Comunicado
del Obispo de Córdoba ante la muerte
del Papa

Mons.
Juan José Asenjo Pelegrina,
Obispo de Córdoba
El Santo Padre
Juan Pablo II acaba de fallecer en la Ciudad
del Vaticano confortado por la cercanía del
Señor, el cariño y la plegaria de los católicos
de todo el mundo y el respeto de millones de
hombres y mujeres de buena voluntad.
Al mismo tiempo
que comunico oficialmente a la Diócesis esta
noticia, no por esperada menos triste, como
Obispo de esta Iglesia particular, sucesor de
los Apóstoles y miembro del Colegio Episcopal
del que el Papa es cabeza, exhorto encarecidamente
a todos los fieles a que manifestéis vuestro
amor filial al Papa rezando por él. Para los
cristianos la caridad fraterna se prolonga tras
la muerte, haciéndose súplica ferviente en favor
de los difuntos. Pidamos a Dios nuestro Señor,
como nos enseña la liturgia, que el Papa Juan
Pablo II, Pastor universal de la Iglesia durante
más de veintiséis años, sea ahora recibido en
la gloria por Jesucristo, de quien ha sido su
Vicario en la tierra, y reciba del supremo Pastor
la corona de gloria que no se marchita (1 Ped
5,4).
A los sufragios
por el eterno descanso del Papa, que se celebrarán
en todas las parroquias y comunidades eclesiales
en los próximos días y al funeral solemne que
tendrá lugar en la Catedral de Córdoba en la
fecha que se dará a conocer oportunamente, unimos
nuestra plegaria de acción de gracias a Dios
por todos los dones que ha concedido a la Iglesia
y al mundo a través de la figura excepcional
y egregia del Papa Juan Pablo II. En ellos reconocemos
un signo del amor providente de Dios y el fruto
más preciado de la comunión de los Santos.
Queridos diocesanos:
mientras el Santo Padre Juan Pablo II se encamina
al encuentro definitivo con Jesucristo, al que
ha amado y servido apasionadamente en su Iglesia,
nos deja su doctrina y el testimonio de la entrega
de su vida hasta el último aliento a su misión
de Pastor. En estos momentos creo muy oportuno
recordaros unas palabras de su primera encíclica,
Redemptor Hominis , escrita pocos meses
después del inicio de su Pontificado en aquel
inolvidable 16 de octubre de 1978: "la única
orientación del espíritu, la única dirección
del entendimiento, de la voluntad y del corazón
es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor
del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo.
A Él nosotros queremos mirar, porque sólo en
Él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la
afirmación de Pedro `Señor, a quién iríamos.
Sólo Tú tienes palabras de vida eterna'" (n.7).
La vida entera de Juan Pablo II ha sido la mejor
rúbrica de estas hermosas palabras, que sintetizan
todo su pontificado. Acojámoslas en esta hora
como su mejor legado, como su testamento, como
orientación fundamental para nuestra vida cristiana
personal y también para la vida de nuestras
comunidades.
El Papa ha muerto
en los compases finales de la octava de la Pascua
de Resurrección, cuando toda la Iglesia se alegra
por la victoria de Cristo sobre la muerte, que
es el fundamento más firme de nuestra fe y de
nuestra esperanza en la resurrección de los
muertos. Pidamos a Dios que en el encuentro
con el Resucitado experimente la alegría de
la plena posesión de la verdad, en la cual ha
confirmado a toda la Iglesia durante su vida
con tanta fidelidad, valentía y nitidez.
Pidamos también
por la Iglesia, huérfana en estos días de su
Padre y Pastor, confiados en la promesa del
Señor: "Yo estoy con vosotros todos los
días hasta la consumación del mundo" (Mt
28,20).
Córdoba,
2 de abril de 2005