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Misa
de exequias por Juan Pablo II en la Plaza de San
Pedro
Unas trescientas
mil personas, entre ellas más de 200 jefes
de Estado y de gobierno.
Antes de
la celebración eucarística: los
restos mortales del Papa difunto se colocaron
en un féretro de ciprés, que fue
sellado en presencia de diversos testigos.
Al rito asistieron entre otros los cardenales
Eduardo Martínez Somalo, camarlengo de
Santa Iglesia Romana, Angelo Sodano, anterior
secretario de Estado, Joseph Ratzinger, decano
del Colegio Cardenalicio, Camillo Ruini, vicario
para la diócesis de Roma, Francesco Marchisano,
arcipreste de la Basílica Vaticana y los
arzobispos Stanislaw Dziwisz, secretario personal
del Santo Padre y James Harvey, prefecto de la
Casa Pontificia.
El cardenal camarlengo dio inicio al rito del
cierre del féretro. El arzobispo Piero
Marini, maestro de las Celebraciones Litúrgicas
Pontificias, leyó a continuación
el "Rogito", un resumen de la vida del
Papa, del que los presentes firmaron diversas
copias. Después se cantó una antífona
y un salmo, a los que siguió una oración
silenciosa. El maestro de las Ceremonias Litúrgicas
y el secretario de Juan Pablo II pusieron un velo
de seda blanca sobre el rostro del pontífice
fallecido y el cardenal camarlengo roció
los restos mortales del Papa con agua bendita.
El arzobispo Marini introdujo entonces en el ataúd
una bolsa con algunas medallas acuñadas
durante el pontificado y un tubo de plomo que
contiene el original del Rogito.
Mientras se cerraba el féretro se rezó
el Salmo 41.
El féretro de Juan Pablo II fue llevado
en procesión a la Plaza de San Pedro y
colocado sobre una alfombra en el suelo frente
al altar mayor, con un evangeliario abierto sobre
él. Formaban parte de la procesión
los miembros del Colegio Cardenalicio y los patriarcas
de las Iglesias Orientales, todos vestidos de
rojo. Presidió la Misa el cardenal Joseph
Ratzinger y concelebraron 164 cardenales.
Millones de personas llegadas a Roma para asistir
al funeral de Juan Pablo II, pero que no pudieron
entrar en la Plaza de San Pedro, vieron la ceremonia
gracias a 27 pantallas gigantes distribuidas por
toda la ciudad, incluidos los dos estadios de
fútbol de la capital, la Universidad de
Tor Vergata, el Circo Máximo, las basílicas
de San Juan de Letrán, Santa María
Mayor y San Pablo Extramuros, Piazza del Popolo,
Piazza Risorgimento, el Coliseo y Via della Conciliazione,
la gran avenida que desemboca en la Plaza de San
Pedro.
En varios momentos de la misa varias personas
pidieron a gritos que Juan Pablo II fuera proclamado
santo. La petición, acompañada por
interminables aplausos, comenzó a escucharse
cuando el cardenal Ratzinger terminó la
homilía. Además, había alguna
pancarta en italiano en la que estaba escrito
"Santo subito" (Santo ya) y "Giovanni
Paolo II il Grande" (Juan Pablo II el Grande).
Tras la oración que sigue a la comunión,
el cardenal Ratzinger procedió al rito
de las recomendaciones finales y al acto de despedida,
al lado del féretro de Juan Pablo II. El
cardenal Ruini se aproximó entonces al
ataúd, los cantores entonaron la Letanía
de los Santos y el cardenal vicario concluyó
la súplica de la Iglesia de Roma con una
oración.
A continuación los patriarcas y arzobispos
mayores y metropolitanos de las Iglesias metropolitanas
"sui iuris" católicas orientales
acudieron al ataúd y, frente al altar,
rezaron la súplica de las Iglesias Orientales
del Oficio de Difuntos de la liturgia bizantina.
Todos los presentes rezaron en silencio y posteriormente
el cardenal Ratzinger roció el ataúd
con agua bendita mientras el coro cantaba un responso.
