DÍA PRO ORANTIBUS -2002-

La memoria del Apóstol Juan y la experiencia de fe de sus comunidades a finales del siglo I se recogen, para provecho nuestro, en los versículos 37-39 del capítulo I de su Evangelio. La condición de discípulo comienza por una pregunta del Maestro: ¿qué buscáis? Sigue por el interés del interpelado: ¿dónde vives? Prosigue en la llamada: Venid y lo veréis, que es invitación a comprobar lo histórico de una persona concreta. Termina en la convivencia: fueron y permanecieron con El aquel día, que en el discípulo es un conocimiento tan profundo que le capacita y conduce a la contemplación de su gloria, la que recibe del Padre que le hace igual a El, llena de amor y de verdad, como término natural del camino de fe. 

Los cristianos llamados por el Señor a la vocación contemplativa no necesitan salir de sí mismos para realizar ese itinerario de fe en el interior de su propia conciencia cristiana hasta llegar al misterio de Dios. Los claustros monásticos, de gran belleza artística no pocos de ellos, no se han construido para quienes quieren vivir con el Maestro un día ni algunos días aunque sean intensos, sino para  aquellos y aquellas que quieren recorrer de por vida el camino de fe en la presencia y experiencia del Verbo que habita en cada uno de los creyentes y, con El, también el Padre y el Espíritu Santo. Los contemplativos  claustrales pueden comprender y explicar mejor que los exegetas el rico significado que el vocablo “morar” tiene en el Evangelio de San Juan. Cuando el evangelista dice que  en Jesús mora el Padre y que el Padre mora en el Hijo está dando a entender  que para entrar gradualmente en el misterio del Dios cristiano es preciso morar en El, es decir, establecer una  comunión de vida con El, para lo cual hay que establecerla con Cristo. Porque siendo Cristo la revelación del Padre, el que le da su adhesión se la da al Padre y contempla al Padre quien ve a Jesús. Así lo entendió y enseñó Santa Teresa cuando, después de una intensa experiencia de fe, redactó el Castillo Interior o Las Moradas.

De todo ello se deduce que la vida contemplativa monástica es ante el mundo testimonio de lo que todo cristiano ha de confesar, a saber, la fe en un Dios que vive y ante cuya presencia estamos, penetrados por su amor.  Pero es además el icono del pueblo de Dios sentado con Cristo a la derecha del Padre.

+ Luis Gutiérrez Martín
Presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada


Optimizado para IExplorer 6.0 Resolución 800x600 - © Copyright, Conferencia Episcopal Española