Plan Pastoral de la CEE

El Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española para los años 2016-2020 propone acciones concretas que debe realizar una Iglesia en misión al servicio de su pueblo, en sintonía con la exhortación del papa Francisco a “salir de las periferias”. Nuestras Iglesias particulares han sido y son misioneras, contribuyendo así a la expansión de la fe cristiana; sin embargo, la llamada a la misión y a la evangelización tienen, hoy, un carácter nuevo. Este documento parte de un análisis de la sociedad moderna, donde es necesario “llevar una palabra y un gesto de consolación a los pobres, anunciar la liberación a cuentos están prisioneros de la nuevas esclavitudes, restituir la vista a quien no puede ver más porque se ha replegado sobre sí mismo, y volver a dar dignidad a cuantos han sido privados de ella” (MV, n. 16).

Con el deseo de que las propuestas pastorales aquí recogidas sirvan de orientación, los obispos españoles animan a la lectura atenta del presente libro, al tiempo que invitan a todos los miembros del Pueblo de Dios a ponerlo en práctica, con diligencia y generosidad; esta colaboración es indispensable para que la Iglesia pueda hacerse presente en muchos ambientes y lugares de primera importancia en la vida secular, como son las universidades, los medios de comunicación, la formación de la opinión pública, las orientaciones y tendencias en la vida labora, económica, cultural y política.


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Presentación Plan Pastoral: rueda de prensa (16-12-2015)
Jornada de Ayuno y Oración (22-1-2016)
> Folleto para la difusión del Plan Pastoral


IGLESIA EN MISIÓN
AL SERVICIO DE NUESTRO PUEBLO

CVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española
(16-20 de noviembre de 2015)

INTRODUCCIÓN

I.- UNA MIRADA COMPASIVA A NUESTRO MUNDO

1.1                Poca valoración social de la religión
1.2                Exaltación de la libertad y del bienestar material
1.3                Predominio de una cultura secularista
1.4                Del subjetivismo al relativismo
1.5                La cultura del “todo vale”
1.6                Nuestra propia responsabilidad
1.7                Razones para la esperanza
1.8                Realismo y confianza: testigos de misericordia
1.9                Fieles a la misión recibida del Señor
1.10              Donde está la desilusión, sobreabunda la esperanza

II.- PROPUESTAS PASTORALES

2.1                Introducción
2.2                La Iglesia, anunciadora y fermento del Reino de Dios (año 2016)
2.3                En koinonía, o sea, en comunión y corresponsabilidad al servicio de la evangelización (año 2017)
2.4                El kerigma o anuncio de la Palabra de Dios (año 2018)
2.5                La liturgia, celebración del misterio de Cristo (2019)
2.6                La diaconía o servicio de la caridad (año 2020)

CONCLUSIÓN

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Introducción

«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre… Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos» (Mc 16, 15-18).

Desde sus orígenes y desde lo más hondo de su ser, la Iglesia de Jesucristo es una Iglesia misionera. El Señor encargó a los discípulos el anuncio de su Evangelio a todos los pueblos y hasta el fin del mundo. Los cristianos nos sentimos responsables de la salvación y de la felicidad de nuestros hermanos. Sabemos que la felicidad y la salvación solo vienen de Dios por medio de Jesucristo, Salvador de todos los hombres.

En el momento actual no parece estemos viviendo esta vocación misionera con la fuerza requerida. Hace tiempo que los papas nos están animando a intensificar este carácter misionero de la Iglesia. No podemos dudar de que esta llamada, tan insistente, sea una llamada del Espíritu de Dios. Este fue ya el mensaje de fondo del Concilio Vaticano II. Así nos enseñaron también a entenderlo y vivirlo tanto san Juan Pablo II como el papa Benedicto XVI y, antes, el beato Pablo VI, cuando en la exhortación Evangelii nuntiandi señalaba que «la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia. (…) Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar»[1] .

 Ahora, el papa Francisco, también siguiendo el impulso del Concilio Vaticano II[2], nos ha vuelto a insistir con especial fuerza en Evangelii gaudium (EG), llamándonos a una «conversión pastoral». Con palabras apremiantes nos ha invitado a inaugurar «una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría»[3].

Somos conscientes de que en España la Iglesia está también llamada por el Señor a una «conversión misionera». Las circunstancias históricas que estamos viviendo han hecho más difícil y más necesaria la claridad y la firmeza de la fe personal, la vivencia comunitaria y sacramental de nuestras convicciones religiosas. Por lo cual queremos orientar el trabajo de la Conferencia Episcopal a favorecer esta «transformación misionera» de nuestras Iglesias, parroquias y comunidades cristianas. Como nos pide el santo padre, «tenemos que salir» de nuestras fronteras y de nuestras inercias para llevar la alegría del Evangelio a nuestros hermanos. «Hace falta pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral misionera»[4].

Las Iglesias de España han sido muy misioneras y han contribuido notablemente a la expansión de la fe cristiana en el mundo, pero ahora la llamada a la misión y a la evangelización tiene un carácter nuevo. Se trata de evangelizar también a nuestros conciudadanos, a los que viven junto a nosotros, a los que, estando bautizados, se han alejado de la vida eclesial, y a otros muchos, nacidos en nuestro país o venidos de fuera, que no han recibido el don de la fe.

Los obispos españoles no podemos ni queremos quedarnos al margen de esta convocatoria misionera que el Espíritu Santo está despertando en la Iglesia católica. Somos los primeros que debemos sentirnos interpelados por la llamada del Señor. En nuestras Iglesias diocesanas y en la misma sociedad también están presentes el olvido de Dios y el  debilitamiento de la fe, con lo que se oscurece y desconcierta la vida de las personas, de las familias y de los pueblos[5]. Con nuestra acción pastoral queremos responder a la crisis espiritual que vive nuestro pueblo y ayudar a todos a mantener o a recuperar una fe viva y operante en Jesucristo Salvador y en el Dios de las Promesas y de la Salvación. Necesitamos asumir ese «estilo evangelizador» recomendado por el papa en todas nuestras actividades pastorales[6].

Nuestros antecesores cercanos fueron muy diligentes en la aceptación de las enseñanzas y directrices del Concilio Vaticano II. Esta es la hora de profundizar en aquellos esfuerzos de renovación, escuchando las recomendaciones del papa y aceptando con docilidad y confianza la voz de Dios que nos habla por los acontecimientos de la historia y por las necesidades y los sufrimientos de nuestros hermanos.

Deseamos ponernos al frente de un movimiento de conversión misionera de nuestras Iglesias, buscamos reavivar el ardor evangelizador de nuestras comunidades y queremos salir al encuentro de los que buscan en la oscuridad la felicidad y la salvación, queremos ser Iglesias abiertas, acogedoras, preocupadas por el bien de los que no están con nosotros. Nos sentimos llamados y obligados a ofrecer a todos con humildad y sinceridad este bien inmenso que es el conocimiento de Jesucristo, la fe en el Dios Padre, Creador y Salvador, la alegría de la gran esperanza que Dios tiene preparada para  sus hijos. Él nos ha confiado este tesoro para que lo proclamemos en nuestro mundo y se lo ofrezcamos a nuestros hermanos. Pedimos a Dios que nos ayude a vivir «el sueño misionero de llegar a todos»[7].

De este esfuerzo apostólico resultará también beneficiaria la misión “ad gentes” de la que nuestra Iglesia tiene no solo una fecunda historia evangelizadora, sino también una fuerte presencia actual, que ha de ser renovada e impulsada con nuevas vocaciones, que siempre serán signos de la vitalidad de nuestras comunidades cristianas.

Esta conversión misionera encuentra un contexto muy adecuado en el Año de la Misericordia, convocado por el papa Francisco. Es el reconocimiento de la misericordia eterna de Dios lo que nos anima en este empeño, y es también nuestra propia misericordia, aprendida y recibida del Señor, la que nos mueve a anunciar a nuestros hermanos el sacramento de la salvación. Lo dice el papa en la Bula de convocatoria del Año Santo de la Misericordia: «Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Por esto he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes»[8].

En el horizonte de nuestro compromiso misionero hemos de tener en cuenta a toda la comunidad cristiana. Contamos, en primer lugar, con muchos fieles laicos, cristianos fervorosos, que participan activamente en la vida de la Iglesia, en la oración y en la misión, aceptando con diligencia y generosidad las tareas que les corresponden en la actividad multiforme de la comunidad cristiana. Tenemos muy presentes a los numerosos fieles voluntarios que en las diferentes actividades de la Iglesia colaboran con diligencia y generosidad. A todos ellos les invitamos a incorporarse con nosotros en las tareas de la evangelización. Su colaboración, como miembros del Pueblo de Dios, es indispensable para que la Iglesia pueda hacerse presente en muchos ambientes y lugares de primera importancia en la vida secular, como son las universidades, los medios de comunicación, la formación de la opinión pública, las orientaciones y tendencias en la vida laboral, económica, cultural y política.

