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J. Ignacio Tellechea Idígoras
Prof. de Historia de la Iglesia
de la Universidad Pontificia de Salamanca

Juan de Ávila, el Maestro

     "¡Oh Dios, que hiciste de San Juan de Ávila un maestro ejemplar para tu pueblo, por la santidad de su vida y por su celo apostólico"... Comienzo con las palabras de la oración de la Iglesia en la fiesta de San Juan de Ávila, con una invocación a Dios, porque no pretendo impartir una lección académica, sino más aportar mi testimonio personal de admiración, de genuína devoción a Juan de Ávila. Una devoción que germinó en mi alma cuando apenas contaba quince años, cuando nos obligaban a los seminaristas latinos a ir a Vísperas los domingos por la tarde, pero no nos dejaban cantar por nuestra fea voz en muda, y el puntilloso Prefecto de Música, ante nuestras protestas, nos recomendaba que hiciésemos lectura espiritual. Entonces leí yo íntegramente los dos tomitos de la edición del Apostolado de la Prensa, el "Audi filia", los sermones, las cartas, las pláticas, etc... Poco después devoraba aquellos números de la revista "Maestro Ávila" en aquellos años de fervor avilista de la década de los cuarenta. Bastantes años más tarde, cuando ya era profesor de Historia de la Iglesia, leí íntegramente los seis tomos de la Biblioteca de autores cristianos. Aquella primera devoción de adolescente no ha hecho sino crecer y consolidarse, para contemplar a San Juan de Ávila como un regalo de Dios a la Iglesia de su tiempo y de todos los tiempos.

     "¡Oh Dios, que hiciste de San Juan de Avila", decía la plegaria. Es Dios quien hace los santos y en aquel siglo, especialmente en España fue, especialmente generoso, pues solamente entre los canonizados nos encontramos con Santa Teresa y San Juan de la Cruz, con San Ignacio, San Francisco Javier y San Francisco de Borja, con Santo Tomás de Villanueva y el Beato Orozco, San Pedro de Alcántara, San Luis Beltrán, San Diego de Alcalá. No pocos de ellos conocieron y veneraron a Juan de Ávila. A todos y a cada uno los llevó Dios por senderos distintos, aunque todos desembocaban en una misma meta: la santidad, es cierto que con irisaciones de diversos colores.

     Y a Juan de Ávila le hizo "Maestro ejemplar" para su pueblo. Para el pueblo de Dios, que no se contrapone a la jerarquía, sino que la incluye, porque hasta los pastores, como diría San Agustín, también son ovejas, son cristianos con los demás cristianos, necesitados de fe, esperanza y caridad. Y ese misterioso título de Maestro que le acompañó siempre, no es un mero título académico, sino un reconocimiento unánime de un magisterio que iluminaba con sus luces a Papas, obispos, Concilio, sacerdotes y cristianos, escogidos o humildes miembros de aquellas masas que por esos pueblos de Andalucía y Extremadura escucharon su palabra encendida. Maestro viviente de sus coetáneos, y también de las generaciones siguientes a través de sus escritos, tan apreciados por San Francisco de Sales, por el Cardenal Berulle, por San Antonio María Claret, por el cartujo Molina.

     Y ¿de qué mimbres se hizo Dios un santo y maestro? De un hijo único de familia acomodada, nacido en Almodóvar del Campo; de un estudiante de Leyes en Salamanca o de Artes y Teología en Alcalá; de un misacantano, ya sin padres, que repartió sus bienes a los pobres (1526); de un misionero frustrado de América, que no pudo acompañar al obispo Garcés acaso por razones de raza; de un hombre que inició su predicación en Sevilla y por unas frases audaces tuvo que habérselas con la Inquisición. No solamente salió indemne de aquella prueba, sino que de aquellos meses de cárcel salió enriquecido con una comprensión del misterio de Cristo, que será nota distintiva de su espíritu. Dios y la vida misma fueron marcando su sendero, un sendero en alguna manera atípico: su preparación universitaria parecía encaminarlo al episcopado, a alguna prebenda catedralicia, a alguna cátedra universitaria, a una parroquia importante. Nada de ello conformará su vida; o porque no le llegó, o porque lo excluyó personalmente. Si quisiéramos definirla, no podríamos hacerlo mejor que recordando el tan lacónico cuanto expresivo epitafio de su tumba: Messor eram. Fue un segador, en el sentido evangélico de la palabra. Y aun me atrevería a decir que más propiamente fue un sembrador. Exiit qui seminat seminare semen suum. Salió el sembrador a sembrar su semilla (Mt 13,4). Su sementera comenzó en Sevilla (1528), siguió en Córdoba (1535), Granada (1536, 1539), Priego (1547), etc. A lo largo de estos años fundó tres Colegios Mayores universitarios y once menores. El de Baeza se transformó en Universidad (1542); podría añadir, que en el primer Instituto de Pastoral. A punto estuvo de entrar en la Compañía de Jesús, donde iba a ser recibido como "arca del Testamento". Si lo hubiera hecho acaso no habría tenido que esperar cuatro siglos para alcanzar la gloria de la canonización. Pero no fue así, sino que, ya achacoso y enfermo, se retiró a esta Montilla en que nos encontramos, para aquí consumir sus últimos años, morir y ser sepultado (1554-1569).

