15 de junio de 2003
Comisión Episcopal para la Vida Consagrada

 

El Santo Padre nos ha facilitado la presentación de la Jornada “pro orantibus” de este año 2003, cuando hablando a miles de jóvenes en Cuatro Vientos se ha atrevido a decir: El drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Cuando falta el espíritu contemplativo no se defiende la vida y se degenera todo lo humano. Sin interioridad el hombre moderno pone en peligro su misma integridad. Y añadía: Contribuiréis mejor al nacimiento de la nueva Europa del espíritu abierta al diálogo y a la colaboración con los demás pueblos en el servicio a la paz y a la solidaridad, si no separarais nunca la acción de la contemplación.

Es frecuente reducir la contemplación a lo que consideramos como más religioso y más interior de cada uno. Los místicos la enmarcaban en la desnudez interior, en la pobreza espiritual es decir, en el desapego de todo cuanto no sea Dios, en la negación de lo que pueda poseerse, en una conciencia pura, en una voluntad entera para con Dios y en una mente sólo puesta en Él. Casi instintivamente la situamos en un estado de vida, hacemos de ella la profesión propia de algunos cristianos, la descubrimos sólo en el espacio monástico. Incluso la celebración de esta Jornada puede inducir a equivocaciones. Es de agradecer al Papa que, hablando a los jóvenes que han de dirigir la sociedad del mañana y en un foro sin límites gracias a las cámaras de T.V., nos haya ayudado a todos a dar un salto cualitativo en la comprensión, trato y práctica de la contemplación. La fe no nace ni madura de la visita a éste o a aquel templo y santuario, como explicó Jesús a la samaritana; ni de la práctica de unos preceptos; ni de la aceptación de unas verdades, sino del encuentro con Jesucristo, del trato íntimo, del diálogo constante y amoroso con Él, de la entrega confiada a su persona. Lo demás vendrá como consecuencia. Es ese trato íntimo el que genera en el corazón del creyente un manantial de agua que salta dando vida definitiva; es el que crea una actitud espiritual que capacita para dar al Padre el culto verdadero; es el que rompe la distancia entre el Dios adorado y el fiel adorador ya que éste posee el Espíritu del Padre y el de su Hijo Jesucristo.

Cierto es que la vida contemplativa en la Iglesia recuerda, anuncia, testimonia, ayuda a todos a comprender y a practicar la verdadera contemplación. Pero no hay que contentarse con preguntar a los contemplativos: ¿qué es lo que veis? ¿qué experimentáis? Estimulados por ese anuncio y testimonio, los demás cristianos han de ser capaces de hacer suyas las palabras que los samaritanos dirigieron a la mujer del pozo de Sicar una vez que ellos mismos dialogaron con Jesús: “Ya no creemos por lo que nos cuentas, nosotros mismos lo hemos estado oyendo y sabemos que éste es realmente el salvador del mundo” (Jn. 4,42).


+ Luis Gutiérrez Martín
Obispo Presidente de la Comisión
Episcopal para la Vida consagrada

 
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