| Homilia
del Cardenal Antonio María Rouco Varela, Arzobispo
de Madrid
y Presidente de la Conferencia Episcopal Española
en la misa de acción de gracias
por las canonizaciones de cinco españoles, en
la Plaza de Oriente (5-5-2003)
Mis
queridos hermanos y hermanas en el Señor:
El gozo vivido y
las gracias derramadas ayer en la Canonización
de cinco santos españoles, santos de nuestra
época, después del inolvidable encuentro
en Cuatro Vientos del Santo Padre con los jóvenes
-"los protagonistas de los nuevos tiempos"-
nos reúne hoy en esta Eucaristía de alabanza
y gratitud al Señor Resucitado, el Santo de los
Santos, el que nos renueva Pascua tras Pascua en las
raíces más íntimas de la vocación
cristiana nacida en el sacramento del Bautismo en el
que hemos muerto con Cristo "al hombre viejo"
para resucitar a la vida del "hombre nuevo"
en razón del ser cristiano. Por ello, "todos
en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía,
ya sean pastoreados por ella, están llamados
a la santidad, según las palabras del Apóstol:
"Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación"
(1Tes 4,3;cf. Ef 1,4)" (LG,39). En la vida de los
cristianos que siguen fiel y heroicamente a Cristo,
la Iglesia florece interiormente como su Cuerpo y Esposa
y se manifiesta ante el mundo en la forma más
auténtica como "un sacramento o señal
e instrumento de la íntima unión con Dios
y de la unidad de todo el género humano"
(LG 1). La Iglesia adquiere todo su vigor evangelizador
cuando ofrece a los hombres testimonios visibles de
santidad. El Concilio Vaticano II lo expresa bellamente:
"Dios manifiesta a los hombres en forma viva su
presencia y su rostro en la vida de aquellos, hombres
como nosotros, que con mayor perfección se transforman
en la imagen de Cristo (cf. 2 Cor 3,18). En ellos, El
mismo nos habla y nos ofrece un signo de su Reino, hacia
el cual somos poderosamente atraídos con tan
gran nube de testigos que nos cubre (cf. Heb 12,1) y
con tan gran testimonio de la verdad del Evangelio"
(LG 50).
Juan Pablo II proyecta,
con una clarividencia singular, la enseñanza
conciliar a las propuestas pastorales de la Iglesia
para emprender el camino de la nueva evangelización
del hombre en le tercer milenio de la historia cristiana.
Sin pastoral de la santidad, no cuajará nunca
la evangelización; en palabras de Santa Teresa
de Jesús: "nuestra vida es Cristo, del cual
nos vienen todos los bienes" (Moradas quintas,
2, 4 y Vida, 22, 4). En el mundo de la cultura secularizada
y de la visión radicalmente inmanentista y materialista
del hombre, sólo valen los testigos insobornables
de la fe, de la esperanza y de la caridad de Cristo:
los que hacen oblación de sus vidas por Él,
con Él y en Él, en las circunstancias
ordinarias o por la vía extraordinaria de la
consagración explícita a una vida de seguimiento
de los consejos evangélicos de virginidad, pobreza
y obediencia. En esas vidas brilla el amor al hombre
necesitado pecador, pobre y sufriente, con limpia, desinteresada
y plena claridad. El hombre se siente en los santos
amado de verdad, amado y salvado por Cristo.