     Su semilla, su único tesoro, era su palabra, una palabra saturada de meditación bíblica y caldeada en la oración, de la que salía "templado" para subir al púlpito. Predicó en ocasiones solemnes y en catedrales, y mucho más en templos rurales y en plazas. Sus sermones son ricos en doctrina, y al mismo tiempo realistas y acomodados al pueblo que le escucha. Instruye, persuade y conmueve, reprocha amorosamente el vicio de jurar, la explotación de los pobres, las injusticias de jueces y alcaldes, las deficiencias populares, los descuidos de los responsables de las familias, ignorancia religiosa, etc... El año litúrgico con sus tiempos y fiestas (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua, Pentecostés, Corpus Christi, fiestas marianas o del Santoral) le presta el marco para sus sermones. En ellos resuenan las verdades fundamentales, la Redención, el misterio de Cristo, la gracia y el pecado, la conversión, etc... y cuando se dirige a sacerdotes, la vocación, el cumplimiento de los deberes pastorales, el ejemplo, la celebración eucarística, el celo pastoral.

     Tiene el más alto concepto de la predicación, el misterioso ministerio de la palabra, "el medio para engendrar y criar hijos espirituales". "Faltando éste, –dice–, qué bien puede haber sino al que vemos; que en tierras donde falta la palabra de Dios –y de esto debía saber no poco por experiencia– apenas hay rastro de cristiandad". Se adelanta al Tridentino y sigue entre otros a Erasmo al asentar que la predicación personal es el deber principal de los obispos. Y en lógica consecuencia buscará los medios de formar predicadores según su espíritu, así como confesores: dos pilares del ministerio sacerdotal en los que debiéramos pensar.

     "Maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico". El texto litúrgico parece disociar y acumular estos dos conceptos fundamentales del magisterio avilio. ¿Puede en un sacerdote darse santidad de vida sin celo apostólico, o celo apostólico sin santidad de vida? Juan de Ávila cree lo que dice y vive de ello; y dice lo que cree y tiene arraigado en su espíritu. Aun sin el color personal de sus afirmaciones, sus escritos segregan convicción profunda, autenticidad, no hábiles juegos literarios, llenos de erudición, pero desprovistos de ese quid misterioso que convierte en sacramentales los escritos de los santos. "Predicador evangélico", lo llama a boca llena fray Luis de Granada en su deliciosa biografía de San Juan de Ávila, y limpio espejo de las propiedades y condiciones que ha de tener el que usa este oficio" . Lo dice él, que algún tiempo compartió "una misma casa y mesa" y notó de cerca "sus virtudes, el estilo y manera de su vida". La santidad del pastor, que es amor de Dios y amor de sus ovejas, se transforma necesariamente en celo apostólico. A propósito de su "amor entrañable a todos" dice fray Luis de Granada, que "cada uno pensaba que era el más privado de todos o singularmente amado. Porque así amaba a todos como si para cada uno tuviera un corazón, lo cual es propio del amor que se funda en Dios".

     El celo apostólico de Juan de Ávila impregnaba sus actos de una coloración singular, que es la del afecto paternal. Existe una carta maravillosa suya a fray Luis de Granada en la que se explaya largamente sobre este concepto de la paternidad espiritual. Fray Luis, que se había convertido de retórico en predicador por obra de Juan de Ávila, le había manifestado su gozo espiritual al comprobar que, por el ministerio de la palabra, engendraba hijos en el espíritu. Ávila sonrió ante el entusiasmo del predicador novel y a continuación le impartirá por carta una soberana lección sobre la paternidad espiritual y sus dos fases: la generación espiritual por obra de la palabra con la que suscita la fe, y la crianza y cuidado continuo a lo largo de la vida del renacido al espíritu. No siempre los resultados son definitvos, sino que conocen altibajos y fracasos que ponen en vilo el corazón del padre. No tengo que explicaros a vosotros, hermanos sacerdotes, estos dolores y gozos íntimos y peculiares vuestros. El gozo de engendrar hijos por el bautismo, por esa catequesis primera que anima el surgir de la fe, por ese cuidado de la plantita tierna que va creciendo, por la perseverante fidelidad de unos, por la conversión de los que un día salieron del aprisco. Y los dolores paralelos que os producen, la tibieza, el alejamiento, el extravío, la muerte espiritual de los que un día se comportaron como hijos fieles. Si os anima verdadero celo pastoral, seguro estoy de que conoceis, y bien hondamente, estos dolores y gozos. Dejadme que os los describa con palabras del mismo Juan de Ávila, que también conoce la amargura del fracaso, la muerte de los hijos en espíritu:

"Porque si mueren, créame, padre, que no hay dolor que a éste se iguale, ni creo que dejó Dios otro género de martirio tan lastimero en este mundo, como el tormento de la muerte del hijo en el corazón del que es verdadero padre. ¿Qué le diré? No se quita este dolor con consuelo temporal ninguno, ni con ver que si unos mueren otros nacen; no con decir lo que suele ser suficiente consuelo en todos los otros males: "El Señor lo dio, el Señor lo quitó, sea su nombre bendito (Jb 1, 21)".

     El desvelo pastoral, tan largo como la vida misma del sacerdote –en él no es posible jubilarse– y tan duradero como la vida entera de sus ovejas. "Si son buenos los hijos –dice Juan de Ávila– dan un muy cuidadoso cuidado; y si salen malos, dan una tristeza muy triste. Y así no es el corazón del padre sino un recelo continuo y una continua oración, encomendando al verdadero Padre la salud de sus hijos, teniendo colgada la vida de la vida de ellos, como San Pablo decía: Yo vivo si vosotros estáis en el Señor (1 Ts 3,8). Recelo continuo, esto es, prevención, vigilancia, inquietud ante los peligros que amenazan. Y oración continua, encomendando al verdadero Padre, que es Dios, la salvación de los hijos, que en definitiva a El sólo corresponde. Y entre la inquietud y la confianza, el pastor tiene "la vida colgada de la vida de ellos", los hijos. Una frase que se contrapone a otra del propia Juan de Ávila y que empalma con una análoga de San Juan Crisóstomo, en la que dice que la vida del pueblo cristiano está colgada de la de sus sacerdotes, y sobre el cual volveré más tarde.

     Mas deteniéndome en la primera, la vida del pastor colgada de la de sus ovejas, nada tiene de extraño que Ávila acuda para ello a la figura de la paternidad espiritual, al fin y al cabo de raigambre-paulina, Per evangelium ego vos genui (1 Cor 4,15), o aquella otra aún más gráfica y expresiva: Filioli mei, quos iterum parturio, donec formetur Christus in vobis (Gal 4,19). Hace unos años pareció entrar en crisis este concepto de la paternidad sacerdotal, y eran preferidos los de servicio o liderazgo, cuando no el horrísono concepto de "agentes de pastoral", equiparable a los agentes de tráfico, de comercio o de bolsa. Ávila sabía muy bien, por experiencia, que no había martirio "como el tormento de la muerte del hijo –de la muerte espiritual– en el corazón del verdadero padre". Nada aliviaba su dolor, ni siquiera el ver que mientras unos mueren otros nacen: menos aún el olvido, "porque el amor hace que cada cosita que veamos y oigamos, luego nos acordemos del muerto". Más aún, llevando adelante la metáfora de la paternidad, nos dirá que "a quien quisiere ser padre, conviénele tener un corazón tierno y muy de carne para haber compasión de los hijos, lo cual es muy gran martirio; y otro de hierro, para sufrir los golpes que la muerte da, porque no derriben al padre, o le hagan del todo dejar el oficio, o desmayar, o pasar algunos días que no entienda sino en llorar, lo cual es inconveniente en los negocios de Dios en los cuales ha de estar siempre solícito y vigilante; y aunque esté el corazón traspasado de estos dolores, no ha de aflojar ni descansar, sino habiendo gana de llorar con unos, ha de reir con otros".

     Hondas verdades para nuestras horas de desaliento, exigencias de la condición verdaderamente paternal –y no de funcionarios o agentes– que comprendió tan bien fray Luis de Granada, que hace del amor el principal instrumento que sirve al oficio sacerdotal, y amor paternal. "Porque como el amor de los padres para con los hijos –dice él– les hace trabajar y sudar para criarlos y sustentarlos, y a veces ir hasta el cabo del mundo atravesando los mares, por buscarles remedio de vida, así el amor sobrenatural que el Espíritu Santo infunde en los corazones de los que han de ser padres espirituales, les hace ofrecer aún a mayores trabajos y peligros con el deseo de aprovecharlos. Porque no es menor ni menos eficaz este amor espiritual que el carnal para este oficio, lo cual testifica San Ambrosio: «No es menor el amor espiritual que tengo a los hijos que engendré con la palabra del evangelio, que si corporalmente los engendrara, porque no es menos poderosa la gracia que la naturaleza»".

