I
Encuentro del Comité Europeo de capellanes
universitarios
Organizado
por el “Consejo de las Conferencias Episcopales
de Europa” (CCEE), ha tenido lugar en Madrid,
del 27 al 29 del pasado mes de Septiembre, en
la sede de la Conferencia Episcopal Española (CEE),
el primer encuentro oficial del “Comité europeo
de capellanes universitarios”, nacido recientemente
– a la sombra del Jubileo del 2000 – e incluido
en la sección catequesis y pastoral universitaria
del CCEE. Dicho comité, constituido por los Delegados
nacionales (o episcopales) de Pastoral Universitaria
de las treinta y cuatro Conferencias Episcopales
de Europa, había tenido ya algunos encuentros
informales (Roma, Bamberg, Atenas). En la reunión
de Roma de diciembre de 2001 decidió que el primer
encuentro formal se tuviera en Madrid en la fecha
ya indicada. Para ello, se ha contado con la presencia
del Obispo Delegado ante el CCEE para la Pastoral
Universitaria y Obispo Auxiliar de Roma, Mons.
Cesare Nosiglia, así como con la presencia de
su Secretario General, D. Aldo Giordano, el coordinador
general del comité, D. Lorenzo Leuzzi y el subsecretario
de la Congregación para la Enseñanza Católica,
D. Vincenzo Zani.
Objetivo
del encuentro ha sido proporcionar un conocimiento
mutuo y fomentar un diálogo entre cuantos trabajan
en la Pastoral Universitaria, con vistas a un
intercambio de experiencias entre las diversas
capellanías europeas y lograr promover, de este
modo, una cada vez más incisiva presencia y acción
pastoral en las Universidades europeas de parte
de las capellanías y de todos los que las integran,
junto con los docentes y estudiantes.
La sesión
inaugural del viernes, día 27 de septiembre, estuvo
presidida por Mons. Adolfo González Montes, Obispo
de Almería y Presidente de la Subcomisión Episcopal
de Universidades, quien expuso el tema: “Iglesia
y Universidad en Europa”. Asimismo. Mons.
Nosiglia presentó los objetivos del encuentro
y dio la bienvenida a todos los participantes
(procedentes de 21 países). A esta sesión asistieron
también D. Rafael Puyol Antolín, Rector de la
Universidad Complutense, que disertó sobre “La
universidad europea: futuro y perspectivas”,
junto con D. Miguel Gassiot Matas, presidente
de la Federación de Universidades Católicas de
Europa (FUCE), quien trató el tema “El gran
reto de la educación superior: la formación integral”.
El encuentro se concluyó con la presencia del
Cardenal Antonio María Rouco, Arzobispo de Madrid,
quien presidió la Eucaristía de clausura y en
cuya homilía dijo que a una población universitaria
“con frecuencia indiferente, impermeable o neutral”
a los valores, le hace falta la “fuerza” del pensamiento
y del testimonio cristianos como “antídoto necesario”
para contrarrestar la secularización.
El objetivo
encomendado al comité europeo se inserta, pues,
en un marco más amplio: “Universidad e Iglesia
en Europa”, y pretende aportar un impulso nuevo
que revitalice y renueve la presencia de la Iglesia
en la Universidad europea y su entorno cultural,
en un tiempo en que Europa trata de buscar su
unión entorno a una “Constitución” en que no deberían
quedar marginadas sus raíces cristianas.
Pero el
contenido fundamental del encuentro fue la reflexión
y la preparación del gran Simposio Europeo
sobre la Universidad que está programado para
celebrarse del 24 al 27 de Julio en Roma sobre
el tema: “Iglesia y Universidad en Europa”. Encuentro
al que serán invitadas todas las Conferencias
Episcopales europeas, representadas por una delegación
nacional junto con las delegaciones diocesanas,
sobre todo de las Iglesias locales con sedes universitarias.
Cada delegación incluirá Obispos, capellanes,
docentes, estudiantes, personas de la administración,
directores de Colegios y centros universitarios
comprometidos en la pastoral Universitaria.