Los
nuevos cinco santos de la España contemporánea
¿Cómo
no vamos pues a dar gracias a Dios Padre, Hijo y Espíritu
Santo "eucarísticamente" por los nuevos
cinco santos que Juan Pablo II a regalado ayer a la
Iglesia y, de un modo muy próximo y significativo,
a la Iglesia en España? Pedro Poveda, "el
amigo fuerte de Dios", José María
Rubio, "apóstol de los barrios de Madrid",
Genoveva Torres, "Ángel de la soledad",
Ángela de la Cruz, "la madre de los pobres",
María Maravillas de Jesús, hija fidelísima
de Santa Teresa de Jesús y fundadora de numerosos
carmelos, han sido inscriptos en el Catálogo
de los Santos para el bien de la Iglesia y de su misión
evangelizadora y para la Gloria de Dios. "Ellos
-nos decía el Santo Padre- supieron acoger la
invitación de Jesucristo. "Seréis
mis testigos" proclamándolo con su vida
y con su muerte". ¿Cómo no "dejarnos
interpelar por estos maravillosos ejemplos"? Se
ha constatado y declarado que han vivido la perfección
de la caridad en su tiempo, que es el nuestro, abrazados
a la Cruz Gloriosa de Cristo. Como Santa Teresa de Jesús,
tan presente en la espiritualidad de todos ellos, vieron
y supieron con la sabiduría del Espíritu
Santo que:
"En la cruz
está la vida y el consuelo. Y ella sola es
camino para el cielo" (Poesías 8)
Y, por ello, aprendieron
a amar a sus hermanos con una generosidad y desprendimiento,
con una sensibilidad tan finamente orientada a descubrir
las situaciones de más abandono y menosprecio
por parte de la sociedad y con tanta sinceridad y limpieza
de corazón, buscando su bien integral -del alma
y del cuerpo-, que cualquier creyente y aún la
persona de buena fe tendrá que buscar una explicación
más allá de la capacidad ética
y aún religiosa del hombre; tendrá que
admitir que obraban así por haberse dejado empapar
por el amor del Corazón de Cristo, por haber
hecho de su existencia y de sus personas lámparas
de Cristo y templos del Espíritu Santo. La exhortación
de Pablo a los Colosenses se plasmó prodigiosamente
en sus vidas: "Y, todo lo que de palabra y de obra
realicéis, sea todo en nombre del Señor
Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de
Él" (Col 3,17)
Constancia
y testimonio de ser "luz del mundo y sal de la
tierra"
La Canonización
de los Santos constituye en todo tiempo y espacio histórico
la verificación simultánea de que, en
efecto, por el don y carisma del Espíritu Santo
no han faltado nunca a la Iglesia los discípulos
de Jesús que han hecho verdad a través
de la comunión eclesial y en medio del mundo
"el ser luz del mundo y sal de la tierra"
(cf. Mc 5,13); y del modo de serlo, el del seguimiento
incondicional del Señor, practicado sin disimulo,
no a escondidas sino en todos los ámbitos de
la existencia humana, los personales y familiares, los
privados y los públicos. Los santos españoles
de ayer domingo no ocultaron su luz -de la Cristo- a
sus contemporáneos ni en la Iglesia ni en la
sociedad. Sus obras al servicio de la transmisión
de la fe, de aliento de la esperanza a tantas almas
necesitaban y del amor "cristiforme" que llegó
a tantos menesterosos de la salud espiritual y temporal,
irradiaron más allá de sus lugares de
origen y de la misma España: "donde no había
amor, pusieron amor y sacaron amor" (S. Juan de
la Cruz, Carta 25). El "buen olor de Cristo"
que se desprendía de sus vidas, se difundió
en otros países y continentes; trascendió
su época y -directa o indirectamente- a través
de sus hijos e hijas ha llegado a nosotros, a la Iglesia
del siglo XXI, con una fresca y urgente actualidad.
Juan Pablo II nos ha regalado con ellos, con su canonización,
ejemplos e intercesores luminosos para el itinerario
pastoral de la Iglesia Universal en esta encrucijada
histórica de plena aplicación espiritual
del Concilio Vaticano II, impulsada decisivamente por
él, y que avalan tantos signos de nueva vitalidad
cristiana y apostólica en un contexto social
y cultural, hondamente influido y marcado por la increencia.
