Política de solidaridad

1.- TIEMPO DE CAMBIO QUE NOS EXIGE UN CAMBIO

“Por sus obras les conoceréis”.

1.1. Cambiar la mirada

El lugar desde el que reflexionamos y pensamos determina nuestra valoración y nuestra acción, no es lo mismo pensar desde el lugar de los últimos, desde sus anhelos, desde sus gritos, que hacerlo desde otros lugares. Y en función del lugar en el que nos situemos, la mirada será diferente, podemos mirar desde el yo o desde el tú, desde el norte o desde el sur, desde el centro o desde los márgenes. Desde dónde miramos es un elemento esencial, que tiene implicaciones directas y cotidianas, el “ver” no es neutro ni neutral, y no debe serlo cuando afecta a la persona y las personas, en lo integral y en lo universal.

1.2. Cambiar el corazón

Por lo tanto, un primer paso para analizar la política de solidaridad -y más, en un contexto como el actual- es cambiar la forma de mirar. Debemos profundizar en el “desde dónde” y “hacia dónde”,  la necesidad de compartir puntos de partida irrenunciables y horizonte al que nos encaminados, es imprescindible para definir el camino a recorrer y las políticas a trazar. De ello dependerá que los pasos que demos sean diáfanos, sinérgicos y coherentes.

En la definición de esos puntos de partida y del horizonte, los principios de la doctrina social de la Iglesia nos iluminan el juzgar y nos impelen a un actuar,  que hoy renueva la urgencia ética y moral de la respuesta.

Sin embargo, la historia revela la evidencia de que el mirar desde los márgenes, exige cambiar el corazón que corre el riesgo de ser, cada vez más, un corazón de piedra, un corazón “fortificado”, que no se entrega, que no se arriesga, que prescinde de la alteridad, que ha confundido el significado de la libertad, que evita todo lo que nos hace relación, sociedad, comunidad.

Para que se dé esa transformación personal es necesario que nos pongamos en relación, que nos vinculemos a otros, y a la vez, es desde ahí, desde los espacios comunes y comunitarios, desde los que una transformación social y estructural, se hace posible.

En la sociedad en la que vivimos, hemos dado primacía a dos espacios, el individual e individualista y el aparentemente abstracto de los mercados, la economía, los gobiernos, los organismos internacionales, … Los espacios intermedios, los espacios que nos hacen plenamente humanos, la relación, la construcción de sociedad y comunidad han quedado relegados (“a causa de la soberbia y del egoísmo, el hombre descubre en sí mismo, gérmenes de insociabilidad, de cerrazón individualista y de vejación del otro”)[1] y son, sin embargo, el lugar de plenitud, el espacio donde se hace posible la solidaridad, que luego se extiende a otras estructuras.

1.3. Cambiar el actuar

Mater et Magistra nos recuerda las tres fases del ver, juzgar, actuar. Nuestro actuar será diferente y será obligado, cuando, desde la valoración exacta de la situación a la luz de los principios, determinemos lo posible o lo obligatorio para aplicar los principios de acuerdo con las circunstancias de tiempo y lugar [2]  Quizás, en nuestro actuar, hemos sigo muy laxos en la determinación de lo posible y, mucho más, en aquello que debiera haber sido obligatorio.

En estos momentos de crisis a todos los niveles, en los que la realidad “estructural” nos habla de urgencia, de medidas aparentemente ineludibles, de tensiones, de precipicios cotidianos, y la realidad personal, vital, con rostro, nos habla de soledad, desesperanza, ruptura y dolor en muchas personas y familias; en estos momentos de cambio en profundidad, sin duda, tiene plena actualidad plantearnos la cuestión social y la Doctrina Social de la Iglesia nos aporta principios sólidos entre las turbulencias, luces claras entre tanta sombra, coherencia frente a la indefinición, integridad frente al relativismo.