     Es en las cartas más que en los sermones donde el corazón paternal de Juan de Ávila se inclina sobre personas concretas para derramar sobre cada una de ellas, amadas singularmente, alientos o correctivos, impulsos o frenos, luz para sus mentes, calor para sus voluntades, sabios consejos. Cartas escritas de un tirón, a veces de noche, dirigidas a gentes notables y humildes, a amigos y discípulos, a gentes casadas o aspirantes al sacerdocio, a almas probadas por la tribulación, y no pocas a santos como Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, San Juan de Dios o San Juan de Ribera. Es tarea de orfebrería espiritual, hoy diríamos que personalizada, esto es, acomodada a cada caso singular. De ahí que sus cartas fueran guardadas amorosamente y pronto reunidas y editadas en colecciones crecientes, hasta las últimas ediciones que comprenden más de 260.

     Durante mucho tiempo fueron estas colecciones de cartas y su tratado espiritual Audi filia los únicos escritos del Maestro, que corrieron por España y por Europa y suscitaron la admiración de San Francisco de Sales y del Cardenal Berulle, ayudados por la preciosa biografía que sobre él escribiera fray Luis de Granada, verdadero retrato del "director de almas y predicador del evangelio". Editadas después de su muerte, fueron reeditándose en los siglos posteriores, siempre con nuevas piezas, hasta la edición en nuestro siglo de D. Luis Sala Balust y D. Francisco Martín Hernández, que llegó a reunir 267 cartas. ¡Lástima que, cebados en el contenido espiritual de las mismas, sus primeros editores suprimieron los nombres de muchos de los destinatarios concretos, convirtiéndolos en anónimos: "a un su amigo", "a una doncella", "a una persona escrupulosa", "a un su discípulo", "a una religioa", "a una persona que estaba tentada", "a un señor de estos reinos", "a una señora enferma", etc.. En ellas brilla con extraordinario fulgor el director de almas, de almas en situaciones concretas. En cambio en sus sermones aparece el celoso apóstol de masas, el maestro del pueblo cristiano, el sembrador a voleo de ideas motrices, siempre derivadas de la Biblia y a veces adornadas de textos patrísticos. El pueblo constituía el horizonte concreto de su predicación apostólica. Por todo ello merecería el nombre de Maestro. Pero su horizonte fue mucho más amplio y elevado.

     Sólo en nuestro siglo se han descubierto otros notabilísimos escritos suyos que le han merecido nuevos laureles. Inspirado en ellos, el gran historiador del Concilio Tridentino, Mons. Hubert Jedin, le dio el título de "Reformador de la Iglesia". Es una nueva dimensión de la personalidad de San Juan de Ávila, que añade nuevos méritos –sobresalientes, por cierto– a su magisterio. Son los escritos que bajo el epígrafe "Tratados de reforma" aparecen en el tomo VI de sus Obras completas en la BAC. El propio Jedin, los jesuitas PP. Lamadrid y Camilo María Abad, fueron sus descubridores. En ellos, como águila caudal, San Juan de Ávila se levanta con garbo sobre el entorno andaluz en que se movía, para contemplar desde muy arriba el panorama general que ofrecía la Iglesia Católica.

     Se ha consolidado la terrible escisión religiosa que transforma la historia espiritual de Europa, están en curso diversas iniciativas de signo reformista en la Iglesia, el Papado parece empeñarse en ella, el Concilio Tridentino en curso es la percha de la que están colgadas las ultimas esperanzas. Concluído el Concilio, los sínodos provinciales y diocesanos emprenden la tarea de su aplicación y difusión. Sin haberse movido de su espacio andaluz-extremeño, San Juan de Ávila sigue de cerca los acontecimientos, observa con profundidad la realidad, sopesa la inutilidad de castigos y penas, arde en deseos de reforma de la Iglesia, pone al descubierto sus llagas, señala las soluciones de la enfermedad endémica. Sus escritos son toda una revelación de la alteza de sus miras, de la profundidad de sus análisis, de sus certeras, aunque costosas, soluciones.