1. MEMORIA
HISTÓRICA
El instrumento
de trabajo “Iglesia y Universidad en Europa”,
presentado por D. Sergio Lanza, con vistas al
Simposio del mes de Julio, comenzó subrayando
la necesidad de recuperar la “memoria histórica”,
recordando el papel del cristianismo en el pasado,
ahora que se intenta una Europa unida. En el
primer milenio de Europa, el cristianismo integró
la herencia greco-romana, la cultura de los pueblos
germanos y de las gentes eslavas, dando vida desde
la variedad étnica y cultural a un espíritu común
europeo. Sin caer en nostalgias, hay que poner
la plena confianza en la fuerza intrínseca del
cristianismo. La cultura moderna ha puesto bajo
sospecha el renacimiento cristiano de Europa.
A ello se añade el fenómeno, variado y complejo,
de la secularización y el pensamiento débil. Sin
embargo, borrar la memoria histórica, rompiendo
la unión con el pasado, separa el tronco de la
cultura europea de sus raíces, no únicas, ciertamente,
pero unificantes. La Universidad, nacida ex
corde Ecclesiae, encuentra en la memoria de
los propios orígenes indicaciones preciosas para
el propio futuro. La exploración abierta del pasado
se despliega en un testimonio que se hace propuesta
cultural y proyecto de cultura. La memoria histórica
narra el futuro.
2. LA
PROSPECTIVA CULTURAL
El tema
del humanismo abre los horizontes del saber por
encima de restricciones y especializaciones fragmentarias,
abre el corazón y la mente de los docentes a superar
toda pretensión absoluta de la propia rama del
saber, para entrar en diálogo franco con las demás
disciplinas. Esta labor interdisciplinar, en la
que encuentran espacio y carta de ciudadanía las
disciplinas filosóficas y teológicas, viene exigida
por el horizonte en que los docentes han fijado
su compromiso: tener en cuenta el destino del
hombre es la primera responsabilidad del investigador
y la piedra miliar de la vida de la comunidad
universitaria. El nuevo humanismo representa
la categoría, cualificada culturalmente, en la
que la proyección eclesial encuentra la visión
académica del saber. Esto conlleva: la superación
de la visión restrictiva del saber al éxito funcional
y pragmático que lo fragmenta en innumerables
especializaciones sin relación entre sí; la superación
de la separación entre Universidad y vida de la
ciudad; la recuperación de la unidad humanista
de la cultura y, finalmente, la superación de
la visión parcial que somete la Universidad al
mercado, por cuanto hay un riesgo de que, al desaparecer
los grandes relatos, se ponga en escena el mercado
neoliberal con su peculiar anonimato y su pretendida
neutralidad ética, y del que no se puede esperar
ni justicia ni limosna.
El mundo
universitario ha adoptado con frecuencia una postura
de cerrazón o de distancia con respecto a la propuesta
de fe. Concede gustosamente a la religión – sin
excluir la fe cristiana – el campo de las emociones,
de la estética y de las manifestaciones artísticas,
pero cierra celosamente la puerta a la pretensión
de inteligencia que es la propia fe. Como cristianos,
rechazamos una restricción que quiere una razón
confinada al interior del mundo fenoménico, incapaz
de mirar más allá, para comprender la presencia
y acoger la voz que llama al universo a la existencia
en que también le sostiene. Por ello, rechazamos
también aquel vuelco en que la razón va de la
presunción inicial a un síndrome anémico que es
debilidad del pensamiento y riesgo mortal para
la vida. Esta inflexión débil y de renuncia nos
parece lejana del ideal cristiano e incapaz de
ofrecer futuro al hombre. De ahí que reconozcamos,
más bien, el don de una inteligencia que, consciente
de sus recursos y límites, se abre al misterio
y recibe una luz y capacidad insospechadas. Las
universidades están llamadas a ser lugares en
que adquiera forma de excelencia la apertura al
saber, la pasión por la verdad, el interés por
la historia del hombre. Porque ha sido separándose
de toda referencia explícita al Absoluto, como
la Institución universitaria se ha fragmentado
y segmentado, más allá de la recta exigencia de
especialización, terminando, así, por perder la
propia identidad.