2.- “LECCIONES NO APRENDIDAS” DE MATER ET MAGISTRA:

El contexto actual nos muestra espacios en los que hemos ido construyendo un mundo alejado del Reino de Dios, un mundo que excluye, un mundo desigual, un mundo que vulnera la dignidad de las personas y un mundo en crisis, en el que parece que todo lo construido sobre arena se está resquebrajando. Mater et Magistra nos anticipa reflexiones que están plenamente vigentes, y que debieran hacernos revisar la responsabilidad con la que asumimos las realidades que en cada época se han puesto de manifiesto.  Una primera reflexión, que nos sitúa de forma radicalmente diferente ante la realidad y que debemos tener permanentemente presente, es ese “principio capital”: la persona “es necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales”[3]

Consideramos que hay dos claves en estas “lecciones no aprendidas”: la primera, es la que nos ha llevado a valorar el crecimiento, la riqueza, las cosas, por encima de la persona en todas sus dimensiones; la segunda, lo individual sin nexos, sin vínculos, sin relación, sin el espacio de la comunidad, sin el espacio social, que es el lugar de la solidaridad. Proponemos a continuación, hacer una breve referencia a algunos principios, a su formulación en Mater et Magistra y su contraste con la realidad presente.

2.1. El bien común

El bien común, ese bien de todos nosotros, en el que no diferenciamos en la sociedad y en el mundo, un “nosotros” y un “ellos”,  “una sola familia humana” a la que aludía Benedicto XVI en su mensaje con motivo de la jornada mundial del emigrante y refugiado, y que tantas veces se ve eclipsado por el bien individual y a corto plazo que no tiene en cuenta otras realidades presentes ni a las generaciones futuras. Frente a ello, la carta encíclica nos habla de un bien común “que abarca todo un conjunto de condiciones sociales que permitan a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección”[4]

Esto tiene implicaciones directas en la mirada al mundo, en las políticas de cooperación, de desarrollo, de inmigración, en el repliegue que esta crisis puede suponer en relación con los países del sur o con los sures presentes en el norte.

2.2. La economía y el crecimiento

Mater et Magistra nos invita a “evitar los errores del pasado”, sin embargo, 50 años después debemos tener en cuenta esas mismas advertencias “tanto las necesidades existentes como la justicia exigen que las riquezas producidas se repartan equitativamente entre todos los ciudadanos del país. Por lo que cual, hay que esforzarse para que el desarrollo económico y el progreso social avancen simultáneamente”[5] Si hablamos de política de solidaridad, ese reparto equitativo necesario en tiempos de crecimiento, es aún más exigible en momentos de escasez. 50 años para ser plenamente conscientes del coste de no haber acompasado lo económico y lo social, el crecimiento y el desarrollo. El VI Informe Foessa analiza en profundidad la divergencia entre el crecimiento económico y el desarrollo social y los efectos que ello tiene, en nuestro país y en el contexto internacional. La consecuencia de la dinámica social que hemos generado a lo largo de décadas, se plasma en esta realidad económica tan presente ahora en las noticias diarias.

Con rotundidad, Juan XXIII retoma de Quadragésimo Anno el principio de la “prohibición absoluta de que en materia económica se establezca como ley suprema el interés individual o de grupo”[6] y que, “por el contrario, en materia económica es indispensable que toda actividad sea regida por la justicia y la caridad como leyes supremas del orden social[7]”

A la justicia y la caridad como guías de la actividad económica, Caritas in Veritate, en la actual situación de crisis, añade la gratuidad, reclamando que la lógica del don, como expresión de fraternidad, tenga un espacio en la actividad económica ordinaria[8]. Del mismo modo, Benedicto XVI, profundiza en la necesidad señalada por Pío XI de “un orden jurídico, tanto nacional como internacional, que, bajo el influjo rector de la justicia (…) permita a los hombres dedicados a las tareas económicas armonizar adecuadamente su propio interés particular con el bien común”[9].

2.3. El destino universal de los bienes

Una guía clara de las políticas de solidaridad que deberíamos incorporar en estos momentos, está recogida en Mater et Magistra, cuando explicita que “la prosperidad económica de un pueblo consiste, más que en el número total de los bienes disponibles, en la justa distribución de los mismos”[10] Llevamos años separándonos de esta tendencia y acrecentando la desigualdad mundial, y esto, no solo tiene que ver con las políticas o los mercados, sino esencialmente con las personas, que hemos dejado de lado principios éticos básicos, que hemos dejado de considerar que “los bienes, aun cuando son poseídos legítimamente, conservan siempre un destino universal” y que  “toda forma de acumulación indebida es inmoral” Efectivamente, nuestra liberación, requiere “liberación de la posesión misma”[11]

Este mundo en crisis requiere una respuesta, y solo puede partir de la opción de cada persona, la elección es entre la exigencia moral de una justa distribución de los bienes (SRS, 40) combatiendo con espíritu de justicia y de caridad las estructuras de pecado (SRS, 36) o mantener estas  estructuras que están “edificadas y consolidadas por muchos actos concretos del egoísmo humano.”[12]

Hoy la realidad nos habla de un número estremecedor de familias sin ningún ingreso, y ello nos debe hacer tomar opciones sobre la garantía de ingresos mínimos y la protección social, las políticas prioritarias para los últimos, la finalidad redistributiva de nuestro sistema impositivo, en definitiva, sobre cómo actuar a la luz del destino universal de los bienes.

