|
|
|
Octubre
de 2007
¿Qué
decir ante la beatificación de 498 españoles,
mártires por seguir a Jesucristo? Antes de otra afirmación,
el acontecimiento en Roma el 28 de octubre, es «un
gran signo de esperanza». Así lo interpreta
la Conferencia Episcopal. Estos hombres y mujeres, la inmensa
mayoría religiosos, son mártires de la violencia
y de una guerra incivil y absurda. Sé que hubo otras
víctimas, que nunca debieron morir. Toda vida segada
violentamente es una ofensa al Creador, y merece un repulsa
instantánea, pues todas las criaturas son amadas
por Dios y por ellas ha entregado a su Hijo a la muerte,
y una muerte de cruz. La muerte provocada por contiendas
fratricidas es fruto del pecado y ha de ser siempre lamentada.
¿Por qué
fueron muertos estos 498 católicos, entre los que
hay que contar a algunos religiosos extranjeros? ¿Por
qué los llamamos mártires? Lo que menos desea
la Iglesia es politizar este acontecimiento. Por muchas
razones; la primera porque esa es una salida miserable y
mezquina. Otra razón fundamental radica en que quienes
ahora van a ser beatificados no fueron asesinados por simpatizar
con tal o cual ideología; tampoco lo fueron por batallar
en este o aquel bando de nuestra guerra civil. Fueron asesinados
únicamente por profesar la fe católica, por
ser testigos de Cristo. Murieron perdonando a sus absurdos
asesinos y su sangre se alza precisamente contra ese deseo
cainita de considerar al adversario un enemigo a liquidar.
¿Qué
tipo de adversario puede considerarse, por ejemplo, a Luis
Gómez de Pablo, carmelita descalzo, nacido en Valladolid
y martirizado en Toledo con 24 años, cuando todo
lo que hizo fue prepararse para su subdiaconado en fecha
próxima atendiendo a la vez el servicio de la casa
y de la iglesia? Antes de entrar en el noviciado de Segovia
estudió en un colegio como tantos chavales y prosiguió
su formación en el Instituto General y Técnico
de la ciudad. Eso sí, se escondió en alguna
casa toledana amiga, perseguido sólo por ser católico,
y, encontrado, fue fusilado sin más.
¿Y qué
hizo para morir Federico Cobo Sanz, aspirante salesiano
de 16 años, nacido en Rábano, que muere en
Madrid exclusivamente por ser alevín de religioso
en su tercer año de estudios junto a su hermano,
aspirante a sacerdote salesiano? Todos entendieron que la
fe que profesaban merecía entregar lo más
valioso, su vida, por Cristo, el que murió perdonando
y les ayudó a ellos a perdonar.
La vida y la muerte,
pues, de estos hermanos —doce de los cuales nacieron en
la provincia de Valladolid y otros muchos se educaron aquí
o ejercieron su tarea entre nosotros— no fueron inútiles
en aquel momento de nuestra historia; tampoco queremos que
lo sean en el presente. Los mártires no lo son contra
nadie, sino a favor de todos; no es posible considerarlos
banderas contra otros bandos. Y aquí radica la naturaleza
desafiante de sus muertes: su entereza no tembló
ante la injusticia de su muerte. Aquí radica la belleza
de su sacrificio: murieron con la alegría de saberse
amados por Quien los acogería en su seno, amando
a quienes les odiaban, seguros de que su sangre acabaría
propiciando una cosecha de reconciliación. Sencillamente
así.
Mons. Braulio Rodríguez
Plaza,
Arzobispo de Valladolid
|
|