| Misa
de acción de gracias |
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| Homilía |
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CARDENAL TARCISIO BERTONE
SECRETARIO DEL ESTADO VATICANO
Roma, 29 de octubre de 2007
Queridos Hermanos en el Episcopado,
Amados sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos:
La
Beatificación de cuatrocientos noventa y ocho mártires
de España, que celebramos ayer, ha sido una ocasión
para constatar una vez más cómo la cadena de
cristianos que han sido atraídos por el ejemplo de Jesús
y sostenidos por su amor no se ha interrumpido desde los comienzos
de la predicación apostólica.
Ahora estamos reunidos
para elevar una ferviente acción
de gracias al Señor por este acontecimiento eclesial.
Queremos acogernos a la intercesión de estos hermanos
nuestros, cuya vida se ha convertido para nosotros, y para
el pueblo de Dios que peregrina en España y en otros
países, en un potente foco de luz y en una apremiante
invitación a vivir el Evangelio radicalmente y con sencillez,
dando testimonio público y valiente de la fe que profesamos.
Todo
martirio tiene lugar ciertamente en circunstancias históricas
trágicas que, asumiendo a veces la forma de persecución,
llevan a una muerte violenta por causa de la fe. Pero, en medio
de ese drama, el mártir sabe trascender el momento histórico
concreto y contemplar a sus semejantes desde el corazón
de Dios. Gracias a esa luz que le viene de lo alto, y en virtud
de la sangre del Cordero (cf. Ap 12,11), el
mártir antepone la confesión de la fe a su propia
vida, contrarrestando así la agresión con la
plegaria y con la entrega heroica de sí mismo. Amando
a sus enemigos y rogando por los que lo persiguen (cf. Mt 5,44),
el mártir hace visible el misterio de la fe recibida
y se convierte en un gran signo de esperanza, anunciando con
su testimonio la redención para todos. Al unir su sangre
a la de Cristo sacrificado en la cruz, la inmolación
del mártir se transforma en ofrenda ante el trono de
Dios, implorando clemencia y misericordia para sus perseguidores.
Como nos enseña el Papa Juan Pablo II, “ellos
han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad
y persecución... hasta el testimonio supremo de la sangre...
Ellos muestran la vitalidad de la Iglesia... Más radicalmente
aún, demuestran que el martirio es la encarnación
suprema del Evangelio de la esperanza” (Ecclesia
in Europa, 13).
De esta forma, el martirio es para la Iglesia un signo elocuente
de cómo su vitalidad no depende de meros proyectos o
cálculos humanos, sino que brota más bien de
la total adhesión a Cristo y a su mensaje salvador.
Bien sabían esto los mártires, cuando buscaron
su fuerza no en el afán de protagonismo, sino en el
amor absoluto a Jesucristo, a costa incluso de la propia vida.
Para comprender mejor el verdadero
sentido cristiano del martirio debemos, pues, dejar que hablen
los propios mártires.
Ellos, con su ejemplo, nos han confiado un testamento que a
veces no nos atrevemos a abrir. En cambio, si les prestamos
atención,
sus vidas nos hablarán sin duda de fe, de fortaleza,
de generosa valentía
y de ardiente caridad, frente a una cultura que trata de apartar
o menospreciar los valores morales y humanos que nos enseña
el propio Evangelio.
De todos es conocido que el siglo
XX dio a la Iglesia en España
grandes frutos de vida cristiana: la fundación de congregaciones
e institutos religiosos dedicados a la enseñanza, a
la asistencia hospitalaria y a los más pobres y a diversas
obras culturales y sociales. Destacan también grandes
ejemplos de santidad, así como un elevado número
de mártires Obispos, sacerdotes, seminaristas, religiosos,
religiosas y fieles laicos.
Estos mártires no han sido propuestos al pueblo de Dios
por su implicación política, ni por luchar contra
nadie, sino por ofrecer sus vidas como testimonio de amor a
Cristo y con la plena conciencia de sentirse miembros de la
Iglesia. Por eso, en el momento de la muerte, todos coincidían
en dirigirse a quienes les mataban con palabras de perdón
y de misericordia. Así, entre tantos ejemplos parecidos,
resulta conmovedor escuchar las palabras que uno de los religiosos
Franciscanos de la Comunidad de Consuegra dirigía a
sus hermanos: «Hermanos, elevad vuestros ojos al
cielo y rezad el último padrenuestro, pues dentro
de breves momentos estaremos en el Reino de los cielos. Y
perdonad a los que os van a dar muerte».
