HOMILÍA
DEL EMMO. Y RVMO. SR. CARDENAL ARZOBISPO DE
MADRID
EN EL FUNERAL POR S.S. JUAN PABLO II
“Señor,
tú conoces todo, tú sabes que
te quiero” (Jn 21,17)
Madrid (Explanada de La Almudena),
11.IV.05; 20’00 horas
(He 10,34-43; Fip 3,20-21; Sal 22, 1-3.4.5.6;
Jn 21, 15-19)
Cardenal
Arzobispo de Madrid
Mons. Antonio Mª Rouco Varela
Majestades
Altezas
Excelentísimos Señores y Señoras
Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:
La Iglesia de Cristo ha vivido
intensas horas de conmoción espiritual
con motivo de la muerte de nuestro amadísimo
Papa Juan Pablo II. Todos somos conscientes
de que la página del Evangelio que hemos
proclamado se ha actualizado en la vida y en
la muerte del sucesor de Pedro a quien recibimos
el 18 de Octubre de 1978 como regalo de la Providencia
y que nos ha conducido hasta esta hora trascendental
del paso de un milenio a otro. La biografía
espiritual del Papa Juan Pablo II se ha escrito
sobre la pauta de la vocación de Pedro
a orillas del mar de Galilea, símbolo
de ese otro mar inmenso, que es el mundo, donde
el Papa ha introducido la barca de la Iglesia
en el tercer milenio con toda la confianza puesta
en el Señor de la Historia: “Duc
in altum”, nos ha dicho con las mismas
palabras de Cristo.
Este buen Pastor, en el que
hemos contemplado con luminosa transparencia
los rasgos del mismo Cristo, ha cruzado ya el
mar de este mundo para llegar a la orilla de
la eternidad adonde el Resucitado le ha llamado
con el último “sígueme”.
“Deseo seguirle ?ha dejado escrito en
su testamento pensando en su muerte? y deseo
que todo lo que forma parte de mi vida terrena
me prepare para este momento”. ¡Qué
glorioso habrá sido el encuentro con
su Señor de este humilde y valiente servidor
del Evangelio que ha gustado hasta el fin de
su vida el cáliz de los padecimientos
de Cristo! ¡Qué grande la gloria
de este Papa a quien la Iglesia entera le debe
haber sido confirmada en la fe cristiana con
la frescura del primer anuncio del Evangelio!
Hoy, nuestra Iglesia de Madrid, a la que se
unen otros obispos de España, con la
cooperación de la Conferencia Episcopal
Española, y en la que participan Sus
Majestades los Reyes de España, el Sr.
Presidente de Gobierno y los representantes
de las más altas instancias del Estado,
de la Comunidad Autónoma y del Ayuntamiento
de Madrid, ofrece el sacrificio de Cristo por
el Santo Padre para que participe ya eternamente
de la gloria del Resucitado, y expresa el más
profundo agradecimiento por su ministerio de
Pastor universal y por el afecto paternal que
mostró siempre al pueblo de España.
1. “¿Me
amas más que éstos?”
Al ser elegido para el supremo
pontificado, el cardenal arzobispo de Cracovia
escuchó de labios de Cristo la pregunta
sobre el amor, antes de recibir en plenitud
el “officium amoris” (San Agustín):
“¿Me amas más que éstos?”.
Preparado a lo largo de su vida para escuchar
y responder a esta pregunta, Juan Pablo II respondió,
en la obediencia de la fe y confiado en Jesucristo
Salvador y en su Madre Santísima, con
toda generosidad: “Tú lo sabes
todo, tú sabes que te quiero”.
Al término de su pontificado toda la
Iglesia, y los hombres de buena voluntad, hemos
sido testigos de que el Papa ha amado a Cristo
sin reservas hasta identificarse totalmente
con Él. Ése, y no otro, ha sido
el secreto de su fecundo pontificado. Su historia
ha sido la de “un amor” apasionado
a Cristo, a quien ha seguido sin reservas, con
una disponibilidad y obediencia heroicas en
la entrega diaria y crucificada de su vida hasta
los últimos momentos de su crudelísima
enfermedad. El Papa se ha dejado ceñir
por Cristo que le ha llevado a la cumbre del
abandono total de sí mismo, a la cruz,
de donde no se ha querido bajar para revelarnos
así el amor de Cristo por su pueblo “hasta
el fin, hasta la consumación” (Cf.
Jn 13). Cuando hoy la Iglesia, y los jóvenes
de modo especial, le aclaman como a un santo,
es porque han visto en su entrega a la Iglesia
y a la humanidad el amor del Buen Pastor que,
como Cristo, ha dado la vida por su rebaño,
según el mandato de Cristo: “Apacienta
mis ovejas”.
