Mensaje
que Juan Pablo II había preparado para
que fuera leído con motivo de la oración
mariana del «Regina Caeli» en este
Domingo de la Misericordia, Leído tras
la misa en sufragio del Santo Padre en la plaza
de San Pedro del Vaticano
Fue leído
«con tanto honor y tanta nostalgia»,
«por explícita indicación»
del Santo Padre, como él mismo dijo, por
el arzobispo Leonardo Sandri, sustituto de la
Secretaría de Estado, tras la celebración
eucarística en sufragio por Juan Pablo
II presidida por el cardenal Angelo Sodano.
¡Queridos
hermanos y hermanas!
1. Resuena
también hoy el gozoso Aleluya de Pascua.
La pagina del Evangelio de hoy de Juan subraya
que el Resucitado, la noche de ese día,
se apareció a los apóstoles y
«les mostró las manos y el costado»
(Juan 20, 20), es decir, los signos de la dolorosa
pasión impresos de manera indeleble en
su cuerpo también después de la
resurrección. Aquellas llagas gloriosas,
que ocho días después hizo tocar
al incrédulo Tomás, revelan la
misericordia de Dios que «tanto amó
Dios al mundo que dio a su Hijo único»
(Juan 3, 16).
Este
misterio de amor está en el corazón
de la liturgia de hoy, domingo «in Albis»,
dedicado al culto de la Divina Misericordia.
2. A
la humanidad, que en ocasiones parece como perdida
y dominada por el poder del mal, del egoísmo
y del miedo, el Señor resucitado le ofrece
como don su amor que perdona, reconcilia y vuelve
a abrir el espíritu a la esperanza. El
amor convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta
necesidad tiene el mundo de comprender y acoger
la Divina Misericordia!
Señor,
que con la muerte y la resurrección revelas
el amor del Padre, nosotros creemos en ti y
con confianza te repetimos hoy: Jesús,
confío en ti, ten misericordia de nosotros
y del mundo entero.
3.
La solemnidad litúrgica de la Anunciación,
que celebraremos mañana, nos lleva a
contemplar con los ojos de María el inmenso
misterio de este amor misericordioso que surge
del Corazón de Cristo. Con su ayuda,
podemos comprender el auténtico sentido
de la alegría pascual, que se funda en
esta certeza: Aquel a quien la Virgen llevó
en su seno, que sufrió y murió
por nosotros, ha resucitado verdaderamente.
¡Aleluya!