Carta
del Arzobispo de Oviedo

Mons. Carlos Osoro Sierra,
Arzobispo de Oviedo
UN HOMBRE
DE DIOS PASÓ POR AQUÍ
A JUAN PABLO II CON GRATITUD
Oviedo, 2 de abril
de 2005
Juan Pablo II,
al asumir la cátedra de Pedro, sabía
que los hombres tenemos hambre de Dios y por
eso dedicó toda su vida a saciar esa
hambre a lo largo de todo su pontificado, desde
octubre 1978 hasta este 2 de abril de 2005.
Pero él lo había hecho desde siempre,
siendo joven cristiano y fue esta necesidad
de quitar el hambre de Dios lo que le hace escuchar
su llamada al ministerio sacerdotal. ¡Cuántas
veces en su ministerio siendo aún sacerdote
y viendo la existencia de tantos hombres y mujeres
apartados de Dios, había recordado aquellos
versos de un poeta ruso, que tenía el
extraño título de “Oración
de un ateo”! Y la recordaba porque siempre
vio el Santo Padre el hambre de Dios que tiene
este mundo. Los versos dicen: “Te suplico,
Dios mío,/ trata de existir al menos
un poco para mí./ Lo grito, lo…/
¡Padre mío!/ Te lo suplico con
lágrimas:/ ¡existe!”. Esto
es lo que en el fondo del corazón de
todo ser humano late y de maneras diversas se
dice. Y el Papa lo sabía muy bien. Por
eso su empeño en ser testigo y en dar
a conocer a Jesucristo.
Juan Pablo II
sintió con tal fuerza la misión
de anunciar al Señor y la necesidad de
quitar el hambre de Dios a todos los hombres,
que deseó culminar sus estudios de teología
con una tesis de un hombre de experiencia de
Dios, de un místico, San Juan de la Cruz,
el poeta de la Noche oscura y del enamoramiento
de Dios. Había unos versos que al Papa
llenaban su corazón: “Oh noche
que me has guiado;/ oh, noche más amable
que la aurora;/ oh, noche que has unido al Amado
con la amada”. La tesis a la que había
dedicado tanto tiempo, no era sólo una
investigación científica, era
una necesidad de acercarse a un hombre como
San Juan de la Cruz, que le hiciera percibir
el enamoramiento de Dios, para así prestar
la vida y dar a conocer a este Dios que se nos
ha revelado en Jesucristo. Desde aquí,
se entienden las poesías del Santo Padre
cuando se refiere a Jesucristo: “No estáis
solos en vuestro camino./ Jamás, ni siquiera
en un instante, / se separa de vosotros mi mirada”.
¡Qué
bello ha sido todo su mensaje! Tantos años
hablándonos de lo que casi nadie se atreve
a decir: la dignidad de la persona humana, que
la tiene absoluta, puesto que está en
relación directa con el Absoluto; la
atención que ha prestado y ha querido
que toda la Iglesia preste a las instituciones
primarias como el matrimonio, la familia, célula
básica de la sociedad. Nos ha dicho de
manera muy clara y valiente que no se puede
subordinar la dignidad de la persona, del matrimonio
y de la familia, solamente a los elementos políticos
o económicos, o incluso a simples opiniones
de posibles grupos de presión, aunque
sean importantes. Nos animó siempre hasta
el último instante de su vida a ser promotores
siempre de la cultura de la vida, puesto que
todo atentado contra la vida es una forma de
negación de la dignidad personal del
hombre que desfigura a la humanidad y a la solidaridad
entre los seres humanos. ¡Qué fuerza
ha tenido su mensaje sobre la vida y ministerio
de los sacerdotes, la vida consagrada, la misión
de los laicos! ¡Qué grandeza de
espíritu ha manifestado, cuando nos ha
regalado el Catecismo de la Iglesia Católica
o la legislación para la Iglesia en su
empeño de anunciar a Jesucristo en el
Nuevo Código de Derecho Canónico!
¡Qué
bello es su mensaje expresado en gestos, palabras,
testimonios, en cuanto a sus deseos de unidad
entre todos los cristianos, de justicia y de
paz entre y para todos los hombres! Sentía
en su propia carne la laceración de la
unidad del Cuerpo de Cristo, por eso tuvo el
atrevimiento de pedirla tantas veces, de realizar
tantos encuentros, de buscar tantos diálogos,
de frecuentar tantos encuentros de oración
para pedir la unidad. Pero de igual manera sintió
que los seres humanos necesitamos de la paz.
Con cuanta fuerza pidió en todos los
foros y también a Dios por la paz. Su
gran deseo es que la humanidad fracturada y
enfrentada fuese una única familia. El
deseo de que Cristo fuese conocido era por la
imagen que el Papa Juan Pablo II deseaba que
tuviera el ser humano en este s. XXI, la de
quien custodia una paz justa y duradera, la
de quien entra en diálogo con todos los
demás, la de quien pone fin a todos los
conflictos, tensiones, viejas y nuevas rivalidades,
la de quien rechaza el racismo, la xenofobia.
Él sabe que esto será resultado
de acoger a Cristo resucitado en la propia vida
y así se verá la tierra inundada
por el esplendor de la Resurrección
Creyó
en la misericordia de Dios que ahora todos pedimos
para él. Siempre nos exhortó:
“Continuemos abandonados con confianza
a la bondad del Señor, Él no dejará
de tratarnos con misericordia”. ¡Cuántas
veces gritó Juan Pablo II que Dios es
amor! En Belén, para decirlo con San
Pablo “había aparecido la bondad
de Dios, nuestro Salvador”(Tim 2, 11),
que un poeta ha traducido estas palabras diciendo:
“ha aparecido la gentileza de Dios”.
El Santo Padre, nos dijo en más de una
ocasión que Belén enseñaba
a descubrir, a conocer que lo constitutivo de
Dios es Amor. Dios estaba hecho de amor. Un
amor que se dejaba hacer lo que se quisiera:
se podía incluso crucificarlo, renegarlo,
rechazarlo, pero permanecía dispuesto
siempre a esperar a cada persona humana, tal
como había esperado a Pedro, el primer
Papa, tras el canto del gallo. En esta confianza
ha entregado su vida Juan Pablo II a Dios.
Descanse en
paz el Papa que nos enseñó a descansar
y a proyectar nuestra vida en Dios y que escribió
en la Carta “a mis hermanos y hermanas
ancianos”, desvelando su intimidad estas
palabras: “Tengo una gran paz, cuando
pienso en el momento en que el Señor
me llamará: ¡de vida en vida! Por
eso brota de mis labios, sin sombra de tristeza,
una oración que el sacerdote recita tras
la celebración de la Eucaristía:
en la hora de mi muerte, llámame y mándame
ir a Ti”.
A quien tanto
te amó, Santina de Covadonga, y con tanta
hondura te invocó en la cueva de Covadonga,
ruega por él y por nosotros, “ahora
y en la hora de nuestra muerte”. Amén.
Carlos Osoro Sierra,
Arzobispo de Oviedo