SIERVO
DE DIOS BUENO Y FIEL

Mons.
Fernando Sebastián Aguilar,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela
Entre los muchos
modos de llamar al Papa él prefería
éste”Siervo de los siervos de Dios”.
Quiso entregar su vida al servicio del Señor,
primero como sacerdote, y luego como obispo
y papa. En estos ministerios encontró
la mejor manera de servir a los hermanos, a
su patria, al mundo entero.
Si ahora ponderamos
su obra no es por afanes de grandeza, sino para
comprender mejor el hoy de la Iglesia y del
mundo, para no ser víctimas de las críticas
injustas y presuntuosas que nos deforman la
realidad.
Cuando lo eligieron
Papa estaba ya empeñado en fortalecer
la fe de su pueblo, convencido de que así
les ayudaba también a defender su identidad
y su libertad frente a las agresiones y opresiones
de los comunistas. Al ocupar la Sede de Roma,
este compromiso se hizo más amplio y
más fuerte.
Sobre este
primer empeño tuvo que afrontar enseguida
la dura tarea de clarificar la confusa situación
de la Iglesia en aquellos primeros años
del posconcilio. Como consecuencia de esta labor,
desde fuera y desde dentro de la Iglesia, le
vinieron enseguida las críticas de conservador
e intransigente. Desde algunos ambientes españoles
con especial dureza. Había quien pensaba
que para evangelizar al mundo de hoy, la Iglesia
tenía que pactar y condescender con las
opiniones y los gustos de la cultura dominante,
mejor dicho, mejor dicho, con las opiniones
y los deseos de quienes dominaban y manipulaban
la cultura. El sabía que la credibilidad
y la eficacia de la Iglesia radica en la fidelidad,
en el amor y en la verdad, no precisamente en
la complacencia.
Juan Pablo
II asumió decididamente la tarea de aplicar
las enseñanzas del Concilio a la vida
de la Iglesia. En esta línea se han ido
sucediendo los Sínodos con las respectivas
Exhortaciones Apostólicas, que son el
mejor comentario y ampliación de la doctrina
y las sugerencias conciliares, la colegialidad
episcopal, el ministerio sacerdotal y episcopal,
la vida consagrada y la vocación de los
fieles seglares, el sacramento de la penitencia,
las necesidades específicas de las Iglesias
de cada continente. La promulgación del
nuevo Código de Derecho canónico
y del Catecismo de la Iglesia católica
se inscriben en esta misma dirección.
En su magisterio
el Papa quiso recuperar y vitalizar las enseñanzas
fundamentales de nuestra fe, nuestras relaciones
con la Santa Trinidad, el valor permanente y
universal del mensaje y de la redención
de Jesucristo, la relación entre la razón
y la iluminación de la fe, los fundamentos
de la conciencia y de la vida moral, la dignidad
y el valor de la vida y del trabajo de los hombres.
La fe en el valor del Evangelio de Jesús
y su amor apasionado por todo lo humano le hicieron
acercarse con la luz del evangelio a todas las
oscuridades de la vida contemporánea,
manteniendo una relación dialéctica,
directa y leal, tensa a veces, con la cultura
contemporánea en asuntos de primera importancia,
como los derechos de la persona, el respeto
a la vida humana en cualquier circunstancia,
las exigencias de la justicia internacional,
primacía del bien común y de la
paz, la necesidad de favorecer la renovación
espiritual y moral de los cristianos y de la
sociedad en general. Su convocatoria para una
nueva evangelización del viejo occidente
cristiano es el inicio de una nueva época
eclesial y apostólica. Este magisterio,
profundo, exigente, sincero y directo, ha sido
acogido con gratitud por muchos, pero ha provocado
también duras incomprensiones y rechazos.
Ahora, lo importante
es recoger y aprovechar esta herencia, verdadero
don de Dios para la Iglesia y para cada uno
de nosotros. Nos queda el ejemplo de su piedad
y de su amor al Señor Jesús, el
vigor y la eficacia de su fe, el ejemplo de
la entereza, la fidelidad y la generosidad de
un gran hombre, un gran cristiano, un gran ministro
y servidor del Señor. Que por eso mismo
ha sido también un gran servidor de la
Iglesia y del mundo.
Nos queda también
el ejemplo de su confianza plena en la vigencia
y el valor del evangelio de Jesús, conservado
y ofrecido por la Iglesia, precisamente en este
tiempo, en este mundo, para la humanidad de
hoy y de mañana. Su pensamiento, su estilo
personal era directo, verdadero, poniendo el
dedo en la llaga, con mucho amor, pero con entera
verdad. El amor le hacía ser sincero
y exigente, sin someterse a las exigencias de
la complacencia. En su conducta y en sus escritos
hay toda una pedagogía evangélica
y cristiana de la evangelización. De
palabra y de obra quiso convencernos de que
no hace falta disentir de la Iglesia para hacer
el bien en nuestro mundo.
Su mejor lección
podría ser la síntesis entre tradición
e innovación, mística y acción.
Juan Pablo II era un hombre tradicional, arraigado
espiritualmente en la tradición cristiana,
los Evangelios, los Santos Padres, la buena
escolástica, las vidas y los ejemplos
de los santos. Pero a la vez, desde esta vivencia
de la tradición cristiana, misionera
y universalista, se sentía movido a salir
al encuentro del mundo, de las personas, de
las instituciones sociales y políticas,
de las confesiones y religiones, se acercaba
a los problemas más vivos y duros del
momento para ofrecer la verdad del evangelio
de Jesús y la vida nueva de su Espíritu.
Supo ser un hombre de su tiempo y de su mundo,
sin dejar de ser un hombre de Dios, de Jesús
y de la Iglesia.
Mirando más
allá del hombre Carol Wojtila, tenemos
que agradecer a Dios el don de su Iglesia, y
en ella el del ministerio de Pedro y de sus
sucesores, garantía de unidad y cátedra
de la verdad de Dios para la salvación
el mundo. Damos gracias a Dios por su Iglesia,
por su continua asistencia, por este don del
ministerio pontificio que nos ayuda a mantener
la identidad de la fe y a renovar continuamente
su eficacia, para nuestra salvación,
para la salvación del mundo. Juan Pablo
II ha sido grande sirviendo la grandeza de este
ministerio universal. Dios cuidará de
darnos pronto otro Papa, tal como la Iglesia
y el mundo lo necesitan. Recemos por él.
Lo recibiremos con confianza y gratitud.
+ Fernando Sebastián
Aguilar
Arzpo. Pamplona, Obpo. Tudela
2 de abril
de 2005