Ante la gran tarea de la evangelización, pensamos también en la colaboración indispensable de los sacerdotes diocesanos que trabajan ya con abnegación y generosidad en el servicio del Pueblo de Dios. Con ellos tenemos también presentes a las numerosas comunidades de vida consagrada que animan al Pueblo de Dios en los diferentes aspectos de la vida cristiana. A todos queremos agradecerles su diligencia y su fidelidad, a la vez que les exhortamos a incorporarse corresponsablemente con nosotros en este movimiento de renovación espiritual y misionero que el Señor nos pide en las actuales circunstancias.

La acción evangelizadora de la comunidad cristiana espiritualmente renovada debe dirigirse especialmente a tres grupos de personas, que abarcan a la mayoría de nuestros conciudadanos:

‒    Los cristianos practicantes, pero rutinarios y conformistas, cuyas actitudes no responden con frecuencia a las necesidades actuales de la Iglesia ni a las urgencias de la evangelización.

‒    El gran número de cristianos bautizados no practicantes, más o menos alejados de la Iglesia, cada vez más afectados en su conducta y en su pensamiento por la influencia de la mentalidad secularista.

‒    El creciente número de conciudadanos que no han recibido el anuncio de Jesucristo, que viven al margen de la Iglesia de Dios sin el don de la fe en la oscuridad del “eclipse de Dios”.

A los primeros queremos ayudarles a pasar de la tibieza a la coherencia, «de manera que respondan cada vez mejor con su vida al amor de Dios»; al segundo grupo les tendremos que invitar a volver a la vida cristiana y eclesial de la que se alejaron, para que recuperen la alegría de la fe y se decidan a «vivir de acuerdo con el Evangelio del Señor»; al último grupo hemos de ayudarles a plantearse las preguntas radicales sobre el ser y la vocación del hombre, que les sirva para buscar el sentido de la vida y acoger la redención de Cristo, para poder ofrecerles con fruto el anuncio gozoso de la salvación de Dios por su Hijo Jesucristo, «no como quien impone una obligación, sino como quien comparte una alegría»[9], y de este modo suscitar en cuantas personas se reconocen en este último grupo aquellas preguntas fundamentales sobre el hombre que provoquen en ellas la búsqueda de Dios.

Esta “salida misionera” no responde a ninguna “estrategia” ni a ningún sentimiento de superioridad. Sabemos que todos somos pobres hombres y mujeres, ignorantes y pecadores, necesitados de la gracia y de la misericordia de Dios. Hemos recibido el don de la fe que nos ilumina y nos sostiene en la vida, queremos compartir esta alegría, deseamos ofrecer con sencillez a todos la posibilidad de vivir en la paz y en la esperanza que Dios da a los que aceptan sus dones de salvación. La alegría y la gratitud nos mueven a compartir con todos los hermanos, en un amor común, el gozo de la salvación de Dios.

Deseosos de ayudarnos fraternalmente en el ejercicio de nuestro ministerio episcopal y en el servicio pastoral a las Iglesias particulares, cuyo cuidado nos ha encomendado el Señor, los obispos de la Conferencia Episcopal Española, inspirándonos en la exhortación apostólica Evangelii gaudium, hemos reflexionado juntos para elaborar este Plan Pastoral. Queremos que este instrumento estimule y oriente el trabajo de nuestras Asambleas y de los organismos de la Conferencia, especialmente las Comisiones Episcopales, en un esfuerzo conjunto y bien coordinado para ayudarnos a nosotros obispos, y a las Iglesias de España, en la urgente tarea de promover en las diócesis y parroquias una pastoral que responda de verdad a las necesidades de los tiempos presentes y futuros. Deseamos aprender a vivir como una Iglesia «en salida»[10], que sale realmente de sí misma para ir al encuentro de los que se fueron o de los que nunca han venido y mostrarles el Dios misericordioso revelado en Jesucristo. «La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera»[11].

En consecuencia, este Plan Pastoral trata de plantear y, en cierto modo programar, aquellas acciones que nosotros podemos realizar desde los organismos y trabajos de nuestra Conferencia para ayudarnos a descubrir y poner en práctica en nuestras diócesis una verdadera pastoral de evangelización, para reavivar la vida cristiana de los ya creyentes y ofrecer de manera asequible y atractiva el don de la fe y el tesoro de la vida cristiana a los no creyentes. En nuestra vida pastoral tenemos que ser «audaces y creativos» para renovar nuestras instituciones y actividades pastorales[12].

Este Plan Pastoral se estructura en torno a dos partes: en la primera se hace un análisis de la realidad y en la segunda se ofrecen algunas propuestas pastorales correspondientes a las funciones de la misión de la Iglesia en servicio al reino de Dios: la koinonía, o el servicio en comunión y corresponsabilidad, el kerigma o anuncio de la Palabra, la liturgia o celebración del Misterio cristiano y la diaconía o el ejercicio del amor oblativo, la caridad.

1. UNA MIRADA COMPASIVA A NUESTRO MUNDO

En consonancia con las recomendaciones de los últimos papas, y teniendo en cuenta las circunstancias actuales de nuestra sociedad, vemos con claridad que hoy el ministerio pastoral tiene que centrarse en el anuncio directo de Jesucristo y de la bondad de Dios, en orden al nacimiento y fortalecimiento de la fe personal y comunitaria. Para que este anuncio sea más eficaz hay que tener en cuenta cuál es la situación cultural y espiritual de nuestros interlocutores.

En primer lugar, hemos de señalar que para anunciar la Palabra de Dios hemos de ser «contemplativos de la Palabra», pero también tenemos que ser «contemplativos del pueblo»[13], para saber cómo presentarles de manera comprensible y atrayente, en su situación humana, el verdadero Evangelio de Jesús, la presencia salvadora del Padre celestial. El papa Francisco nos lo ha recordado vigorosamente: «La predicación cristiana encuentra en el corazón cultural del pueblo una fuente de agua viva para saber lo que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que decirlo»[14].

Ya los Lineamenta[15] para la XIII Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre «La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana», señalaban de modo orientativo una serie de escenarios para la tarea evangelizadora en el mundo de hoy, que nosotros hemos de descubrir en nuestra propia realidad bajo el paraguas ambiental de una fuerte secularización: la existencia del fenómeno de la globalización, la aparición de la sociedad de la información y de las poderosas nuevas tecnologías de la comunicación, la activación de los movimientos migratorios, la problemática ética de los avances científicos, la dolorosa y persistente crisis económica y social, el advenimiento de un mapa político complejo e inestable, etc. «La misma Iglesia ha sido tocada en modo directo por estos cambios, ha sido obligada a enfrentarse con interrogantes, con fenómenos que han de ser comprendidos, con prácticas que deben ser corregidas, con caminos y realidades en los cuales ha de infundirse en modo nuevo la esperanza evangélica»[16].

La acción evangelizadora es la misma en todas partes, porque proviene de Dios y lleva al mismo Dios, pero adquiere caracteres diferentes según los lugares donde se ejerce y especialmente según las necesidades y la condición de las personas a las que se dirige[17]. Por lo cual no podemos esperar que el papa, ni ninguna otra persona que no viva inmersa en nuestra realidad social, puedan darnos hecho el análisis cultural y espiritual de nuestra sociedad. El mismo santo padre nos advierte que no es misión suya exponer en detalle la situación cultural de todas las naciones[18]. Esta tarea inicial nos compete a nosotros con ayuda de expertos y de la opinión común de los cristianos.

Con esta reflexión no intentamos hacer un análisis exhaustivo, sino más bien aproximarnos a la realidad social, espiritual y cultural de nuestra sociedad, guiados por la compasión y la misericordia del Señor, con el fin de presentarles a los hombres y mujeres de nuestro pueblo el Evangelio de Jesús con un lenguaje comprensible y en referencia a los sentimientos y preocupaciones que albergan en su corazón. Sin este esfuerzo de acercamiento espiritual y personal no puede surgir el diálogo evangelizador. Siguiendo los consejos del papa Francisco, hacemos este análisis con amor y compresión, con humildad y sencillez, con realismo y esperanza, teniendo siempre presente la infinita misericordia de Dios y el vigor renovador de la semilla del Evangelio[19].

Este esfuerzo de comprensión es un ejercicio de amor a los fieles cristianos y a la sociedad entera. Queremos acercarnos a ellos, comprender mejor sus preocupaciones y deseos, para poder ofrecerles el Evangelio de Jesús de manera más comprensible y atrayente, teniendo presentes las palabras del papa que nos invita a ser receptores del amor de Dios y hacer de él medio de transformación de las relaciones entre los seres humanos: «Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. “Dios es amor” (1 Jn 4, 8.16), afirma por la primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión»[20].

He aquí, en síntesis, los rasgos que nos parecen más importantes en la descripción de la cultura dominante y de la mentalidad más extendida hoy en nuestra sociedad.

1.1 Poca valoración social de la religión

Bajo la influencia de la cultura dominante en Occidente, en nuestro pueblo se ha difundido la idea de que la religión no tiene fundamento racional ni científico. Por eso las creencias religiosas son vistas como «opciones subjetivas», que no pueden ser universalizables ni deben influir en el ordenamiento de la vida pública y colectiva. En el mundo laicista, la religión puede ser respetada como una práctica personal o como un bien cultural, mientras se mantenga estrictamente en el ámbito de las prácticas privadas de la gente.

