Juan Pablo II
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Juan Pablo II [16-X-1978 / 02-IV-2005]       

Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroñó

¡GRACIAS, JUAN PABLO II!


Mons. Juan José Omella Omella,
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

4 de abril de 2005

Antoine de Saint Exupéry hizo cercana y entrañable la figura de un niño, el Principito, que vino a la tierra desde un planeta lejano. En un diálogo cordial con el zorro, le dijo el muchacho al zorro: Por la noche mirarás las estrellas. No te puedo mostrar dónde se encuentra la mía, porque mi casa es muy pequeña. Será mejor así. Mi estrella será para ti una de las estrellas. Entonces te agradará mirar todas las estrellas... Todas serán tus amigas Para unos, los que viajan, las estrellas son guías. Para otros, no son más que lucecitas. Para otros, que son sabios, son problemas. Tú tendrás estrellas como nadie las ha tenido. Yo reiré en una de ellas, será para ti como si rieran todas las estrellas. ¡Tú tendrás estrellas que saben reír!

Estoy convencido de que, desde hoy, cuando miles y miles de personas miremos a las estrellas, recordaremos con emoción a este Papa, Juan Pablo II, que vino de un país lejano del Este, que supo ganarse el afecto de millones de personas en los cinco continentes del mundo y que hoy se nos ha ido a un país hermoso, allí donde no hay tristeza ni luto, ni llanto, ni dolor, donde todo es alegría sin fin.

Nació y vivió la mayor parte de su vida en un país hermoso, Polonia, que sabe, como ninguno, de sufrimiento, de persecución y de falta de libertad. En su Polonia natal forjó su personalidad; ahí aprendió a amar a los pobres, a ayudar a los inmigrantes y marginados, a entregar su vida por el Evangelio y por su pueblo. Nadie logró doblegarlo, pero él mismo se inclinaba libremente ante el dolor de los pobres y maltratados. Fue emocionante, en una de sus visitas a Polonia, oír las palabras de una mujer judía, a quien el Papa ayudó en el momento de la persecución: “Usted me atendió en momentos difíciles, Usted salvó mi vida: Gracias, Santo Padre”.

Elegido Papa a los 58 años, quiso, desde el primer momento, cumplir con profundidad y valentía el encargo recibido de Jesucristo, el Hijo de Dios: suceder a Pedro, confirmar en la fe a los hermanos. Y para ese camino echó sobre sus hombros la mochila del Concilio Vaticano II. Remó mar adentro en los textos conciliares, sin quedarse en la superficie; buceó bien hondo, tratando de sacar a la luz todas sus enseñanzas, yendo a las claves más profundas.

Algunos grupos cristianos pretendían, y siguen todavía con sus pretensiones, reinventar la Iglesia, rediseñar la Iglesia del futuro. El Papa Juan Pablo, con su actitud y sus enseñanzas, ha dicho que la Iglesia está ya inventada, aunque necesitamos creatividad, valentía y paciencia, para colaborar con el Espíritu en su necesaria y permanente renovación. La iglesia no necesita ser restaurada según el modelo de una pretendida modernidad ya caduca, aunque habrá que redescubrir y reincorporar valores evangélicos que se debilitaron en ella. La Iglesia necesita algo más que simples retoques que dejan prácticamente intactas sus brechas y sus heridas actuales. Juan Pablo II quiso implicarse en una renovación profunda, que nos condujese a todos a aceptar a Jesucristo como único Señor y a situarnos en actitud de servicio evangélico a la comunidad humana. Así lo expresó ya el primer día de su pontificado, cuando dijo en la plaza de san Pedro, en Roma: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas de vuestro corazón a Cristo, el Salvador!”. Así se lo pedía a los jóvenes que acudían a los encuentros mundiales de la juventud. Y así se lo ha pedido a toda la comunidad cristiana, al invitarle a entrar por los caminos de la santidad y de la Nueva Evangelización. Es preciso evangelizar, decía el Papa, con nuevo ardor, nuevo lenguaje y nuevos métodos.

El Papa que acaba de dejarnos ha sido un gran testigo de renovación y de empuje, atleta en las cumbres de la espiritualidad, que aprendió en el manantial de san Juan de la Cruz y de santa Teresa de Jesús, dos clásicos españoles de la vida espiritual, y atleta en la acción evangelizadora, que ha llevado a cabo hasta el final de su vida. Así ha sido y así ha vivido este Papa. Otra cosa es que los miembros de la comunidad cristiana, especialmente quienes tenemos responsabilidades en ella, no hayamos sabido secundar con valentía y generosidad todas sus enseñanzas.

Cinco años después de su elección, sufría un atentado en la plaza de san Pedro. Fue un 13 de mayo. No hemos sabido quién estaba detrás del atentado. Ni el mismo autor material supo por qué apretaba el gatillo de la pistola que llevaba en sus manos. Ese atentado debilitó la salud del Papa. Pero no pudo arrinconarlo. Hasta el último instante de su vida siguió ejerciendo el ministerio, tratando de ser signo de esperanza para los hombres y las naciones de todos los continentes. Ha sido siempre hermoso descubrir que todo lo que sucedía en el mundo, gozos y sufrimientos, tenían un eco profundo en su corazón. Defendió valientemente la paz frente a los conflictos bélicos y frente al terrible cáncer del terrorismo. No se ha cansado de pedir que, en este mundo en el que se globaliza lo económico y la técnica, no deje de globalizarse la solidaridad, de manera que pueda desaparecer el gran muro que separa a los países ricos de los pobres. El atentado sufrido en los primeros años de su pontificado, lejos de paralizarle, le hizo más sensible al sufrimiento de toda la humanidad.

Veintiséis años y seis meses ha permanecido como servidor de la comunión entre las Iglesias católicas del mundo. Sería imposible enumerar todo lo que ha hecho y ha dicho. Quedémonos con esa imagen de un hombre valiente ante las dificultades, que supo entregar su vida, agarrado a la Cruz, hasta no poder andar ni hablar. Juan Pablo II supo llevar la cruz del dolor, de la ancianidad, de la fragilidad humana, con admirable dignidad. Sólo le hicieron doblegarse y llorar los pobres de la tierra. En nuestras retinas quedarán grabadas para siempre esas imágenes del Papa inclinándose para saludar y besar a enfermos en su lecho de dolor o en sus carritos de ruedas. Qué impresionante imagen la que nos regaló la televisión el día de Pascua de este año cuando, sin poder hablar y con lágrimas en los ojos, decía adiós a todos los televidentes y a quienes estaban en la Plaza de san Pedro a la hora del ángelus. ¿No era el último adiós de un Papa que amó a los suyos, de un Papa humano que se despidió con un “hasta pronto”, “hasta el cielo”?

Quiero expresar aquí mi gratitud y, estoy seguro de ello, la de todos los cristianos de la Rioja, por el testimonio admirable de la vida y el ministerio de Juan Pablo II. Descanse en Paz este gran Papa que llevó a la Iglesia hasta el Tercer Milenio. Ojalá sepamos descubrir, cada noche, en el firmamento, su estrella, esa estrella que brillará con firmeza, unida al gran Sol que nace de lo Alto, Cristo el Señor.

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y la Calzada-Logroño

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