carlos al cielo, vio un camino de estrellas que comenzaba sobre el mar de Frisia e iba sobre Alemania e Italia, y Francia, y Aquitania, y derechamente, por medio de Gascuña y de Navarra, y por España adelante, y a finar en aquel lugar de Galicia donde el cuerpo del Apóstol Jacobo yacía escondido” (Códice Calixtino)

Gentes de Londres y Maguncia, del Rhin y de Varsovia, venecianos y croatas, mercaderes flamencos y príncipes de Aquitania han hecho el camino. De muchos modos; pero el más verdadero es hacer a pie el más europeo de los caminos. Lo llaman Camino Francés, pero es el más español de los caminos: Roncesvalles, Puente la Reina, Estella, Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Silos, Burgos, Frómista, Sahagún, León, Astorga, Ponferrada, Lugo, Santiago ... son otras tantas estrellas, sendas y metas de fe, de cultura, de románico, de leyenda, de religión, de historia y de humanidad.

Desde Somport (Summo Portu) hasta el Cebreiro, desde los cruceiros y hospitales castellanos hasta los humilladeiros de la Galicia eterna y viva, una corriente fabulosa de vida sigue latiendo -¡loada sea santa María!- en este Camino con mayúscula, cuya puerta mayor no habría sido tallada en piedra viva si un pescador de Galilea, “hijo del trueno”, no hubiera seguido hace 2000 años a Jesús de Nazaret, dejando barca y redes.

Todos los caminos llevan a Santiago, como a Roma. Romero es el que va a Roma, palmero el que busca Jerusalén; peregrino es palabra reservada para el que sueña, mientras camina, con el sepulcro del Apóstol Santiago en Compostela. Muchos hicieron el viaje por mar, desembarcando en los puertos cantábricos o gallegos. Otros, por tierra. Una vez franqueado el Pirineo, el peregrino iba hacia el oeste, siguiendo la dirección que le marcaba la Vía Láctea –no había más autopista señalada que aquella- llamada en España, precisamente, Camino de Santiago. Hay que haber hecho a pie el camino para entender del todo lo que significó y lo que significa. Para muchos, su vida fue el Camino de Santiago. El Códice Calixtino refiere así el fin del trayecto: “Coros de peregrinos, agrupados por nacionalidades, unidos para una mejor ayuda y defensa, en caso de peligro, avistan, desde el Monte del Gozo, Compostela. Entonan cánticos al son de los tímpanos, las flautas, violas y chirimías. Unos lloran sus pecados, otros leen salmos, otros dan limosna a los necesitados. Llegan a la catedral. Entran, salen, lloran, presentan sus dones. Quien se acerca triste, se retira alegre. Las puertas de la basílica están constantemente abiertas. Por allí pasan los pobres y los felices, caballeros y peones, ciegos y mancos, nobles y próceres, prelados y abades. El incienso del botafumeiro llena las naves de la catedral. Los hay que llegan con grillos y cadenas, que fueron librados por la virtud del Apóstol. Todos albergan la llama de fe en sus pechos, y una plegaria ferviente sale de sus labios.”

También hoy, aunque sin más grillos ni cadenas que las pesadas ataduras interiores del pecado, recorren el camino, en busca de misericordiosa perdonanza, cada vez más gentes de todo color y condición, edad, dolencia, esperanza y desamor. En nuestro mundo, tan aturdido, tan desmesuradamente perdido en vericuetos sin salida, son, a Dios gracias, cada año jubilar más numerosos quienes buscan, en resumidas y cabales cuentas, a Aquel que no hizo un referéndum sobre la verdad, sino que, con toda y exacta justicia, dijo de Sí mismo: “Yo soy el Camino”. Es también la Verdad. Y la Vida.

En esta desquiciada Europa reacia a reconocer hasta en el preámbulo de sus textos constitucionales más básicos sus propias, insobornables raíces, y que parece avergonzarse de haber nacido caminando hacia la Verdad y la Vida, el Año Jubilar Compostelano es un año de salud y de esperanza, un año de gracia. Sabático. Bautismal. De gozosa confirmación en la fe. Penitencial. Benéfico. Un año imprescindible. Si no existiera cada poco –cuando la fiesta del Apóstol cae en domingo-, habría que inventarlo. Por pura necesidad ...


Miguel Angel Velasco

Miguel Ángel Velasco Puente
burgalés de 64 años de edad, es un conocido y prestigioso periodista seglar especializado en información religiosa desde hace años. Fue corresponsal en Roma del Diario “Ya”. Es el director del semanario del Arzobispado de Madrid “Alfa y Omega”. Es también autor de distintos libros.