En el momento del traslado del féretro
a la basílica vaticana, los fieles cantaron
el Magnificat. Las personas que habían
presenciado antes del funeral la deposición
del cuerpo del difunto pontífice en el
féretro, lo acompañaron hasta las
grutas vaticanas a través de la puerta
llamada de Santa Marta. El camarlengo, cardenal
Eduardo Martínez Somalo, presidió
el rito de la sepultura.
El ataúd de ciprés con los restos
mortales de Juan Pablo II se ató con lazos
rojos, sobre los que se imprimieron los sellos
de la Cámara Apostólica, de la Prefectura
de la Casa Pontificia, de la Oficina para las
Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice
y del Capítulo Vaticano. El féretro
de ciprés se introdujo en otro de zinc
y se soldó y cerró y sobre él
se imprimieron los sellos de las oficinas mencionadas.
En la tapa figuraban la cruz y el escudo del difunto
pontífice.
El notario del Capítulo de la basílica
vaticana redactó el acta de la sepultura
y la leyó ante los presentes.
Participaron en la Misa de exequias por el Santo
Padre monarcas reinantes de 10 países,
57 jefes de Estado, 3 príncipes herederos,
17 jefes de gobierno, los jefes de 3 organizaciones
internacionales y representantes de otras diez,
3 esposas de jefes de Estado, 8 vicepresidentes
de Estado, 6 vice primeros ministros, 4 presidentes
de parlamentos, 12 ministros de Exteriores, 13
ministros y embajadores de 24 países.
De las delegaciones religiosas formaban parte
140 personas, entre ellas representantes de las
Iglesias Ortodoxas, de las Iglesias Orientales
Ortodoxas, de las Iglesias y comuniones eclesiales
de Occidente, organizaciones cristianas internacionales,
la Asociación Nacional de Evangélicos,
representantes del Judaísmo, del Islam
y delegaciones de las religiones no cristianas.
Homilía
de la Misa de exequias por Juan Pablo II,
leída en italiano por
el cardenal Ratzinger
(traducción en español)
"Sígueme",
dice el Señor resucitado a Pedro, como
su última palabra a este discípulo
elegido para apacentar a sus ovejas. "Sígueme",
esta palabra lapidaria de Cristo puede considerarse
la llave para comprender el mensaje que viene
de la vida de nuestro llorado y amado Papa Juan
Pablo II, cuyos restos mortales depositamos hoy
en la tierra como semilla de inmortalidad, con
el corazón lleno de tristeza pero también
de gozosa esperanza y de profunda gratitud".
"Estos son nuestros sentimientos y nuestro
ánimo. Hermanos y hermanas en Cristo, presentes
en la Plaza de San Pedro, en las calles adyacentes
y en otros lugares diversos de la ciudad de Roma,
poblada en estos días de una inmensa multitud
silenciosa y orante. Saludo a todos cordialmente.
También en nombre del colegio de cardenales
saludo con deferencia a los jefes de Estado, de
gobierno y a las delegaciones de los diversos
países. Saludo a las autoridades y a los
representantes de las Iglesias y comunidades cristianas,
al igual que a los de las diversas religiones.
Saludo a los arzobispos, a los obispos, sacerdotes,
religiosos, religiosas y fieles, llegados de todos
los continentes; de forma especial a los jóvenes
que Juan Pablo II amaba definir el futuro y la
esperanza de la Iglesia. Mi saludo llega también
a todos los que en cualquier lugar del mundo están
unidos a nosotros a través de la radio
y la televisión, en esta participación
coral al rito solemne de despedida del amado pontífice".
"Sígueme". Cuando era un joven
estudiante, Karol Wojtyla era un entusiasta de
la literatura, del teatro, de la poesía.
Trabajando en una fábrica química,
circundado y amenazado por el terror nazi, escuchó
la voz del Señor: ¡Sígueme!
En este contexto tan particular comenzó
a leer libros de filosofía y de teología,
entró después en el seminario clandestino
creado por el cardenal Sapieha y después
de la guerra pudo completar sus estudios en la
facultad teológica de la Universidad Jagellónica
de Cracovia. Tantas veces en sus cartas a los
sacerdotes y en sus libros autobiográficos
nos habló de su sacerdocio, al que fue
ordenado el 1 de noviembre de 1946. En esos textos
interpreta su sacerdocio, en particular a partir
de tres palabras del Señor. En primer lugar
esta: "No me habéis elegido vosotros
a mí, sino que yo os he elegido a vosotros
y os he destinado para que vayáis y deis
fruto, y vuestro permanezca". La segunda
palabra es: "El buen pastor da la vida por
sus ovejas". Y finalmente: "Como el
Padre me amó, así os he amado yo.