Buen número de personas, familias y grupos, y por supuesto las instituciones públicas y políticas, prescinden habitualmente de cualquier referencia religiosa por considerarla inútil e infundada. Entre nosotros, no pocos entienden la no confesionalidad del Estado como una secularización global de toda la sociedad. En la vida pública, el silencio sobre Dios se ha impuesto como una norma indiscutible. Este silencio va produciendo una falta generalizada de aprecio y de valoración no solo del cristianismo, sino de cualquier referencia religiosa. Cada vez más la mentalidad de nuestros conciudadanos, también de no pocos cristianos, y especialmente de las generaciones nuevas, se va haciendo pragmática, mundanizada, sin referencias habituales a Dios ni a la vida eterna.

1.2 Exaltación de la libertad y del bienestar material

El decaimiento y el abandono de una determinada forma de ver las cosas y de vivir los acontecimientos de la vida va acompañado, y a veces precedido, de una nueva forma habitual y difusa de interpretar y organizar la vida. Esta cultura que se ha ido difundiendo en las últimas décadas tiene como valor fundamental la exaltación de la libertad individual, entendida como la capacidad y el derecho a disponer de los bienes materiales y de nosotros mismos según nuestras conveniencias. El programa ético y vital de las personas, en dicho marco cultural, se reduce básicamente a estas convicciones: soy libre, tengo derecho a ser feliz, es conveniente respetar la libertad y el derecho a la felicidad de los demás. Esta valoración absoluta de la propia libertad lleva equivocadamente al convencimiento de que todo lo que deseamos es justo, y de que nuestros deseos bastan para fundar verdaderos derechos, e incluso la falsa pretensión de “rediseñar” la persona.

Esta sobrevaloración de la libertad da lugar fácilmente al subjetivismo y al relativismo, con lo que puede indisponer a las personas para valorar y vivir la fe como relación adorante con el Dios creador. Pero puede también favorecer una forma nueva de vivir el cristianismo, más personal, más convencida, más coherente. Los cambios culturales tienen sus riesgos pero tienen también sus valores y sus ventajas, en la medida en que nos disponen para acoger con profundidad el mensaje salvador de Jesucristo. Creer en Dios y en la vida eterna, decidirse por el seguimiento de Jesucristo, es el acto de libertad más hondo que podemos hacer y el camino que lleva a generar hombres y mujeres verdadera y plenamente libres.

1.3 Predominio de una cultura secularista

En ausencia de las suficientes referencias religiosas, la cultura dominante, que inspira espontáneamente el comportamiento de las personas y de las instituciones, es cada vez más secular, más reducida a los datos y objetivos de la vida terrena, sin tener en cuenta al Dios Creador ni a su enviado Jesucristo. Se oscurece así en la conciencia personal la cuestión decisiva de la inmortalidad y de la salvación eterna de la propia vida.

En este proceso de secularización espiritual generalizada, la Iglesia ve debilitada su presencia y su legítima influencia moral en la sociedad y en las personas. Muchos prescinden de ella como de una institución anticuada e inútil, cuando no falsa y perjudicial. Los problemas de convivencia que muchas veces implican graves cuestiones morales a las que dar una solución satisfactoria, como las que plantean la natalidad, el aborto, la educación o el paro, y la necesaria inserción laboral de los jóvenes, se discuten y se encauzan sin tener en cuenta la moral natural ni la Doctrina Social de la Iglesia. No pocos cristianos se van apartando de las enseñanzas de la Iglesia y se dejan guiar por las opiniones del laicismo. La doctrina católica no es tenida en cuenta por ellos como un referente social para las leyes ni para las costumbres de la gente[21].

En la esfera de lo público apenas hay nadie quien se atreva a hacer una referencia cristiana o simplemente religiosa. Es evidente que en la vida de la sociedad aparecen muchas iniciativas justas y oportunas que buscan el bien de las personas, pero también es verdad que en todo ello predomina el pragmatismo, los intereses económicos, los consensos oportunistas, sin tener apenas en cuenta las referencias morales. En la existencia normal y corriente de cada día no se tiene en cuenta ni la referencia al Creador ni la esperanza de la Vida eterna que emana de la vocación trascendente del hombre.

Aun teniendo en cuenta la doctrina conciliar acerca de la legítima autonomía de las realidades terrenas[22], no se puede negar que el sentir de la mayoría olvida las obligadas referencias religiosas y morales de la vida humana. En este contexto de secularización es normal que la religión y la Iglesia aparezcan como realidades inútiles y sin sentido. La gente las va abandonando y va despojándose del comportamiento cristiano, que consideran propio de situaciones ya pasadas y superadas, sin experimentar angustias de ninguna clase, con normalidad, del mismo modo que se va uno desprendiendo del ropaje y de las costumbres de la niñez a medida en que se va dando el natural crecimiento del individuo.

Esta innegable debilidad social de la Iglesia tiene también sus aspectos positivos en cuanto que nos ayuda a purificarnos de falsos esquemas en las relaciones con la sociedad y con las personas, y nos ayuda a comprender mejor la verdadera manera de situarnos en el mundo de hoy, sin privilegios ni encumbramientos, como verdaderos discípulos de Jesús, en la humildad, en la cercanía y en la voluntad decidida de servicio y de benevolencia[23]. Y de esta situación de debilidad brota, sin embargo, una viva percepción del necesario testimonio de la santidad de los cristianos, como contribución necesaria para el buen fruto de cualquier iniciativa evangelizadora.

1.4 Del subjetivismo al relativismo

Los dos rasgos más decisivos y determinantes de esta nueva cultura parecen ser el subjetivismo y el relativismo. La realidad ya no se ve primordialmente en su ser objetivo, sino en lo que es “para mí”, en lo que favorece o perjudica mis intereses y deseos. Se cumple aquello de que «el hombre es la medida de todas las cosas». Ahora había que decir que cada uno de nosotros es la medida y marca el valor de todo. Como si cada uno fuera el creador del mundo y pudiera asignar el ser o el valor de los acontecimientos, de las personas y de las cosas. Los acontecimientos y las realidades humanas ya no son lenguaje de Dios, sino que tienen que ser expresión de nuestros gustos y deseos.

Esta perspectiva subjetivista con la que se ve y se valora la creación entera conduce a lo que Benedicto XVI denunció como «dictadura del relativismo»[24]. Lo que es bueno para uno puede ser malo para otro. Lo que es bueno hoy puede ser malo mañana. No hay valores absolutos ni puede haber juicios universales y estables. Todo es relativo, todo es mudable, todo puede y debe estar en función de la percepción subjetiva de cada uno y de los intereses de las grandes instituciones y grupos sociales. Con esta sensibilidad se hacen muy difíciles los compromisos estables y la fe religiosa. Aunque sea con acentos diferentes, estos desafíos aparecen tanto en el ámbito urbano como en los ambientes rurales[25].

El relativismo y el subjetivismo fácilmente conducen a una actitud egoísta que con frecuencia termina en el desencanto, o puede llevar también a comportamientos de verdadera crueldad, como ocurre con la legitimación del aborto que se está dando rápidamente en nuestra sociedad. Tenemos que hacer frente a algunos desafíos culturales que no favorecen la difusión ni el crecimiento de la vida cristiana[26], proponiendo los grandes valores del Evangelio y un estilo de vida fundado en el cultivo de las virtudes morales que caracterizan la vida cristiana. Hemos de mostrar a nuestros conciudadanos que la práctica de la virtud es beneficiosa para el logro de una vida verdaderamente racional y humana, sin la cual no se alcanza el ejercicio de la libertad que tanto ama el hombre actual.

1.5 La cultura del “todo vale”

Esta manera de pensar relativista y subjetivista que hemos señalado hace imposible la universalidad y la estabilidad de las normas morales y de los modelos de comportamiento. Se deforma profundamente la conciencia moral. Se establece como criterio moral decisivo el propio interés, los gustos y los deseos personales. En el mejor de los casos, la norma suprema del comportamiento llega a ser el consenso social. Los parlamentos se alzan con la presunción de decidir la frontera entre el bien y el mal. Si se pierde o difumina gravemente la diferencia entre el bien y el mal, se pierde también la diferencia entre lo legal y lo moral, lo cual conduce fácilmente al ciudadano a interpretar que lo legal siempre está moralmente permitido. La conciencia moral se seculariza y queda en las manos del hombre, sin referencia al Dios Creador y Providente. La vida humana, personal y colectiva, queda desarraigada, a la deriva, sin ningún anclaje divino ni absoluto.

Todo queda a merced de las conveniencias de quienes pueden imponer su voluntad. No hay nada que se pueda mandar o prohibir definitivamente, todo depende del momento, de los gustos sociales, de los acuerdos y las preferencias de las mayorías operantes. La convivencia establece ciertamente unos límites que las personas y los grupos influyentes se encargan de imponer y garantizar. Los débiles, los pobres, los que no pueden hacerse notar por sí mismos quedan excluidos y no son tenidos en cuenta. Surge así una sociedad cada vez más egoísta y llena de desigualdades, la de “la cultura del descarte”, en la que se imponen los intereses de los más fuertes[27]. La ley natural se ve así sustituida por los acuerdos de los poderosos.

