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19 de julio de 2005
El lunes 6 de junio,
el Papa Benedicto hizo una hermosa reflexión en su Diócesis
de Roma en la apertura de la asamblea eclesial de la Iglesia
Romana. Habló sobre la misión de la familia en la comunidad
cristiana y sus tareas de formación de la persona y la transmisión
de la fe. De esa intervención del Papa quiero presentaros
a las familias cristianas de Valladolid un resumen de lo
dicho bellamente ese día por Su Santidad.
El Papa parte del
significado que el matrimonio y la familia tienen en el
plan de Dios, creador y salvador. Él dice con razón que
el matrimonio y la familia no son, en realidad, una construcción
sociológica casual, fruto de situaciones históricas y económicas.
Al contrario, la cuestión de la correcta relación entre
hombre y mujer hunde sus raíces en lo más profundo del ser
humano. Es decir, no se puede separar de la pregunta antigua
y siempre nueva del hombre sobre sí mismo: ¿quién soy yo?
¿quién es el ser humano? Y esta pregunta, a su vez, no se
puede separar del interrogante sobre Dios: ¿existe Dios?
y ¿quién es Dios?, ¿cuál es verdaderamente su rostro?
La respuesta de la
Biblia a estas dos preguntas es unitaria: el ser humano
es creado a imagen de Dios, y Dios es el mismo amor. Por
eso, la vocación al amor es lo que hace que el hombre sea
la auténtica imagen de Dios: es semejante a Dios en la medida
en que ama. Pero de la conexión que hay entre Dios y el
hombre se deriva la conexión indisoluble que hay entre espíritu
y cuerpo en el ser humano, pues el hombre y la mujer son
el alma que se expresa en el cuerpo vivificado por un espíritu
inmortal. Pero hombre y mujer no son simplemente cuerpo,
y lo que es biológico en ambos no es solamente biológico,
sino también expresión y realización de nuestra humanidad.
En concreto, el “sí”
personal y recíproco que se dan el hombre y la mujer en
el matrimonio abre el espacio para el futuro, para la auténtica
humanidad de cada uno y, al mismo tiempo, está destinado
al don de una vida nueva. Por eso, este “sí” personal no
puede por menos que ser un “sí” también públicamente responsable,
con el que los esposos asumen la responsabilidad pública
de la fidelidad, que garantiza asimismo el futuro de la
comunidad.
En efecto, ninguno
de nosotros se pertenece exclusivamente a sí mismo. Por
eso, cada uno está llamado a asumir en lo más íntimo de
su ser su responsabilidad pública. Esa es la razón de por
qué el matrimonio como institución no es una injerencia
indebida de la sociedad o de la autoridad, como si fuera
una forma impuesta desde fuera en la realidad más privada
de la vida, sino una exigencia del pacto del amor conyugal
y de la profundidad de la persona humana.
En cambio, las diversas
formas actuales de disolución del matrimonio, como las uniones
libres, el “matrimonio a prueba”, y el pseudo-matrimonio
entre personas del mismo sexo, son expresiones de una libertad
anárquica, que se quiere presentar erróneamente como verdadera
liberación. Pero esa falsa libertad se funda en una trivialización
del hombre y la mujer, sobre el supuesto de que el ser humano
puede hacer de sí mismo lo que quiera, convirtiendo su cuerpo
en algo secundario, que se puede manipular, y que se puede
utilizar como se quiera. El _libertarismo_, que se quiere
hacer pasar como descubrimiento del cuerpo y de su valor,
es en realidad un dualismo que hace despreciable el cuerpo,
situándolo –por decirlo así– fuera del auténtico ser y de
la auténtica dignidad de la persona.
Mons. Braulio Rodríguez
Plaza,
Arzobispo de Valladolid
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