2.4. El empleo

En este marco amplio, hacemos un apunte, en un tema crucial como es el empleo, un tema debatido, en el que nuevamente tiene plena actualidad la reflexión de la Carta Encíclica. Recogemos dos referencias sobre el empleo y la remuneración en el trabajo:

  • en primer lugar, una referencia al contexto mundial que debe estar presente en nuestra reflexión, “frente a la extrema pobreza de la mayoría, la abundancia y el lujo desenfrenado de unos pocos contrastan de manera abierta e insolente con la situación de los necesitados[13]”
  • en segundo lugar, algo que, referido en su momento a otra realidad, no puede dejar de interpelarnos en un contexto de especulación y de gobierno de los mercados, “el contraste de que mientras se fijan retribuciones altas, e incluso altísimas, por prestaciones de poca importancia o de valor discutible, al trabajo, en cambio, asiduo y provechoso de categorías enteras de ciudadanos honrados y diligentes, se le retribuye con salarios demasiado bajos, insuficientes para las necesidades de la vida, o, en todo caso, inferiores a lo que la justicia exige”[14]

Ya en el año 2006, algunos estudios[15] nos hablaban de la precarización del empleo en España y del riesgo que podía suponer nuestra estructura laboral; la actual situación ha evidenciado esos riesgos, el reto está en las respuestas que ahora demos, en cómo apliquemos y hagamos realidad los criterios y principios que “la justicia exige”.

Estas han sido lecciones no aprendidas, la reflexión sobre el bien común, la economía, la justa distribución de la riqueza, o el empleo, que, desde los principios de la Doctrina Social, aporta Mater et Magistra, ha distado mucho de la realidad que hemos construido. Hoy, medio siglo después y en este contexto, parece incluso, utópico, iluso, absurdo, plantearnos alternativas desde estos principios ante el “zarandeo” de la realidad actual. Y, sin embargo, puede ser el momento y la oportunidad para generar espacios pequeños pero significativos, de otro mirar, otro sentir y otro actuar. Frente a la sensación de “declaración de principios” inalcanzables e incluso implanteables, el reto y la urgencia es que marquen el camino y la respuesta posible, desde esas políticas de solidaridad, en las que “la caridad va más allá de la justicia porque amar es dar, ofrecer de lo mío al otro, pero nunca carece de justicia, la cual lleva dar al otro lo que es suyo”[16]

3.- PROPUESTAS PARA UNA POLÍTICA DE SOLIDARIDAD

El Santo Padre Benedicto XVI, en su discurso a los participantes en el Congreso Internacional con motivo del 50 aniversario de Mater et Magistra les decía que  la verdad, el amor, la justicia y el destino universal de los bienes son, también hoy, la vía para superar los desequilibrios existentes en el seno de la globalización[17]

Somos una sociedad y un mundo fragmentado, quizás reflejo de personas fragmentadas desde dos claves, la primera, personas que hemos separado los principios morales y éticos de nuestra vida cotidiana, situamos en la clave de lo genérico y abstracto lo que debe tener una correlación concreta, y, en segundo lugar, deslindamos ámbitos de nuestra vida sociales, políticos, económicos, …  y los compartimentamos, entendiendo que algunos son ajenos a los valores.

Frente a ello, las propuestas para una política de solidaridad, solo pueden partir de cada persona y de la comunidad de personas, formando espacios de sociedad que transformen las relaciones, las políticas, las estructuras. Para ello apuntamos algunas claves:

3.1. Responsabilidad y alteridad

Hemos delegado nuestra responsabilidad y solo la circunscribimos a lo “nuestro”, el ser todos responsables de todos, el que nada que afecte a otras personas nos pueda ser indiferente, la radicalidad de ese mandamiento nuevo “y al prójimo como a ti mismo”, se nos ha desvanecido.