     En esta mirada honda sobre la Iglesia, el sacerdocio adquiere un relieve singular. Con enorme realismo subraya que la suerte del pueblo cristiano –suerte entonces agitada por fuertes vientos y por enconadas divisiones– está colgada de la suerte de sus sacerdotes. Alguna vez se ha tachado la actuación del Concilio de Trento de excesivamente clerical. Basta conocer medianamente el estado de cosas del tiempo para comprender que nada podía prometerse el Concilio en orden a la reforma, sin primero intentar reformar a los guías y responsables de la Iglesia, Papas, obispos, sacerdotes. ¿Qué se podía esperar, si una diócesis como Milán estuvo treinta años sin ver la cara de su arzobispo? ¿Qué de un clero cazaprebendas, ausente de sus parroquias o que las dejaba en manos de sustitutos poco caros? ¿Qué de la plétora de clérigos sin vocación para quienes el sacerdocio era un oficium de pane lucrando, como diría el gran fray Domingo de Soto, y más fácilmente asequible que una maestría u oficialía en menesteres mecánicos. ¿Qué y cómo podían predicar, adoctrinar, instruir, quienes casi todo lo ignoraban y a pesar de ello eran ordenados? Hay que contemplar con crudo realismo la situación, para entender, calibrar, admirar, el empeño de San Juan de Ávila.

     En carta al obispo de Córdoba, D. Cristóbal de Rojas Sandoval, muestra su alarma al saber que iba a terminar muy pronto el Concilio provincial de Toledo. Teme que la razón sea el poco gusto que se toma en los negocios de Dios y la comodidad de volver a sus casas, y añade: "Porque, estando las cosas tan fuera de sus quicios como por nuestros pecados están habiendo tan mucho tiempo que en remedio de ellas no se ha entendido, no sé cómo en tiempo tan breve se pueden hacer muchas cosas y dificultosas".

     En efecto, muchas cosas estaban fuera de sus quicios y viejos males no se podían remediar con recetas milagrosas, y mucho menos con leyes y castigos. Ni era suficiente para el remedio verdadero airear simplemente los males de la Iglesia, o criticarla pública y acerbamente. San Juan de Ávila será un crítico sincero y al mismo tiempo discreto. Supo apreciarlo Pablo VI en el discurso del día de la canonización: "Cuando se dirige al Papa y a los Pastores de la Iglesia –subraya Pablo VI– ¡qué sinceridad evangélica y devoción filial, qué fidelidad a la tradición y confianza en la constitución intrínseca y original de la Iglesia, y qué importancia primordial reservaba a la verdadera fe para curar los males y prever la renovación de la Iglesia misma! Juan de Ávila ha sido, en cuestión de reforma, como en otros campos espirituales, un precursor. Y el Concilio de Trento ha adoptado decisiones que él había preconizado mucho tiempo antes... Pero no ha sido un crítico contestador, como hoy se dice. Ha sido un espíritu clarividente y ardiente, que a la denuncia de los males, a la sugerencia de remedios canónicos, ha añadido una escuela de intensa espiritualidad".

     Basta repasar, por ejemplo, el primer Memorial enviado al Concilio de Trento (1551) para verificar estas acertadas observaciones de Pablo VI. Con lógica implacable y hondo realismo señala la meta de sus anhelos en punto a reforma. "Lo que este santo concilio pretende es el bien y reformación de la Iglesia. Y para este fin, también consta que el remedio es la reformación de los ministros de ella. Y como éste sea el medio de este bien que se pretende, se sigue que todo el negocio de este santo concilio ha de ser dar orden cómo estos ministros sean tales como oficio tal alto requiere. Pues sea ésta la conclusión: que se dé orden y manera para educarlos que sean tales; y que es menester tomar el negocio de más atrás y tener por cosa muy cierta que, si quiere la Iglesia tener buenos ministros, que conviene hacedlos; y si quiere tener gozo de buenos médicos de las almas, ha de tener a su cargo de los criar tales y tomar el trabajo de ello. Y si no, no alcanzará lo que desea". Y líneas más tarde recalca la conclusión apuntada, sin duda ni escrúpulo: "Si la Iglesia quiere buenos ministros, ha de proveer que haya educación de ellos, porque esperarlos de otra manera es gran necedad". Así de claro y contundente habla San Juan de Ávila al Concilio.

     Esperaba que el Concilio diese orden de cómo los sacerdotes fuesen tales como su ministerio requería. Más, dar orden era mucho más que dar órdenes. El Concilio, los concilios anteriores, los sínodos diocesanos y provinciales precedentes, llevaban un siglo dictando preceptos y cánones, reiteradas leyes, acompañadas de censuras graves, que tantas veces resultaban papel mojado, y de ahí su reiteración. La santidad no brota por decretos positivos, ni menos bajo amenaza de penas. Mucho había meditado San Juan de Ávila sobre este empeño infructífero de la Iglesia y su meditación le conducía a una conclusión pesimista:

"El camino usado de muchos para reformación de comunes costumbres suele ser hacer buenas leyes y mandar que se guarden so graves penas; lo cual hecho, tienen por bien proveído el negocio. Mas, como no haya fundamento de virtud en los súbditos para cumplir esas buenas leyes, y por esto les son cargosas, han por esto de buscar malicias para contraminarlas, y disimuladamente huir de ellas o advertidamente quebrantarlas. Y como el castigar sea cosa molesta al que castiga y al castigado, tiene el negocio mal fin, y suele parar en lo que ahora está: que es mucha maldad con muchas y muy buenas leyes".

