Carta
del Cardenal-Arzobispo a los fieles de la Archidiócesis
de Madrid

Cardenal
Antonio Mª Rouco Varela,
Cardenal-Arzobispo de Madrid
Madrid, 02 de
abril de 2005
Mis queridos
hermanos y hermanas en el Señor:
El Papa ha muerto,
ha llegado ya al umbral de la Casa del Padre
para el definitivo encuentro con Jesucristo
Resucitado. Así lo esperamos firmemente
y así lo pedimos fervientemente al Señor
a quien ha servido como su Vicario y como buen
Pastor de su Iglesia con entrega y amor admirables
durante más de un cuarto de siglo. Se
lo confirmamos a María, Madre del Señor
y Madre nuestra, la Reina del Cielo, a la que
Juan Pablo II dedicó su vida y consagró
su ministerio con ternura filial, declarándose
“todo tuyo” –“Totus
tuus”-.
Si ha vivido
con Cristo, abrazado a su Cruz, muriendo constantemente
con Él para servir mejor a su Iglesia
y a los hombres, también habrá
resucitado ya con Él. Sí, es lícito
afirmar a la luz de la biografía del
Santo Padre, sobre todo desde el momento de
su elección como Sucesor de Pedro hasta
estos últimos días de su cruel
enfermedad, que no vivió para sí
mismo, que vivió siempre para el Señor
y que muere para Él: ¡verdaderamente
en la vida y en la muerte ha sido y es del Señor!
(cfr. Rom 14 7-9). Más aún, todo
lo que nuestro recuerdo vivo -¡el recuerdo
de los hijos!- nos trae a la memoria de su Pontificado,
heroico y martirial como los de la primera hora
del Papado, nos obliga a sostener que el Papa
de este tiempo nuestro, el del paso del segundo
milenio al tercer milenio de la era cristiana,
no vaciló nunca en mantener viva la respuesta
afirmativa a Jesús, ya Resucitado, que
le preguntó el día de su elección
igual que a Pedro a la orilla del lago de Genesaret:
“¿me amas más que a éstos?”
Efectivamente lo que sabemos de la vida y ministerio
de Juan Pablo II, todo nuestra experiencia de
hijos de la Iglesia vivida con él, el
Vicario de Cristo para los años más
decisivos de nuestra vida, es revelación
conmovedora de un Sí de amor a Jesucristo
nunca desmentido, afirmado y renovado desde
lo más hondo del alma, siempre más
y más. En ese amor a Cristo profesado
y confesado con una intensidad interior y con
una valentía exterior excepcionales se
encuentra la clava de su Pontificado, o lo que
es lo mismo, la clave para entender su modo
y forma de cumplir con el mandato del Señor
“¡apacienta mis ovejas1”:
sumamente cercana, cálidamente próxima
¡tan humana y tan sobrenatural a la vez!
Juan Pablo se
propuso desde el primer día de su ministerio
pastoral que los hombres del mundo contemporáneo,
por tantas razones atormentados, amedrentados
y dolidos, no tuviesen miedo: ¡que le
abriesen las puertas a Cristo! ¡de par
en par!: las de su corazón, las de sus
familias, las de su pueblo, las de toda la humanidad.
Así se explica ese Papa amigo del hombre,
de los hombres concretos de nuestro tiempo,
de los más pobres y afligidos en el alma
y en el cuerpo; ese Papa amigo de la verdadera
paz que la opinión pública mundial
destaca y reconoce en esta hora decisiva de
su encuentro con el Señor Resucitado,
Jesús Misericordioso, Juez de vivos y
muertos. Así se explica también
que su presencia en todos los lugares de la
tierra y su palabra ardiente de testigo insobornable
de Jesucristo -¡hasta el martirio!- y
de maestro luminoso de la fe encendiese con
tanto fulgor la esperanza en la Iglesia y en
el mundo y que sus casi tres décadas
de ministerio apostólico significasen
una proclamación constante del Evangelio
de tal modo, que resonase en todos los rincones
de la tierra como un canto firme de la esperanza
en la victoria del Señor Resucitado:
de su misericordia, de su gracia y de su gloria
en el tiempo y en la eternidad. Una victoria
operante ya en su Iglesia por la efusión
del Espíritu Santo y por el testimonio
de sus santos y de sus mártires, visibles
en toda la geografía del planeta; victoria
que hemos podido experimentar y podemos constatar
también de la mano del Papa en la Iglesia
que se ha adentrado ya en una nueva época
de la historia: la del Tercer Milenio Cristiano.
Nuestras plegarias,
las de toda la Archidiócesis de Madrid,
se funden con las de la Iglesia extendida por
todo el Universo para que la esperanza de la
Gloria se haya convertido en realidad poseída
por nuestro muy querido Juan Pablo II: ¡qué
el Señor Jesús, el Resucitado,
haya acogido a su siervo fiel y solícito
por toda la eternidad en la Asamblea de los
Ángeles y los Santos!
¡Sabemos
que Jesucristo, el Señor y Esposo de
la Iglesia, no la abandona nunca! Nuestro corazón
sabe también con la certeza, nacida del
don de la sabiduría, que a nuestro lado
vela María, su Madre y Madre nuestra,
para que no le falte nunca a la Iglesia el servicio
fiel del Vicario de su Hijo, dispuesto igualmente
que Pedro a “amarle más que a éstos”
y “apacentar sus ovejas” hasta dar
la vida por Él y por ellas.
Con todo
afecto y mi bendición
Cardenal Antonio
Mª Rouco Varela,
Cardenal-Arzobispo de Madrid