Juan Pablo II
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Juan Pablo II [16-X-1978 / 02-IV-2005]       

Carta del Obispo de Plasencia


Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

LAS DOS PASIONES DEL PAPA

Algunos medios de comunicación mostraban en sus portadas impresas o electrónicas, cuando ya su muerte era prácticamente esperada, una preciosa imagen de Juan Pablo II a las puertas de la eternidad: se veía su silueta en actitud de caminante y en el horizonte un sol, abierto al infinito, que anuncia un lugar más luminoso. Nos invitaban así a imaginarnos lo que iba a ocurrir a las 21horas, 37 minutos del día 2 de Abril: el Papa dio el salto hacia ese mundo de luz, tras el que está el rostro del mismo Dios, que él vio aquí por la fe, pero aún velado por su condición mortal, y ya contempla en su asombrosa claridad.

Ahora conoce en todo su esplendor esa Verdad que tanto le fascinó y que con tanto ardor supo mostrar y defender en su tarea de Pastor universal de la Iglesia frente al relativismo ambiental. Ahora ya constata cuáles son las raíces profundas de la verdad del hombre, ya sabe que ésta crece desde el propio misterio de Dios, al que le dedicó las más sólidas y bellas reflexiones en su primeras encíclicas. La verdad de Dios y la verdad del hombre fue la gran pasión de Juan Pablo II, y todo su magisterio es un despliegue de este amor apasionado por esa fuente que es Dios y esa sed por Él que siente el ser humano.

Es cierto que Juan Pablo II es Papa de masas y gestos, que es seguido con igual fervor por hombres y mujeres de todas las generaciones y es amado y escuchado en todo el planeta; pero su atractivo no estaba sólo en su capacidad personal de embelesar, sino en que ofreció mejor que nadie sentido a la existencia humana. Aunque sus palabras eran bellas y estimulantes, no eran palabras vacías ni sus discursos demagógicos, siempre eran un estímulo a buscar la verdad desde la Verdad misma. Su magisterio está lleno de hondura teológica, espiritual y de un profundo humanismo que ahonda en el ser de hombre como criatura de Dios y como aquel que descubre su verdadera identidad cuando se sabe injertado en Cristo. Es por eso que el tronco de su doctrina se forma en la bondad de Dios Padre, al que presentó como Rico en Misericordia (Dives in Misericordia); en la generosidad de Cristo, al que anunció como Redentor del Hombre (Redemptor Hominis); y en la comunión del Espíritu Santo, al que ofreció como Señor y Dador de Vida (Dominun ete Vivificantem). De esa fuente profunda y cristalina, en la que se refleja y se bebe la Verdad plena, nos acostumbró a beber a lo largo de sus años de pontificado.

Si la base del ministerio petrino de Juan Pablo II siempre ha estado en el misterio de Dios, no se ha olvidado nunca de que el hombre es el destinatario del amor que ese misterio destila. Por eso este Pastor, que nos ha guiado en la fe católica, jamás se ha alejado del hombre y sus problemas. Los asuntos que más afectan a la vida de los seres humanos han sido objeto de su palabra paterna, amiga, maestra y servidora: la vida de sus contemporáneos ha sido su pasión más profunda, pero sin rebajar jamás ni un gramo el proyecto de Dios para ellos, consciente de que sólo de ese modo era también fiel al hombre. Quizás haya decepcionado las pretensiones de algunos, pero ha sido siempre fiel en anunciar y defender el evangelio de la vida (Evangelium Vitae). Los tiempos de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, y el amor, el matrimonio, la procreación, la familia, etc, han sido presentados por el Papa como algo hermoso, digno y bueno para el hombre y la mujer de nuestro tiempo. Ha sabido decir que todo es buena noticia, si se cumple el plan del Creador y se vive como vocación en Cristo.

Apoyado siempre en la Verdad, ha enseñado, más allá de donde no han sabido o no han querido llegar los poderosos de la tierra, la doctrina social de la Iglesia: el servicio al pobre, el desarrollo de los pueblos, la solidaridad entre las naciones, la denuncia de las injusticias en un mundo globalizado, la propuesta de la civilización del amor y de un nuevo orden internacional o su incansable defensa de la paz, han encontrado en este Papa a su promotor más atrevido. Juan Pablo II nos ha enseñado a los católicos, y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que han querido escucharle, a mirar el mundo como un proyecto que ha de ir mucho más lejos en derechos, libertades, justicia y solidaridad, de lo que prevén los esquemas económicos y políticos, esos que reducen las relaciones a intereses; porque lo que él propone nace del esquema del Evangelio, que consolida las relaciones en el amor y el servicio.

