| Genoveva
Torres, virgen. Fundadora de la Congregación
de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús
y de los Santos Ángeles (Angélicas)
Genoveva
Torres Morales nació en Almenara (Castellón)
el día 3 de enero de 1870, la más pequeña
en una familia de labradores de seis hijos, dos niños
y cuatro niñas. Fue bautizada al día siguiente.
El padre, José, murió cuando ella tenía
un año y la madre, Vicenta, cuando tenía
ocho años. En el transcurso de seis años,
ella, su madre y un hermano, vieron cómo morían
los otros cuatro hermanos.
Estas experiencias tan
tempranas de dolor marcarían su vida desde el
principio, pero no por eso perdió su carácter
alegre sino que se iba forjando desde bien pronto en
la virtud de la reciedumbre. Se quedó con su
hermano el mayor, de dieciocho años, y ella tuvo
que hacer desde niña de “ama de casa”.
Empezó realizando los oficios caseros, preparar
la comida, lavar y planchar la ropa, hacer la limpieza,
atender a su hermano cuando venía del campo.
Todo esto hizo que Genoveva madurara mucho su personalidad
en poco tiempo, siendo pronto muy responsable y reflexiva
como una adulta prematura.
No pudo asistir muchos
años a la escuela pero no dejó de acudir
a la catequesis parroquial. Fue confirmada en 1877.
Para hacer la primera comunión, sin poder tener
su traje y sin darle importancia alguna a lo exterior,
se confesó, se puso en la fila de las personas
que iban a comulgar y en la sencillez de su corazón
recibió al Señor. Ya ahí le nació
su profundo amor a la Eucaristía.
Ella y su hermano pasaron
verdadera estrechez económica. A sus diez años
le entraron unas ganas enormes de leer libros, sobre
todo si eran espirituales, de los que había dejado
su madre en casa. En uno de ellos leyó que había
que hacer siempre la voluntad de Dios, pues para eso
estamos en este mundo. Y esta máxima se le quedó
grabada para toda su vida.
El trabajo, la mala alimentación
y los escasos cuidados le acarrearon un tumor maligno
en la pierna izquierda y, al presentarse la gangrena,
tuvo que serle amputada cuando tenía tan solo
trece años. Fue operada en su misma casa, sobre
la mesa de la cocina, con métodos casi rudimentarios,
pues hasta se rompió el aparato para evitar la
hemorragia. Tuvieron que atarle la pierna por el muslo,
pero en forma tan deficiente que sería causa
de dolores durante toda su vida. Todos esperaban ya
su muerte pero se repuso y volvió a las tareas
domésticas con la ayuda de dos muletas, ya siempre
compañeras inseparables.
Por circunstancias familiares
fue internada en el orfanato “Casa de la Misericordia”
de Valencia, donde pasó nueve años. Sentía
una especial devoción a la Eucaristía
y al Sagrado Corazón de Jesús, a la Virgen
María y a los Santos Ángeles. Ayudada
por el capellán del centro, don Carlos Ferris,
más adelante jesuita, allí progresó
en su experiencia espiritual profunda que le llevó
a pedir su entrada en las Carmelitas de la Caridad,
que regentaban la casa. Las veía y le parecían
“ángeles”. Pero no fue admitida por
causa de su minusvalía. Desde ese momento no
cejó en buscar cuál era la voluntad de
Dios sobre ella.
Se
fijó en un acuciante problema que aquejaba a
muchas mujeres en los comienzos del siglo XX: la soledad.
Por distintos motivos familiares quedaban abandonadas.
Ella, que estaba abierta a ver en los acontecimientos
la mano de Dios, captó esta necesidad y empezó
el embrión de lo que sería el futuro instituto
religioso. Comenzó con dos compañeras,
difíciles de carácter, a recoger en la
casa a distintas personas necesitadas. Con su paciencia
y caridad Genoveva pudo soportar aquella situación,
viviendo de su trabajo de costura y bordado. Enseguida
se les quedó pequeña la casa y tuvieron
que ir buscando hogares más amplios pues la necesidad
era más grande de lo que a primera vista podría
parecer. Genoveva pensó entonces especialmente
en promover la vela de la adoración eucarística
nocturna.
Desde su salida de la
“Casa de Misericordia” en 1894 hasta 1911,
su vida podría compararse con la peregrinación
por el desierto en busca de la voluntad de Dios. “Me
puse en las manos de Dios para cuanto pudiera querer
de mí con voluntad firme de no resistirme en
nada de cuanto de mí exigiera, costara lo que
costara”. El día 2 de febrero de 1911 en
Valencia, con la indicación del canónigo
José Barbarrós sobre unas señoras
y señoritas solas y cargadas de sufrimiento,
y con la consulta al P. Martín Sánchez,
S.J., que le dio su aprobación personal, fundó
la primera “Casa Hogar”, constituyendo la
Sociedad Angélica que daría origen al
instituto de Hermanas del Sagrado Corazón de
Jesús y de los Santos Ángeles con el carisma
y misión de “aliviar la soledad de las
personas que, por diferentes circunstancias, viven solas
y necesitadas de cariño, de consuelo, de amor
y de cuidados en su cuerpo y en su espíritu”.
Genoveva fue nombrada directora. Así, remediaba
un problema social: amparar la soledad. Pero sus fundaciones
no serían sólo “casas” sino
también “hogares”, para que las personas
que vinieran amueblaran la habitación a su gusto
con el fin de que su desarraigo fuera menor, ya que
podían llevar consigo las cosas de mayor afecto
personal.