Por otra parte, esa mal entendida responsabilidad solo individual, tiene un efecto perverso en el ámbito de la vulnerabilidad y la exclusión porque lleva a culpabilizar a las personas de su situación.

En cualquier ámbito personal, familiar, social, económico, político, en cualquier decisión y opción, deberíamos preguntarnos cómo afecta a los preferidos de Dios, como afecta a la responsabilidad que tenemos con nuestros hermanos.

Frente al mundo que puede ser cada vez menos humano y más deshumanizador, frente a lo etéreo, aparece con fuerza, la persona y lo relacional, los vínculos.

Como nos recuerda Juan Pablo II, esta reflexión es válida también, para las relaciones entre pueblos: “toda sociedad digna de este nombre, puede considerarse en la verdad cuando cada uno de sus miembros, gracias a la propia capacidad de conocer el bien, los busca para sí y para los demás (….) También las diversas sociedades deben entrar en relaciones de solidaridad, de comunicación y de colaboración, al servicio del hombre y del bien común”[18]

3.2. Subsidiariedad y participación

Hemos pasado del individuo a los mercados o al Estado, y hemos diluido los espacios y la responsabilidad intermedia. El reto es rescatar, potenciar, dinamizar, la capacidad de aportación de personas, familias, grupos y comunidades, a la sociedad.

Un elemento singular de participación y de construcción de espacios de solidaridad es el voluntariado entendido como estilo de vida que haga realidad el compromiso, la responsabilidad, también la alegría y gratuidad en el darse y compartir, y que recupere una ética social, una ética pública, que lleve a la calle y a las relaciones la urgencia de la coherencia “muchas experiencias de voluntariado constituyen un ulterior ejemplo de gran valor, que lleva a considerar la sociedad civil como el lugar donde siempre es posible recomponer una ética pública centrada en la solidaridad, la colaboración concreta y el diálogo fraterno”[19]

Mirar y sensibilizarnos, juzgar a la luz del Evangelio y desde ahí actuar, movilizarnos, construir espacios de pensamiento y propuesta, generar alternativas, es indispensable, lo contrario es el vacío y la despersonalización.

3.3. Vivir la paradoja

Para “aprender las lecciones” de Mater el Magistra, hemos de vivir esa paradoja de perder la vida para ganarla, y llevarla a todos los ámbitos. Parece que la lógica del mundo y la lógica de la solidaridad, de la  gratuidad, de la distribución de los bienes, no son compatibles y, sin embargo, hay pequeños espacios, significativos y simbólicos donde esto se hace realidad, y desde ellos, debe y puede permear al mundo económico, social, político, legislativo.

3.4. En conclusión

La política de solidaridad debe llegar desde una espiral generada por la opción de personas y comunidades que transformen las “estructuras de pecado” en “estructuras de solidaridad”.

La “determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común (…) para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” llevará a cambios en economía, en las políticas, especialmente en las políticas sociales y de cooperación tan en riesgo ahora, para que sean política de solidaridad.


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[1] GS, 25

[2] “ahora bien, los principios generales de una doctrina social se llevan a la práctica comúnmente mediante tres fases: primera, examen completo del verdadero estado de la situación; segunda, valoración exacta de esta situación a la luz de los principios, y tercera, determinación de lo posible o de lo obligatorio para aplicar los principios de acuerdo con las circunstancias de tiempo y lugar. Son tres fases de un mismo proceso que suelen expresarse con estos tres verbos: ver, juzgar y obrar” MM, 236

[3] Mater et Magistra, 219

[4] Mater et Magistra, 65

[5] Mater et Magistra, 168

[6] Mater et Magistra, 38

[7] Mater et Magistra, 39

[8] Caritas in Veritate, 36

[9] Mater et Magistra, 40

[10] Mater et Magistra, 74

[11] Compendio DSI, 328

[12] Compendio DSI, 332

[13] Mater et Magistra, 69

[14] Mater et Magistra, 70

[15] “La construcción del empleo precario” Miguel Laparra Navarro, colección Estudios, Fundación Foessa.

[16] Caritas en Veritate, 6

[17] Discurso de Benedicto XVI a los participantes en el Congreso Internacional con ocasión del 50 aniversario de la Encíclica Mater el Magistra, 16 de mayo de 2011

[18] Solicitudo Rei Socialis, 26

[19] Compendio DSI, 420