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Marzo
de 2007
En lenguaje familiar
decimos que el amor es la chispa de la vida. Con palabras
más cuidadas y más ajustadas podemos decir
que el amor es la forma perfecta de la vida, lo más
alto y lo más profundo del ser y del vivir.
Y si la vida es amor,
esto es así porque Dios, el Autor de la vida, es
Amor. Dios ha hecho el mundo por amor y para el amor. Vivir
es convivir, relacionarse, comunicarse, confluir, sumarse
y fundirse en el círculo del conocimiento y del amor
que son como las vertientes de la cumbre que es el vivir.
Así es en Dios, así es en Jesús y así
es en nosotros. Junto a El.
A los hombres nos
cuesta toda una vida darnos cuenta de algo tan elemental
y comenzar a entender lo que de verdad es el amor. No es
amor lo que no se parece al amor de Dios. Y no se puede
vivir sin este amor verdadero que está en Dios, que
nos viene de Dios y no se puede alcanzar sin invocar a Dios.
Se dice que en nuestro
mundo se está ocultando la gloria de Dios. Yo creo
que lo que ocurre es más bien que caminamos por el
mundo con los ojos cada vez menos abiertos, más a
ciegas. En todo caso este ocultamiento de de Dios en nuestra
mente, está produciendo un debilitamiento del amor
como elemento fundamental y decisivo de nuestra vida. Se
habla mucho del amor, pero lo que se vende por amor es otra
cosa, pasión, instinto, posesión, dominio,
interés, o cosas parecidas.
Las innovaciones en
nuestra sociedad, el aborto, la anticoncepción, el
divorcio, la homosexualidad, la eutanasia, se hacen siempre
en nombre de la libertad, de la ampliación de derechos.
En realidad son afirmaciones del egoísmo, de una
manifestación deformada del bienestar de los fuertes
a costa de los débiles. Nuestra sociedad ya no se
apoya en el amor como ideal de vida. El verdadero ideal
de vida es el bienestar y por debajo de él la exaltación
de uno mismo, Una afirmación ilimitada de la libertad
y del propio bien que termina en la desesperanza y en el
nihilismo. La verdad profunda y cabal es que sólo
el amor que viene de Dios es verdadero amor, un amor universal
y generoso que busca el bien de los demás, especialmente
de los más débiles. Y sólo este amor
ayuda a vivir y trae felicidad, una felicidad compartida,
multiplicada, duradera.
Si queremos ayudar
al prójimo podemos hacer muchas cosas, La gente necesita
trabajo, salud, instrucción, diversiones, muchas
cosas. Pero nada de eso por si solo trae felicidad. Si no
hay verdadero amor no hay felicidad. Lo mejor que podemos
hacer a nuestro prójimo es ayudarle a aprender a
amar de verdad, con ese amor universal y generoso que sólo
se aprende en la escuela de Jesucristo.
Por eso dedicar la
vida a anunciar el amor de Dios, decir a la gente, como
hacía Jesús, “No tengas miedo, vive tranquilo,
Dios te ama, puedes contar con El” es una profesión
muy necesaria, muy útil, una profesión que
llena el corazón. Hoy, el ministerio de los sacerdotes
no es necesario sólo para la Iglesia, sino que lo
es para la sociedad entera. Alguien nos tiene que recordar
que los hombres podemos vivir tranquilos porque contamos
con el amor de Dios, en la vida y en la muerte. Si un joven
quiere emplear su vida en este hermoso quehacer que entre
a fondo en esta experiencia de sentirse querido por Dios
para poder ayudar a los demás a descubrir y vivir
esta experiencia fundante que nos sostiene en la vida y
nos permite vivir con una tranquilidad firme y segura, con
una libertad clarificada y realista, con una actitud verdaderamente
justa y constructiva.
El primer testigo
del amor de Dios en el mundo es Jesús. El curaba,
consolaba, perdonaba porque quería dar a conocer
el amor que recibía de su Padre, porque quería
que el mundo se enterase de que hay un Dios Creador de todo
y de todos que además nos ama como un Padre misericordioso,
un Padre vigilante que cuida de nosotros, que nos sostiene,
que nos guía para que aprendamos a vivir como personas,
queriéndonos los unos a otros, en una familia universal
que recuerde la familia de las personas divinas, la relación
de cariño y de ternura que Dios tiene con nosotros.
Este es el camino que nos lleva hasta Dios, el camino que
nos salva de verdad.
La religión
de Jesús es el amor, el amor con el que amaba a su
Padre y el amor con que nos quería y nos quiere a
todos. Por eso fue condenado y por eso mismo se dejó
matar. El no podía dejar de hablar de Dios como un
Padre universal que quiere igual a todos los hombres y a
todos los pueblos, que perdona los pecados y se alegra por
la conversión de los pecadores.
Desde entonces los
cristianos, y de forma especial los sacerdotes, dedicamos
la vida a anunciar a unos y otros que Dios es Amor, que
Dios nos quiere y que la religión verdadera, fuente
de la vida y de la felicidad es el amor que Dios nos da
cuando de verdad acudimos a El con humildad y confianza.
En esta sociedad nuestra
tan dura, tan egoísta, tan desesperada, hacen falta
jóvenes que quieran dedicar la vida a trasmitir esta
verdad que es el único cimiento sólido de
nuestra vida siendo discípulos y ministros de Jesucristo.
Lo tendremos que anunciar con las palabras y con la vida,
siendo de verdad hermanos y padres de los hombres, viviendo
el amor en la Iglesia y dando nuestra vida gratuitamente
para enseñar a quien nos quiera escuchar que la vida
verdadera es el amor y que Jesucristo es el Maestro definitivo
de este amor, manifestado plenamente en la cruz. La debilidad
del Crucificado es la manifestación plena del amor
de Dios a los hombres. En Jesucristo y por Jesucristo, este
Dios de la vida y de la salvación, en vez de rechazarnos
por nuestros pecados, nos amó hasta la muerte para
que lleguemos a convencernos de que El es Amor y que el
amor que El nos da es la vida verdadera. Esto es lo que
tenemos que anunciar en todas partes y en todos los tonos,
éste es nuestro testimonio, éste es nuestro
oficio. ¿Por qué no vienes tú también?
Mons. Fernando Sebastián
Aguilar,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela
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