Jesucristo,
después de su muerte y resurrección,
encomendó a sus Apóstoles: id
al mundo entero, anunciad el evangelio, bautizad
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, y enseñad lo que os he mandado
(Mt 28,19-20; Mc 16,15). Esta tarea la comenzaron
a cumplir los Apóstoles después
de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés.
Desde entonces, poco a poco van surgiendo pequeños
grupos que aceptan el evangelio anunciado, se
bautizan y empiezan a vivir al estilo de Jesucristo:
así nacen las primeras comunidades cristianas
llamadas "iglesias".
Las primeras
iglesias fueron organizadas por los Apóstoles:
el evangelio anunciado y vivido, la eucaristía
celebrada y recibida, y el pastor ordenado al
servicio de la comunidad eran y son los signos
visibles de lo que Cristo hizo en su vida. De
aquellas primeras iglesias sobresale la de Roma,
gracias a la predicación evangélica
y al testimonio martirial de san Pedro y san Pablo.
La iglesia de Roma, junto con todas las demás
iglesias, forman la Iglesia católica, como
el primero de los Apóstoles, san Pedro,
y el resto de los Apóstoles constituyen
el Colegio apostólico: de esta forma, el
obispo de Roma, el Papa, es el sucesor de san
Pedro, y cada obispo en su iglesia o diócesis
será el sucesor de los Apóstoles.
Sin embargo,
la comunión entre las iglesias y entre
sus pastores no siempre ha sido fácil:
dificultades de organización, las distintas
mentalidades y culturas, las situaciones políticas,
las interpretaciones equivocadas de la fe cristiana
y, sobre todo, las infidelidades en la vida de
muchos cristianos dieron origen a varias divisiones:
algunas iglesias y sus pastores dejaban de vivir
en comunión con la iglesia de Roma y su
obispo, y a veces con toda la Iglesia católica
en su conjunto.
Así,
surgen ya en el siglo V divisiones motivadas por
la formulación de la fe (las antiguas iglesias
orientales), en el siglo XI por motivos fundamentalmente
disciplinares (las iglesias ortodoxas), y a partir
del siglo XVI por una inadecuada reforma de la
Iglesia católica (las comunidades eclesiales
nacidas o derivadas de la Reforma). Pero también
han existido intentos por superar las divisiones
y lograr la unidad en la Iglesia única
de Jesucristo.
Los cristianos
sentimos con dolor el vernos divididos y todos
tenemos parte de culpa, quizá no por crear
divisiones sino por acostumbrarnos a seguir así
y culpar a los otros de ser los equivocados. No
tenemos derecho a estar divididos. Todos tenemos
que preguntarnos: ¿esta situación
la quiere Jesucristo? ¿vamos a seguir así,
anunciando el evangelio y celebrando la eucaristía
cada uno por su lado? ¿qué puedo
hacer para que la Iglesia sea más fiel
a Jesucristo?
La Iglesia
católica en su totalidad está empeñada
en trabajar por lograr la unidad. Esta tarea es
difícil y precisa mucha paciencia: necesitamos
rezar juntos por esta finalidad, necesitamos conocer
el ecumenismo o conjunto de esfuerzos que hay
que realizar, hace falta formación para
aprender de la historia pasada y saber caminar
hacia la unidad, y sobre todo se necesita mucho
amor, para perdonarnos, para acercarnos, para
tratarnos y querernos como hermanos.
Sin embargo,
no todos los cristianos ni todos los católicos
comparten el ecumenismo: unos piensan que están
en la verdad y no hay motivo para dialogar; otros
se imaginan que el ecumenismo significaría
dar a conocer una situación vergonzosa,
incluso no faltan quienes piensan que esta situación
es poco menos que imposible y es preferible dejar
las cosas como están. Lo cierto es que
los cristianos ecuménicamente formados
trabajan y viven por la unidad sin caer en ningún
género de indiferentismo ni fundamentalismo.
No hay que tener miedo a la verdad ni a la historia.
Uno de los
problemas con que los cristianos españoles
tropezamos es saber que nuestra sociedad no favorece
la unidad. Precisamente porque estamos inmersos
en una sociedad plural, también en materia
religiosa, se suele considerar como un logro social
el disponer de un abanico de ofertas eclesiales,
justificando así la situación actual
de división cristiana. Por otra parte,
vivimos en una sociedad con múltiples signos
de paganismo e increencia, lo que favorece también
o un integrismo o un desentendimiento. De esta
forma la sociedad sigue contemplando un cristianismo
dividido y sin garra, restando eficacia al anuncio
del Evangelio, al testimonio de los cristianos
y a la credibilidad de la Iglesia.
Las relaciones
ecuménicas en nuestro país son muy
peculiares. Los cristianos no católicos
son numéricamente desproporcionados a los
católicos. La realidad ecuménica
en España es todavía reciente, aunque
hay ciertamente una evolución muy positiva.
No obstante, las relaciones pueden y tienen que
ser mejores: habrá que dejar prejuicios
de épocas pasadas y tópicos que
no se corresponden con la historia, se necesita
la consulta y la escucha de las otras Iglesias
y urge la creación de un foro de diálogo
intereclesial, como puede ser la creación
del Consejo de Iglesias Cristianas en España,
similar al que ya existe en otros países
europeos.
En correspondencia
con el Pontificio Consejo para la Promoción
de la Unidad de los Cristianos, y en contacto
con otros organismos europeos también promotores
de la unidad cristiana (Consejo Ecuménico
de las Iglesias o CEI, y la Conferencia de Iglesias
Europeas o KEK), este Departamento para la Unidad
de los Cristianos quiere mantener relaciones con
las Iglesias de Oriente (Ortodoxia, y por extensión
los católicos de cualquier tradición
oriental) y con las Iglesias y Comunidades eclesiales
de Occidente (Protestantismo y Anglicanismo),
presentes en España.
Su principal
objetivo es alcanzar la unidad cristiana. Tenemos
ya unos valores comunes que nos unen y nos identifican
como cristianos: la fe en el Dios trinitario revelado
por Cristo, el bautismo que nos incorpora a su
Iglesia, la palabra de Dios escrita que ilumina
nuestro caminar, la vida cristiana celebrada en
comunidad. Pero no podemos ignorar las deficiencias
existentes entre las distintas Iglesias: la interpretación
de la palabra de Dios transmitida, la plena celebración
sacramental, el ministerio ordenado y el ejercicio
de la autoridad en la Iglesia.
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