Podría seguir con multitud de teselas del mosaico que forma la polifacética figura de quien ha servido a la Iglesia y al mundo como Pastor universal a lo largo de estos veintiséis años, y en los que ha ido poniendo matices que se han ido convirtiendo el lemas y modos de vida para quienes le han seguido y han visto en él un líder mundial. Pero esta pluralidad en la riqueza de la figura de Juan Pablo II no nos puede llevar a pensar que se trata de un ser humano disperso; al contrario, ha sido un ejemplo de lealtades inquebrantables, de verdades sólidas, de aspiraciones firmes, de convicciones seguras, sin importarle demasiado las críticas que ha tenido que soportar de los que pensaban que se quedaba corto o las que no le han faltado de los que opinaban que iba demasiado lejos.

La fundamental convicción de su ministerio fue su amor a Cristo, pero siempre unido a su pasión por el hombre. Así lo puso de relieve en su primera homilía al pueblo cristiano: en sus palabras quedó claro que para él no hay una pasión sin la otra: “No tengáis miedo. Abrid las puertas de par en par a Cristo”. Esta frase, en la que adelanta el programa de su papado, es pura esencia, no hay en ella la más mínima concesión a la retórica. Juan Pablo II conoce muy bien al hombre, en sí mismo y en sus conciudadanos polacos y europeos; sabe de sus miedos, de sus preocupaciones, de sus inseguridades, y sabe que aspira y busca, a veces sin saberlo; pero está temeroso de abrir las puertas, porque ha sufrido profundos desengaños a lo largo del convulso y apasionante siglo XX. Y, porque conoce al hombre y sabe lo que necesita, le ofrece a Jesucristo, la única esperanza, el único que puede quitar miedos, con tal de que se le dejen abiertas las puertas para que entre.

Pero es en los jóvenes donde el Papa juvenil ve realizada la esperanza de Cristo: como amigo, hermano mayor, padre o abuelo siempre los ha atraído y se ha dejado atraer por ellos. Les ha llamado “centinelas del mañana”, porque espera que los jóvenes hagan el mundo que él soñó. Para los jóvenes el Papa Wojtyla no ha muerto, ahora ellos son Juan Pablo II, como él mismo se lo pidió al comienzo de su pontificado: “Vosotros sois el porvenir y la esperanza de la Iglesia, sois mi esperanza”. Ellos van a trabajar a partir de ahora, siguiendo sus huellas, en su proyecto de hombre y de mundo. Ojalá sea así, encarnado en un mundo nuevo hecho por los jóvenes de hoy, como este extraordinario Papa pase a la historia.

A todo su ministerio apostólico le ha dado unidad su conciencia misionera. Este “atleta de Dios”, como alguien le calificó, se ha dado hasta el último “Amén” en el servicio al Evangelio. Se ha gastado día a día, viaje a viaje, sufrimiento a sufrimiento, con un incansable ardor, con unos nuevos medios de ejercer ministerio de Pedro y con ricas y novedosas expresiones de servicio en la Iglesia, para llevar a todos los rincones del mundo la nueva evangelización, que él mismo ha promovido desde un profundo conocimiento del mundo moderno, de sus necesidades y posibilidades. Pocos han tenido un sentido de la historia como el suyo y, por supuesto, nadie ha sido tan consciente como Juan Pablo II de que la historia tiene un eje que marca su ritmo y orienta sus proyectos. De ahí su ilusión por guiar a la Iglesia en el cambio de siglo y de dejarnos ya situados el siglo XXI, tan cargado de incertidumbres, pero abierto a la esperanza de Cristo, el que es de ayer, de hoy y de siempre, como decíamos en el Jubileo del Año 2000.

Por tanto desvelo a favor de la Iglesia y del mundo bien merece contemplar ya el rostro del Señor, al que “conoció, amó e imitó”, y estar en la maternal compañía de la Virgen, de la que siempre se consideró “totus tuus”.

Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

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