C.E. DE RELACIONES INTERCONFESIONALES / Conferencia Episcopal Española
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No estéis angustiados, ni tengáis miedo (Jn 14, 27)

QUE NADIE TENGA MIEDO
Is 43, 1-7
No temas, que yo estoy contigo
Sal 23 (22), 1-6
Ningún mal temeré: porque tú estás conmigo
1 Jn 4, 16-21
En el amor no hay lugar para el temor.
Mt 8, 23-27
¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?

MEDITACIÓN

Por segunda vez en la conversación después de la Cena, Jesús invita a sus discípulos a la confianza y la paz. Los discípulos están muy tristes, tienen miedo y quieren rehuir esta cruel realidad. Dos mil años más tarde volvemos a encontrar a los discípulos hundidos en el miedo y en la ansiedad: ¿Qué nos traerá el futuro? ¿Qué cambios y qué dificultades? ¿De dónde podremos sacar la valentía para encarar la situación? Tenemos miedo de quedar solos, de no tener a nadie a quien acudir ni a dónde ir cuando estamos en la desesperanza y cuando la tormenta de la vida parece consumirnos. Tenemos miedo de no saber amar y tememos que el amor sea una conquista y que la paz sea una recompensa. Así, si fracasamos, el amor y la paz nos serán arrebatados. Pero Jesús, por su amor y su misericordia, nos libra de este miedo. En nuestro avance en el camino de la conversión, siempre estamos muy convencidos de que su amor es más grande que todo lo que nos podría asustar. Por Jesús descubrimos y entendemos que la paz es un don gratuito de Dios ofrecido a los seres humanos, que son libres de respetarlo o rechazarlo.

Para los que aceptan que el amor incondicional de Dios llega a ser el fundamento y una realidad viva de su existencia, se convierte en una experiencia liberadora. Aunque esta liberación no significa que no volvamos a conocer otro tormento y otro sufrimiento, no quiere decir que no tengan la posibilidad de actuar y de vivir sin temor. Así describe el salmista esta experiencia existencial: «Aunque yo pase por un valle tenebroso y de muerte, yo ningún mal temeré, porque tú estás conmigo».

Cuando Dios entra en contacto con nosotros nos concede su amor y su paz, entramos también en contacto unos con otros. Estamos ligados a nuestro prójimo en él y a través de él. Somos hermanos y hermanas. La aceptación del amor de Dios no se hará visible en nuestras vidas y en nuestro mundo más que a partir del momento en que se transparente el amor de los unos por los otros. Esto no es válido sólo para cada cristiano sino también para nuestras Iglesias y nuestras diferentes tradiciones. Cada vez que resaltamos nuestra identidad los unos contra los otros, no solamente destrozamos nuestras relaciones humanas y fomentamos la división en lugar de la reconciliación, sino nos alejamos de la verdadera fuente de la vida y de la paz, nos alejamos de Dios.

Los tiempos que sacuden al mundo son muy fuertes para los cristianos y las Iglesias que no se unen entre sí para afrontarlos: somos hermanos y hermanas unidos en Cristo y guiados por el Espíritu Santo, que no es un espíritu de miedo sino de amor y fortaleza.

ORACIÓN

Señor Jesús, sobre el lago una sola palabra tuya bastó
para apaciguar el miedo de los apóstoles y calmar el furor de las olas.
En medio de las tormentas que azotan el mundo,
concede a nuestra Iglesia y a los hombres y mujeres del mundo entero
la gracia de comprender tu Palabra: «No tengáis miedo»
y haz que la misma llegue a ser coraje para que nosotros actuemos
en la paz donde hay odio y aportemos la reconciliación allí donde reina la división. Amén.

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