Emerge,
en este sentido, la vocación originaria de la
Universidad misma, tesmimoniada por una experiencia
secular. Ella es lugar señalado de humanitas,
campo de cultivo de un saber que la vida puede
lograr por su desarrollo interior y por su variopinto
desplegarse operativo. Es un lugar en que la persona
encuentra proyección, sabiduría y estímulo eficaz
para un servicio cualificado al hombre.
La Universidad
es desafío de auténtica inculturación. Así como
las antiguas cosmologías del próximo Oriente pudieron
ser purificadas y asimiladas en los primeros capítulos
del Génesis, ¿no podría la cosmología contemporánea
tener algo que ofrecer a nuestras reflexiones
sobre la creación?, ¿puede una perspectiva evolucionista
contribuir a iluminar la teología antropológica
sobre el significado de la persona como imago
Dei?, ¿cuáles son, si las hay, las implicaciones
escatológicas de la cosmología contemporánea,
especialmente a la luz del futuro inmenso de nuestro
universo?, ¿puede el método teológico obtener
alguna ventaja de las intuiciones de la metodología
científica y de la filosofía de la ciencia?… Se
requeriría un intenso diálogo con la ciencia contemporánea,
que, en general, ha faltado a los teólogos empeñados
en la investigación y en la enseñanza (OR, 26-X-1988,
p. 5).
La cultura
moderna tiende a confinar la religión fuera de
los circuitos de la racionalidad: en la medida
en que las ciencias empíricas monopolizan los
territorios de la racionalidad, no parece quedar
espacio ni siquiera para las razones del creer.
La búsqueda de las razones del creer tiene, por
el contrario, una profunda raíz cultural. Según
la comprensión católica, la fe no es una pura
paradoja: sólo en cuanto acto intelectualmente
razonable la fe puede ser digna de Dios y del
hombre.
Es necesario,
pues, que la Universidad se deje interrogar por
el saber teológico. Esto supone una seria y sincera
voluntad de diálogo en la verdad, y una revisión
decidida de aquella mentalidad que, muy obstinada
en la concepción de las “dos ciudades”, cava un
foso infranqueable entre evangelio e historia.
3. LA
RESPONSABILIDAD SOCIAL
La Iglesia
y las instituciones académicas, en cuanto representan
dos instituciones muy diferentes al tiempo que
importantes, están recíprocamente comprometidas
en el ámbito de la civilización humana y de la
cultura mundial. Tenemos ante Dios una gran responsabilidad
para con la condición humana, puesto que históricamente
hemos tenido y seguimos teniendo una influencia
decisiva en el desarrollo de las ideas y de los
valores y en el curso de las acciones humanas
(OR, 26-X-1988, p. 5).
La historia
es lugar de revelación y espacio de su cumplimiento.
El nuestro es un tiempo de grandes y radicales
transformaciones. Mientras la religión está sometida
a la esfera de lo privado y a un oscurecimiento
social, la cultura humanista está expuesta a un
creciente debilitamiento. La sensibilidad cristiana
no se resigna a ver el decaimiento de la institución
universitaria en su subordinación pragmática y
funcional a las exigencias (importantes, pero
nunca las principales) de la producción y del
mercado. La Iglesia no alberga pretensiones hegemónicas
de ningún tipo; se empeña, más bien, en un servicio
de humanismo auténtico: espolear a la Universidad
a estudiar más profundamente el misterio del hombre.
Como es
sabido, la última modernidad ha puesto en marcha
un proceso cultural de desencanto de la visión
cientifista del mundo. En esta situación, se corre
el riesgo de la derrota de la razón y de sus exigencias.
Con las inevitables consecuencias de un repliegue
instrumental del saber. Con su alto valor humanista,
la fe cristiana constituye un factor de estímulo
eficaz para todos aquellos que dedican a la Universidad
sus mejores energías, con el fin de formar personalidades
robustas de profesionales, investigadores, hombres
de cultura, protagonistas de la vida civil y social.
