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DISCURSO
A LOS PEREGRINOS ALEMANES
Lunes
25 de abril de 2005
Queridos compatriotas alemanes:
Ante todo, debo disculparme por el retraso. Los
alemanes son famosos por su puntualidad. Al parecer,
ya me he italianizado mucho. Pero hemos tenido
un encuentro ecuménico con los representantes
del ecumenismo de todo el mundo, de todas las
Iglesias y comunidades eclesiales, y con los representantes
de las demás religiones. Ha sido un encuentro
muy cordial; por eso ha durado mucho. Pero ahora,
por fin, os doy una cordial bienvenida.
Agradezco de corazón las felicitaciones, las palabras
y los signos de afecto y de amistad, que he recibido,
de modo impresionante, de todas las partes de
Alemania. Al inicio de mi camino en un ministerio
en el que jamás había pensado y para el que no
me creía preparado, todo esto me proporciona gran
fuerza y ayuda. ¡Que Dios os recompense!
Cuando, lentamente, el desarrollo de las votaciones
me permitió comprender que, por decirlo así, la
guillotina caería sobre mí, me quedé desconcertado.
Creía que había realizado ya la obra de toda una
vida y que podía esperar terminar tranquilamente
mis días. Con profunda convicción dije al Señor:
¡no me hagas esto! Tienes personas más jóvenes
y mejores, que pueden afrontar esta gran tarea
con un entusiasmo y una fuerza totalmente diferentes.
Pero me impactó mucho una breve carta que me escribió
un hermano del Colegio cardenalicio. Me recordaba
que durante la misa por Juan Pablo II yo había
centrado la homilía en la palabra del Evangelio
que el Señor dirigió a Pedro a orillas del lago
de Genesaret: ¡Sígueme! Yo había explicado
cómo Karol Wojtyla había recibido siempre de nuevo
esta llamada del Señor y continuamente había debido
renunciar a muchas cosas, limitándose a decir:
sí, te sigo, aunque me lleves a donde no quisiera.
Ese hermano cardenal me escribía en su carta:
"Si el Señor te dijera ahora "sígueme", acuérdate
de lo que predicaste. No lo rechaces. Sé obediente,
como describiste al gran Papa, que ha vuelto a
la casa del Padre". Esto me llegó al corazón.
Los caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco
hemos sido creados para la comodidad, sino para
cosas grandes, para el bien.
Así, al final, no me quedó otra opción que decir
sí. Confío en el Señor, y confío en vosotros,
queridos amigos. Como dije ayer en la homilía,
un cristiano jamás está solo. Así expresé la maravillosa
experiencia que todos hemos podido hacer en estas
cuatro extraordinarias semanas que acabamos de
vivir. Al morir el Papa, en medio de tanto dolor,
se manifestó la Iglesia viva. Resultó evidente
que la Iglesia es una fuerza de unidad, un signo
para la humanidad.
Cuando las grandes cadenas de radio y televisión
informaron, veinticuatro horas al día, sobre la
vuelta del Papa a la casa del Padre, sobre el
dolor de las personas y sobre la obra del gran
Pontífice muerto, respondían a una participación
que superó todas las expectativas. En el Papa
vieron a un padre que daba seguridad y confianza,
que en cierto modo unía a todos entre sí. Se vio
claramente que la Iglesia no está cerrada en sí
misma, que no vive para sí misma, sino que
es un punto luminoso para los hombres.
Se vio claramente que la Iglesia no es vieja ni
inmóvil. ¡No, es joven! Al ver a tantos jóvenes
que se reunieron en torno al Papa fallecido y,
en último término, en torno a Cristo, de quien
él dio testimonio, se constata una realidad muy
consoladora: no es verdad que la juventud
piense sobre todo en el consumo y en el placer.
No es verdad que sea materialista y egoísta. Es
verdad lo contrario: los jóvenes quieren
cosas grandes. Quieren que se detenga la injusticia.
Quieren que se superen las desigualdades
y que todos participen en los bienes de la tierra.
Quieren que los oprimidos obtengan la libertad.
Quieren cosas grandes. Quieren cosas buenas.
Por eso, los jóvenes -vosotros lo sois- están
de nuevo totalmente abiertos a Cristo. Cristo
no nos ha prometido una vida cómoda. Quien busca
la comodidad, con él se ha equivocado de camino.
Él nos muestra la senda que lleva hacia las cosas
grandes, hacia el bien, hacia una vida humana
auténtica. Cuando habla de la cruz que debemos
llevar, no se trata del gusto del tormento o de
un moralismo mezquino. Es el impulso del amor,
que comienza por sí mismo, pero no se busca a
sí mismo, sino que impulsa a la persona al servicio
de la verdad, la justicia y el bien. Cristo nos
muestra a Dios y, de esa forma, la verdadera grandeza
del hombre.
Con gratitud y alegría veo aquí a las delegaciones
y a los peregrinos de mi tierra bávara. Ya en
otras ocasiones os he manifestado cuán importante
es para mí vuestro afecto sincero, que perdura
desde los días en que dejé mi amada archidiócesis
de Munich y Freising para venir al Vaticano, respondiendo
a la llamada de mi venerado predecesor el Papa
Juan Pablo II, que, hace ya más de 23 años, me
nombró prefecto de la Congregación para la doctrina
de la fe.
En todos los años que han pasado desde entonces,
siempre he sido consciente de que Baviera y Roma
no están muy distantes entre sí, no sólo desde
un punto de vista geográfico: Baviera y
Roma siempre han sido dos polos que han mantenido
una fructuosa relación recíproca. Desde Roma,
por medio de comerciantes, funcionarios y soldados,
el Evangelio llegó hasta el Danubio y el Lech.
Omito ahora muchos acontecimientos.
En los siglos XVI y XVII Baviera dio uno de los
testimonios más hermosos de fidelidad a la Iglesia
católica. Lo demuestra el fecundo intercambio
de cultura y piedad entre la Baviera barroca y
la Sede del Sucesor de Pedro. En la edad moderna,
Baviera dio a la Iglesia universal un santo tan
amable como el portero capuchino fray Conrado
de Parzam.
Queridos amigos, no nos apartemos de esta generosidad,
de esta peregrinación hacia Cristo.
Espero con alegría Colonia, donde
se encontrarán los jóvenes del mundo, o mejor,
donde la juventud del mundo tendrá su encuentro
con Cristo. Caminemos juntos; mantengámonos unidos.
Confío en vuestra ayuda. Os pido que seáis indulgentes
si, como cualquier hombre, cometo errores, o si
resulta incomprensible algo de lo que el Papa
debe decir o hacer según su conciencia y según
la conciencia de la Iglesia. Os pido vuestra confianza.
Si nos mantenemos unidos, encontraremos el camino
correcto. Pidamos a María, Madre del Señor, que
nos haga sentir su amor de mujer y madre, en el
que podamos comprender toda la profundidad del
misterio de Cristo.
¡Que el Señor os bendiga a todos!
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