Como hemos señalado en nuestra reciente Instrucción pastoral Iglesia, servidora de los pobres, «la indiferencia religiosa, el olvido de Dios, la ligereza con que se cuestiona su existencia, la despreocupación por las cuestiones fundamentales sobre el origen y destino trascendente del ser humano, no dejan de tener influencia en el talante personal y en el comportamiento moral y social del individuo. Lo afirmaba el beato Pablo VI citando a un importante teólogo conciliar: “Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero, al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre”[28]. La personalidad del hombre se enriquece con el reconocimiento de Dios. La fe en Dios da claridad y firmeza a nuestras valoraciones éticas. El conocimiento del Dios Amor nos mueve a amar a todo hombre; el sabernos criaturas amadas de Dios nos conduce a la caridad fraterna y, a su vez, el amor fraterno nos acerca a Dios y nos hace semejantes a Él»[29].

Con la adoración sincera al Dios vivo se supera la tentación subjetivista y relativista que priva de consistencia y estabilidad a nuestra vida. La fe en Dios fundamenta para siempre la verdad y la bondad de las cosas y marca las fronteras infranqueables de la mentira y del mal.

Por todo esto, en el mundo actual, el cristiano puede aceptar muchos logros positivos conseguidos; sin embargo, tiene que decir “no” a muchas cosas. No a la idolatría del dinero, no a la injusticia, no a la acedía, no a las divisiones y conflictos, no al pesimismo, no a la mundanidad espiritual[30]. Podemos, en cambio, aceptar muchos elementos positivos de nuestra cultura: sí a la comunicación, sí a la solidaridad, sí a la vida, sí a la libertad, sí al amor y a la felicidad. Dios es el verdadero artífice y la verdadera garantía de la vida y de la humanidad del hombre.

1.6 Nuestra propia responsabilidad

En el proceso de descristianización que afecta a la sociedad y cultura de nuestro tiempo, han influido sin duda causas objetivas, independientes de nosotros, como son los cambios culturales y la creciente comunicación y globalización de las ideas y de las formas de vida. Aunque, como hemos dicho, nuestra libertad es limitada por ser libertad de la criatura, no podemos pensar en procesos fatalistas ni en mutaciones inevitables, ni para el bien ni para el mal. Todo llega a ser el resultado de acciones y omisiones de las cuales cada uno debe sentirse responsable. Nosotros, los cristianos, y más todavía los pastores de la Iglesia, tenemos que situarnos humildemente ante el Señor y pedirnos cuentas de nuestras responsabilidades en estos males que ahora lamentamos. Los obispos, y con nosotros los sacerdotes, los religiosos, y muchos otros fieles cristianos, ¿no hemos contribuido de una u otra manera al desconcierto del Pueblo de Dios? ¿No hemos colaborado con nuestras acciones u omisiones al alejamiento de algunos cristianos de la comunión eclesial?

Ahora es tiempo de gracia y de conversión. Con humildad y confianza tenemos que revisar nuestra vida, actitudes y actividades, en la formación y educación de los jóvenes, en la vida litúrgica, en nuestra disponibilidad y diligencia, pero sobre todo tenemos que pedirnos cuentas de la autenticidad y del fervor de nuestra vida espiritual, de la sinceridad de nuestro desprendimiento y de la intensidad de nuestro amor al Señor y al prójimo. Aun reconociendo con gratitud el gran trabajo apostólico de muchos cristianos y la entrega generosa en la acción pastoral de sacerdotes y consagrados, es obligado que todos hagamos un sincero examen de conciencia: ¿Creemos de verdad en la eficacia y en la necesidad del Evangelio para el bien de nuestros hermanos? ¿Estamos haciendo todo lo posible para que nuestro pueblo crea en Jesucristo y viva con alegría las riquezas de los dones de Dios? ¿Acaso no hemos caído en esas tentaciones de los agentes de pastoral que el papa enumera, como la desconfianza, el desaliento, el conformismo, la comodidad, la pereza, el pragmatismo, el pesimismo?[31].

El santo padre nos ha alertado contra la tentación de la «mundanidad espiritual» por la que, en las mismas actividades eclesiales y pastorales, se busca la propia satisfacción en vez de buscar sinceramente la gloria de Cristo y el bien del prójimo[32]. El papa Francisco nos ha advertido también del daño que pueden causar en el Pueblo de Dios nuestras divisiones, las críticas entre nosotros, la falta de mayor sencillez y de naturalidad en nuestras costumbres y comportamientos.

Los tiempos de evangelización son también tiempos de conversión. Queremos purificar nuestra vida de todo lo que no sea verdaderamente evangélico. Con el ejemplo hemos de animar a todos los cristianos a llevar una vida santa, inspirada en el ejemplo de los Apóstoles y de los santos. Para que surja de verdad un impulso misionero en nuestras Iglesias y para conseguir en la vida social la credibilidad que necesitamos alcanzar, debemos ir por delante con un verdadero esfuerzo de renovación espiritual y conversión pastoral, viviendo nuestra vocación sacerdotal y cristiana con autenticidad y alegría, con sencillez y cercanía, con sinceridad y diligencia para ser de verdad continuadores del talante misericordioso de Jesús; deseamos ser testigos de la bondad de Dios, de modo que los hombres y mujeres de nuestro tiempo vean la Iglesia como la Casa de todos, Casa de acogida y de perdón, Hogar de paz y esperanza, lugar de la verdad y de la alegría para todos. Solo así haremos visible el rostro de Jesús revelando el misterio del amor de Dios: «Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca la dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata solo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar»[33]. El hombre, en efecto, es el camino de la Iglesia[34]. Por tanto, la Iglesia puede y debe llegar al fondo del corazón del hombre para fortalecer lo más noble, bello y sagrado que hay en él, y en lograrlo hemos de empeñar nuestro ministerio pastoral[35].

1.7 Razones para la esperanza

En una consideración creyente y realista de nuestro mundo, tenemos que reconocer con dolor que en él hay ciertamente elementos negativos, contrarios a la voluntad de Dios y a las enseñanzas de Jesús. Pero vemos también muchas más realidades positivas y buenos sentimientos que Dios, con su gracia y la acción del Espíritu Santo, hace crecer en los corazones de los hombres. No podemos dejarnos dominar por el pesimismo. Sería pecar contra la confianza en Dios. «¡No nos dejemos robar la esperanza!»[36].

La razón fundamental y decisiva para nuestra esperanza es la fidelidad y el amor de Dios. Él quiere que todos los hombres se salven y lleguen a la felicidad de su gloria (cf. 1 Tim 2, 4). Él es el principal protagonista de la historia de la salvación. Jesús resucitado, «constituido en poder» (Rom 1, 4), despliega en el mundo el poder de Dios con la difusión del Espíritu Santo para gloria de Dios y salvación de todos los hombres. Jesús es el primero y el más grande evangelizador[37]. Él despierta en los corazones de sus fieles los deseos y las disposiciones necesarias para que podamos colaborar con Él en la obra de Dios. Él nos ha prometido estar con nosotros hasta el fin de los tiempos para que podamos llevar a cabo su obra redentora: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 18-20).

Tenemos la seguridad de que Jesús ha vencido al mundo; sabemos que Él, con la acción del Espíritu Santo, llega a los corazones de los hombres antes de que nosotros podamos pensar en ello. Esta fe es la razón suprema de nuestra confianza. La obra de Dios está en marcha. El mundo camina hacia la consumación del Reino. Esta es nuestra misión, este es nuestro compromiso y estas son las razones de nuestra esperanza que ninguna fuerza de este mundo puede invalidar.

Por otra parte, Dios sana constantemente la vida del mundo y enriquece sin cesar la vida de nuestras Iglesias. En ellas crecen nuevas realidades e iniciativas con sinceros deseos de fidelidad evangélica, de renovación personal y eclesial, de vida santa de oración y apostolado. En las parroquias hay siempre grupos comprometidos y entusiastas que colaboran en la vida litúrgica, en la catequesis, en el ejercicio de la caridad. En las diócesis contamos siempre con la oración y la ayuda variada de las personas consagradas en múltiples tareas. Son dones de Dios a su Iglesia y a nuestro mundo. Hemos de tenerlos presentes y contar gustosamente con ellos. Con la gracia y la ayuda de Dios, son nuestra fuerza y nuestra mejor esperanza.

Dios no cesa de actuar en el mundo para el bien de sus hijos. La sensibilidad actual, aunque tiene elementos claramente opuestos a los valores evangélicos, posee también, como ya hemos referido, aspectos positivos que preparan a las personas para el reconocimiento de Dios y la aceptación de la vida cristiana como camino de verdadera salvación. Entre estos últimos destacan la creciente valoración de la dignidad de la persona humana, el gusto por la libertad, la exaltación de la solidaridad, la experiencia de la unidad del género humano, la rebelión contra la injusticia y la intolerable pobreza de tantos millones de personas, el amor y el cuidado de la naturaleza, la casa común del ser humano y regalo de Dios, que el papa en su encíclica Laudato si´ nos invita a vivir y fomentar desde la Doctrina Social de la Iglesia. Estas actitudes pueden favorecer el descubrimiento del valor perenne y definitivo del Evangelio de la salvación de Dios.