Permaneced en mi amor". En estas palabras
vemos el alma entera de nuestro Santo Padre. Realmente
ha ido a todos los lugares, incansablemente, para
llevar fruto, un fruto que permanece. "Levantaos,
vamos", es el título de su penúltimo
libro. "Levantaos, vamos". Con esas
palabras nos ha despertado de una fe cansada,
del sueño de los discípulos de ayer
y hoy. "Levantaos, vamos", nos dice
hoy también a nosotros. El Santo Padre
fue además sacerdote hasta el final porque
ofreció su vida a Dios por sus ovejas y
por la entera familia humana, en una entrega cotidiana
al servicio de la Iglesia y sobre todo en las
duras pruebas de los últimos meses. Así
se ha convertido en una sola cosa con Cristo,
el buen pastor que ama sus ovejas. Y, en fin,
"permaneced en mi amor": el Papa, que
buscó el encuentro con todos, que tuvo
una capacidad de perdón y de apertura de
corazón para todos, nos dice hoy también
con estas palabras del Señor: "Habitando
en el amor de Cristo, aprendemos, en la escuela
de Cristo, el arte del amor verdadero".
"Sígueme". En julio de 1958 comienza
para el joven sacerdote Karol Wojtyla una nueva
etapa en el camino con el Señor y tras
el Señor. Karol fue, como era habitual,
con un grupo de jóvenes apasionados de
canoa a los lagos Masuri para pasar unas vacaciones
juntos. Pero llevaba consigo una carta que lo
invitaba a presentarse al primado de Polonia,
el cardenal Wyszynski y podía adivinar
solamente el motivo del encuentro: su nombramiento
como obispo auxiliar de Cracovia. Dejar la enseñanza
universitaria, dejar esta comunión estimulante
con los jóvenes, dejar la gran liza intelectual
para conocer e interpretar el misterio de la criatura
humana, para hacer presente en el mundo de hoy
la interpretación cristiana de nuestro
ser, todo aquello debía parecerle como
un perderse a sí mismo, perder aquello
que constituía la identidad humana de ese
joven sacerdote. Sígueme, Karol Wojtyla
aceptó, escuchando en la llamada de la
Iglesia la voz de Cristo. Y así se dio
cuenta de cuanto es verdadera la palabra del Señor:
"Quien pretenda guardar su vida la perderá;
y quien la pierda la conservará viva".
Nuestro Papa -todos lo sabemos- no quiso nunca
salvar su propia vida, tenerla para sí;
quiso entregarse sin reservas, hasta el último
momento, por Cristo y por nosotros. De esa forma
pudo experimentar cómo todo lo que había
puesto en manos del Señor retornaba en
un nuevo modo: el amor a la palabra, a la poesía,
a las letras fue una parte esencial de su misión
pastoral y dio frescura nueva, actualidad nueva,
atracción nueva al anuncio del Evangelio,
también precisamente cuando éste
es signo de contradicción".
"Sígueme". En octubre de 1978
el cardenal Wojtyla escucha de nuevo la voz del
Señor. Se renueva el diálogo con
Pedro narrado en el Evangelio de esta ceremonia:
"Simón de Juan ¿me amas? Apacienta
mis ovejas". A la pregunta del Señor:
Karol ¿me amas?, el arzobispo de Cracovia
respondió desde lo profundo de su corazón:
"Señor, tu lo sabes todo: Tu sabes
que te amo". El amor de Cristo fue la fuerza
dominante en nuestro amado Santo Padre; quien
lo ha visto rezar, quien lo ha oído predicar,
lo sabe. Y así, gracias a su profundo enraizamiento
en Cristo pudo llevar un peso, que supera las
fuerzas puramente humanas: Ser pastor del rebaño
de Cristo, de su Iglesia universal. Este no es
el momento de hablar de los diferentes aspectos
de un pontificado tan rico. Quisiera leer solamente
dos pasajes de la liturgia de hoy, en los que
aparecen elementos centrales de su anuncio. En
la primera lectura dice San Pedro -y dice el Papa
con San Pedro: "En verdad comprendo que Dios
no hace acepción de personas, sino que
en cualquier pueblo le es agradable todo el que
le teme y obra la justicia. Ha enviado su palabra
a los hijos de Israel, anunciando el Evangelio
de la paz por medio de Jesucristo, que es Señor
de todos". Y en la segunda lectura, San Pablo
-y con San Pablo nuestro Papa difunto- nos exhorta
con fuerza: "Por tanto, hermanos muy queridos
y añorados, mi gozo y mi corona, ¡permaneced
así, queridísimos míos, firmes
en el Señor!".
