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Noviembre
de 2006
Porque son personas,
creadas por Dios para su gloria. Dios ama todo lo que Él
ha creado y no desprecia a ninguna de sus criaturas. No
hay personas de primera y personas de segunda. Ni menos
aún, personas desechables. “Existo, luego Dios me
ama inmensamente”, puede decir toda persona, sea cual sea
su condición, sea cual sea su situación.
En el principio, Dios
creó al hombre, varón y mujer los
creó. “Y vio Dios que era muy bueno”. Dios
no se arrepiente de ninguna de las criaturas que Él
trae a este mundo. Y todos venimos a este mundo como fruto
de un amor personal y creativo de Dios, en el que colaboran
nuestros padres como pro-creadores, pero el Creador sigue
siendo insustituiblemente Dios. Dios no se ha equivocado
al crearnos a cada uno de nosotros.
Dios crea el alma
espiritual, de manera única e irrepetible, como el
principio que anima todo nuestro ser. No somos pura materia,
o simple conjunto de reacciones químicas. Somos personas
libres e inteligentes, que tienen alma, creada por Dios
y dada directamente a cada uno. Somos un fruto del amor
de Dios, y en nuestro propio crecimiento influyen muchas
personas que nos rodean.
Pero en el origen
de la historia de la humanidad entró el pecado, por
iniciativa humana. La tentación del demonio fue sugerirle
al hombre y a la mujer: “Seréis como dioses”, y,
fascinados por esta pretensión engañosa, ellos
se apartaron de Dios, desobedecieron su santa ley, pecaron
contra Dios y trastornaron toda la naturaleza creada. Este
es el pecado original, con el que todos nacemos.
El pecado original
introdujo un apagón universal, que sólo la
luz de Cristo ha podido restaurar. A partir del pecado original,
la naturaleza entera sufre un trastorno, un desequilibrio,
que nos afecta a todos. Y dentro de la naturaleza, el hombre
nace herido por el pecado. El hombre creado a imagen y semejanza
de Dios, constata que esta imagen está enmarañada,
desdibujada. No todo lo que al hombre se le ocurre, es bueno.
Más aún, tiene muchas ocurrencias y sentimientos
que van contra Dios, y que le hacen daño a sí
mismo y a los demás.
Uno no elige
su propio sexo, por más que lo diga el Parlamento.
Sea cual sea su inclinación (dejemos ahora lo que
haya de biológico, sicológico o educacional),
debe aceptarse a sí mismo como es y debe vivir su
sexualidad en un clima de castidad, que le enseñe
a amar gratuitamente. La sexualidad humana también
esta dañada por el pecado, y debe ser redimida por
un amor creciente, para el que todo hombre cuenta con la
gracia de Dios.
También una
persona con inclinación homosexual es amada por Dios
y está llamada al amor, que no necesariamente
se expresa por el ejercicio de la sexualidad. Un mundo supererotizado
hace más difícil vivir la castidad sin represión,
pero donde abundó el pecado sobreabundó la
gracia, y la redención de Cristo es gracia abundante
para vivir la castidad con libertad, en la situación
personal en la que cada uno se encuentre. La Virgen María,
que fue librada de todo pecado, incluso del pecado original,
es madre que nos ama a cada uno y entiende de estos temas.
Mirándola a ella entendemos mejor la nueva humanidad
a la que Dios nos llama. Ella es “dulzura y esperanza nuestra”.
La ley de identidad
de género recientemente aprobada en las Cortes, por
la que uno puede cambiar de sexo es contraria a
la verdad del hombre. Es una extorsión del
plan de Dios, no ayuda a las personas con dificultad en
este campo y siembra la confusión en el ambiente
social donde vivimos. A un niño o a un joven hoy
le es más difícil vivir el plan de Dios con
estas leyes que enrarecen el ambiente. Por eso, hemos de
buscar la luz donde se encuentra, en Cristo resucitado hombre
nuevo, también para estos temas de sexualidad, que
a tanta gente perturban.
Con mi afecto y bendición:
Mons. Demetrio Fernández
González,
Obispo de Tarazona
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