Por otra parte, la misma experiencia del mal que sufre el hombre cuando se aleja de Dios puede preparar una reacción de arrepentimiento y auténtica religiosidad. Tiene que llegar un día en que los que se fueron de la casa del Padre sientan la necesidad de encontrarse con el abrazo misericordioso de Dios: «Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre» (Lc 15, 18). Con su buen sentido, mucha gente está ya viendo cómo el abandono de la Ley de Dios no trae la felicidad, sino que aumenta el sufrimiento.

La saturación de mundanidad despierta en muchos la necesidad de vivir y pensar de otra manera. Se percibe en no pocas personas hastío, desencanto, confusos deseos de una vida mejor, más consistente, más limpia, más de acuerdo con los deseos profundos del corazón. Especialmente entre los jóvenes, este sentimiento de insatisfacción y protesta, si sabemos interpretarlo y encauzarlo, puede ser también un camino para el descubrimiento y la alegre acogida del mensaje del Evangelio. La crisis ha hecho ver a muchos que la vida sin Dios se deteriora sin remedio. Los buenos servicios de Cáritas, Manos Unidas y otras instituciones eclesiales han mejorado la imagen de la Iglesia. Conviene profundizar en el valor evangelizador de la caridad de la Iglesia y de los cristianos.

El papa Benedicto XVI nos advertía de que «no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aun no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de la existencia y del mundo»[38]. Esta búsqueda es un auténtico “preámbulo” de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de lo que vale y permanece siempre. Este anhelo, inscrito indeleblemente en el corazón humano, constituye una invitación permanente a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si antes Él no hubiera venido a nuestro encuentro[39]. La fe nos «invita y nos abre totalmente a este encuentro»[40].

Parece que en nuestra sociedad se despierta ya un deseo sincero de más justicia, más veracidad, más responsabilidad. No percibimos todavía claros síntomas de vuelta a la valoración de la vida cristiana, pero hay motivos para pensar que esta «regeneración democrática» de la que se habla, termine despertando el deseo de una «regeneración moral», que podrá facilitar el redescubrimiento de la importancia antropológica y social de la religión, el gran valor cultural y humano de la fe cristiana sincera y operante. Debemos tener en cuenta los valores que encierra la religiosidad popular, tan abundante en muchos lugares de España, en especial la devoción a la Virgen María en sus numerosas advocaciones[41].

Acogemos con alegría a las personas y a los grupos que por obra del Espíritu Santo crecen en nuestras Iglesias. Los saludamos con gratitud porque vemos en ellos el fruto de la presencia del Señor y de la acción de su Espíritu. Poco a poco, a partir de las antiguas instituciones renovadas, y de estas nuevas realidades con las que el Señor enriquece y fecunda a su Iglesia, han de surgir iniciativas audaces y creativas que abran nuevos caminos de evangelización y de vida cristiana en la sociedad española.

1.8 Realismo y confianza: testigos de misericordia

El punto central de nuestro trabajo pastoral está hoy en ayudar a la gente a recuperar la memoria de Dios, el reconocimiento de su existencia y de su providencia salvadora como algo primordial para el bien y la autenticidad de la vida humana. Sin esta recuperación de la experiencia religiosa personal, todas las demás propuestas y recomendaciones se quedan sin fundamento.

El recuento de estas dificultades no produce en nosotros miedo ni desaliento. Sabemos que todos los tiempos han sido difíciles para la evangelización y para la Iglesia. El anuncio del Evangelio encuentra en el mundo la resistencia del pecado, de los ambiciosos y poderosos, con la complicidad de nuestras debilidades y pecados. Pero por encima de todo nos mueve el amor de Dios, la obediencia al mandato del Señor y la solicitud por el bien de nuestros hermanos. El reconocimiento de la soberanía y primacía de Dios es la clave para la recta comprensión y el pacífico desarrollo de la humanidad. Nuestra fortaleza viene del convencimiento de que Jesucristo es el verdadero evangelizador y el que lleva adelante la vida de la Iglesia y la salvación del mundo con la fuerza invisible del Espíritu Santo.

En cualquier caso, la verdadera razón y la motivación profunda de la conversión misionera que Dios nos pide por medio de su Iglesia es el amor a Dios, a Jesucristo y a nuestros hermanos. Tenemos que hacer nuestros los sentimientos de san Pablo: «Porque nos apremia el amor de Cristo» (2 Cor 5, 14); «con sumo gusto gastaré y me desgastaré yo mismo por vosotros» (2 Cor 12, 15). En el servicio decidido a la evangelización vemos la primera exigencia de nuestra fidelidad a la responsabilidad de los obispos como sucesores de los Apóstoles.

La llamada a la evangelización nos obliga a examinar nuestra vida y a pedirnos cuentas delante de Dios y de Jesucristo nuestro Señor: ¿con qué sinceridad y con qué diligencia estamos dedicados al anuncio del Evangelio?, ¿somos realmente ejemplo y estímulo para nuestros sacerdotes y para nuestros fieles?, ¿animamos a todos con obras y palabras a ser testigos de Jesús y misioneros de su Evangelio en las periferias de nuestros pueblos y ciudades, en las familias y en los ambientes donde no llega habitualmente el anuncio de la salvación de Dios? ¿Qué estamos haciendo para llevar la alegría del Evangelio y de la vida cristiana a los que se alejaron o han vivido siempre al margen de la Iglesia y de Jesucristo?, ¿no estamos dedicando demasiado tiempo a las rutinas de siempre, que no nos exigen esfuerzo ni presentan dificultades, y nos olvidamos de los que viven sin la luz ni la paz del Evangelio?.

1.9 Fieles a la misión recibida del Señor

Precisamente porque aumentan las dificultades, los discípulos de Jesús tenemos que poner todo nuestro afán y todo nuestro esfuerzo para cumplir del mejor modo posible, precisamente en estos momentos y en las circunstancias presentes, el mandato permanente del Señor de anunciar a todas las naciones la conversión y el perdón de los pecados (Lc 24, 47). La misión nace de un amor apasionado por Jesús y de un gran amor por el pueblo. Con Él queremos estar junto a la gente para mostrarles el camino de la verdadera humanidad, del verdadero progreso, de la salvación plena y verdadera[42]. Con la confianza puesta en el Señor, hacemos nuestras las palabras del papa: «Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!»[43].

Ante la pregunta que les dirigieron aquellos a quienes Dios había abierto el corazón, «¿qué tenemos que hacer, hermanos?», los Apóstoles no tuvieron otra respuesta más que invitarles al arrepentimiento de sus pecados y a la fe en Jesucristo (cf. Hch 2, 37). Esta es también la pregunta que nosotros nos hacemos ahora como responsables de la vida religiosa y cristiana de nuestros fieles y de gran parte de la sociedad española. ¿Qué tenemos que hacer para que todos crean en Jesucristo Salvador y acepten con gozo y gratitud la salvación de Dios? Nosotros, que somos los sucesores de aquellos primeros testigos de Jesús, no podemos aportar a nuestra sociedad nada más valioso ni más importante que la invitación al arrepentimiento de los pecados y la invocación sincera de nuestro Salvador con una fe viva y operante.

Como recuerda el papa Francisco, «la Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia»[44].

1.10 Donde está la desilusión, sobreabunda la esperanza

En resumidas cuentas, un examen humilde y sincero de la situación espiritual de nuestro pueblo, hecho y valorado con ojos cristianos, nos obliga a reconocer el empobrecimiento religioso de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad. Ha disminuido mucho el número de creyentes practicantes, ha aumentado el de los indiferentes, especialmente entre las generaciones más jóvenes, las normas y los modelos cristianos de comportamiento son preteridos cada vez con mayor facilidad, la institución familiar y la defensa de la vida se han deteriorado profundamente, nos falla la educación religiosa efectiva de muchos niños y jóvenes, la corrupción moral está muy extendida en la sociedad, han aumentado las desigualdades sociales, etc.

Ante este panorama no podemos quedarnos indiferentes, ni tampoco dejarnos dominar por el miedo, el pesimismo o el desánimo, sino que tenemos que reaccionar tratando de ser más fieles a la misión recibida por el Señor, analizando con la mejor voluntad las causas de esta situación y las necesidades de nuestros hermanos, revisando nuestra manera de actuar y modificando lo que haga falta para superar los obstáculos de la fe y poder anunciar el Evangelio de Jesús con más eficacia. La fe en Jesucristo y el reconocimiento del valor eterno de su Evangelio nos dan ánimo y nos impulsan a revisar nuestras actuaciones y a renovar nuestro estilo pastoral en lo que sea necesario. Estamos seguros de que no nos faltará la ayuda del Señor.

