
Amadeo
Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia
LAS DOS
PASIONES DEL PAPA
Algunos medios
de comunicación mostraban en sus portadas
impresas o electrónicas, cuando ya su
muerte era prácticamente esperada, una
preciosa imagen de Juan Pablo II a las puertas
de la eternidad: se veía su silueta en
actitud de caminante y en el horizonte un sol,
abierto al infinito, que anuncia un lugar más
luminoso. Nos invitaban así a imaginarnos
lo que iba a ocurrir a las 21horas, 37 minutos
del día 2 de Abril: el Papa dio el salto
hacia ese mundo de luz, tras el que está
el rostro del mismo Dios, que él vio
aquí por la fe, pero aún velado
por su condición mortal, y ya contempla
en su asombrosa claridad.
Ahora conoce
en todo su esplendor esa Verdad que tanto le
fascinó y que con tanto ardor supo mostrar
y defender en su tarea de Pastor universal de
la Iglesia frente al relativismo ambiental.
Ahora ya constata cuáles son las raíces
profundas de la verdad del hombre, ya sabe que
ésta crece desde el propio misterio de
Dios, al que le dedicó las más
sólidas y bellas reflexiones en su primeras
encíclicas. La verdad de Dios y la verdad
del hombre fue la gran pasión de Juan
Pablo II, y todo su magisterio es un despliegue
de este amor apasionado por esa fuente que es
Dios y esa sed por Él que siente el ser
humano.
Es cierto que
Juan Pablo II es Papa de masas y gestos, que
es seguido con igual fervor por hombres y mujeres
de todas las generaciones y es amado y escuchado
en todo el planeta; pero su atractivo no estaba
sólo en su capacidad personal de embelesar,
sino en que ofreció mejor que nadie sentido
a la existencia humana. Aunque sus palabras
eran bellas y estimulantes, no eran palabras
vacías ni sus discursos demagógicos,
siempre eran un estímulo a buscar la
verdad desde la Verdad misma. Su magisterio
está lleno de hondura teológica,
espiritual y de un profundo humanismo que ahonda
en el ser de hombre como criatura de Dios y
como aquel que descubre su verdadera identidad
cuando se sabe injertado en Cristo. Es por eso
que el tronco de su doctrina se forma en la
bondad de Dios Padre, al que presentó
como Rico en Misericordia (Dives in Misericordia);
en la generosidad de Cristo, al que anunció
como Redentor del Hombre (Redemptor Hominis);
y en la comunión del Espíritu
Santo, al que ofreció como Señor
y Dador de Vida (Dominun ete Vivificantem).
De esa fuente profunda y cristalina, en la que
se refleja y se bebe la Verdad plena, nos acostumbró
a beber a lo largo de sus años de pontificado.
Si la base del
ministerio petrino de Juan Pablo II siempre
ha estado en el misterio de Dios, no se ha olvidado
nunca de que el hombre es el destinatario del
amor que ese misterio destila. Por eso este
Pastor, que nos ha guiado en la fe católica,
jamás se ha alejado del hombre y sus
problemas. Los asuntos que más afectan
a la vida de los seres humanos han sido objeto
de su palabra paterna, amiga, maestra y servidora:
la vida de sus contemporáneos ha sido
su pasión más profunda, pero sin
rebajar jamás ni un gramo el proyecto
de Dios para ellos, consciente de que sólo
de ese modo era también fiel al hombre.
Quizás haya decepcionado las pretensiones
de algunos, pero ha sido siempre fiel en anunciar
y defender el evangelio de la vida (Evangelium
Vitae). Los tiempos de la vida humana, desde
la concepción hasta la muerte natural,
y el amor, el matrimonio, la procreación,
la familia, etc, han sido presentados por el
Papa como algo hermoso, digno y bueno para el
hombre y la mujer de nuestro tiempo. Ha sabido
decir que todo es buena noticia, si se cumple
el plan del Creador y se vive como vocación
en Cristo.
Apoyado siempre
en la Verdad, ha enseñado, más
allá de donde no han sabido o no han
querido llegar los poderosos de la tierra, la
doctrina social de la Iglesia: el servicio al
pobre, el desarrollo de los pueblos, la solidaridad
entre las naciones, la denuncia de las injusticias
en un mundo globalizado, la propuesta de la
civilización del amor y de un nuevo orden
internacional o su incansable defensa de la
paz, han encontrado en este Papa a su promotor
más atrevido. Juan Pablo II nos ha enseñado
a los católicos, y a todos los hombres
y mujeres de buena voluntad que han querido
escucharle, a mirar el mundo como un proyecto
que ha de ir mucho más lejos en derechos,
libertades, justicia y solidaridad, de lo que
prevén los esquemas económicos
y políticos, esos que reducen las relaciones
a intereses; porque lo que él propone
nace del esquema del Evangelio, que consolida
las relaciones en el amor y el servicio.