Las figuras
de los nuevos Santos
Las figuras de los
nuevos Santos, que ha recibido ayer la Iglesia de Juan
Pablo II en la emocionante celebración de la
Plaza de Colón en Madrid, con sus especiales
dones carismáticos y sus obras apostólicas,
vistos en la perspectiva común de la Iglesia
de su tiempo, nos ofrecen hoy la lección del
primado de la vida interior y de su fecundidad espiritual
y temporal, como la resubrayaba el Papa en sus palabras
a los jóvenes en "Cuatro Vientos"
Desde la Madre Maravillas de Jesús, carmelita
contemplativa que en su clausura irradia y promueve
con iniciativas de una extraordinaria concreción
social el amor a su Esposo, Jesucristo, pasando por
la Madre Genoveva Torres, enamorada de la Eucaristía
y de la adoración reparadora del Santísimo
Sacramento, que rompe soledades y crea espacios de compañía
y ternura para tantos mayores; y por Sor Ángela
de la Cruz, con su corazón y su vida crucificada
con Cristo en la Eucaristía, contemplativa del
Sagrario, que derrama amor sin medida y sin alardes
humanos entre más miserables; hasta el P. José
María Rubio, sacerdote, predicador del Evangelio,
confesor y director espiritual de innumerables almas,
apóstol de los humildes y del pueblo madrileño;
y Pedro Poveda, sacerdote, mártir, que entra
de lleno en el campo del apostolado de los sectores
populares de la sociedad por la vía de la educación
y de la cultura y que no vacila en dar pronto el nuevo
y audaz paso de la evangelización de la cultura
misma y del sistema español... se puede comprobar
y dejar constancia de la perenne vigencia de su fórmula:
ir desde el Corazón de Cristo al corazón
del hombre y de la sociedad. "Como elegidos de
Dios, santos y amados", acertaron con gran sensibilidad
histórica en vestirse de la misericordia entrañable,
bondad, humildad, dulzura, comprensión, las virtudes
a las que se refería San Pablo en la Carta a
los Colosenses, que acabamos de proclamar (cf Col 3,12)
Los nuevos
Santos: gracia especial del Señor para la Iglesia
en España
Pero los nuevos
santos canonizados por Juan Pablo II significan, sobre
todo, una gracia especial para la Iglesia en España
ante los peculiares retos pastorales con los que se
encuentra en este complejo y esperanzador momento de
su historia. Ellos nos confirman, en primer lugar, la
vitalidad evangélica actual de los grandes caminos
espirituales abiertos por el catolicismo español
en la historia contemporánea de la Iglesia: han
sido especialmente fecundos en el siglo XX y nos son
imprescindibles en el siglo XXI, si nos proponemos seria
y auténticamente la tarea de la evangelización
de la sociedad española. El Papa nos los ha valorado
como el patrimonio espiritual y cultural que España
ha de aportar a la edificación del futuro de
Europa. Y, en segundo lugar, nos aclaran con luz nueva
y cercana que ese itinerario de la identificación
interior con la Persona y el Misterio de Cristo sigue
siendo "la vía real" para la misión:
para una iglesia activa, generosa, universal y evangelizadora,
en una palabra: misionera. Además, en las biografías
de los nuevos Santos ha jugado, desde que eran niños,
un papel decisivo el ambiente de sentida piedad y de
sencillo y practicado cristianismo, presente y operante
en sus familias bajo la influencia educativa de sus
padres. ¡Una lección añadida, permanente
y actualísima, aludida por Juan Pablo II, y que
no debemos olvidar!
Súplica
y acción de gracias
Sintiendo tan de
cerca la Virgen, como nos ocurre ahora a nosotros que
celebramos esta Eucaristía de Acción de
Gracias a la sombra de su catedral de la Almudena, brotan
espontáneos el gozo personal y eclesial y los
sentimientos de sincera gratitud al Señor por
los nuevos cinco Santos españoles contemporáneos;
y al Papa Juan Pablo II -¡tan de María!-,
que ha tenido esa exquisita delicadeza paternal de declararlos
y definirlos santos en su tierra natal, en el suelo
de España, en ceremonia inolvidable, después
de haber invitado a sus jóvenes a mirarse en
ellos.
Con ella, con María,
la Madre de la Iglesia y "modelo insuperable de
contemplación y ejemplo admirable de interioridad
fecunda, gozosa y enriquecedora" (Juan Pablo II
en "Cuatro Vientos"), sabremos contemplar
y seguir a Cristo como ellos lo hicieron, nuestros nuevos
y entrañables intercesores de la Iglesia del
pueblo de España. Sí, por su intercesión
maternal, invocada fervientemente por todo el pueblo
de Dios, unido al Papa, seguirán "floreciendo
nuevos santos" entre los jóvenes de España.
Dejadme finalizar
mis palabras con la emotiva oración del Santo
Padre por ellos, bella corona de encuentro de "Cuatro
Vientos":
¡Dios
te salve, María, llena de gracia!
Esta noche te pido por los jóvenes de España,
jóvenes llenos de sueños y esperanzas.
Ellos son los centinelas del mañana,
el pueblo de las bienaventuranzas;
son la esperanza viva de la Iglesia y del Papa.
Santa María, Madre de los jóvenes,
intercede para que sean testigos de Cristo Resucitado,
apóstoles humildes y valientes del tercer
milenio,
haraldos generosos del Evangelio.
Santa María, Virgen Inmaculada,
reza con nosotros,
reza por nosotros. Amén.
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