En la segunda parte de este Plan Pastoral trataremos de señalar los objetivos y concretar las acciones de la Conferencia Episcopal que nos parecen más adecuadas para facilitar la renovación y las iniciativas pastorales que progresivamente tendremos que ir promoviendo libremente en nuestras diócesis respectivas, con la ayuda de los sacerdotes, personas de vida consagrada y fieles laicos, pues la misión y la evangelización requieren el ardor y la actividad de la entera comunidad cristiana.

Nos sentimos felices porque las circunstancias de nuestro tiempo y la voz del Espíritu que resuena en toda la Iglesia nos invitan a centrar las preocupaciones pastorales en los puntos principales de nuestro ministerio: el servicio directo a la fe y a la renovación de la vida cristiana mediante el anuncio de «la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Cristo muerto y resucitado»[45]. Queremos que nuestras Iglesias sean efectivamente Iglesias abiertas, acogedoras, compasivas y sanadoras, que hagan presente en nuestro mundo, con amor y humildad, la misericordia de Dios y la alegría de sus promesas de vida eterna[46].

Las dificultades que podamos encontrar en el ejercicio del ministerio no nos desalientan ni pueden empañar nuestra alegría. Sabemos que el Señor Jesús nos acompaña. Contamos con el amor y el poder de Jesucristo, empeñado en la salvación del mundo. Nuestra alegría y nuestra esperanza arraigan en la alegría de Jesús y en la firme esperanza de su venida[47]. Él nos ha asegurado: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20).

2. Propuestas Pastorales

2.1 Introducción

Lo que nos proponemos en este Plan Pastoral es ver cómo aprovechamos, del mejor modo posible, todas las posibilidades de los organismos de la Conferencia Episcopal y sus actividades en orden a clarificar juntos las necesidades pastorales de nuestro pueblo y descubrir las exigencias actuales de la evangelización en las Iglesias locales, movilizando los recursos humanos y espirituales de nuestras comunidades, para ponerlos al servicio del Reino y de la salvación de Dios. Cada diócesis, por su parte, tendrá que hacer su propio plan de acción pastoral. Los obispos, desde la Conferencia, en colaboración con las respectivas Comisiones, intentaremos ver y promover cuanto nos parezca oportuno y conveniente para nuestro trabajo interno y para ayudar a las diócesis. Por eso las propuestas que indicamos quedan enunciadas de manera general. Queremos destacar, sin embargo, que los objetivos y acciones que se proponen emanan de las claves que nos ofrece el papa Francisco en Evangelii gaudium y en respuesta eclesial, esperanzada y misericordiosa, a la situación concreta de nuestro pueblo, que acabamos de analizar.

En primer lugar, y como preámbulo, dedicaremos una etapa (año 2016) del desarrollo de nuestro Plan Pastoral a la reflexión, en todos los órganos de la Conferencia Episcopal, sobre las exigencias actuales de la evangelización de la Iglesia en España, para pasar posteriormente a detenernos cada año en uno de los ámbitos o dimensiones fundamentales de la misión de la Iglesia: la comunión y corresponsabilidad de los agentes pastorales (2017), el anuncio de la Palabra de Dios (2018), la celebración del Misterio cristiano (2019) y el ejercicio de la caridad (2020). A ellos habrá que unir, por un lado, las iniciativas que para toda la Iglesia establezca el papa como son el Año de la Misericordia y las prioridades sobre la pastoral familiar surgidas de las recientes Asambleas del Sínodo de los Obispos; y, por otro, lo que los propios acontecimientos sociales y eclesiales nos vayan demandando.

Cada una de estas etapas podrá estar marcada por la celebración de un encuentro que haga visible e impulse el trabajo que en ese ámbito se realiza en todas las diócesis de España, con la presencia en él de iniciativas, instituciones y agentes pastorales involucrados. El último año del Plan Pastoral se volvería al sentido global de la evangelización con la celebración de un gran encuentro eclesial a nivel nacional (2020). Ahora nos ceñiremos especialmente en torno a las funciones o mediaciones eclesiales al servicio del reino de Dios, que son: la koinonía o comunión y corresponsabilidad, el kerigma o anuncio de la Palabra, la liturgia o celebración del Misterio cristiano y la diaconía o servicio de la caridad. En cada una de ellas ofrecemos su justificación, objetivos, acciones pertinentes, agentes pastorales y calendario. A su vez, y en su conjunto, irán acompañadas de un apartado introductorio en correspondencia con la primera parte del Plan Pastoral sobre el análisis de la realidad.

Antes de nada, y sobre todo, queremos poner en manos de Jesucristo, el Buen Pastor, nuestro ser, nuestro saber y nuestro hacer. Como exigencia de la evangelización, los obispos, primeros agentes de la misma, tendremos que revisar nuestra vida, la fidelidad en la oración y en el estudio, la prontitud y diligencia de nuestro amor, la transparencia de nuestra comunión con el obispo de Roma, sucesor de Pedro, con los demás obispos, con nuestros sacerdotes, con los consagrados y laicos cristianos, nuestros hermanos, en un mismo sentir y en una misma misión, sin personalismos ni reticencias.

En este sentido, al poner en marcha este Plan Pastoral, teniendo en cuenta que la evangelización es obra de Dios y requiere nuestra colaboración, los obispos dedicaremos el día 22 de enero, fecha próxima a la conversión de san Pablo, el gran evangelizador, una jornada de ayuno y oración, invitando a unirse con nosotros a los sacerdotes, consagrados y laicos, para pedir a Dios su ayuda y disponernos a colaborar con todas nuestras fuerzas en la gran tarea misionera. Somos conscientes y estamos persuadidos que para evangelizar es preciso «renovar nuestro encuentro personal con Jesucristo»[48].

2.2 La Iglesia, anunciadora y fermento del reino de Dios (año 2016)

En esta hora difícil y apasionante de la historia humana, los cristianos sentimos necesidad de clarificar lo específico de nuestra misión, tanto a nivel personal como comunitario; es decir, necesitamos reafirmar nuestra propia identidad. Sabemos que la Iglesia no vive para sí misma, sino al servicio de un proyecto divino que supera con mucho los límites de la realidad y de la acción eclesial: el proyecto del reino de Dios. Este proyecto de salvación es el plan de Dios sobre la humanidad que, en Cristo y por medio del Espíritu Santo, se realiza en la historia. La venida de ese Reino es la tarea apasionada de Jesús, el corazón del Evangelio, y constituye el anhelo supremo y el punto de referencia de toda actividad pastoral en la Iglesia. Así lo pedimos con fe cada día en la oración del padrenuestro (cf. Mt 6, 9-10). La Iglesia, como signo o sacramento del Reino, no se identifica con él, pero constituye en la tierra el germen y el principio de este reino[49]. El mundo, o sea, la humanidad histórica, no es algo extraño u opuesto al proyecto del Reino, sino el verdadero lugar de su realización, en la medida que secunda el impulso del Espíritu. La Iglesia está en medio del mundo al servicio del reino de Dios y lo hace presente y visible por medio de las funciones o mediaciones enunciadas anteriormente, que están interrelacionadas y se complementan entre sí.

En este sentido, la Iglesia que peregrina en España continúa sembrando el Evangelio de Jesús en este gran campo de Dios, que tantos frutos de santidad ha producido en nuestra larga historia cristiana. Los católicos, insertos en los más variados contextos sociales y envueltos en las diversas actividades humanas, buscamos mirar al mundo con los mismos ojos con los que Jesús contemplaba la sociedad de su tiempo. Como discípulos de Jesucristo, participamos desde dentro de «los gozos y esperanzas, de las tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo»[50]. Miramos la historia y participamos de ella no solo con la razón, sino con la fe. La Iglesia, por medio del anuncio de la Palabra, la celebración de los sacramentos y el ejercicio de la caridad, desea suscitar en el corazón de los cristianos la alegría del Evangelio, de forma que su presencia, en medio de las realidades temporales, sea realmente luz y sal que transforma el mundo en la Casa del Padre donde todos los hombres se sientan hermanos (cf. Mt 5, 13-16).

Objetivo: Siguiendo las orientaciones del Magisterio pontificio, especialmente de Evangelii nuntiandi y Evangelii gaudium (nn. 50-134), propiciar reuniones y encuentros de reflexión para analizar las exigencias de la evangelización hoy: diagnóstico, contenidos, estructuras, actitudes, métodos, experiencias existentes, cambios necesarios, etc.

Acciones:

  • Revisar, a la luz de la conversión pastoral (EG, nn. 1-15), todo aquello que hacemos, especialmente las actividades pastorales y las costumbres ordinarias que ya no prestan hoy el mismo servicio que antes en orden a la transmisión del Evangelio.
  • Poner los órganos y servicios de la Conferencia Episcopal en estado de revisión, conversión y misión en el 50.º aniversario de su inauguración, haciendo de las Comisiones y Secretariados hogar, escuela y taller de comunión y corresponsabilidad.
  • Con motivo de la celebración del L Aniversario de la Conferencia Episcopal Española, promover la celebración de un congreso internacional que profundice en las dimensiones teológica, canónica y pastoral de las conferencias episcopales.

