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Relaciones Interconfesionales

Dpto. para la Unidad de los Cristianos

Dpto. para la Unidad de los Cristianos 2017-10-10T15:05:06+00:00

unidadJesucristo, después de su muerte y resurrección, encomendó a sus Apóstoles: id al mundo entero, anunciad el evangelio, bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñad lo que os he mandado (Mt 28,19-20; Mc 16,15). Esta tarea la comenzaron a cumplir los Apóstoles después de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés. Desde entonces, poco a poco van surgiendo pequeños grupos que aceptan el evangelio anunciado, se bautizan y empiezan a vivir al estilo de Jesucristo: así nacen las primeras comunidades cristianas llamadas “iglesias”.

Las primeras iglesias fueron organizadas por los Apóstoles: el evangelio anunciado y vivido, la eucaristía celebrada y recibida, y el pastor ordenado al servicio de la comunidad eran y son los signos visibles de lo que Cristo hizo en su vida. De aquellas primeras iglesias sobresale la de Roma, gracias a la predicación evangélica y al testimonio martirial de san Pedro y san Pablo. La iglesia de Roma, junto con todas las demás iglesias, forman la Iglesia católica, como el primero de los Apóstoles, san Pedro, y el resto de los Apóstoles constituyen el Colegio apostólico: de esta forma, el obispo de Roma, el Papa, es el sucesor de san Pedro, y cada obispo en su iglesia o diócesis será el sucesor de los Apóstoles.

Sin embargo, la comunión entre las iglesias y entre sus pastores no siempre ha sido fácil: dificultades de organización, las distintas mentalidades y culturas, las situaciones políticas, las interpretaciones equivocadas de la fe cristiana y, sobre todo, las infidelidades en la vida de muchos cristianos dieron origen a varias divisiones: algunas iglesias y sus pastores dejaban de vivir en comunión con la iglesia de Roma y su obispo, y a veces con toda la Iglesia católica en su conjunto.

Así, surgen ya en el siglo V divisiones motivadas por la formulación de la fe (las antiguas iglesias orientales), en el siglo XI por motivos fundamentalmente disciplinares (las iglesias ortodoxas), y a partir del siglo XVI por una inadecuada reforma de la Iglesia católica (las comunidades eclesiales nacidas o derivadas de la Reforma). Pero también han existido intentos por superar las divisiones y lograr la unidad en la Iglesia única de Jesucristo.

Los cristianos sentimos con dolor el vernos divididos y todos tenemos parte de culpa, quizá no por crear divisiones sino por acostumbrarnos a seguir así y culpar a los otros de ser los equivocados. No tenemos derecho a estar divididos. Todos tenemos que preguntarnos: ¿esta situación la quiere Jesucristo? ¿vamos a seguir así, anunciando el evangelio y celebrando la eucaristía cada uno por su lado? ¿qué puedo hacer para que la Iglesia sea más fiel a Jesucristo?

La Iglesia católica en su totalidad está empeñada en trabajar por lograr la unidad. Esta tarea es difícil y precisa mucha paciencia: necesitamos rezar juntos por esta finalidad, necesitamos conocer el ecumenismo o conjunto de esfuerzos que hay que realizar, hace falta formación para aprender de la historia pasada y saber caminar hacia la unidad, y sobre todo se necesita mucho amor, para perdonarnos, para acercarnos, para tratarnos y querernos como hermanos.

Sin embargo, no todos los cristianos ni todos los católicos comparten el ecumenismo: unos piensan que están en la verdad y no hay motivo para dialogar; otros se imaginan que el ecumenismo significaría dar a conocer una situación vergonzosa, incluso no faltan quienes piensan que esta situación es poco menos que imposible y es preferible dejar las cosas como están. Lo cierto es que los cristianos ecuménicamente formados trabajan y viven por la unidad sin caer en ningún género de indiferentismo ni fundamentalismo. No hay que tener miedo a la verdad ni a la historia.

Uno de los problemas con que los cristianos españoles tropezamos es saber que nuestra sociedad no favorece la unidad. Precisamente porque estamos inmersos en una sociedad plural, también en materia religiosa, se suele considerar como un logro social el disponer de un abanico de ofertas eclesiales, justificando así la situación actual de división cristiana. Por otra parte, vivimos en una sociedad con múltiples signos de paganismo e increencia, lo que favorece también o un integrismo o un desentendimiento. De esta forma la sociedad sigue contemplando un cristianismo dividido y sin garra, restando eficacia al anuncio del Evangelio, al testimonio de los cristianos y a la credibilidad de la Iglesia.

Las relaciones ecuménicas en nuestro país son muy peculiares. Los cristianos no católicos son numéricamente desproporcionados a los católicos. La realidad ecuménica en España es todavía reciente, aunque hay ciertamente una evolución muy positiva. No obstante, las relaciones pueden y tienen que ser mejores: habrá que dejar prejuicios de épocas pasadas y tópicos que no se corresponden con la historia, se necesita la consulta y la escucha de las otras Iglesias y urge la creación de un foro de diálogo intereclesial, como puede ser la creación del Consejo de Iglesias Cristianas en España, similar al que ya existe en otros países europeos.

En correspondencia con el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, y en contacto con otros organismos europeos también promotores de la unidad cristiana (Consejo Ecuménico de las Iglesias o CEI, y la Conferencia de Iglesias Europeas o KEK), este Departamento para la Unidad de los Cristianos quiere mantener relaciones con las Iglesias de Oriente (Ortodoxia, y por extensión los católicos de cualquier tradición oriental) y con las Iglesias y Comunidades eclesiales de Occidente (Protestantismo y Anglicanismo), presentes en España.

Su principal objetivo es alcanzar la unidad cristiana. Tenemos ya unos valores comunes que nos unen y nos identifican como cristianos: la fe en el Dios trinitario revelado por Cristo, el bautismo que nos incorpora a su Iglesia, la palabra de Dios escrita que ilumina nuestro caminar, la vida cristiana celebrada en comunidad. Pero no podemos ignorar las deficiencias existentes entre las distintas Iglesias: la interpretación de la palabra de Dios transmitida, la plena celebración sacramental, el ministerio ordenado y el ejercicio de la autoridad en la Iglesia.