Por eso,
estos nuevos Beatos han enriquecido a la Iglesia de España
con su sacrificio, siendo hoy para nosotros testimonio de
fe, de esperanza firme contra todo temor y de un amor hasta
el extremo (cf. Jn 13,1). Su muerte constituye para
todos un importante acicate que nos estimula a superar divisiones,
a revitalizar nuestro compromiso eclesial y social, buscando
siempre el bien común, la concordia y la paz.
Estos
queridos hermanos y hermanas nuestros, entre los cuales se
encontraban también dos franceses, dos mexicanos
y un cubano, precisamente por su amor a la vida entregaron
la suya a Cristo. Vivieron una vida ejemplar, dedicados plenamente
a sus diferentes apostolados, convencidos de la opción
religiosa que habían hecho o del cumplimiento de sus
deberes familiares. Estos testigos humildes y decididos del
Evangelio son luminarias que orientan nuestra peregrinación
terrena. Al venerar hoy a todos ellos que, como nos enseña
el libro del Apocalipsis, “vienen de la gran tribulación” (ibíd.,
7,14), suplicamos al Señor que nos conceda su fe intrépida,
su firme esperanza y su profunda caridad.
Queridos hermanos
y hermanas, nos encontramos en Roma, donde en los comienzos
de la Iglesia un sinfín de mártires
confesaron su fe en Cristo hasta derramar su sangre. Tanto
aquellos cristianos de la primera hora, como los que ayer han
sido beatificados, no sólo han de suscitar en nosotros
un mero sentimiento de admiración. Ellos no son simples
héroes o personajes de una época lejana. Su palabra
y sus gestos nos hablan a nosotros y nos impulsan a configurarnos
cada vez más plenamente con Cristo, encontrando en Él
la fuente de la que brota la auténtica comunión
eclesial, para dar en la sociedad actual un testimonio coherente
de nuestro amor y entrega a Dios y a nuestros hermanos.
Ellos
nos ayudan con su ejemplo y su intercesión para que,
en la hora presente, no nos dejemos vencer por el desaliento
o la confusión, evitando
la inercia o el lamento estéril.
Porque éste es también, como lo fue el suyo,
un tiempo de gracia, una ocasión propicia para compartir
con los demás el gozo de
ser discípulos de Cristo.
Con su vida y el testimonio
de su muerte nos enseñan
que la auténtica felicidad se halla en escuchar al Señor
y en poner en práctica su Palabra (cf. Lc 11,28).
Por eso el servicio más precioso que podemos prestar
hoy a nuestros hermanos es ayudarles a encontrarse con Cristo,
que es “el Camino, la Verdad y la
Vida” (cf. Jn 14,6), el único
que puede saciar las más nobles aspiraciones humanas.
Dios
quiera que esta Beatificación suscite en España
una fuerte llamada a reavivar la fe cristiana e intensificar
la comunión eclesial, pidiendo al Señor que la
sangre de estos mártires sea semilla fecunda de numerosas
y santas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada,
así como una constante invitación a las familias,
fundadas en el sacramento del Matrimonio, a que sean para sus
hijos ejemplo y escuela del verdadero amor y “santuario” del
gran don de la vida.
Finalmente, pidamos también al Señor
que el ejemplo de santidad de los nuevos mártires alcance
para la Iglesia en España y en las otras Naciones de
las cuales algunos de ellos eran originarios, muchos frutos
de auténtica
vida cristiana: un amor que venza la tibieza, una ilusión
que estimule la esperanza, un respeto que dé acogida
a la verdad y una generosidad que abra el corazón a
las necesidades de los más pobres del mundo.
Que la Virgen María, Reina de los Mártires, nos
obtenga de su divino Hijo esta gracia que ahora, con total
confianza, ponemos en sus manos de Madre. Amén.
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