Sagrada Biblia
1 Reyes

1 Reyes

1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 | 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 | 22

11El rey David era ya viejo, entrado en años. Lo cubrían con mantas pero no entraba en calor.
2Sus servidores le aconsejaron: «Que busquen para el rey mi señor una joven virgen que sirva al rey y sea su doncella, que duerma sobre tu pecho y entrará en calor el rey mi señor».
3Buscando una muchacha hermosa por todo el territorio de Israel, encontraron a Abisag, la sunamita, y la llevaron al rey.
4La joven tenía muy buena presencia. Fue su doncella y le servía, pero el rey no se unió a ella.
5Adonías, hijo de Jaguit, se jactaba diciendo: «Yo seré el rey». Se procuró carros y caballos y una escolta de cincuenta hombres que desfilaban ante él.
6Su padre nunca le había disgustado preguntándole: «¿Por qué obras de esta o de aquella manera?». Tenía también Adonías muy buena presencia y era más joven que Absalón.
7Entabló negociaciones con Joab, hijo de Seruyá, y con el sacerdote Abiatar, quienes apoyaban a Adonías.
8En cambio, el sacerdote Sadoc, Benaías, hijo de Yehoyadá, el profeta Natán, Semey, el amigo del rey y los valientes de David no tomaron parte a favor de Adonías.
9Este hizo un sacrificio de ovejas, bueyes y vacas cebadas en la Piedra de Zojélet, junto a la fuente de Roguel. Invitó a todos sus hermanos, los hijos del rey, y a todos los hombres de Judá, servidores del rey,
10pero no invitó al profeta Natán, a Benaías, a los valientes ni a su hermano Salomón tampoco.
11Natán dijo entonces a Betsabé, madre de Salomón: «¿No has oído que Adonías, hijo de Jaguit, se ha erigido rey sin que David nuestro señor lo sepa?
12Ve ahora mismo; te daré un consejo para que pongas a salvo tu vida y la vida de tu hijo Salomón.
13Ve, preséntate al rey David y dile: “Oh, rey, mi señor, ¿no juraste a tu sierva: ‘Tu hijo Salomón reinará después de mí y se sentará en mi trono’? Entonces, ¿por qué se ha proclamado rey Adonías? ”.
14Mientras estés hablando allí con el rey, entraré detrás de ti y confirmaré tus palabras».
15Betsabé se presentó al rey David, en la alcoba —el rey era muy anciano y Abisag, la sunamita, cuidaba de él—.
16Betsabé hizo una inclinación y se postró ante el rey; este le preguntó: «¿Qué te trae?».
17Ella le respondió: «Mi señor, tú has jurado a tu sierva por el Señor tu Dios: “Tu hijo Salomón reinará después de mí y se sentará en mi trono”;
18pero Adonías se ha proclamado rey, sin saberlo tú, oh rey, mi señor.
19Ha sacrificado bueyes, vacas cebadas y ovejas en abundancia, y ha invitado a todos los hijos del rey, al sacerdote Abiatar y a Joab, jefe del ejército, pero no ha invitado a tu siervo Salomón.
20Rey, mi señor, todo Israel tiene sus ojos puestos en ti, esperando que les anuncies quién ocupará el trono del rey, mi señor, tras él.
21De lo contrario, cuando el rey, mi señor, repose con sus padres, yo y mi hijo Salomón seremos tratados como culpables».
22Llegó entonces el profeta Natán, cuando ella se hallaba hablando aún con el rey.
23Avisaron al rey: «Está aquí el profeta Natán». Entrando donde estaba el monarca, se postró ante él, rostro en tierra,
24y dijo: «Oh rey, mi señor: Tú tienes que haber dispuesto: “Adonías reinará después de mí y se sentará en mi trono”,
25porque Adonías ha bajado hoy a sacrificar bueyes, vacas cebadas y ovejas en abundancia, y ha invitado a todos los hijos del rey, a los jefes del ejército y al sacerdote Abiatar, que en este momento comen y beben en su presencia profiriendo gritos de “Viva el rey Adonías”.
26Pero no nos ha invitado ni a mí, tu siervo, ni al sacerdote Sadoc ni a Benaías, hijo de Yehoyadá; tampoco ha invitado a tu siervo Salomón.