Las grandes
cuestiones de la civilización y de la nueva ciudadanía
europea. La necesidad de valores e instituciones
comunes debe animar la entera actuación, para
que la razón política no caiga en la barbarie,
en el totalitarismo o el racismo.
Una Europa
de los pueblos sólo es posible si se coloca en
el amplio marco de la compatibilidad cultural,
que no se limita a la definición de la razón política
o de las reglas de la comunicación, sino que sabe
identificar los lenguajes sociales (simbólicos)
realmente compartidos junto con las identidades
diversas, para que halle una convergencia en valores
sustanciales. Para esto, la sociedad multicultural
no vive del pensamiento débil; al contrario, debe
ser jurídica y constitucionalmente fuerte.
Esto no
tiene nada que ver con el llamado “pensamiento
único”, ni con las formas de totalitarismo manifiesto
o mimético que margina las diferencias en la homogeneidad
cultural.
Los modelos
del desarrollo económico, las formas de acción
política, los equilibrios de la convivencia social.
Para la fe cristiana no hay vida religiosa sin
dimensión ética, implicación de la existencia
en la construcción de la ciudadanía nueva de la
que la Iglesia es signo y primicia. La inseparabilidad
de las dimensiones religiosa y ética constituye
la estructura que vertebra el AT, desde la Alianza
del Sinaí a la predicación profética, así como
en el NT amor de Dios y amor del prójimo forman
una unidad indisoluble.
4. LA
VIDA DE LA UNIVERSIDAD
Dimensión
interpersonal y dimensión institucional.
Una persona que no se comprende como relacional
en su identidad constitutiva cae en el narcisismo
o se proyecta en el pragmatismo. La racionalidad
centrada en el sujeto corre el riesgo de invadir
también la comprensión de su pertenencia eclesial:
Iglesia como grupo de referencia, grupos de referencia
como Iglesia.
La apertura
relacional refleja la naturaleza auténtica de
la institución universitaria. La Universidad,
que por vocación es una institución desinteresada
y libre, se presenta como una de las pocas instituciones
de la sociedad moderna capaces de defender con
la Iglesia al hombre en sí mismo; sin engaños,
sin otro pretexto y por la sola razón de que el
hombre posee una dignidad única y merece ser estimado
por sí mismo. “La Iglesia se dirige al hombre
en el pleno respeto de su libertad. La misión
no coarta la libertad, sino más bien la favorece.
La Iglesia propone, no impone nada: respeta las
personas y las culturas, y se detiene ante el
sagrario de la conciencia” (RM. 39).
El testimonio
de fe asume, especialmente en la Universidad,
un valor cultural específico. La fe tiene una
constitutiva dimensión cultural; el saber de la
fe tiene carácter de dignidad cultural cualificada:
como capacidad de orientar la existencia; como
saber crítico; como capacidad de reavivar sobre
las cenizas de las ideologías fuertes del siglo
XX (positivismo, idealismo, marxismo…) el perfil
cultural del creer como acto intelectualmente
válido, creador de auténtico humanismo.
CONCLUSIÓN
En esta
perspectiva, por tanto, se mueve la Pastoral universitaria
que intenta apoyar esta obra cultural de un nuevo
humanismo para una nueva Europa. Este trabajo
– concluía Mons. Nosiglia - es de gran valor y
puede representar un mensaje de gran calado al
interior de la misma Iglesia, a todas nuestras
comunidades y realidades, al amplio mundo universitario.
Hay, pues, que alentar al mundo universitario
a un empeño que va más allá de la búsqueda estrecha
de los propios intereses y lo abra a un más amplio
campo de la cultura. Y todo ello para que pueda
lograrse el auténtico e integral progreso del
hombre europeo, de los pueblos de Europa y de
la casa común europea que se quiere construir.
Su Eminencia,
el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado
del Vaticano, envío a todos los participantes,
en nombre de su Santidad el Papa Juan Pablo II,
su saludo afectuoso y Bendición Apostólica.
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