C.E. DE RELACIONES INTERCONFESIONALES / Conferencia Episcopal Española
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Me voy, pero volveré a estar con vosotros (Jn 14, 28)

En la espera de la glorificación de Dios
Ha 2, 1-4
Yo estaré en mi puesto de guardia... y observaré qué responde a mi querella.
Sal 130 [129], 1-8
Mi alma espera en el Señor, más que el alba los centinelas nocturnos.
Rom 8, 18-27
El continuo anhelar de las criaturas ansía la manifestación de los hijos de Dios.
Mt 25, 1-12
Velad, pues que no sabéis el día ni la hora.

MEDITACIÓN

Jesús habla de su partida y, al mismo tiempo, promete que volverá. Con estas palabras, Jesús anuncia a sus discípulos que su camino le llevará a través de las tinieblas de la pasión y de la muerte hasta la gloria de la resurrección. La Pascua reproduce visiblemente la revelación gloriosa de la nueva creación. Tenemos fe en la resurrección de Cristo y esperamos su última glorificación. En Él descansa nuestra esperanza de salvación y de paz para el conjunto de la humanidad y para el mundo entero. Esta esperanza nos une como cristianos y constituye para nosotros una fuente esencial de vida. Esta esperanza se fundamenta en la palabra y en la promesa de Dios. Como Habacuc, esperamos que Dios cumpla su palabra. Como el salmista, tenemos confianza en la fidelidad de Dios.

En la esperanza, somos solidarios con este mundo. Muchas personas necesitan la presencia de Dios. Están sin esperanza, agobiadas por la duda, por el temor y el dolor. Contemplan la injusticia, el sufrimiento y la violencia y no pueden creer en un futuro de justicia y de paz. Como personas de esperanza, los cristianos viven la prueba de la crisis y de los desgarros de este mundo. No nos limitamos a quedar mirando en un rincón. Palpamos a menudo nuestra impotencia y nos preguntamos sobre la presencia oculta de Dios. En las lamentaciones del mundo, comprendemos la aspiración a la paz de Dios, el deseo de libertad de los hijos de Dios. La unidad de los cristianos representa para el mundo entero un signo tangible del nacimiento de una nueva humanidad.

La promesa de Cristo nos anima a creer en su poder y en su verdad. La parábola de las vírgenes nos anima a esperar pacientemente a Cristo y a estar siempre preparados para su venida. La espera podrá ser larga pero ese día llegará cuando Cristo resucitado vuelva y nos libre de todas nuestras penas y sufrimientos. La espera de la manifestación de Cristo glorioso nos concede igualmente la oportunidad de comprometernos en el testimonio y en la misión. Es un tiempo que debemos dedicar al amor y a la paz, a la reunión y a la reconciliación. Es una ocasión para ayudarnos y apoyarnos mutuamente los unos en los otros. De este modo, la esperanza que hay en nuestros corazones llegará a ser visible y creíble: la victoria de la paz y del amor de Dios será revelada a todos.

ORACIÓN

Señor Dios, tú revelas tu gloria mediante la vida y el poder de tu Hijo resucitado.
Oramos juntos para que venga tu reino.
Esperamos con impaciencia el día glorioso de la manifestación de Cristo,
cuando termine el reino de la muerte y de las lágrimas,
y tu reino de paz, de justicia y de amor será establecido para siempre. Amén.

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