27¿Viene esta orden del rey, mi señor, sin que hayas comunicado a tus siervos quién se sentará en el trono del rey, mi señor, tras él?».
28El rey David respondió: «Llamadme a Betsabé». Entró ella en presencia del rey y se quedó de pie ante él.
29Entonces pronunció el rey este juramento: «¡Vive Dios, que me ha librado de todo aprieto!
30Te juré por el Señor, Dios de Israel: “Tu hijo Salomón reinará después de mí y se sentará sobre mi trono en mi lugar”. ¡Pues así he de cumplirlo hoy mismo!».
31Entonces Betsabé se inclinó rostro a tierra; postrada ante el rey, exclamó: «¡Viva por siempre el rey David, mi señor!».
32El rey ordenó: «Llamad al sacerdote Sadoc, al profeta Natán y a Benaías, hijo de Yehoyadá». Entraron a presencia del rey,
33que les dijo: «Tomad con vosotros a los leales de vuestro señor, montad a mi hijo Salomón en mi propia mula; bajadlo a Guijón
34y allí lo ungirán rey de Israel el sacerdote Sadoc y Natán, el profeta. Tocad entonces el cuerno y aclamad: “¡Viva el rey Salomón!”.
35Subiréis luego tras él y, cuando llegue, se sentará en mi trono y reinará en mi lugar, pues he dispuesto que sea el príncipe designado de Israel y de Judá».
36Benaías, hijo de Yehoyadá, respondió al rey: «Amén. Así lo disponga el Señor, Dios del rey, mi señor.
37¡Esté el Señor con Salomón como lo estuvo con el rey mi señor! ¡Exalte su trono más aún que el del rey David, mi señor!».
38Mientras, el sacerdote Sadoc, el profeta Natán y Benaías, hijo de Yehoyadá, descendieron con los quereteos y los pelteos. Montaron a Salomón en la mula del rey David y lo llevaron a Guijón.
39El sacerdote Sadoc tomó de la Tienda el cuerno del aceite y ungió a Salomón. Hicieron sonar la trompeta y todo el pueblo aclamaba: «Viva el rey Salomón».
40Luego subió todo el pueblo tras él tocando flautas, con una fiesta tan estruendosa que la tierra parecía resquebrajarse.
41Adonías y todos sus invitados estaban acabando de comer cuando oyeron lo que pasaba. Al escuchar el sonido de la trompeta, Joab preguntó: «¿Por qué ese ruido de la ciudad alborotada?».
42Todavía estaba hablando cuando llegó Jonatán, hijo del sacerdote Abiatar. Adonías se dirigió a él: «Entra, eres hombre valeroso y has de traer buenas noticias».
43Le respondió Jonatán: «Todo lo contrario. El rey David, nuestro señor, ha proclamado rey a Salomón.
44Ha enviado con él al sacerdote Sadoc, al profeta Natán, a Benaías, hijo de Yehoyadá, junto a los quereteos y pelteos, y lo han montado en la mula del rey.
45El sacerdote Sadoc y el profeta Natán lo han ungido rey en Guijón; desde allí han subido alegres y contentos, y la ciudad está alborotada. Este es el tumulto que habéis oído.
46Más aún, Salomón se ha sentado en el trono real
47y los servidores del rey han ido a felicitar a nuestro rey David diciendo: “¡Que tu Dios encumbre el nombre de Salomón más que tu propio nombre y exalte su trono más aún que el tuyo!”. El rey en su lecho, con un gesto de reverencia, ha exclamado:
48“Bendito el Señor, Dios de Israel, que ha concedido hoy que un descendiente mío se siente sobre mi trono y que mis ojos lo vean”».
49A todos los invitados que estaban con Adonías les entró pánico, se levantaron y se fueron cada uno por su lado.
50Adonías tuvo miedo de Salomón, se levantó, fue a la Tienda del Señor y se agarró a los cuernos del altar.
51Avisaron a Salomón: «Adonías tiene miedo del rey Salomón, pues está asido a los cuernos del altar y dice: “¡Júreme hoy el rey Salomón que no me matará a espada!”».
