C.E. DE RELACIONES INTERCONFESIONALES / Conferencia Episcopal Española
Tel.: 913 439 700 - interconfesional.cee@planalfa.es

Una paz que no es la que el mundo da (Jn 14, 27)

Paz y violencia: La paz de Dios y la paz del mundo
Is 11, 1-17
Nadie causará ningún daño en todo mi monte Santo.
Sal 119 (118), 161-165
Grande es la paz de los que aman tu Ley.
Rom 12, 18-21
Antes venced el mal a fuerza de bien.
Jn 12, 12-19
Bendito el que viene en nombre del Señor.

MEDITACIÓN

El pecado ha quebrantado la relación entre Dios y el ser humano caído. Tenemos que luchar para sobrevivir, debemos trabajar duramente y afrontar los sufrimientos, la enfermedad y la muerte. La existencia humana es frecuentemente guiada por el egoísmo y la rivalidad, y los hombres viven en el temor y la enemistad perdiendo el don de la paz. Son muchos los que niegan la existencia de Dios y que buscan controlar el mundo para sus propios fines.

En el Antiguo Testamento, leemos que los hombres, para asegurar su propia seguridad, edificaban muros y oprimían a las naciones vecinas con la espera del «Día del Señor». Según los profetas del Antiguo Testamento, la paz era el signo de los últimos días y el Mesías era considerado como el Rey de la paz. El profeta Isaías describe muy claramente al Mesías como «el siervo sufriente de Dios», el «Príncipe de la Paz» que concederá su paz eterna edificada sobre la caridad y el arrepentimiento sincero.

En el Nuevo Testamento, Jesús entra en Jerusalén montado en el asno y de este modo se manifiesta a la multitud como príncipe de la paz. Ante Pilato afirma solemnemente que su reino no es de este mundo. Cristo es nuestra paz y, por él, somos reconciliados con Dios Padre. Él nos exige amarnos los unos a otros como Él y el Padre nos aman, para que nos reconciliemos con nuestros hermanos.

Hoy podemos estar tentados de edificar nuestra propia seguridad sobre la opresión de los demás y la carrera de armamentos. Es la búsqueda ficticia de una paz totalmente opuesta a la voluntad de Dios. Debemos construir la paz buscando la reconciliación de los unos con los otros y de promover la comprensión y la justicia. No debemos buscar la venganza sino dejar el último juicio a Dios.

Si nosotros queremos llamar a esta paz a nivel internacional, este deseo debe reflejarse ante todo en la vida de nuestras Iglesias. Los cristianos deben procurar comprenderse los unos a los otros, y trabajar y orar por la unidad de la Iglesia. Esta paz y esta unidad son obra del Espíritu Santo en nosotros.

ORACIÓN

Señor, Dios de la paz, fuente de todo consuelo, concédenos el don de tu Espíritu Santo.
En un mundo que busca la seguridad a través de la violencia y la guerra,
conviértenos en mensajeros de tu paz.
Como miembros de tu Iglesia, Cuerpo de Cristo,
perdona el pecado de nuestras divisiones y concédenos la valentía de buscar la unidad
que tú nos ofreces, que es deseo y en la que descansa nuestra paz.
En nombre de Cristo, te lo pedimos. Amén.

Optimizado para IExplorer 6.0 - 800 x 600 / © Conferencia Episcopal Española