MEDITACIÓN
Por segunda vez en la
conversación después de la Cena, Jesús
invita a sus discípulos a la confianza y la paz.
Los discípulos están muy tristes, tienen
miedo y quieren rehuir esta cruel realidad. Dos mil
años más tarde volvemos a encontrar a
los discípulos hundidos en el miedo y en la ansiedad:
¿Qué nos traerá el futuro? ¿Qué
cambios y qué dificultades? ¿De dónde
podremos sacar la valentía para encarar la situación?
Tenemos miedo de quedar solos, de no tener a nadie a
quien acudir ni a dónde ir cuando estamos en
la desesperanza y cuando la tormenta de la vida parece
consumirnos. Tenemos miedo de no saber amar y tememos
que el amor sea una conquista y que la paz sea una recompensa.
Así, si fracasamos, el amor y la paz nos serán
arrebatados. Pero Jesús, por su amor y su misericordia,
nos libra de este miedo. En nuestro avance en el camino
de la conversión, siempre estamos muy convencidos
de que su amor es más grande que todo lo que
nos podría asustar. Por Jesús descubrimos
y entendemos que la paz es un don gratuito de Dios ofrecido
a los seres humanos, que son libres de respetarlo o
rechazarlo.
Para los que aceptan
que el amor incondicional de Dios llega a ser el fundamento
y una realidad viva de su existencia, se convierte en
una experiencia liberadora. Aunque esta liberación
no significa que no volvamos a conocer otro tormento
y otro sufrimiento, no quiere decir que no tengan la
posibilidad de actuar y de vivir sin temor. Así
describe el salmista esta experiencia existencial: «Aunque
yo pase por un valle tenebroso y de muerte, yo ningún
mal temeré, porque tú estás conmigo».
Cuando Dios entra en
contacto con nosotros nos concede su amor y su paz,
entramos también en contacto unos con otros.
Estamos ligados a nuestro prójimo en él
y a través de él. Somos hermanos y hermanas.
La aceptación del amor de Dios no se hará
visible en nuestras vidas y en nuestro mundo más
que a partir del momento en que se transparente el amor
de los unos por los otros. Esto no es válido
sólo para cada cristiano sino también
para nuestras Iglesias y nuestras diferentes tradiciones.
Cada vez que resaltamos nuestra identidad los unos contra
los otros, no solamente destrozamos nuestras relaciones
humanas y fomentamos la división en lugar de
la reconciliación, sino nos alejamos de la verdadera
fuente de la vida y de la paz, nos alejamos de Dios.
Los tiempos que sacuden
al mundo son muy fuertes para los cristianos y las Iglesias
que no se unen entre sí para afrontarlos: somos
hermanos y hermanas unidos en Cristo y guiados por el
Espíritu Santo, que no es un espíritu
de miedo sino de amor y fortaleza.
ORACIÓN
Señor Jesús,
sobre el lago una sola palabra tuya bastó
para apaciguar el miedo de los apóstoles y
calmar el furor de las olas.
En medio de las tormentas que azotan el mundo,
concede a nuestra Iglesia y a los hombres y mujeres
del mundo entero
la gracia de comprender tu Palabra: «No tengáis
miedo»
y haz que la misma llegue a ser coraje para que nosotros
actuemos
en la paz donde hay odio y aportemos la reconciliación
allí donde reina la división. Amén.
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