Juan Pablo II ha apacentado el rebaño
del Señor de una forma directa e inmediata,
visitando a las Iglesias y comunidades cristianas,
por pequeñas que fueran, para conocer
su realidad concreta. Dándose así,
ha hecho que el mundo en general comprenda y
valore el verdadero sentido del ministerio de
Pedro que, por voluntad de Cristo, ha sido instituido
para que la Iglesia aparezca como la casa de
la salvación. Por ello, son muchos los
que, sin pertenecer a la Iglesia de Cristo,
se han sentido pastoreados y apacentados por
este Vicario del Señor en la tierra cuya
ansia evangelizadora ha marcado su pontificado.
Es esta entrega a su ministerio lo que ha renovado
dentro de la misma Iglesia la gozosa certeza
de que Cristo vive en Pedro, y de que Pedro
hace visible, cercano y tangible al mismo Cristo.
¡Gracias, Santo Padre, por habernos mostrado
a Cristo, Supremo Pastor!
2. El “solemne
testimonio” de la fe
En su largo ministerio como
Pastor universal, Juan Pablo II no ha dejado
de dar solemne testimonio del señorío
de Cristo, que ahuyenta de la conciencia de
los cristianos toda sombra de miedo. El Papa
nos ha enseñado a confesar con gozo nuestra
fe, y ha recuperado para la Iglesia entera la
convicción de que la fe es nuestra victoria.
Como sucesor de Pedro ha sido el testigo cualificado
de la fe en Cristo muerto y Resucitado en quien
obtenemos el perdón de los pecados, como
dice la segunda lectura. Este solemne testimonio
le ha llevado, como pastor infatigable, a todas
las partes del mundo para confirmar en la fe
a sus hermanos y para anunciar a todos los hombres
que Cristo ama a los hombres sin acepción
de personas, es el único Salvador del
mundo, Aquél que nos ofrece el sentido
último de la vida y de la muerte. Juan
Pablo II no se ha predicado a sí mismo,
sino a Cristo, y a éste crucificado.
Y lo ha hecho con la palabra de la verdad y
con el testimonio de su propia vida, conformada
según la imagen del Buen Pastor. Ha cumplido
este ministerio de modo tan ejemplar que, ya
desde el inicio de su pontificado, víctima
de un terrible atentado terrorista, fue marcado
martirialmente con la cruz de Cristo, la cruz
que ha sido su apoyo, su fuerza y su consuelo.
Hasta el último momento
de su vida Juan Pablo II ha querido dar solemne
testimonio de la fe en Cristo muerto y resucitado
invitando a la Iglesia a vivir con la mirada
puesta en la patria definitiva del cielo, de
donde aguardamos un Salvador. Al final de su
vida, la imagen de su naturaleza desgastada
dejaba traslucir sin embargo la energía
y el poder de la Resurrección con que
Cristo se someterá a Sí todo lo
creado. “El transformará, dice
san Pablo, nuestro cuerpo humilde, según
el modelo de su cuerpo glorioso”. Esta
certeza del poder de Cristo, de su Cruz gloriosa
y de su Resurrección, ha animado la vida
entera del Santo Padre hasta llegar al momento
mismo de su muerte en el que, abandonado a la
Divina Misericordia, ha consumado su carrera
con las palabras de Cristo en la cruz, con que
acaba su testamento: “In Manus tuas, Domine,
commendo spiritum meum”. El solemne testimonio
de la fe ha sido rubricado con la entrega de
su vida al Señor, consumando así
el amor confesado a Jesucristo: “Señor,
tú conoces todo, tú sabes que
te quiero”.
3. El amor a España
España, de modo especial,
ha sido testigo de este amor del Buen Pastor.
No nos ha faltado su cuidado. Con toda verdad
hemos podido decir en los años de Juan
Pablo II: “El Señor es mi pastor,
nada me falta… aunque camine por cañadas
oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”.