La sociedad fue erigida
como “Pía Unión” en 1912 y
el primer reglamento data de 1914. En ese mismo año
fundó otra casa en Zaragoza, en la calle del
Pilar, aconsejándose del P. Martín Sánchez,
SI; en 1914 en Madrid y, poco a poco, en Bilbao, Barcelona,
Santander y Pamplona. En 1925 la Pía Unión
fue reconocida en Zaragoza como Instituto religioso
de derecho diocesano por el Arzobispo Doménech
y emitieron ante él sus votos la Madre Genoveva,
nombrada Superiora General, y otras dieciocho religiosas.
El decreto de aprobación como instituto religioso
de derecho pontificio sería dado por Pío
XII en 1953.
En tiempos de la república
y de la guerra civil, algunas de las casas tuvieron
que padecer la persecución religiosa, quedando
la mayoría devastadas, mientras que la Madre
Genoveva infundía paz y esperanza en todas sus
Hermanas. En las casas de Zaragoza y Valencia se pudo
dar protección a otras personas, miembros de
institutos religiosos y seglares, puesto que la Madre
Genoveva tenía un corazón abierto para
todas las personas y actividades de la Iglesia, con
un espíritu de servicio asombroso. Fue reelegida
Superiora General en los capítulos de 1935, 1941
y 1947. Retirada de su cargo en 1954, supo convertirse
en religiosa siempre obediente a la nueva Madre General.
Todas las casas empezaban
por el “Sagrario”, “porque estando
Jesús en casa nada temo” y de esta forma
imprimió en sus religiosas una nota característica
de su espiritualidad: la adoración-reparación
a la Eucaristía. Desde ese fundamento las Angélicas
desplegarían su apostolado con las tres notas
que la Madre Genoveva dejó plasmadas en sus constituciones:
espíritu de humildad y sencillez que busca sólo
a Dios en todas las cosas, espíritu de obediencia
con la abnegación del propio juicio a la voluntad
de Dios en las disposiciones de los superiores y espíritu
de caridad, que engendra en las Hermanas el ardor apostólico
por la gloria de Dios y la salvación de las almas.
La palabra más repetida en sus escritos es “amor”:
“Que sólo el amor me impulse a obrar”.
“Que tu puro amor mueva todas mis acciones”.
“Nada es pesado para el que ama”. “Dios
merece ser servido con fidelidad y amor”. “El
amor nunca dice basta”.
A finales de 1955 su
salud había decaído considerablemente.
El 30 de diciembre tuvo un ataque de apoplejía
y recibió los últimos sacramentos. Todavía
pudo comulgar en la madrugada del 4 de enero de 1956
y en esa mañana entró en coma. A los ochenta
y seis años de edad, el 5 de enero de 1956 falleció
en Zaragoza. El pueblo comenzó a llamarla “Ángel
de la soledad” y así sigue reconociéndola.
El Instituto de Hermanas,
llamadas comúnmente “angélicas”,
están extendidas por España, Italia, México
y Venezuela. Además trabajan apostólicamente
en catequesis, Casas de ejercicios, Guarderías,
y en la evangelización en parroquias y escuelas.
Fue beatificada en Roma
por el Papa Juan Pablo II el día 29 de enero
de 1995, sus reliquias reposan en la Casa Generalicia
en Zaragoza y su memoria litúrgica viene celebrándose
el 4 de enero.
TEXTOS DE LA
MADRE GENOVEVA TORRES
Hay que amar a Dios en todas las cosas agradables
y desagradables: y si están envueltas en sufrimientos,
tanto mejor. El amor sin sufrimiento es sospechoso.
El amor todo lo hace fácil.
Si miro a Jesucristo en la cruz, todo sufrimiento
me será sabroso. Pediremos la gracia de llevar
con valor y santa alegría las cruces que
a Dios le plazca enviarnos y haremos esta petición
en los momentos penosos a la naturaleza. Vayamos
al pie de la cruz; si tenemos valor para ello, quejémonos.
El centro de la devoción al Corazón
de Jesús, está en la Eucaristía.
La práctica del amor a este Corazón
está en la oración, la penitencia,
y en adorarle llevando almas por esos medios para
que le conozcan y le amen.
Siento que Jesús me llama desde el Sagrario;
cuando por mis obligaciones no puedo acudir, procuro
hallarle en las mismas obligaciones.
Debemos sacrificarnos mucho, practicando la caridad,
que será reconocida por Dios nuestro Señor.
Si de veras amamos a Dios su recuerdo nos hará
volar en el sacrificio y en la abnegación
en aras de la caridad.
Revistámonos de los hechos de Jesús,
que todos fueron de caridad, dulzura, amabilidad
y sin distinción de personas.
Quien ama a María procura imitar sus virtudes
y obsequiarla siempre. Madre de Jesús y Madre
mía, en penas y tribulaciones acudiré
a Ti. Me mostrarás a tu Divino Hijo y le
amaré.
Seamos amables y cariñosas con las que tengamos
que tratar y servir. Lo que se hace por Dios, debe
caracterizarlo las virtudes que Jesús practicó:
humildad, paciencia, afabilidad, dulzura... darnos
todas para ganarlas a todas.
Sólo por la caridad y la mansedumbre llevaremos
las almas a Dios.
La base de la caridad y de la unión es la
humildad. Si somos humildes de corazón en
todos nuestros actos, practicando la caridad por
Dios, gozaremos de la paz del alma.
A las personas, en sus últimos años,
no las ama más que el que posee el verdadero
amor de Dios.
Tengo gran paz, producida por el abandono en Dios.
Él es mi Padre. Me cuida como el mejor de
los padres. Darse a Dios de veras es lo único
que da paz verdadera. Lo demás todo pasa
pronto.
El tiempo corre hacia el sepulcro y vivimos neciamente
si no vivimos para Dios. Viviendo para dios, seremos
generosos con Él y con el prójimo.
Ofrezco a Dios todo, venga lo que viniere, todo lo
permite el Señor.
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