El secreto del matrimonio feliz y para siempre


Conferencia Episcopal Española

abril de 2007

Decía Benavente que el amor, pero especialmente el del varón y la mujer, «tiene que ir a la escuela». Es un modo bello de decir que el amor matrimonial tiene que aprenderse durante toda la vida. Balzac concretaba un poco más, cuando escribió que «el matrimonio debe luchar sin tregua contra un monstruo que todo lo devora: la costumbre». La rutina es, en efecto, el enemigo más insidioso. En ocasiones puede ser un proceso casi imperceptible en los comienzos. Pero si no se está en guardia, puede ocurrir como a las plantas que se dejan de regar: durante cierto tiempo parece que mantienen la lozanía; pero un día se marchitan y, entonces, ya no hay remedio.

Para que no se meta la rutina ni se marchite el amor es preciso cultivarlo. El amor matrimonial no se puede meter mucho tiempo en el congelador o en una campana de cristal. «Conservarlo» es un intento vano. O crece, o muere. Porque o es algo «vivo» y, por tanto, en continuo crecimiento, o se estaciona y muere.

Alguien ha dicho, con verdad, que los esposos deben enamorarse cada día. El marido debe tratar de «conquistar» a su mujer cada día; y la mujer, ha de «seducir» cada día a su marido. Ya lo decía el refrán castellano: «una mujer bien compuesta, saca al marido de otra puerta».

Los esposos no deberían olvidar nunca el camino que recorrieron para enamorarse y llegar hasta el matrimonio: fue un camino de pequeños pero continuos detalles. Esos detalles siempre llevaban el mismo sello: el olvido de uno mismo y la centralidad del otro. En el matrimonio esta norma, lejos de interrumpirse, se consolida y robustece Cambia de forma, pero no de contenido. El otro cónyuge siempre está en el centro del amor. A él hay que preferir más que a la profesión, más que a las aficiones, más incluso que a los hijos, si llegase el caso –que no puede llegar- de que fueran incompatibles.

Parte de esta «centralidad del otro» es un reparto equitativo de las responsabilidades familiares de todo tipo, especialmente, las relativas a la educación de los hijos y el cuidado del hogar. Es inútil encorsetarse en fórmulas fijas e invariables. Porque esto podría introducir en el matrimonio la nefasta «lógica del intercambio mercantilista», que es lo más opuesto a la gratuidad del amor. Pero dicho esto y dando por supuesto que la esposa es, en cierto modo, como el corazón de toda la unión familiar, el esposo ha de ser consciente de que el orden, la limpieza, el arreglo de los desperfectos, etcétera le corresponden a él igual que a la mujer.

Esto se consigue con esfuerzo. Como decía Masson, «el matrimonio es un armonio que no suena sino a fuerza de pedaleo». Bien es verdad, que ese «pedaleo» se convierte en una felicidad indescriptible, que nadie puede imaginar, hasta que hace la prueba.

Una última observación. Dice un autor norteamericano que «los matrimonios felices están basados en una profunda amistad. Los cónyuges se conocen íntimamente, conocen los gustos, la personalidad, las esperanzas y los sueños de su pareja. Muestran gran consideración el uno por el otro y expresan su amor no sólo con grandes gestos, sino con pequeños detalles cotidianos».

Pienso que uno de estos «detalles cotidianos» es el perdón. Los esposos discuten y, a veces, riñen. Es importantísimo no llevar una lista de agravios, sino perdonar una y otra vez. El perdón no sólo hace que se superen las trifulcas, sino que se purifique e intensifique el amor de los esposos. El resultado es siempre una unión más intensa y profunda entre ambos.

Un matrimonio así vivido será un matrimonio feliz y durará siempre.

Mons. Francisco Gil Hellín,
Arzobispo de Burgos