En los cinco viajes pastorales a nuestra patria,
siempre luminosos, ha encendido, reavivado y
fortalecido nuestra esperanza, ayudándonos,
con su magisterio y el testimonio de su vida,
a vivir nuestra fe sin miedos ni complejos como
respuesta a los problemas de la sociedad. En
su última visita, en Mayo de 2003, de
imborrable recuerdo por el esfuerzo personal
que hubo de hacer dadas sus condiciones de salud,
en una despedida con sabor de último
testamento, nos urgía a vivir nuestra
identidad. Merece la pena recordar el párrafo
entero de su Homilía en la Plaza de Colón
en la que se refería a ello, con el trasfondo
de los cinco Santos españoles contemporáneos
que acababa de canonizar: “Surgirán
nuevos frutos de santidad ?en España?
si la familia sabe permanecer unida, como auténtico
santuario del amor y de la vida. ‘La fe
cristiana y católica constituye la identidad
del pueblo español’, dije cuando
peregriné a Santiago de Compostela (Discurso
en Santiago, 9.11.1982). Conocer y profundizar
el pasado de un pueblo es afianzar y enriquecer
su propia identidad. ¡No rompáis
con vuestras raíces cristianas! Sólo
así seréis capaces de aportar
al mundo y a Europa la riqueza cultural de vuestra
historia.” (4 de Mayo de 2003).
El Papa nos ha invitado a ser
testigos de Jesucristo, luchando contra la fascinación
de las ideologías materialistas que atacan
directamente a la dignidad de la persona. El
Papa que se forjó en la lucha contra
el humanismo ateo contemporáneo, que
padeció en su propia carne los terribles
años del Nacionalsocialismo y el Comunismo,
en su patria y en toda la Europa arrasada por
la Guerra, el que conoció en directo
la inconcebible tragedia de la “Shoah”,
ha sido entre nosotros un testigo veraz de Dios,
un defensor del hombre y de sus derechos nacidos
de su condición de hijo de Dios. Este
Papa, místico adorador de Dios y maestro
de profunda oración, ha sido al mismo
tiempo el abanderado del hombre, en su condición
histórica, concreta, que es para la Iglesia
el camino por el que debe llevar adelante su
misión, como dijera en su encíclica
programática del Pontificado. Por eso
hoy le lloran los hombres agradecidos que han
encontrado en él una voz de indiscutible
autoridad moral, siempre valiente, que ha sabido
fundamentar los derechos inalienables de la
persona en su nivel más radical: el de
la trascendencia de Dios; y que ha propagado
sin desfallecer la cultura de la vida, basada
en el respeto incondicional al plan de Dios
sobre el matrimonio y la familia y en el amor
solidario a los más débiles y
pobres de nuestra sociedad. Por eso le lloran
y le aclaman los jóvenes, a quienes ha
invitado siempre a la santidad y a una vida
de virtudes, en la escuela de María,
para ser los constructores de una nueva civilización
del amor, la única que puede seducir
y comprometer a las nuevas generaciones. Es
en la escuela de María donde los jóvenes
podrán conocer, contemplar y tratar a
Jesucristo en la experiencia de la vida interior.
Así responderán generosamente
a la vocación de Dios, en el sacerdocio,
en la vida consagrada, en el matrimonio y la
familia y en el compromiso del seglar cristiano
en las tareas de la nueva evangelización.
¡Queridos jóvenes, no olvidéis
este legado del Papa! ¡Acogedlo como su
último testamento en nuestra patria!
¡Responded con fidelidad a quien tanto
os ha amado!
Su ¡adiós! a nosotros
y a vosotros, se expresó con un: “¡Hasta
siempre España! ¡Hasta siempre,
tierra de María!”.
4. “Totus tuus”
En su testamento espiritual
Juan Pablo II pone su vida entera en manos de
la Virgen, a quien se consagró totalmente
con su lema Totus tuus. Como hizo Cristo en
la cruz, también él ha querido,
al salir de este mundo, dejarnos en manos de
María: “En estas mismas manos maternales
dejo todo y a todos aquellos con los que me
ha unido mi vida y mi vocación. En estas
manos dejo sobre todo a la Iglesia, así
como a mi nación y a toda la humanidad”.
También nosotros queremos colocar en
manos de María a nuestro amado Juan Pablo
II. Lo hacemos en esta Catedral dedicada por
él, cuyo recuerdo permanecerá
imborrable como signo de su pastoreo universal
y de su afán evangelizador. A Ella, Madre
de Cristo y de la Iglesia, encomendamos a su
hijo el Papa Juan Pablo II y le rogamos con
todo el afecto de nuestro corazón:
“Madre, Virgen de La Almudena, acoge a
quien te consagró toda su vida y su ministerio
con amor filial lleno de ternura; preséntalo
a tu Hijo, a quien amó y sirvió
con la entrega total de su vida hasta el último
aliento; colócalo junto a Él para
que, en la compañía de todos los
santos, goce para siempre de la luz que iluminó
su vida en la tierra y cante eternamente las
misericordias del Señor. Y a nosotros
danos la alegría de vivir siempre en
la fe que él conservó, trasmitió
y vivió como el Pastor bueno que tu Hijo
quiso concedernos en esta hora magnífica
de la Iglesia”.
Amén