Clausura de la Asamblea de Delegados
diocesanos de Medios de Comunicación Social
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Cardenal Ricard Maria Carles |
Delegados de medios de comunicación social de las diócesis españolas,
Amigas y amigos,
Cuando el señor arzobispo don Antonio Montero me invitó a dirigirles a todos ustedes unas palabras de clausura de la Asamblea 1999 de delegados de medios de comunicación, convocada por la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social, tuve mucho interés en aceptar dicha invitación, a pesar de que estas fechas no eran las más propicias, ya que esta misma coincidía, al mismo tiempo, la reunión de la Conferencia Episcopal Tarraconense, con esta reunión y otros compromisos...
No obstante, como les decía, intenté por todos los medios hacer un huevo en mi agenda, porque para mí esta asamblea reviste un doble interés.
En primer lugar, soy muy consciente de que esta asamblea anual ha sido la primera que se ha celebrado fuera de Madrid, atendiendo a la invitación, alejada de cualquier formalismo, que la Delegación general de Medios de Comunicación del Arzobispado de Barcelona formuló a la Comisión Episcopal el verano pasado. Quiero hacer constar mi más sincero agradecimiento, por un lado a la Comisión y a sus responsables por haberla aceptado, y por otro a todos ustedes que han tenido a bien desplazarse a Barcelona, la capital catalana.
Espero de veras que hayan tenido una feliz estancia entre nosotros, en este Centro Teológico Salesiano Martí Codolar que tantos encuentros, reuniones y congresos de todo tipo acoge a lo largo del año. Asimismo, espero que las visitas que han llevado a cabo, de carácter cultural y lúdico, les hayan complacido. Han podido conocer más de cerca nuestra institución de gobierno, la Generalidad de Cataluña, la Catedral de Barcelona que saltó a la fama con motivo de la boda de la Infanta Cristina, pero que justamente ahora acabamos de finalizar los actos conmemorativos de su 700 aniversario; la joya que sin duda representa para todos nosotros de la Sagrada Familia, de la cual esperamos que muy pronto esté ya cubierta la nave central lo que permitirá disponer ya de un amplio espacio para celebraciones religiosas, y las emblemáticas instalaciones olímpicas que hace siete años acogieron los Juegos de Barcelona de 1992.
Estoy convencido de que todas estas visitas les habrán servido para conocer mejor no sólo algunos de los monumentos más famosos, sino también una parte significativa de nuestra cultura, de nuestra historia y de nuestro presente. Barcelona, y por extensión Cataluña, les ha acogido gustosamente, de la misma manera que, a lo largo de los siglos, ha acogido los pueblos más diversos que han atravesado nuestra geografía y la han configurado como pueblo, como marca hispánica, como lugar abierto a todas las influencias, con sus ventajas y sus riesgos.
Y, en este sentido, la Iglesia no es una excepción. Nuestra diócesis, la segunda más grande de Europa en número de habitantes, ha trabajado con ahínco por brindar un apoyo pastoral a los inmigrantes que han recalado en nuestros barrios. Más aún, durante muchos años la diócesis de Barcelona destinó muchos de sus mejores sacerdotes a ofrecer un valioso servicio en las parroquias del cinturón que rodea la ciudad. Procuramos ser una Iglesia abierta, acogedora, en la cual se vive un pluralismo a veces incómodo, pero también enriquecedor. Deseo decirles que lamento a veces las informaciones sesgadas que se publican sobre nosotros. Y lo digo a personas que tiene una responsabilidad de comunicación en la Iglesia. No decimos que no tengamos limitaciones, defectos y pecados, pero bastan los reales; no tenemos necesidad de los imaginarios. Se habla a veces, por ejemplo, de unas tensiones o una marginación en cuanto a la lengua, como si el castellano estuviera despreciado o marginado, cuando puedo decir que existe a nivel eclesial un clima de paz, convivencia e integración, debido en gran parte al buen sentido de nuestros sacerdotes, que acogen a las personas en un marco de respeto a su identidad y situación, con el deseo legítimo de salvaguardar nuestra propia identidad.
Es desde esta misma perspectiva de apertura y fidelidad que hemos intentado acoge la Asamblea 1999 de delegados de medios de comunicación social. Abrirnos a los demás es la mejor fórmula para enriquecernos y, juntos, construir un futuro más evangélico y con una mayor incidencia de nuestra Iglesia en el conjunto de la sociedad.
Pero el principio de mis palabras me refería a dos motivos de interés para hacerme presente hoy, aquí, entre ustedes. La temática y, por extensión, el mundo de los medios de comunicación supone un segundo motivo, tan poderoso, si me permiten, o tan importante como el primero.
