Aquí no sobra nadie. "No os olvidéis de la hospitalidad" (Hb 13,2)

Migraciones

Aquí no sobra nadie. "No os olvidéis de la hospitalidad" (Hb 13,2)

Jornada Mundial de las Migraciones

 

MigracionesEl domingo, 30 de Septiembre, celebramos la Jornada Pontificia de las Migraciones.  La Iglesia invita a todos los cristianos en esta fecha a orar por la solución de los graves problemas que afectan a tantos hermanos nuestros que, por diversas razones, han tenido que salir de sus países buscando una solución para sus problemas.  Al mismo tiempo la Iglesia recuerda a todos que es urgente tomar conciencia del fenómeno de las migraciones en este momento concreto de nuestra historia.

Los inmigrantes vienen a nuestra tierra, no sólo porque buscan una solución a su pobreza o a sus carencias, sino porque nuestro sistema económico los necesita.  De este modo se convierten en un importante medio generador de riqueza y de bienestar material para nuestra nación.

Ahora bien, no podemos perder de vista que detrás de cada persona está su propia historia personal, familiar y social.  Para muchos emigrantes la salida de sus países supone un auténtico drama humano.  Ellos no sólo sufren al tener que abandonar su tierra y su familia, sino al tener que afrontar una nueva realidad y una nueva cultura totalmente desconocidas.  A esto hay que añadir la sangría humana que supone para sus países de origen el verse privados de personas valiosas por su preparación y juventud para organizar e impulsar el propio desarrollo económico.

Durante la década de los sesenta, los medios de comunicación de la época se hacían eco de los acuerdos firmados entre España y otros países europeos para hacer posible la “inmigración ordenada” de los trabajadores españoles.  Muchos hermanos nuestros experimentaron entonces la soledad más absoluta, al chocar con un muro de aduanas y no saber cómo afrontar los problemas que se les presentaban.  Con toda seguridad ellos guardan en su memoria estas duras e inolvidables experiencias a pesar de los años transcurridos.

En aquellos años, España era un país débil en su economía y, como consecuencia de ello,  muchos españoles emigraron fundamentalmente a países europeos buscando un puesto de trabajo para hacer frente a la mermada economía personal o familiar.  En la actualidad, España es un país de economía fuerte y con necesidad de mano de obra  para determinados sectores laborales.  Esto ha generado que muchas personas, procedentes de países sumidos en la pobreza o con graves desequilibrios económicos, hayan puesto su mirada y su ilusión en venir a nuestro país con el fin de mejorar la economía de las familias.

El derecho a emigrar es preciso reconocerlo a todo ser humano, aunque deba estar debidamente reglamentado por razones del bien común.  Así nos lo recuerda el santo Padre en el mensaje publicado con ocasión de esta Jornada Mundial: “El bien común universal abarca a toda la familia de los pueblos, por encima de cualquier egoísmo nacionalista.  En este contexto, precisamente, se debe considerar el derecho a emigrar.  La Iglesia lo reconoce a todo hombre, en el doble aspecto de la posibilidad de salir del propio país y la posibilidad de entrar en otro, en busca de mejores condiciones de vida.  Desde luego, el ejercicio de ese derecho ha de estar debidamente reglamentado porque una aplicación indiscriminada ocasionaría daño y perjuicio al bien común de las comunidades que acogen al migrante”.

Si hasta hace poco pedíamos justicia y generosidad a los responsables de los países a los que emigraban los españoles, en este momento nos toca a nosotros comportarnos con estas mismas actitudes con quienes llegan a nuestro país.  El crecimiento rápido del número de inmigrantes nos obliga a buscar soluciones que respeten la dignidad y los derechos que todos tenemos por el hecho de ser personas.  No se puede consentir la degradación humana a la que muchos inmigrantes se ven sometidos  actualmente en nuestro país por no tener unos papeles.  Tampoco se puede permitir, la explotación económica por parte de las mafias, que se dedican al tráfico con seres humanos, ni el comportamiento de algunos empresarios sin escrúpulos que buscan el beneficio económico a cualquier precio.  Con este tipo de comportamientos muchos emigrantes se ven abocados  a vivir en la clandestinidad y en situación de semiesclavitud, a no encontrar un trabajo debidamente remunerado y a permanecer en el engaño permanente.

Ciertamente son muchos los inmigrantes  que viven en nuestro país con una situación regularizada desde el punto de vista legal y perfectamente integrados en su trabajo y en sus ambientes.  Ellos, además de colaborar al desarrollo y al crecimiento económico de España, nos aportan la riqueza de su cultura y de sus valores humanos.  En la actualidad, la administración española está haciendo esfuerzos para que ésta sea la situación normal frente a la descrita anteriormente.  En estas circunstancias queremos dirigirnos a los fieles hijos de la Iglesia en España para recordarles, en comunión con el Santo Padre que “en la Iglesia nadie es extranjero”:  por tanto nuestra generosidad en la acogida en el seno de la comunidad cristiana y nuestro compromiso en la defensa de sus derechos debe dirigirse a todos, prescindiendo de cualquier condicionamiento legal, porque en la Iglesia “no sobra nadie”.

La memoria histórica nos exige acoger al extranjero no sólo porque también nosotros lo fuimos, sino por el deber de hospitalidad. A sí nos lo recuerda el autor de la carta a los Hebreos: “Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad; por ella algunos recibieron sin saberlo la visita de algunos ángeles” (Hb 13,2).  La hospitalidad obliga al reconocimiento y acogida de todo ser humano por su grandeza y dignidad como persona, superando toda relación puramente utilitaria. La hospitalidad nos impulsa a salir al encuentro del otro para acogerle, a ofrecerle lo que somos y tenemos.  La hospitalidad reclama de nosotros la solidaridad y la generosidad compartiendo nuestros bienes con el necesitado y nos impulsa a vivir la justicia y la fraternidad en el ámbito laboral, social y familiar para que todo el que llega a nuestra tierra se sienta uno más entre nosotros de forma que, de verdad, “aquí no sobre nadie”.

A los hermanos inmigrantes les invitamos a ac
oger las manos tendidas y los corazones abiertos que encuentran en su camino, aunque en ocasiones descubran en nosotros actitudes y comportamientos que no entienden.  Ellos, por su parte, deben esforzarse también en abrir sus corazones y tender sus manos para colaborar en la construcción de la sociedad que ahora les acoge.  En este sentido es fundamental que todos, sin perder nunca nuestra identidad y dignidad, recordemos que, juntamente con los derechos a reivindicar, tenemos deberes que cumplir.

Los Obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones