Comisión Episcopal de Pastoral Social


Comunicado de la Comisión Episcopal de Pastoral Social en el DÍA DE CARIDAD en la festividad del CORPUS CHRISTI -1999-

El día del Corpus Christi celebramos el gran sacramento que Cristo dejó a su Iglesia como signo de su presencia entre nosotros, de su amor obediente al Padre y de su amor entregado por nosotros. La Eucaristía es la síntesis del misterio de Cristo en su totalidad: lo que vino a decir y a hacer, lo que es visible a través de su manifestación histórica, culminada en la cruz y resurrección y lo que, en definitiva, es la motivación invisible de toda su vida, el Espíritu Santo, el Amor del Padre: "Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo" (Jn. 3, 16-17). Cristo, presidiendo la mesa eucarística como el que sirve, se coloca a la cabecera de la humanidad, de la historia y del universo, encabezando esa largo éxodo de amor hacia la fraternidad universal.

El Señor, para entregarnos su amor, ha querido tomar el signo más elocuente para todos los hombres de todos los tiempos: la mesa compartida. La mesa donde se reúne la familia, la mesa que preside el padre en cuyas rodillas se sientan los hijos más pequeños y débiles, la mesa donde se hace el corro de los hermanos, la mesa donde se inicia el compartir, la mesa donde hay un largo diálogo que antecede y sigue a la entrega. La Eucaristía es una experiencia de familia; se experimenta el amor del Padre, que para ser nuestro Padre nos entrega a su Hijo Primogénito; se experimenta el amor del Hijo, que para hacernos sus hermanos no sólo se ha hecho hombre como nosotros sino que comparte con nosotros su vida divina, eterna: el Espíritu Santo; en la mesa familiar de la Eucaristía, se experimenta, también, el calor y el amor de los hermanos, dispersos por el mundo, pero congregados para partir y compartir el mismo pan.

Jesús, crucificado y resucitado, se hace presente en la Eucaristía con toda la fuerza vivificadora del Espíritu para transformar la comunidad humana en Iglesia, cuerpo de Cristo; en comunidad eucarística que, desde la fragilidad humana, hace visible siempre y en todo lugar la ofrenda, la entrega, el servicio, en una palabra, el Amor de Jesucristo. Esta comunidad incesantemente renovada por el Espíritu, va configurándose como comunidad fraternal, donde el otro siempre es cordialmente acogido, en sus aciertos y fracasos, donde se comparten la vida y los bienes, siempre con la puerta abierta a los otros, a quienes todavía no se sientan a la misma mesa, saliendo a los caminos del mundo para reunir a los hombres en familia de hijos y de hermanos, sin discriminaciones y sin marginaciones.

La Eucaristía no sólo congrega a los hermanos dispersos, también es levadura para fermentar la comunidad en la tierra entera, convirtiéndola en casa común y mesa compartida, donde los excluidos, los marginados, los despreciados, los desamparados tienen un sitio, haciendo así memoria de la práctica de Jesús y de la primera comunidad de sus discípulos: "Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo. Los fariseos y los maestros de la ley murmuraban: Éste anda con pecadoras y come con ellos" (Lc. 15, 1-2). De este modo, la Eucaristía se convierte en ese gran movimiento de reconciliación con Dios, entre los hombres y desde los últimos, y también con todas las cosas con el fin de que sean fraternalmente compartidas.

La materia de la Eucaristía es el pan y el vino: expresión de los bienes de la tierra y del trabajo de los hombres; símbolos de la economía, de la técnica, de la máquina, de la energía, clamor silencioso de todos aquellos bienes que deberían servir para reunir a los hombres en familia de hermanos, hijos de Dios Padre y, que en cambio, con frecuencia, se han convertido en causa de divisiones y enfrentamientos, en origen de profundas desigualdades entre los hombres, en raíz de la no-fraternidad, en instrumentos de violencia y de muerte. Sobre estos bienes, que están gimiendo como con dolores de parto, en espera de ser liberados (Rom. 8, 21-22), se pronuncia la acción de gracias al Padre. Y, al pronunciar la acción de gracias sobre el pan y el vino, se reconoce que todo es don del amor generoso de Dios y, por tanto, queda liberado, desvinculado de la posesión egoísta de unos pocos, para que tenga un destino universal, ya que éste es el sentido original, bíblico, de los bienes de la tierra: El cielo pertenece al Señor; la tierra se la ha dado a los hombres (Sal 115). Así la Eucaristía libera a la creación del acaparamiento egoísta por parte de una minoría, para que se convierta en don para todos.

Al reconocer y acoger, en la Eucaristía, el gran Amor con el que todos somos amados, los cristianos deben salir de la Eucaristía dispuestos a compartir este Amor con la misma generosidad del Padre, de su Hijo Eterno y del Espíritu Santo: Amor sacrificado y universal que no excluye ni margina a nadie. La abundancia está dada en la creación. Basta liberarla de la apropiación egoísta e individualista, para que vuelva a ser don abundante y generoso de Dios a la humanidad. Pero, para ello, hay que romper las cadenas de las estructuras injustas, socio-económicas, políticas, culturales, religiosas, y derribar los muros que nos separan: la idolatría del dinero, el afán de dominar, toda forma de egoismo, todo pecado que, en su raíz, nos deshumaniza .

Celebrar la Eucaristía es compartir el mismo estilo de vida que llevó Jesús, asumir su causa y su misión: transformar el mundo en un hogar de hermanos y colocar la mesa compartida en medio del mundo, en el corazón de la historia, en las realidades económicas, sociales, políticas, culturales, en el trabajo, en la vida cotidiana, a fin de que estas mismas realidades, sin dejar de ser ellas mismas, se conviertan en signos de la justicia y del amor entrañable de Dios Padre en favor de todos los hijos, de todos los hombres.

La Eucaristía es signo, cumplimiento y profecía de la misión de la comunidad: ser comunidad eucarística; signo del sentido de los bienes de este mundo: ser sacramento de la ternura de Dios y de los hermanos; y anuncio del sentido de la historia: ser camino hacia una humanidad nueva, hacia unos cielos nuevos y una tierra nueva donde reine la justicia y la plena reconciliación con Dios y con todos los hombres.

Este sentido eucarístico se concreta en el lema del día de la Caridad: " Sé solidario. Tu solidaridad es su voz ", expresión de la fidelidad a Cristo y su causa. De de esta comunión con Él, brotan las siguientes exigencias fundamentales:

  • Nuestra solidaridad con Cristo nos compromete a vivir, como Él, desde el amor fiel a un Dios Padre, que crea a los hombres libres y quiere hacer llegar a todos su amor y su liberación.

  • Nuestra solidaridad con Cristo nos compromete a vivir, como E1, desde los otros y para los otros. Esto no es posible si, desde la luz de la oración, no vemos a los otros como verdaderos hermanos nuestros, hijos del mismo Padre; si no existe, por tanto, una preocupación real por conocer la situación en que viven nuestros hermanos, viviéndola como propia y sintiéndonos responsables de ella.

  • Nuestra solidaridad con Cristo nos compromete también a trabajar, como E1, por la construcción del proyecto de Dios sobre este mundo. Esto nos exige, por una parte, denunciar y combatir todo sistema basado en la acumulación de dinero, en la opresión y en la dominación. Pero, por otra parte, nos impulsa a colaborar en la creación de una sociedad nueva, donde los hombres puedan ser cada día más libres, más responsables, más hermanos, más felices.

  • Nuestra solidaridad con Cristo nos compromete a trabajar, como E1, por construir la unidad en un mundo dividido, enfrentado, con la esperanza de que un día todos los hombres puedan reunirse y sentarse como hermanos en torno a la misma mesa bajo la mirada paternal de Dios. Pero la construcción de esta unidad en la diversidad e igualdad sólo será posible, si, como Jesús, nos convertimos a la causa de los pobres y desde los últimos y a su paso, caminamos hacia dicha unidad querida por Dios.

  • Nuestra solidaridad con Cristo nos compromete a abandonar las actitudes y prácticas de explotación, de acumulación y disfrute egoísta de bienes y de servicios, de dominio e imposición sobre los demás, de desprecio a los otros. Porque estas actitudes y prácticas enfrentan brutalmente a los hombres y pueblos, unos contra otros. En una situación así se oscurece y se oculta la percepción de la existencia de un Dios Padre de todos los hombres.

  • Nuestra solidaridad con Cristo nos compromete a vivir, como Él, desde el amor, que nos lleva a acoger a los otros, a respetar su libertad, a compartir con ellos los bienes, a poner el bien común por encima del bien particular. De este modo, Dios es reconocido y afirmado real y objetivamente como Padre de todos, en el reconocimiento del otro como hermano.

  • Nuestra solidaridad con Cristo nos compromete a afrontar el futuro con esperanza. El testimonio de Jesús, avalado por su resurrección, nos da pie para creer que la opresión, la injusticia, los dioses de la muerte y la misma muerte no tienen la última palabra sobre la humanidad y el cosmos, sino que la tiene Dios, que es una palabra de vida total y plena. Para los hombres, que vivimos en esta sociedad que orilla la fe, que olvida a menudo los derechos de los pequeños y de los pobres, que es portadora de una cultura de muerte, se nos hace cada vez más urgente el desafío de anunciar el Amor de Dios, del Dios de la Vida, de un Dios Padre que se ha comprometido definitivamente con la humanidad.

Madrid, 21 de mayo de 1999.

Los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

 

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