Agentes: Asamblea Plenaria, Comisión Permanente, Comité Ejecutivo, Comisiones Episcopales, Secretariados y demás servicios de la CEE.

2.3 En koinonía, o sea, en comunión y corresponsabilidad al servicio de la evangelización (año 2017)

El signo de la comunión responde al anhelo de fraternidad, de paz y de comunicación de los hombres de todos los tiempos, especialmente en nuestros días. Por ello, los cristianos estamos llamados a testimoniar el reino de Dios, reino de justicia y de paz, de vida y verdad, de gracia y amor.

Y es aquí donde situamos la vocación y misión de los diversos agentes pastorales, a quienes agradecemos de corazón su entrega, su disponibilidad y su servicio. Desde la vocación a la que han sido llamados, realizan con fe y alegría el don del servicio a la misión eclesial que se les confía. Gratitud a tantos seglares, sacerdotes y consagrados; a tantos padres y madres de familia, catequistas, misioneros, educadores y profesores cristianos; a tantos animadores de grupos y movimientos; a tantos hombres y mujeres que, insertados en medio de las realidades temporales, trabajan gastándose y desgastándose por el reino de Dios, en la Iglesia y para el mundo. Como fermento en la masa generan y regeneran la vida nueva que brota del bautismo, se alimentan en la eucaristía y, fortalecidos por el Espíritu Santo, siguen a Jesucristo en fidelidad, poniendo sus vidas al servicio de la evangelización. Sí, «la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás. Cuando la Iglesia convoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización personal. Aquí descubrimos que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión»[51]. Recobremos y acrecentemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar.

Objetivo: Poner en estado de misión permanente a la Iglesia en España; para ello, animar a las comunidades cristianas y a los evangelizadores de toda clase y condición, a que con sus vidas irradien en el mundo la alegría de Cristo que ellos han recibido.

Acciones:

  • Revisar nuestras actitudes y comportamientos desde la vocación a la que hemos sido llamados y desde la misión a la que hemos sido enviados con las claves de la conversión pastoral (EG, nn. 19-49).
  • Examinar si la caridad pastoral, desde la virtud de la misericordia, nos ayuda cada vez más a vivir con entusiasmo la belleza de la fe y a contagiar la alegría del Evangelio.
  • Proponer a todos, hombres y mujeres, niños y adolescentes, jóvenes y adultos, la vocación a la santidad en general y, oportunamente, la vocación específica al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada y al laicado cristiano.
  • Atender la Pastoral Juvenil en todas sus dimensiones y, mediante grupos de reflexión y oración, ayudar a discernir su identidad, vocación y misión en la Iglesia y en el mundo.

Agentes: Comisiones Episcopales, Secretariados y demás servicios de la CEE, Comisión Permanente y Asamblea Plenaria.

2.4 El kerigma o anuncio de la Palabra de Dios (año 2018)

El signo del kerigma o anuncio del Evangelio aparece en el mundo como mensaje salvador y como clave de interpretación de la vida y de la historia. Ante la demanda de sentido y ante la experiencia del misterio del pecado, los cristianos estamos llamados a ser portadores de esperanza, de paz y alegría por medio del anuncio de Jesucristo, que inaugura y garantiza la realización del reino de Dios. Es el signo de la palabra libre y liberadora, abierta y llena de fuerza profética, desinteresada, valiente y consoladora, que ilumina y ofrece claves de interpretación en las situaciones de la vida; es el signo de la palabra encarnada y vivida en cada pueblo y en cada hombre.

Objetivo: Después de la lectura de la realidad hecha en la primera parte del Plan Pastoral y a la luz de las indicaciones emanadas de Evangelii gaudium, revisar las actitudes, comportamientos y actividades de la Iglesia en España en el anuncio de la Palabra, para que, atenta a la llamada de Dios y a los signos de los tiempos, podamos ofrecer propuestas adecuadas para la evangelización y el fortalecimiento de la fe en el caminar de las comunidades cristianas durante los próximos años.

Acciones:

  • Otorgar una atención preferente a los agentes pastorales que están al servicio de la transmisión de la fe: sacerdotes, padres de familia, catequistas, misioneros, educadores, profesores cristianos y acompañarlos en su identidad cristiana, su formación adecuada, su espiritualidad específica y su compromiso eclesial.
  • Fortalecer la cercanía y acompañamiento a los sacerdotes en su identidad, vocación y misión. Se hace necesario y conveniente un estudio y reflexión sobre la situación del clero en sus diversas edades y sensibilidades, así como el cuidado y atención a su dimensión humana, formación intelectual, espiritualidad propia y preparación pastoral.
  • Revisar y acompañar los procesos de catequesis al servicio de la iniciación cristiana atendiendo a sus dimensiones: catequética, celebrativa y espiritual. Para ello se ofrecen los documentos de la CEE: La Iniciación Cristiana. Reflexiones y Orientaciones; Custodiar, alimentar y proponer la memoria de Jesucristo; y Orientaciones pastorales para la coordinación de la familia, la parroquia y la escuela en la transmisión de la fe.

* Fortalecer la presencia de la enseñanza religiosa en la escuela; para ello, cuidar la calidad de dicha enseñanza, concienciar a los padres de su importancia para una educación integral y animar a los profesores cristianos en esta tarea eclesial.

  • Fomentar un mayor y mejor conocimiento de la Sagrada Escritura como Palabra de Dios mediante la creación de grupos bíblicos y de revisión de vida, de animadores litúrgicos que, siguiendo el método de la lectio divina, alcancen la gracia de la conversión, maduren como creyentes y se transformen en agentes que anuncien a Jesucristo con obras y palabras en la vida cotidiana.
  • Continuar con la difusión y uso en las comunidades cristianas de los Leccionarios con el texto para uso litúrgico de la Biblia, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.
  • Propiciar encuentros con personas alejadas de la vida de la Iglesia, con los indiferentes a la fe y con los no creyentes, al estilo del “atrio de los gentiles”, para escuchar y acoger sus preocupaciones y, con lenguajes apropiados, ofrecer lo mejor de la Iglesia, a Jesucristo, que alienta, guía e ilumina a todos los hombres para que lleguen al conocimiento de la verdad y se salven.
  • Aprovechar las Jornadas correspondientes para compartir con los delegados las acciones realizadas en función de los objetivos propuestos y les puedan servir para las diócesis.

Agentes: Comisiones Episcopales y demás servicios de la CEE.

2.5 La liturgia, celebración del misterio de Cristo (2019)

«La liturgia es, como señala el Concilio, la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de la que mana toda su fuerza»[52]; es una realidad rica que integra aspectos de naturaleza sacramental, algunos de institución divina, como la eucaristía y los propios sacramentos, y otros de carácter antropológico, en los que interviene la necesidad de manifestar las experiencias más profundas del corazón humano, entre las que se encuentra la misma dimensión religiosa.

La interacción de estos aspectos en las celebraciones concretas, deudoras también de la historia de los ritos, de las fiestas, de las costumbres adquiridas y aun de los modos mismos de expresión y de celebración, hace que sea difícil encontrar el necesario equilibrio entre lo que se ha de celebrar, de suyo recogido y determinado en los libros litúrgicos, y las actitudes y motivaciones que es preciso suscitar o alimentar en los fieles cristianos, sin olvidar las circunstancias culturales, espacio-temporales, etc., de las celebraciones. De ahí la importancia y el reto que exige una verdadera pastoral litúrgica.

Objetivo: Promover una más auténtica, fructuosa y activa participación de los fieles cristianos en las celebraciones litúrgicas.

La revitalización del domingo ha de ocupar uno de nuestros objetivos más importantes, pues como señala el Concilio, «el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo»[53].

La promulgación, en el año 2016, de la tercera edición del Misal Romano en lengua española continúa siendo una ocasión muy propicia para que a lo largo de este período se cuide especialmente la pastoral de la celebración de la eucaristía y se fomente tanto la participación activa y fructuosa de los fieles como el ars celebrandi de los sacerdotes.

Acciones:

  • Preparar y acompañar con esmero las celebraciones de los sacramentos de Iniciación cristiana (bautismo, confirmación y eucaristía), así como del matrimonio, cuidando su carácter religioso, la correspondiente maduración en la fe y su eficacia salvadora.
  • Proponer y fortalecer la celebración del domingo, eje y clave en la identidad cristiana, como día de descanso, día del Señor y día de la familia. La celebración de la misa dominical, como centro del culto semanal, constituye el momento privilegiado en el que se hace visible la comunidad cristiana. Para ello, se ofrecen la carta apostólica de san Juan Pablo II Dies Domini y la instrucción pastoral de la CEE El sentido evangelizador del domingo.
  • Revisar en fondo y forma la vida litúrgica en catedrales y parroquias, en conventos y monasterios, en ermitas y santuarios.
  • Potenciar la celebración de los sacramentos de sanación (penitencia y unción de enfermos) y propiciar espacios y tiempos para la adoración eucarística.
  • Analizar y valorar las distintas manifestaciones de religiosidad popular, purificando lo que haya de deficiencias y potenciando aquello que ayude, tanto al primer anuncio de Jesucristo para indiferentes y alejados como a fortalecer la vida cristiana en su integridad para el conjunto del Pueblo de Dios.
  • A la luz de las recientes Asambleas del Sínodo de Obispos sobre la Familia, ofrecer pautas para la adecuada preparación y celebración del matrimonio cristiano.
  • Aprovechar las Jornadas correspondientes para compartir con los delegados las acciones realizadas en función de los objetivos propuestos y que les puedan servir para las diócesis.