"¡Sígueme! Junto al mandato
de apacentar su rebaño, Cristo anunció
a Pedro su martirio. Con esta palabra conclusiva
y que resume el diálogo sobre el amor y
sobre el mandato de pastor universal, el Señor
recuerda otro diálogo, que tuvo lugar en
la Ultima Cena. En este ocasión, Jesús
dijo: "Donde yo voy, vosotros no podéis
venir". Pedro dijo: "Señor, ¿dónde
vas?". Le respondió Jesús:
"Adonde yo voy, tú no puedes seguirme
ahora, me seguirás más tarde".
Jesús va de la Cena a la Cruz y a la Resurrección
y entra en el misterio pascual; Pedro, sin embargo,
todavía no le puede seguir. Ahora -tras
la Resurrección- llegó este momento,
este "más tarde". Apacentando
el rebaño de Cristo, Pedro entra en el
misterio pascual, se dirige hacia la Cruz y la
Resurrección. El Señor lo dice con
estas palabras, "...cuando eras más
joven ... ibas adonde querías; pero cuando
envejezcas extenderás tus manos y otro
te ceñirá y llevará adonde
no quieras". En el primer período
de su pontificado el Santo Padre, todavía
joven y repleto de fuerzas, bajo la guía
de Cristo fue hasta los confines del mundo. Pero
después compartió cada vez más
los sufrimientos de Cristo, comprendió
cada vez mejor la verdad de las palabras: "Otro
te ceñirá...". Y precisamente
en esta comunión con el Señor que
sufre anunció el Evangelio infatigablemente
y con renovada intensidad el misterio del amor
hasta el fin".
"Ha interpretado para nosotros el misterio
pascual como misterio de la divina misericordia.
Escribe en su último libro: El límite
impuesto al mal "es en definitiva la divina
misericordia". Y reflexionando sobre el atentado
dice: "Cristo, sufriendo por todos nosotros,
ha conferido un nuevo sentido al sufrimiento;
lo ha introducido en una nueva dimensión,
en un nuevo orden: el del amor... Es el sufrimiento
que quema y consume el mal con la llama del amor
y obtiene también del pecado un multiforme
florecimiento de bien". Animado por esta
visión, el Papa ha sufrido y amado en comunión
con Cristo, y por eso, el mensaje de su sufrimiento
y de su silencio ha sido tan elocuente y fecundo".
"Divina Misericordia: El Santo Padre encontró
el reflejo más puro de la misericordia
de Dios en la Madre de Dios. El, que había
perdido a su madre cuando era muy joven, amó
todavía más a la Madre de Dios.
Escuchó las palabras del Señor crucificado
como si estuvieran dirigidas a él personalmente:
"¡Aquí tienes a tu madre!".
E hizo como el discípulo predilecto: la
acogió en lo íntimo de su ser (eis
ta idia: Jn 19,27)-Tous tuus. Y de la madre aprendió
a conformarse con Cristo".
"Ninguno de nosotros podrá olvidar
como en el último domingo de Pascua de
su vida, el Santo Padre, marcado por el sufrimiento,
se asomó una vez más a la ventana
del Palacio Apostólico Vaticano y dio la
bendición "Urbi et Orbi" por
última vez. Podemos estar seguros de que
nuestro amado Papa está ahora en la ventana
de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí,
bendíganos, Santo Padre. Confiamos tu querida
alma a la Madre de Dios, tu Madre, que te ha guiado
cada día y te guiará ahora a la
gloria eterna de su Hijo, Jesucristo Señor
nuestro. Amén".
Nota: Información
y traducción del VATICAN INFORMATION SERVICE |