Podría
seguir con multitud de teselas del mosaico que
forma la polifacética figura de quien
ha servido a la Iglesia y al mundo como Pastor
universal a lo largo de estos veintiséis
años, y en los que ha ido poniendo matices
que se han ido convirtiendo el lemas y modos
de vida para quienes le han seguido y han visto
en él un líder mundial. Pero esta
pluralidad en la riqueza de la figura de Juan
Pablo II no nos puede llevar a pensar que se
trata de un ser humano disperso; al contrario,
ha sido un ejemplo de lealtades inquebrantables,
de verdades sólidas, de aspiraciones
firmes, de convicciones seguras, sin importarle
demasiado las críticas que ha tenido
que soportar de los que pensaban que se quedaba
corto o las que no le han faltado de los que
opinaban que iba demasiado lejos.
La fundamental
convicción de su ministerio fue su amor
a Cristo, pero siempre unido a su pasión
por el hombre. Así lo puso de relieve
en su primera homilía al pueblo cristiano:
en sus palabras quedó claro que para
él no hay una pasión sin la otra:
“No tengáis miedo. Abrid las puertas
de par en par a Cristo”. Esta frase, en
la que adelanta el programa de su papado, es
pura esencia, no hay en ella la más mínima
concesión a la retórica. Juan
Pablo II conoce muy bien al hombre, en sí
mismo y en sus conciudadanos polacos y europeos;
sabe de sus miedos, de sus preocupaciones, de
sus inseguridades, y sabe que aspira y busca,
a veces sin saberlo; pero está temeroso
de abrir las puertas, porque ha sufrido profundos
desengaños a lo largo del convulso y
apasionante siglo XX. Y, porque conoce al hombre
y sabe lo que necesita, le ofrece a Jesucristo,
la única esperanza, el único que
puede quitar miedos, con tal de que se le dejen
abiertas las puertas para que entre.
Pero es en
los jóvenes donde el Papa juvenil ve
realizada la esperanza de Cristo: como amigo,
hermano mayor, padre o abuelo siempre los ha
atraído y se ha dejado atraer por ellos.
Les ha llamado “centinelas del mañana”,
porque espera que los jóvenes hagan el
mundo que él soñó. Para
los jóvenes el Papa Wojtyla no ha muerto,
ahora ellos son Juan Pablo II, como él
mismo se lo pidió al comienzo de su pontificado:
“Vosotros sois el porvenir y la esperanza
de la Iglesia, sois mi esperanza”. Ellos
van a trabajar a partir de ahora, siguiendo
sus huellas, en su proyecto de hombre y de mundo.
Ojalá sea así, encarnado en un
mundo nuevo hecho por los jóvenes de
hoy, como este extraordinario Papa pase a la
historia.
A todo su ministerio
apostólico le ha dado unidad su conciencia
misionera. Este “atleta de Dios”,
como alguien le calificó, se ha dado
hasta el último “Amén”
en el servicio al Evangelio. Se ha gastado día
a día, viaje a viaje, sufrimiento a sufrimiento,
con un incansable ardor, con unos nuevos medios
de ejercer ministerio de Pedro y con ricas y
novedosas expresiones de servicio en la Iglesia,
para llevar a todos los rincones del mundo la
nueva evangelización, que él mismo
ha promovido desde un profundo conocimiento
del mundo moderno, de sus necesidades y posibilidades.
Pocos han tenido un sentido de la historia como
el suyo y, por supuesto, nadie ha sido tan consciente
como Juan Pablo II de que la historia tiene
un eje que marca su ritmo y orienta sus proyectos.
De ahí su ilusión por guiar a
la Iglesia en el cambio de siglo y de dejarnos
ya situados el siglo XXI, tan cargado de incertidumbres,
pero abierto a la esperanza de Cristo, el que
es de ayer, de hoy y de siempre, como decíamos
en el Jubileo del Año 2000.
Por tanto desvelo
a favor de la Iglesia y del mundo bien merece
contemplar ya el rostro del Señor, al
que “conoció, amó e imitó”,
y estar en la maternal compañía
de la Virgen, de la que siempre se consideró
“totus tuus”.
Amadeo Rodríguez
Magro
Obispo de Plasencia