MEDITACIÓN
La paz en el corazón
de los discípulos proviene de la presencia del
Señor Jesucristo en la barca. Es esta presencia
la que aporta esta calma y serenidad a toda la Iglesia
como también a los que llevan a cabo su propia
vocación combatiendo solos en el desierto de
la contemplación, o de otros que sirven en el
mundo hasta entregar su propia vida por el prójimo.
Por el aspecto radical
del compromiso en la acción o en la contemplación,
los que parecen alejados de la vocación común
de los cristianos, se acercan a la asamblea de fieles
en el corazón mismo de la celebración.
Ni pasivos ni soñadores, aportan a su Iglesia
y a la Iglesia el honor de su lucha espiritual.
Con sus hermanos y hermanas
bautizados, encuentran la fuerza de testimoniar serenamente
la presencia prometida de Cristo que les hace entrar
en la comunión trinitaria.
La humanidad logra la
presencia de hombres y mujeres de paz. Los cristianos
están llamados a dar testimonio de la paz con
dulzura, con humildad y paciencia ante el Dios presente
en la vida de cada ser humano.
Todo aquel que vive estas
palabras de Dios - «vendremos a él y viviremos
en él» -, puede llegar a ser por medio
de la paz artífice privilegiado de la unidad
de los cristianos.
ORACIÓN
Señor, afianza
mi corazón conmovido sobre la roca de tus mandamientos
y, así como tú has calmado la tempestad
por la fuerza de tu presencia, tranquiliza las olas
de mi vida agitada y condúceme en la barca
de tu Iglesia. Dame esta fe que me recuerda que tú
estás presente entre nosotros hasta el fin
de los tiempos. Amén.
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