Los que ya me conocen saben perfectamente mi sensibilidad hacia los temas sociales y el ámbito de la pobreza y la marginación. Pienso, al igual que muchas otras personas de nuestra Iglesia, que la acción que llevan a cabo un número ingente de religiosos, religiosas, sacerdotes y laicos en este campo es ciertamente modélico y nos orgullece a todos. Por eso mismo, el hecho de que la asamblea de este año se haya centrado en esta cuestión, bajo el lema "Comunicación y Solidaridad", es decir en el binomio acción caritativa o social medios de comunicación es un gran acierto. No me cabe duda de que habrán reflexionado, desde distintos puntos de vista, sobre cómo hacer compatible la comunicación con la actuación social, sin menoscabo de la gratuidad y discreción que son la clave del éxito.
A este respecto, me gustará leer detenidamente las conclusiones a las que hayan llegado y los matices, frutos de la riqueza de carismas de las instituciones que han tomado parte en la asamblea, que hayan podido surgir. Será para mí una tarea muy gratificante escuchar o analizar sus reflexiones.
Por otro lado, paralelamente a la temática en sí de la Asamblea 1999, hay otro punto, más de fondo si quieren, que quiero destacar brevemente. Y lo quiero hacer ante todos ustedes, delegados de medios de comunicación de las diócesis españolas, es decir ante personas que, sin lugar a dudas, compartirán lo que les voy a decir inmediatamente.
La iglesia, nuestra Iglesia concreta que está a punto de cruzar el umbral del tercer milenio, tiene que plantearse con más radicalidad una relación más fluida, confiada y constructiva con respecto a los medios de comunicación. En la relación entre la Iglesia y los medios de comunicación aún cabe señalar algunos aspectos a mejorar. Ciertamente, hemos mejorado últimamente, pero aún hemos de propiciar unas relaciones más abiertas y normalizadas. En mis encuentros con diversos directores de medios informativos ésta es una de las conclusiones a las que llegamos. Ya sé que una cosa es una entrevista circunstancial y amistosa y otra la realidad de cada día, que a veces no es tan amable. Pero hemos de avanzar todos en este sentido.
Gradualmente, con toda la prevención lógica que ha de acompañar nuestra actuación, hemos de superar las mutuas reticencias y acostumbrarnos a entrar en un marco de relaciones normal, alejado de cualquier complejo de superioridad o de inferioridad, porque a ninguno de ustedes se les escapa la enorme importancia que tienen hoy en día los medios de comunicación, hemos de evolucionar todos y, tal como les decía, superar poco a poco las dificultades. En un clima de lealtad y con realismo para no desanimarnos ante las dificultades que podamos encontrar.
Por todo ello, les animo a ustedes, como asesores y personas de confianza de los obispos españoles, a extender esta reflexión en sus lugares de origen y a establecer, en la medida de lo posible, un diálogo confiado con los responsables de las diócesis respectivas. El mundo de los medios de comunicación y el reto que supone para nuestra Iglesia ha de ser un objetivo compartido, pero no sólo para ustedes, sino para el conjunto de la Iglesia.
Todavía les pido unos minutos más para plantear una última cuestión: el reto que tiene para la Iglesia la "nueva era" para usar el título de un reciente documento de la Santa Sede, es decir, la explosión de la nuevas tecnologías de la comunicación. En su asamblea han analizado dos: las redes telemáticas y la televisión temática.
La llamada revolución digital que ha supuesto la llegada de los ordenadores al mundo de la comunicación creo que ha producido un fenómeno lleno de consecuencias para la Iglesia: el acceso a la comunicación rapidísima no sólo de la imagen, sino de la palabra oral y lo que es muy significativo la palabra escrita. La cenicienta de la comunicación la palabra escrita el libro se incorpora así a una comunicación instantánea y sin fronteras.
San Pablo, como ustedes saben, usaría hoy las redes temáticas para enviar sus cartas a las comunidades. Y esto es lo que puede hacer el Santo Padre con sus hijos de América Latina gracias a la RIIAL, de la que les ha hablado su mismo artífice, Mons. Enrique Planas, sacerdote de nuestra diócesis. No dudemos en entrar en este campo, en el que la actuación de la Iglesia tiene grandes posibilidades. Al igual que en el mundo de la TV temática.
Les invito especialmente a trabajar en la formación de los sacerdotes del futuro en este ámbito. Existen, como saben, directrices de la Santa Sede en este sentido. Pero hemos de procurar hacerlas realidad. Con la ayuda sobre todo de expertos.
Termino ya. Confío, de veras, que esta reunión de Barcelona haya sido provechosa y haya propiciado un marco de reflexión útil y eficaz para la mejora de la relación de la Iglesia y los medios de comunicación.