¡GRACIAS,
JUAN PABLO II!

Mons.
Juan José Omella Omella,
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño
4 de abril de
2005
Antoine de Saint
Exupéry hizo cercana y entrañable
la figura de un niño, el Principito,
que vino a la tierra desde un planeta lejano.
En un diálogo cordial con el zorro, le
dijo el muchacho al zorro: Por la noche mirarás
las estrellas. No te puedo mostrar dónde
se encuentra la mía, porque mi casa es
muy pequeña. Será mejor así.
Mi estrella será para ti una de las estrellas.
Entonces te agradará mirar todas las
estrellas... Todas serán tus amigas Para
unos, los que viajan, las estrellas son guías.
Para otros, no son más que lucecitas.
Para otros, que son sabios, son problemas. Tú
tendrás estrellas como nadie las ha tenido.
Yo reiré en una de ellas, será
para ti como si rieran todas las estrellas.
¡Tú tendrás estrellas que
saben reír!
Estoy convencido
de que, desde hoy, cuando miles y miles de personas
miremos a las estrellas, recordaremos con emoción
a este Papa, Juan Pablo II, que vino de un país
lejano del Este, que supo ganarse el afecto
de millones de personas en los cinco continentes
del mundo y que hoy se nos ha ido a un país
hermoso, allí donde no hay tristeza ni
luto, ni llanto, ni dolor, donde todo es alegría
sin fin.
Nació
y vivió la mayor parte de su vida en
un país hermoso, Polonia, que sabe, como
ninguno, de sufrimiento, de persecución
y de falta de libertad. En su Polonia natal
forjó su personalidad; ahí aprendió
a amar a los pobres, a ayudar a los inmigrantes
y marginados, a entregar su vida por el Evangelio
y por su pueblo. Nadie logró doblegarlo,
pero él mismo se inclinaba libremente
ante el dolor de los pobres y maltratados. Fue
emocionante, en una de sus visitas a Polonia,
oír las palabras de una mujer judía,
a quien el Papa ayudó en el momento de
la persecución: “Usted me atendió
en momentos difíciles, Usted salvó
mi vida: Gracias, Santo Padre”.
Elegido Papa
a los 58 años, quiso, desde el primer
momento, cumplir con profundidad y valentía
el encargo recibido de Jesucristo, el Hijo de
Dios: suceder a Pedro, confirmar en la fe a
los hermanos. Y para ese camino echó
sobre sus hombros la mochila del Concilio Vaticano
II. Remó mar adentro en los textos conciliares,
sin quedarse en la superficie; buceó
bien hondo, tratando de sacar a la luz todas
sus enseñanzas, yendo a las claves más
profundas.
Algunos grupos
cristianos pretendían, y siguen todavía
con sus pretensiones, reinventar la Iglesia,
rediseñar la Iglesia del futuro. El Papa
Juan Pablo, con su actitud y sus enseñanzas,
ha dicho que la Iglesia está ya inventada,
aunque necesitamos creatividad, valentía
y paciencia, para colaborar con el Espíritu
en su necesaria y permanente renovación.
La iglesia no necesita ser restaurada según
el modelo de una pretendida modernidad ya caduca,
aunque habrá que redescubrir y reincorporar
valores evangélicos que se debilitaron
en ella. La Iglesia necesita algo más
que simples retoques que dejan prácticamente
intactas sus brechas y sus heridas actuales.
Juan Pablo II quiso implicarse en una renovación
profunda, que nos condujese a todos a aceptar
a Jesucristo como único Señor
y a situarnos en actitud de servicio evangélico
a la comunidad humana. Así lo expresó
ya el primer día de su pontificado, cuando
dijo en la plaza de san Pedro, en Roma: “¡No
tengáis miedo! ¡Abrid de par en
par las puertas de vuestro corazón a
Cristo, el Salvador!”. Así se lo
pedía a los jóvenes que acudían
a los encuentros mundiales de la juventud. Y
así se lo ha pedido a toda la comunidad
cristiana, al invitarle a entrar por los caminos
de la santidad y de la Nueva Evangelización.
Es preciso evangelizar, decía el Papa,
con nuevo ardor, nuevo lenguaje y nuevos métodos.
El Papa que
acaba de dejarnos ha sido un gran testigo de
renovación y de empuje, atleta en las
cumbres de la espiritualidad, que aprendió
en el manantial de san Juan de la Cruz y de
santa Teresa de Jesús, dos clásicos
españoles de la vida espiritual, y atleta
en la acción evangelizadora, que ha llevado
a cabo hasta el final de su vida. Así
ha sido y así ha vivido este Papa. Otra
cosa es que los miembros de la comunidad cristiana,
especialmente quienes tenemos responsabilidades
en ella, no hayamos sabido secundar con valentía
y generosidad todas sus enseñanzas.
Cinco años
después de su elección, sufría
un atentado en la plaza de san Pedro. Fue un
13 de mayo. No hemos sabido quién estaba
detrás del atentado. Ni el mismo autor
material supo por qué apretaba el gatillo
de la pistola que llevaba en sus manos. Ese
atentado debilitó la salud del Papa.
Pero no pudo arrinconarlo. Hasta el último
instante de su vida siguió ejerciendo
el ministerio, tratando de ser signo de esperanza
para los hombres y las naciones de todos los
continentes. Ha sido siempre hermoso descubrir
que todo lo que sucedía en el mundo,
gozos y sufrimientos, tenían un eco profundo
en su corazón. Defendió valientemente
la paz frente a los conflictos bélicos
y frente al terrible cáncer del terrorismo.
No se ha cansado de pedir que, en este mundo
en el que se globaliza lo económico y
la técnica, no deje de globalizarse la
solidaridad, de manera que pueda desaparecer
el gran muro que separa a los países
ricos de los pobres. El atentado sufrido en
los primeros años de su pontificado,
lejos de paralizarle, le hizo más sensible
al sufrimiento de toda la humanidad.
Veintiséis
años y seis meses ha permanecido como
servidor de la comunión entre las Iglesias
católicas del mundo. Sería imposible
enumerar todo lo que ha hecho y ha dicho. Quedémonos
con esa imagen de un hombre valiente ante las
dificultades, que supo entregar su vida, agarrado
a la Cruz, hasta no poder andar ni hablar. Juan
Pablo II supo llevar la cruz del dolor, de la
ancianidad, de la fragilidad humana, con admirable
dignidad. Sólo le hicieron doblegarse
y llorar los pobres de la tierra. En nuestras
retinas quedarán grabadas para siempre
esas imágenes del Papa inclinándose
para saludar y besar a enfermos en su lecho
de dolor o en sus carritos de ruedas. Qué
impresionante imagen la que nos regaló
la televisión el día de Pascua
de este año cuando, sin poder hablar
y con lágrimas en los ojos, decía
adiós a todos los televidentes y a quienes
estaban en la Plaza de san Pedro a la hora del
ángelus. ¿No era el último
adiós de un Papa que amó a los
suyos, de un Papa humano que se despidió
con un “hasta pronto”, “hasta
el cielo”?
Quiero expresar
aquí mi gratitud y, estoy seguro de ello,
la de todos los cristianos de la Rioja, por
el testimonio admirable de la vida y el ministerio
de Juan Pablo II. Descanse en Paz este gran
Papa que llevó a la Iglesia hasta el
Tercer Milenio. Ojalá sepamos descubrir,
cada noche, en el firmamento, su estrella, esa
estrella que brillará con firmeza, unida
al gran Sol que nace de lo Alto, Cristo el Señor.
+ Juan José
Omella Omella
Obispo de Calahorra y la Calzada-Logroño