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HOMILÍA DEL CARDENAL
JOSEPH RATZINGER:
PIDAMOS AL SEÑOR UN PASTOR QUE NOS GUÍE
A CRISTO

Cardenal
Joseph Ratzinger
El cardenal Joseph Ratzinger,
decano del colegio cardenalicio, presidió
esta mañana en la basílica vaticana
la Santa Misa "Pro eligendo Romano Pontifice",
que fue concelebrada por los 115 purpurados electores.
Asistieron a la celebración
eucarística cardenales no electores, así
como obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas
y laicos presentes en Roma.
En la homilía, el cardenal
Ratzinger, comentando la primera lectura del libro
del profeta Isaías, en la que el Mesías,
hablando de sí mismo dice que ha sido enviado
a "promulgar el año de misericordia
del Señor, un día de venganza de
nuestro Dios", dijo: "Estamos llamados
a promulgar -no solo con las palabras, sino con
la vida y con los signos eficaces de los sacramentos
el año de misericordia del Señor".
Refiriéndose al "día de venganza
de nuestro Dios", afirmó que el Señor
"ha ofrecido un comentario auténtico
a estas palabras con su muerte en la Cruz".
"La misericordia de Cristo
-continuó- no es una gracia barata, ni
supone banalizar el mal. Cristo lleva en su cuerpo
y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza
destructiva. (...) El día de la venganza
y el año de la misericordia coinciden en
el misterio pascual, en Cristo muerto y resucitado.
Esta es la venganza de Dios: El mismo, en la persona
del Hijo, sufre por nosotros".
En la segunda lectura, tomada
de la carta a los Efesios, San Pablo habla de
la "medida de la plenitud de Cristo",
a la que "estamos llamados para ser realmente
adultos en la fe. No deberíamos seguir
siendo niños en la fe, de menor edad. ¿En
qué consiste ser niños en la fe?
Responde San Pablo: significa ser "zarandeado
por cualquier corriente doctrinal. ¡Una
descripción muy actual!".
"Cuántos vientos
de doctrina hemos conocido en estas últimas
décadas, cuantas corrientes ideológicas,
cuantas modas de pensamiento. (...) La pequeña
barca del pensamiento de muchos cristianos ha
sido agitada con frecuencia por estas ondas, llevada
de un extremo al otro, del marxismo al liberalismo,
hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo
radical; del ateísmo a un vago misticismo
religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc...
Cada día nacen nuevas sectas y se cumple
lo que dice San Pablo sobre el engaño de
los seres humanos, sobre la astucia que tiende
a llevar al error. Tener una fe clara, según
el Credo de la Iglesia, se etiqueta a menudo como
fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir,
el dejarse llevar "aquí y allá
por cualquier viento de doctrina' parece la única
actitud a la altura de los tiempos que corren.
Toma forma una dictadura del relativismo que no
reconoce nada que sea definitivo y que deja como
última medida solo al propio yo y a sus
deseos".
"Nosotros, sin embargo -añadió-,
tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero
hombre. El es la medida del verdadero humanismo.
"Adulta" no es una fe que sigue las
olas de la moda y la última novedad: adulta
y madura es una fe profundamente enraizada en
la amistad con Cristo. (...) Debemos hacer madurar
esta fe adulta, y debemos guiar el rebaño
de Cristo hacia esta fe. Solo esta fe crea unidad
y se realiza en la caridad. (...) En la medida
en que nos acercamos a Cristo, también
en nuestra vida, verdad y caridad se compenetran".
El decano del colegio cardenalicio
comentó a continuación el Evangelio
de San Juan, en el que el Señor dice: "Ya
no os llamo siervos... sino que os he llamado
amigos". Cristo nos "otorga su confianza"
y "nos confía su cuerpo, la Iglesia.
Confía su verdad en nuestras débiles
mentes, en nuestras débiles manos. (...)
Nos ha hecho amigos suyos, y nosotros, ¿cómo
respondemos?", preguntó.
Tras recordar el discurso en
el que Jesús habla de dar fruto: "Os
he destinado para que vayáis y deis fruto
y vuestro fruto permanezca", el purpurado
dijo: "Debemos sentirnos animados por esta
santa inquietud: la inquietud de dar a todos el
don de la fe, de la amistad con Cristo. (...)
Hemos recibido la fe para donarla a los demás,
somos sacerdotes para servir a los demás.
Y tenemos que dar un fruto que permanezca".
"Lo único que permanece
en la eternidad es el alma humana, el ser humano
creado por Dios para la eternidad. El fruto que
permanece es lo que hemos sembrado en las almas
humanas -el amor, el conocimiento; el gesto capaz
de tocar el corazón; la palabra que abre
el alma a la alegría del Señor.
Por tanto, pidamos al Señor que nos ayude
a dar fruto, un fruto que permanezca".
El cardenal Ratzinger concluyó
pidiendo "con insistencia al Señor,
sobre todo en este momento, para que tras el gran
don del Papa Juan Pablo II, nos dé nuevamente
un pastor según su corazón, un pastor
que nos guíe al conocimiento de Cristo,
a su amor, a la verdadera alegría".
Nota:
Información y traducción del VATICAN
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