     No faltaban buenas leyes emanadas de Papas, sínodos, concilios. Y en verdad no podemos despreciarlas. Al fin representan una cota de exigencia, una aspiración y deseo, refrendados por altas instancias. Mas la recepción fructífera de las leyes o, de otra manera, su cumplimiento y eficiencia, encontraban fuerte resistencia en la falta de voluntad de cumplirlas así como en costumbres inveteradas y difíciles de cambiar.

"¿Qué mejores leyes –dice más adelante– puede haber que las que hay hechas cerca de la santidad, y letras y régimen de toda la Iglesia? ¡Qué de penas están puestas para los transgresores de esas buenas leyes! Y con todo esto, no hay quien ignore cuán malos, cuán ignorantes y desordenados estamos los eclesiásticos".

     Trento había mandado que los curas explicasen el evangelio a sus parroquianos. Los más no lo entienden –dice Ávila–, "y hay algunos de tal vida, y conocida por tal, que no osarán hacer esto; o si lo hacen, se seguirá más escarnio de ellos o de lo que predican, que daño de no predicar. Y habrá muchos parroquianos que solamente por no oír declarar el evangelio por personas de quien tan mal concepto se tiene, dejarán de ir a la Iglesia a la misa". Razón tiene al decir que "aprovecha poco mandar bien, si no hay virtud para ejecutar lo mandado".

     Y los achaques del mandar afectan al propio concilio, que solamente podrá ser fecundo si encuentra sujetos bien dispuestos que acepten sus directrices: "Si quiere, pues, el sacro concilio que se cumplan sus buenas leyes y las pasadas, tome trabajo, aunque sea grande, para hacer que los eclesiásticos sean tales, que more en ellos la gracia de la virtud de Cristo; lo cual alcanzado, fácilmente cumplirán lo mandado. Más, aquí es el trabajo y la hora del parto, y donde yo temo nuestros pecados y la tibieza de los mayores –alude a los obispos–. Que como hacer buenos es negocio de gran trabajo, y los mayores, o no tienen ciencia para guiar esta danza, o caridad para sufrir cosa tan prolija y molesta a sus personas y haciendas, conténtanse con decir a sus inferiores: «Sed buenos; y si no, pagármelo heis»; y no entienden en ayudarles a serlo. Porque el mandar es cosa fácil y sin caridad se puede hacer; más el llevar a cuestas flaquezas ajenas con perseverante corazón de las remediar e hacer fuerte al que era flaco, pide riqueza de caridad… Y pues los prelados con clérigos son como padres con hijos, prevéanse el papa y los demás en criar a los clérigos como a hijos, con aquel cuidado que pide una dignidad tan alta como han de recibir. Y entonces tendrán mucha gloria en tener hijos sabios y mucho gozo y descanso en tener hijos buenos, y gozarse ha toda la Iglesia con buenos ministros".

     Ardua era la tarea de lograr cléricos en que "quepan las buenas leyes que están hechas y se han de hacer". Sin ello no duraba reforma alguna, "por no tener fundamento".

     Todo el programa de reforma de San Juan de Ávila apunta primordialmente a la elevación del nivel humano, intelectual y espiritual del sacerdocio. Por ello mismo estima que debiera ser el objetivo principal del concilio. Pero con enorme realismo afirma que es menester "tomar el negocio de más atrás". Más aún, tiene por cosa muy cierta que, "si quiere la Iglesia tener buenos ministros, que conviene hacedlos… y si no, no alcanzará lo que desea". Afirmación clara que debiera gravitar o, mejor, estar escrita en letras de oro en nuestros Seminarios", como aquellas otras del mismo escrito en que dice: "Si la Iglesia quiere buenos ministros, ha de proveer que haya educación de ellos, porque esperarlos de otra manera es gran necedad".

