| Por
la Justicia y por la Paz
De
la justicia decía la antigua civilización romana que
era señora y reina de las demás virtudes y que ese
señorío consistía en el esfuerzo permanente
por dar a cada cual lo suyo. La paz, en cambio, era fruto de la
guerra. Paz y guerra se enaltecían de tal modo que aquella
civilización asignaba a cada una, sendas divinidades. Pero
el Dios de la revelación por boca de uno de sus oráculos
decía que, cuando derramase su Espíritu, la paz sería
fruto de la justicia (Is. 32,17). Y cuando el oráculo fue
su mismo Hijo, Palabra hecha carne, justicia y paz son convocadas
a formar el núcleo de su mensaje de salvación. Son
bienaventurados –dirá y serán saciados los que
tienen hambre y sed de justicia. Y si por ella padecen persecución,
serán también dichosos porque tienen a Dios por rey.
Son asimismo bienaventurados quienes trabajan por la paz, porque
Dios los llama hijos suyos (Mt. 5).
Es éste el Evangelio o noticia
buena y nueva que Jesucristo propone a todos. Pero quienes tienen
como profesión el ejercicio de una vida consagrada a Dios,
a la Iglesia y a la humanidad, han de ofrecer un testimonio magnífico
y extraordinario de que sin el espíritu de las bienaventuranzas
no puede ser transformado este mundo ni ser ofrecido a Dios (LG.
31). Y si las ponen en práctica están presentando
a los hombres y mujeres que les miran, no siempre con ojos limpios,
razones para creer y para esperar.
Cuando Jesucristo une indisolublemente
amor a Dios y amor al prójimo pone los verdaderos fundamentos
de un orden social cuyo centro es el respeto y la cultura de la
dignidad del ser humano con todo lo que es y con todo lo que le
pertenece, donado por Dios mismo de quien es imagen. Por eso, amar
a Dios es amar la justicia (S. León Magno), la cual es caridad
imperfecta, siendo justicia perfecta la caridad (S. Agustín).
Quienes se sienten víctimas de las injusticias demandan justicia,
no como privilegio, sino como algo que se les adeuda. No piden caridad
porque esta palabra ha perdido para ellos –quizás para
otros muchos- su sentido original Pero si conociesen que los cristianos
han de estar siempre endeudados en amor a los demás, sin
posibilidad de amortización, en lugar de justicia pedirían
amor. Porque en realidad, es esto lo que las víctimas de
la injusticia desean: ser comprendidos, ayudados, apoyados en su
causa, ser tratados como hermanos. Y es esto lo que al discípulo
de Jesús le corresponde, aunque por ello sufra la persecución
y haya de afrontar la muerte que es nuevo modo de martirio. Los
miembros de los Institutos de Vida consagrada y de Vida apostólica,
habiendo renunciado a cuanto podría pertenecerles, están
más dispuestos a dar a cada cual lo suyo; y libres de ideologías
y de intereses partidistas, han de colocarse junto a los oprimidos.
Y de la justicia a la paz en cuanto
actitud personal, fruto del Espíritu, que pone armonía
en lo diverso. La paz social no puede nacer sino de la paz interior
de cada uno. Si esa paz es verdadera, convertirá a aquellos
que en sí mismos la experimentan, en hacedores de paz y les
capacitará para aparecer como hijos e hijas de Dios. Ellos,
por su acción pacificadora, pueden revelarse ante la creación
entera para que también ella deje de gemir y de sufrir, en
la firme esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción
a la que fue sometida por el pecado (Rom. 8, 19-22) .
+Luis Gutiérrez Martín
Obispo Presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada
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