Juan Pablo II
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Juan Pablo II [16-X-1978 / 02-IV-2005]       

Carta del Arzobispo de Oviedo


Mons. Carlos Osoro Sierra,
Arzobispo de Oviedo

UN HOMBRE DE DIOS PASÓ POR AQUÍ
A JUAN PABLO II CON GRATITUD

Oviedo, 2 de abril de 2005

Juan Pablo II, al asumir la cátedra de Pedro, sabía que los hombres tenemos hambre de Dios y por eso dedicó toda su vida a saciar esa hambre a lo largo de todo su pontificado, desde octubre 1978 hasta este 2 de abril de 2005. Pero él lo había hecho desde siempre, siendo joven cristiano y fue esta necesidad de quitar el hambre de Dios lo que le hace escuchar su llamada al ministerio sacerdotal. ¡Cuántas veces en su ministerio siendo aún sacerdote y viendo la existencia de tantos hombres y mujeres apartados de Dios, había recordado aquellos versos de un poeta ruso, que tenía el extraño título de “Oración de un ateo”! Y la recordaba porque siempre vio el Santo Padre el hambre de Dios que tiene este mundo. Los versos dicen: “Te suplico, Dios mío,/ trata de existir al menos un poco para mí./ Lo grito, lo…/ ¡Padre mío!/ Te lo suplico con lágrimas:/ ¡existe!”. Esto es lo que en el fondo del corazón de todo ser humano late y de maneras diversas se dice. Y el Papa lo sabía muy bien. Por eso su empeño en ser testigo y en dar a conocer a Jesucristo.

Juan Pablo II sintió con tal fuerza la misión de anunciar al Señor y la necesidad de quitar el hambre de Dios a todos los hombres, que deseó culminar sus estudios de teología con una tesis de un hombre de experiencia de Dios, de un místico, San Juan de la Cruz, el poeta de la Noche oscura y del enamoramiento de Dios. Había unos versos que al Papa llenaban su corazón: “Oh noche que me has guiado;/ oh, noche más amable que la aurora;/ oh, noche que has unido al Amado con la amada”. La tesis a la que había dedicado tanto tiempo, no era sólo una investigación científica, era una necesidad de acercarse a un hombre como San Juan de la Cruz, que le hiciera percibir el enamoramiento de Dios, para así prestar la vida y dar a conocer a este Dios que se nos ha revelado en Jesucristo. Desde aquí, se entienden las poesías del Santo Padre cuando se refiere a Jesucristo: “No estáis solos en vuestro camino./ Jamás, ni siquiera en un instante, / se separa de vosotros mi mirada”.

¡Qué bello ha sido todo su mensaje! Tantos años hablándonos de lo que casi nadie se atreve a decir: la dignidad de la persona humana, que la tiene absoluta, puesto que está en relación directa con el Absoluto; la atención que ha prestado y ha querido que toda la Iglesia preste a las instituciones primarias como el matrimonio, la familia, célula básica de la sociedad. Nos ha dicho de manera muy clara y valiente que no se puede subordinar la dignidad de la persona, del matrimonio y de la familia, solamente a los elementos políticos o económicos, o incluso a simples opiniones de posibles grupos de presión, aunque sean importantes. Nos animó siempre hasta el último instante de su vida a ser promotores siempre de la cultura de la vida, puesto que todo atentado contra la vida es una forma de negación de la dignidad personal del hombre que desfigura a la humanidad y a la solidaridad entre los seres humanos. ¡Qué fuerza ha tenido su mensaje sobre la vida y ministerio de los sacerdotes, la vida consagrada, la misión de los laicos! ¡Qué grandeza de espíritu ha manifestado, cuando nos ha regalado el Catecismo de la Iglesia Católica o la legislación para la Iglesia en su empeño de anunciar a Jesucristo en el Nuevo Código de Derecho Canónico!

¡Qué bello es su mensaje expresado en gestos, palabras, testimonios, en cuanto a sus deseos de unidad entre todos los cristianos, de justicia y de paz entre y para todos los hombres! Sentía en su propia carne la laceración de la unidad del Cuerpo de Cristo, por eso tuvo el atrevimiento de pedirla tantas veces, de realizar tantos encuentros, de buscar tantos diálogos, de frecuentar tantos encuentros de oración para pedir la unidad. Pero de igual manera sintió que los seres humanos necesitamos de la paz. Con cuanta fuerza pidió en todos los foros y también a Dios por la paz. Su gran deseo es que la humanidad fracturada y enfrentada fuese una única familia. El deseo de que Cristo fuese conocido era por la imagen que el Papa Juan Pablo II deseaba que tuviera el ser humano en este s. XXI, la de quien custodia una paz justa y duradera, la de quien entra en diálogo con todos los demás, la de quien pone fin a todos los conflictos, tensiones, viejas y nuevas rivalidades, la de quien rechaza el racismo, la xenofobia. Él sabe que esto será resultado de acoger a Cristo resucitado en la propia vida y así se verá la tierra inundada por el esplendor de la Resurrección

Creyó en la misericordia de Dios que ahora todos pedimos para él. Siempre nos exhortó: “Continuemos abandonados con confianza a la bondad del Señor, Él no dejará de tratarnos con misericordia”. ¡Cuántas veces gritó Juan Pablo II que Dios es amor! En Belén, para decirlo con San Pablo “había aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador”(Tim 2, 11), que un poeta ha traducido estas palabras diciendo: “ha aparecido la gentileza de Dios”. El Santo Padre, nos dijo en más de una ocasión que Belén enseñaba a descubrir, a conocer que lo constitutivo de Dios es Amor. Dios estaba hecho de amor. Un amor que se dejaba hacer lo que se quisiera: se podía incluso crucificarlo, renegarlo, rechazarlo, pero permanecía dispuesto siempre a esperar a cada persona humana, tal como había esperado a Pedro, el primer Papa, tras el canto del gallo. En esta confianza ha entregado su vida Juan Pablo II a Dios.

Descanse en paz el Papa que nos enseñó a descansar y a proyectar nuestra vida en Dios y que escribió en la Carta “a mis hermanos y hermanas ancianos”, desvelando su intimidad estas palabras: “Tengo una gran paz, cuando pienso en el momento en que el Señor me llamará: ¡de vida en vida! Por eso brota de mis labios, sin sombra de tristeza, una oración que el sacerdote recita tras la celebración de la Eucaristía: en la hora de mi muerte, llámame y mándame ir a Ti”.

A quien tanto te amó, Santina de Covadonga, y con tanta hondura te invocó en la cueva de Covadonga, ruega por él y por nosotros, “ahora y en la hora de nuestra muerte”. Amén.

Carlos Osoro Sierra,
Arzobispo de Oviedo

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