Agentes: Comisiones Episcopales y demás servicios de la CEE.

2.6 La diaconía o servicio de la caridad (año 2020)

La comunidad cristiana está llamada a testimoniar un nuevo modo de amar, una tal capacidad de entrega y de compromiso por los demás que haga creíble el anuncio evangélico de Dios y de su Reino, uno de cuyos valores es la caridad cristiana. El signo de la diaconía o servicio prende de tal modo en el corazón el proyecto del reino de Dios que anuncia la Iglesia que parece el más decisivo e importante, como un verdadero test de autenticidad de los otros signos (cf. Mt 25, 35-46).

Objetivo: Reavivar en el sentir común de la Iglesia, desde la misma Conferencia Episcopal y sus organismos a las diócesis, parroquias y demás comunidades cristianas, el mandamiento nuevo de Jesús: «Que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 34-35).

Acciones:

  • Reavivar en nosotros y en las comunidades cristianas el ejercicio de la caridad como mano tendida de la Iglesia a las necesidades, sufrimientos y esperanzas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, especialmente los más pobres, material, espiritual y moralmente: enfermos, ancianos, los privados de libertad y los excluidos de la sociedad, etc.
  • Intensificar el conocimiento de la Doctrina Social de la Iglesia y animar a todos los cristianos a vivir y difundir el compromiso social de la fe.
  • Conocer las orientaciones de la encíclica Laudato si´ y promover su lectura favoreciendo en todos los ambientes eclesiales una verdadera mentalidad cristiana sobre el cuidado y defensa de la Creación.
  • Renovar el espíritu y actitudes de la acción caritativa y social de la Iglesia. Intensificar la acción y acompañamiento pastoral de Cáritas y demás organizaciones socio-caritativas eclesiales.
  • Abrir las comunidades cristianas a las nuevas pobrezas y urgencias humanitarias como el desafío migratorio, la situación de los refugiados y desplazados, los privados de libertad y los excluidos, etc. Tener en cuenta también otras formas actuales de movilidad humana, amplia y diversa, como el turismo, y cuidar la atención pastoral en lo que dichos fenómenos generan o posibilitan en la transmisión de la fe, en las relaciones humanas, en los trabajadores y sus familias, en los intercambios culturales y de costumbres, etc.

            *Acoger y preparar el Año Santo Compostelano (2021) como medio privilegiado para afianzar en nuestras Iglesias la tarea evangelizadora que el apóstol Santiago inició en nuestro pueblo.

  • Formar personas, jóvenes y adultos, para ser, como el fermento en la masa, testimonio cristiano en el mundo y, a través de su compromiso personal, social y político, favorecer la transformación de la sociedad según el plan de Dios. Después, desde estas personas, fomentar liderazgos y acompañar su inserción en el campo de la política, de las comunicaciones sociales, de la cultura y de la economía, allí donde se toman las decisiones y acuerdos que conciernen a todos. Pensamos en las universidades, especialmente las católicas; en los hospitales y centros de salud; en los espacios de servicio político; en los grupos y movimientos para el liderazgo cultural, etc.
  • Aprovechar las Jornadas correspondientes para compartir con los delegados las acciones realizadas en función de los objetivos propuestos y que les puedan servir para las diócesis.

Agentes: Comisiones Episcopales y demás servicios de la CEE.

Al concluir esta etapa, los distintos Organismos de la CEE buscarán un tiempo, dentro de sus respectivos encuentros, para ver el seguimiento y hacer la evaluación de los objetivos y acciones correspondientes a dicho periodo.

Asimismo, al final de los cinco años y como colofón de esta etapa pastoral, es conveniente y necesario llevar a cabo un Congreso Nacional de Evangelización, al que se convocará a todo el Pueblo de Dios: obispos, presbíteros, diáconos, consagrados y laicos.

CONCLUSIÓN

Estos son nuestros propósitos y deseos y esta es ahora nuestra esperanza y alegría. Queremos prepararnos para animar y guiar a nuestras Iglesias en este camino de renovación espiritual y de evangelización, y queremos responder así a las llamadas de Dios y a la invitación del papa Francisco. Al mismo tiempo, damos gracias a Dios que cuenta con nosotros para proseguir en el mundo su obra de salvación, a la vez que nos confiamos en la oración de toda la Iglesia para llegar a conocer la voluntad del Señor y cumplirla fielmente.

Al comenzar este trabajo necesitamos abrir nuestros corazones a la presencia y a la acción del Espíritu Santo. Para mantener vivo el espíritu misionero es preciso confiar en la acción del Señor resucitado y en la asistencia permanente de su Espíritu. Emprendemos este camino con la confianza puesta en el Señor y en la acción secreta del Espíritu Santo, que mueve a la Iglesia y actúa en los corazones de todos los hombres.

Con nosotros está María, Madre de Jesús y Madre nuestra. Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos en la vida cristiana y en el ejercicio de la misión[54]. Como buena Madre cuida de nosotros y nos asiste en este empeño por reavivar y fortalecer la fe viva y operante en sus hijos. Ella es la mujer creyente que, con su fe firme y amorosa, sostiene la fe de los Apóstoles y hace posible, como en el primer Pentecostés, el entusiasmo por el Evangelio.

A la Virgen María, «Madre del Evangelio viviente, le pedimos que interceda para que esta invitación a una nueva etapa evangelizadora sea acogida por toda la comunidad eclesial»[55], que nos aliente en el caminar de discípulos misioneros y que «vuelva a nosotros esos sus ojos misericordiosos»[56]. Que Ella, Madre y Maestra, nos muestre a Jesús, su hijo, el Buen Pastor, y nos enseñe a «hacer lo que Él nos diga» (Jn 2, 5). Y que, guiados por el ejemplo y protección del apóstol Santiago, vivamos contentos por dentro la belleza de la fe y contagiemos por fuera la alegría del Evangelio.

¡Santa María, Estrella de la Evangelización, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros!

[1] Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 13.
[2] Cf. Francisco, Misericordiae Vultus,  n. 4.
[3] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, nn. 1 y 25.
[4] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, n. 15.
[5] Benedicto XVI, Porta fidei, n. 2.
[6] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, n. 18.
[7] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, n. 31.
[8] Cf. Francisco, Misericordiae Vultus, n. 3.
[9] Francisco, Evangelii gaudium, n. 14.
[10] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, nn. 20-24.
[11] Francisco, Evangelii gaudium, n. 21.
[12] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, n. 33.
[13] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, nn. 154-155.
[14] Francisco, Evangelii gaudium, n. 139.
[15] Cf. Sínodo de los Obispos / XIII Asamblea General Ordinaria, «La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana», Lineamenta (Ciudad del Vaticano 2011).
[16] Ibíd., n. 4.
[17] Cf. Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes, n. 6.
[18] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, nn. 50-51.
[19] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, n. 84.
[20] Francisco, Misericordiae Vultus, n. 8.
[21] Cf. Benedicto XVI, Porta fidei, n. 2.
[22] Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 36.
[23] Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 94.
[24] Cf. Benedicto XVI, Luz del mundo. El papa, la Iglesia y los signos de los tiempos. Una conversación con Peter Seewald (Barcelona, 2010) 63-72.
[25] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, n. 71.74
[26] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, n. 61ss.
[27] Francisco, Evangelii gaudium, n. 53.
[28] Pablo VI, Populorum progressio, n. 42.
[29] Conferencia Episcopal Española, Instrucción pastoral Iglesia, servidora de los pobres (2015), n. 12.
[30] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, nn. 53-104.
[31] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, n. 78-86.
[32] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, n. 93-97.
[33] Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 12.
[34] Cf. Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 53.
[35] Cf. Francisco, Misericordiae Vultus, nn. 5 y 10.
[36] Francisco, Evangelii gaudium, n. 86.
[37] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, n. 12.
[38] Benedicto XVI, Porta fidei, n. 10.
[39] Cf. San Agustín, Confesiones, XIII, 1.
[40] Benedicto XVI, Porta fidei, n. 10.
[41] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, n. 90.
[42] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, n. 270.
[43] Francisco, Evangelii gaudium, n. 109.
[44] Francisco, Misericordiae Vultus, n. 12.
[45] Francisco, Evangelii gaudium, n. 36.
[46] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, nn. 46 y 47.
[47] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, n. 5.
[48] Francisco, Evangelii gaudium, n. 3.
[49] Cf. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n. 5.
[50] Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 1.
[51] Francisco, Evangelii gaudium, n. 10.
[52] Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 10.
[53] Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 106.
[54] Cf. Francisco, Evangelii gaudium, n. 286.
[55] Francisco, Evangelii gaudium, n. 287.
[56] Salve popular.