     El fue, el que adelantándose a la célebre decisión del concilio en su última etapa, sugirió la necesidad de crear uno o más colegios en cada obispado que se dedicasen a esta labor fundamental. En ellos se educarían en honestidad de vida y recogimiento, en estudiar para convertirse en maestros y edificaciones de las almas. Más aún, piensa en una educación especial para los que se destinen a confesores y predicadores, oficio muy olvidado, aunque sea el instrumento para "engendrar y criar hijos espirituales". Hase de cuidar mucho la selección de los candidatos, estrechar el acceso al sacerdocio, admitir para él solamente a los hábiles, no ordenar a nadie sin la debida preparación. Y él, universitario de Salamanca y Alcalá y amigo de las letras, se muestra prevenido contra las letras sin santidad: "Por experiencia conocen todos casi nunca haber dañado a la Iglesia el sacerdote selecto que no fuese letrado ni rico ni alto, y siempre le dañó mucho la malicia armada de letras y de dignidad".

     Con el mismo realismo y buen sentido propone los medios económicos que sirvan para la creación de estos colegios o seminarios, algo que ni hizo debidamente el Concilio de Trento. Y así su mandato de creación de Seminarios, algo que por sí sólo hubiese justificado aquel concilio en opinión de un historiador, no se vio secundado por un cumplimiento generalizado. Uno y dos y más siglos tardaron algunas diócesis españolas en cumplir este precepto tan vital.

     Un sacerdocio difícil y heroico debía ser el horizonte de los candidatos. Y no está conforme San Juan de Ávila, él de vida tan austera, con el común parecer de su época, de que convenía que los eclesiásticos fuesen ricos y autorizasen sus personas con signos externos que las hiciesen respetables. Algunos pensaban que tal apariencia era conveniente a la honra de Cristo y de la Iglesia, como por ejemplo fray Melchor Cano. Si esto fuese verdad, –dice Ávila– habría que concluir que Cristo no la honró, pues se trató al revés de lo que estos suponen. "La honra de los ministros de Cristo es seguir a su Señor, no sólo en lo anterior, sino también en lo exterior". Y si no fuese suficiente el criterio evangélico, apela al juicio certero del pueblo: si quieran "oir lo que dice de ellos el vulgo". Si lo escuchasen debidamente, "no dirían que con estas cosas son ellos estimados y, mediante ellos, la Iglesia; antes entendieran cómo por esto son desestimados y tenidos por profanos y juzgados por malos, aun de los muy ignorantes". Vida sin mendicidad ni riquezas propone San Juan de Ávila para los eclesiásticos. La estimación debida de los mismos obispos no consiste en las pompas "que ellos llaman honra de la Iglesia"; han de buscar otros caminos por los que merecen la estimación y la Iglesia por ellos. Es una idea muy erasmiana y Ávila, alumno de Alcalá, tuvo ocasión de leer a Erasmo, quien remite la "sublimitas" episcopal al modelo apostólico, y no a palacios y carrozas, como ocurría en su tiempo.

     Muchas más cosas podrían decirse de este celo reformista de San Juan de Ávila, convencido como estaba de que la causa de los males y herejías de su tiempo era en buena parte efecto de los pastores negligentes y de falsos profetas o falsos enseñadores, brillantes pero vacuos, sin tener en cuenta con edificar el corazón con aumento de fe, esperanza y caridad, condescendientes con vicios vanidades, responsables y de que la gente haya perdido la estima de ellos y luego la fe misma en la Iglesia. Y ¿cómo no había de pensar así quien asienta como un axioma: "Ordenanza es de Dios que el pueblo esté colgado en lo que toca a su daño o provecho, de la diligencia y cuidado del estado eclesiástico?

     No voy a dar repaso a las múltiples iniciativas pastorales concretas de San Juan de Ávila, positivas las más, como las encaminadas a suscitar una amplia labor catequética de niños y adultos, sobre niños pobres, huérfanos y perdidos, especial atención a los campesinos, libros de lecturas, culto a la Eucaristía y comunión frecuente, sobre la vida consagrada de religiosos y religiosas; negativas otras, esto es, encaminadas a corregir abusos cerca del matrimonio, de la facilidad con que se admitía a la primera tonsura, de los derechos de las audiencias, de las exenciones, de las composiciones que amparan hurtos y engaños, de las indulgencias por cosas lijeras, de las excesivas excomuniones por causas livianas.

