MEDITACIÓN
El pecado ha quebrantado
la relación entre Dios y el ser humano caído.
Tenemos que luchar para sobrevivir, debemos trabajar
duramente y afrontar los sufrimientos, la enfermedad
y la muerte. La existencia humana es frecuentemente
guiada por el egoísmo y la rivalidad, y los hombres
viven en el temor y la enemistad perdiendo el don de
la paz. Son muchos los que niegan la existencia de Dios
y que buscan controlar el mundo para sus propios fines.
En el Antiguo Testamento,
leemos que los hombres, para asegurar su propia seguridad,
edificaban muros y oprimían a las naciones vecinas
con la espera del «Día del Señor».
Según los profetas del Antiguo Testamento, la
paz era el signo de los últimos días y
el Mesías era considerado como el Rey de la paz.
El profeta Isaías describe muy claramente al
Mesías como «el siervo sufriente de Dios»,
el «Príncipe de la Paz» que concederá
su paz eterna edificada sobre la caridad y el arrepentimiento
sincero.
En el Nuevo Testamento,
Jesús entra en Jerusalén montado en el
asno y de este modo se manifiesta a la multitud como
príncipe de la paz. Ante Pilato afirma solemnemente
que su reino no es de este mundo. Cristo es nuestra
paz y, por él, somos reconciliados con Dios Padre.
Él nos exige amarnos los unos a otros como Él
y el Padre nos aman, para que nos reconciliemos con
nuestros hermanos.
Hoy podemos estar tentados
de edificar nuestra propia seguridad sobre la opresión
de los demás y la carrera de armamentos. Es la
búsqueda ficticia de una paz totalmente opuesta
a la voluntad de Dios. Debemos construir la paz buscando
la reconciliación de los unos con los otros y
de promover la comprensión y la justicia. No
debemos buscar la venganza sino dejar el último
juicio a Dios.
Si nosotros queremos
llamar a esta paz a nivel internacional, este deseo
debe reflejarse ante todo en la vida de nuestras Iglesias.
Los cristianos deben procurar comprenderse los unos
a los otros, y trabajar y orar por la unidad de la Iglesia.
Esta paz y esta unidad son obra del Espíritu
Santo en nosotros.
ORACIÓN
Señor, Dios
de la paz, fuente de todo consuelo, concédenos
el don de tu Espíritu Santo.
En un mundo que busca la seguridad a través
de la violencia y la guerra,
conviértenos en mensajeros de tu paz.
Como miembros de tu Iglesia, Cuerpo de Cristo,
perdona el pecado de nuestras divisiones y concédenos
la valentía de buscar la unidad
que tú nos ofreces, que es deseo y en la que
descansa nuestra paz.
En nombre de Cristo, te lo pedimos. Amén.
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