JORNADA DE RESPONSABILIDAD EN LA CARRETERA
la prisa no conduce a nada
Mensaje de la Pastoral de la Carretera (julio de 2002)

Hermanas y hermanos:

Año tras año, la Pastoral de la Carretera, integrada en la Comisión Episcopal de Migraciones, aprovecha la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico para reavivar nuestro sentido de responsabilidad ante la variada gama de problemas relacionados con el tráfico por carretera. En la imposibilidad de tratarlos todos, este optamos por detenernos en una de sus facetas: la prisa en las carreteras. Así reza el cartel de este año: “La prisa no conduce a nada”.

Pero vaya, antes que nada, una palabra de la Iglesia a los profesionales del volantes. Palabra de reconocimiento, gratitud solidaridad y simpatía a cuantos tienen que ganarse el pan de cada día con su trabajo diario al mando de toda clase de vehículos: transportistas, taxistas, conductores de autobuses y autocares, mensajeros, motoristas, vigilantes de nuestras carreteras... La sociedad os debe mucho, la Iglesia no puede olvidaros.

Frecuentemente esta Jornada suele tener un aspecto un tanto sombrío, al subrayar los problemas que el tráfico, cada día más denso e intenso, nos viene creando a todos. Y es verdad que no podemos olvidarlos ni negarlos. Pero ¿por qué no vamos a poner en primer lugar las indudables ventajas que el progreso nos va ofreciendo también en este campo? La motorización configura el estilo de vida y gran parte de la cultura del hombre moderno, facilitando nuevas relaciones, reduciendo distancias entre personas, pueblos y culturas, abriendo insospechados horizontes a la economía y al trabajo, facilitando el disfrute de lo lejano, fomentando el turismo generalizado...

Los vehículos modernos, lanzados al mercado con extraordinarios alardes publicitarios, se nos muestran cada día más perfectos, ya que sus diversos fabricantes pugnan por incorporar nuevos adelantos, cuidando de progresar en seguridad, belleza, rapidez y comodidad... Si a esto añadimos las continuas mejoras de la red viaria y la garantía de mayor seguridad que ofrecen las normas actualizadas de circulación no podemos menos de felicitarnos  y de manifestar nuestra gratitud a cuantos contribuyen a ofrecernos tales beneficios. ¿Qué duda cabe que todos estos factores contribuyen a que el transporte por carretera, tanto de personas como de mercancías, sea cada día más cómodo, frecuente y ventajoso? Lo agradecen la economía del país, los profesionales del volante, y  también cuantos aprovechan estas ventajas para viajar a lugares antes lejanos y estrechar relaciones de familia o de amistad.

Pero, si los aspectos positivos son innegables y dignos de reconocimiento y estima, no podemos cerrar los ojos ante los problemas relacionados con el tráfico y menos aún a las numerosas tragedias que se siguen causando en nuestras carreteras. Las imágenes y los datos que con frecuencia nos ofrecen los Medios de Comunicación, Seguna la D.G.T. son conmovedores y alarmantes: en España, el año 2000, hubo más de 100.000 accidentes, que causaron 5.776 muertos y 150.000 heridos (En Europa, casi 2 millones y 40.000 muertos, respectivamente).

Las frías cifras encierran tanto dolor y tragedia que a todos nos invitan a la reflexión y a avivar nuestro sentido de responsabilidad. Porque también en este campo, es la persona humana la principal protagonista, como  sujeto activo y pasivo. El hombre y la mujer de hoy, al sentarse al volante, han de ser muy conscientes de que son ellos el principal factor de seguridad de su vehículo de forma que su viaje sea motivo de gozo y nunca ocasión de causar males a los demás o de recibirlos, por imprudencia o temeridad.

A medida que el conductor se va haciendo con modelos más potentes, fácilmente puede caer en la tentación de emular a los atletas, tratando de superar sus propias marcas de velocidad (para eso están los circuitos, velódromos, competiciones…). No pocas veces cierta vanidad y un secreto afán de prepotencia pueden llevarlo también  a forzar la aceleración de sus vehículo para sobrepasar a cuantos le preceden. Todos conocemos las trágicas consecuencias que estas prisas acarrean en forma de accidentes. Cuando las prisas nos llevan a excesos de velocidad, no sólo está en riesgo nuestra propia seguridad, sino que podemos atentar contra la seguridad de los demás, conductores o peatones.

Conscientes de poder llegar en poco tiempo a lugares antes insospechados, no es raro que nos creemos múltiples obligaciones o aceptemos nuevos compromisos que confiamos poder cumplir con la ayuda de nuestros vehículos. Pero no siempre nos resulta fácil hacerlo. Entonces se apoderan de nosotros el nerviosismo o la ansiedad y encomendamos a la prisa la solución del problema. Poco cuesta pisar más el acelerador y caer en la tentación de no respetar los límites de velocidad establecidos. Y "la prisa no conduce a nada", como reza el cartel de este año.

Nuestra llamada a la responsabilidad  se dirige, en primer lugar, a la persona humana, como principal protagonista, y comprende un sin fin de obligaciones, como son, entre otras: conocer y respetar las normas de la circulación; procurar en todo momento el dominio del propio vehículo mediante la pericia y la atención; respetar a los demás, sean conductores de otros vehículos o peatones (con delicadeza particular a los ancianos y niños); controlar las propias facultades, evitando el consumo de alcohol, drogas, bebidas excitantes o comidas excesivas; conocer las condiciones atmosféricas y el estado de las carreteras, tomando las medidas oportunas...Y, de una manera especial, tomar en cuenta la consigna que el Apostolado de la Carretera difunde este año: no ser esclavo de la prisa, tan mala consejera siempre y causa frecuente de tantas desgracias. No conduce a nada. 0, lo que es peor, a la perdida del control del vehículo, poniendo en riesgo la vida propia y la de los demás...  

Todos somos conscientes del papel primordial que en el tráfico ordenado y seguro desempeñan las diversas autoridades mediante la construcción y conservación de las carreteras, la adopción y cumplimiento de normas actualizadas de inspección de conductores y vehículos, la vigilancia y el control del tráfico en toda la red viaria y el fomento del transporte público. El fiel cumplimiento de sus obligaciones será motivo de inmensa gratitud y causa de indudables beneficios para toda la sociedad.

Nos atrevemos a urgir también el sentido de responsabilidad de los empresarios de vehículos de transporte en lo referente a moderar sus exigencias a la hora de someter a sus empleados a horarios y condiciones de trabajo que los inducen a realizar recorridos superiores a su esfuerzo normal en horarios legales.

Los cristianos, ciudadanos también del mundo, nos congratulamos de los numerosos beneficios que, incluso para la difusión del evangelio, comportan los continuos avances en el campo del tráfico rodado. Nos aprovechamos de ellos, dando gracias a Dios porque nos ha hecho conocer y disfrutar estos signos del progreso moderno. Y, aunque no hemos de olvidar el consejo de Jesús sobre la urgencia de ponernos en camino al servicio del Reino, ¿por qué no ser los primeros en cumplir con fidelidad las exigencias morales del Código de Circulación. Por muchas razones. También porque "la prisa no conduce a nada" bueno.

+ Mons. Carmelo Echenagusía
Obispo Promotor de la Pastoral de la Carretera


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