     Dejando todo esto de lado me voy a detener en una página asombrosa, espejo del espíritu de Juan de Ávila y símbolo de su libertad espiritual. No puedo leerla toda entera, dada su largura, pero me van a permitir que seleccione algunos párrafos. Pertenece a su tratado "Causas y remedios de las herejías", encaminado al Concilio de Trento en 1561 y escrito a petición del Arzobispo de Granada, D. Pedro Guerrero. Ante el panorama de la escisión religiosa y de la flaqueza o tibieza de los católicos, digno de ser llorado, perfila de modo plástico la figura del Papa ideal y de sus sentimientos ante tal situación, y dice así:

Y, entre todos los que esto deben sentir, es el primero y más principal el supremo pastor de la Iglesia. Pues lo es en el poder, razón es que, como principal atalaya de toda la Iglesia, dé voces más altas para despertar el pueblo cristiano, avisándole del peligro que tienen presente y del que es razón temer que les puede venir. Abranse sus entrañas y sean comidas con el santo celo de la casa de Dios que le está encomendada, para sentir sus caídas y para ofrecerse, si menester fuere, a muerte de cruz, a semejanza de aquel Señor cuyo vicario es, y de San Pedro su primer antecesor, y a todo lo que menester fuere para remedio y reformación de la Iglesia. Y si el Señor no permitiere que muera su cuerpo muerte de cruz sobre este negocio, a lo menos tome su ánima la mortificación de la cruz, cosa muy necesaria si quiere remediar la perdición de la Iglesia.

Hondas están nuestras llagas, envejecidas y peligrosas , y no se pueden curar con cualesquier remedios. Y si se nos ha de dar lo que nuestro mal pide, muy a costa ha de ser de los médicos que nos han de curar. Y como el papa sea el mayor de ellos, hanle de caber a él, si quiere gozar de nuestra salud, los mayores trabajos, porque de muerte de cruz o de mortificación de ellos, no se puede escapar. Tiempo es ya que, vendidas todas las cosas, aunque sea la túnica, compre fortaleza y esfuerzo conque acometa este negocio... No es tiempo de tibieza, no de negligencia ni de otro descuido, chico ni grande, para querer cortar con mazo lo que ha de menester afilada navaja. Animo determinado es menester para subir en la cruz, desnudo de todas las aficiones, como el Señor lo hizo, aun hasta dejar a su madre lastimada al pie de la cruz. Mas, si hubiere tal ánimo y se ofreciere el vicario de Cristo ut ponat (en su modo) animam suam pro peccato, será consolidado y pagado con lo que su Señor lo fue, que videbit semen longaevum. Atrévase a morir debajo de la tierra como grano de trigo. Y si con este esfuerzo y celo de Dios mortificare sus afectos y ofreciere a Dios su corazón desnudo de todas las cosas, herido con la compasión de sus ovejas, lloroso en la oración por el remedio de ellas, sediento por la Iglesia de Jesucristo cuyo vicario es, y todo aflijido y mortificado como gallina que debajo de sus alas quiere amparar a sus hijos, no se los lleve el milano. Y mirando cuán enclavado tuvo el Señor a sus pies y sus manos en la cruz, no usando de su poder para remediar con su flaqueza las nuestras, procure él con esforzado ánimo, no usando de su poder conforme a su voluntad ni sus intereses, mas ate sus manos muy bien atadas como con clavos de propósitos firmes, para usar el poder como convenga a la honra de Dios que se lo dio y al provecho de la Iglesia para quien se lo dio... ¿Quién habrá que no siga al vicario de Cristo viendo que él sigue a Cristo?".

     Tal ejemplo paliará los malos ejemplos anteriores y atraerá a los que se separaron de la Iglesia, o al menos ganará el amor de los que quedaron en ella. "¿Qué trabajos pueden ser tan grandes que no sean bien empleados, por se causa de tantos bienes, tan preciosos y de tantas personas?".

     Mezclando santa libertad con devoción y discreción, San Juan de Ávila intentaba pergeñar ante el mismísimo concilio la imagen del primer pastor de la Iglesia universal, para luego pasar a la de los obispos y sacerdotes con cura de almas. De esta suerte la resonancia de su magisterio alcanzaba las más altas cotas, sin alharacas ni publicidad, dentro del ámbito del concilio y sin su presencia personal ni tentaciones de vanagloria. Era puro mensaje, llevado por el Arzobispo de Granada, en que desaparecía su persona, si bien sólo su persona podía darle ese carácter peculiar sincero y encendido. Todo Juan de Ávila, sus más altos deseos y anhelos, está en estos párrafos tan auténticos, tan veraces, tan sentidos en el fondo de su alma. Habla en ellos su santidad convertida en celo apostólico, su corazón anchuroso que abraza a toda la Iglesia, desde el Papa hata el gañán de las tierras andaluzas. ¿Comprendéis por qué dije que Juan de Ávila fue un regalo de Dios?

     Sólo me queda cerrar esta exposición con las palabras de la plegaria inicial litúrgica:

"Haz que también en nuestros días
crezca la Iglesia en santidad
por el celo ejemplar de tus ministros". Amén.

Montilla, 31 de mayo de 2000