52Repuso Salomón: «Si se porta como un hombre de bien, ni uno solo de sus cabellos caerá a tierra; pero si se prueba que ha actuado con malicia, morirá».
53El rey Salomón envió gente que lo bajara del altar. Vino él a postrarse ante el rey Salomón, que le dijo: «Vete a tu casa».
21Se acercaban los días de la muerte de David y este aconsejó a su hijo Salomón:
2«Yo emprendo el camino de todos. Ten valor y sé hombre.
3Guarda lo que el Señor tu Dios manda guardar siguiendo sus caminos, observando sus preceptos, órdenes, instrucciones y sentencias, como está escrito en la ley de Moisés, para que tengas éxito en todo lo que hagas y adondequiera que vayas.
4El Señor cumplirá así la promesa que hizo diciendo: “Si tus hijos vigilan sus pasos, caminando fielmente ante mí, con todo su corazón y toda su alma, no te faltará uno de los tuyos sobre el trono de Israel”.
5Tú sabes bien lo que me hizo Joab, hijo de Seruyá, lo que hizo a los dos jefes de los ejércitos de Israel: a Abner, hijo de Ner, y a Amasá, hijo de Jéter: los asesinó, derramando en tiempo de paz sangre de guerra; ha manchado de sangre inocente la faja de mi cintura y la sandalia de mis pies.
6Haz lo que tu prudencia te dicte, pero no permitas que sus canas desciendan en paz al Seol.
7En cambio, a los hijos de Barzilai de Galaad los tratarás con magnanimidad; los contarás entre los que comen a tu mesa, porque también ellos me acogieron como parientes míos cuando yo huía de tu hermano Absalón.
8Ahí tienes a Semeí, hijo de Guerá, el benjaminita de Bajurín, que me lanzó atroces maldiciones el día en que yo iba a Majanáin, pero bajó a mi encuentro al Jordán y yo le juré por el Señor: “No te mataré a espada”.
9Pero tú no lo dejes impune; eres hombre avisado y sabrás qué hacer con él para que sus canas bajen ensangrentadas al Seol».
10David se durmió con sus padres y lo sepultaron en la Ciudad de David.
11Cuarenta años reinó David sobre Israel; siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.
12Salomón se sentó en el trono de David su padre y el reino quedó establecido sólidamente en su mano.
13Adonías, hijo de Jaguit, fue adonde estaba Betsabé, madre de Salomón. Ella inquirió: «¿En son de paz?». Él respondió: «En son de paz»;
14y añadió: «Tengo algo que decirte». Ella contestó: «Dilo»;
15y él continuó: «Tú sabes que el reino me pertenecía y que todo Israel tenía puestos los ojos en mí para hacerme rey. Pero el reino me dio la espalda y fue a parar a mi hermano, pues el Señor lo tenía destinado para él.
16Ahora, pues, tengo que hacerte un solo ruego; no me lo niegues». Ella le permitió: «Habla».
17Él dijo: «Habla, por favor, al rey Salomón, que a ti no te lo negará. Que me dé por mujer a Abisag, la sunamita».
18Y Betsabé contestó: «Está bien. Hablaré al rey en favor tuyo».
19Luego Betsabé entró donde estaba el rey Salomón para interceder en favor de Adonías. El rey se levantó a su encuentro, hizo una inclinación ante ella y tomó asiento en su trono. Dispuso otro para la madre del rey, quien tomó asiento a su derecha.
20Dijo ella: «Solo tengo un pequeño ruego que hacerte, no me vuelvas la cara». Contestó el rey: «Expón tu ruego, madre, que no te volveré la cara».
21Ella continuó: «Que Abisag, la sunamita, sea entregada por mujer a tu hermano Adonías».
22El rey Salomón replicó a su madre: «¿Por qué pides tú a Abisag, la sunamita, para Adonías? Pide también para él el reino, pues, además de ser mi hermano mayor, ya tiene de su parte al sacerdote Abiatar y a Joab, hijo de Seruyá».
23El rey Salomón juró entonces por el Señor: «El Señor me castigue una y mil veces, si al decir tal cosa no se ha jugado Adonías la vida.
24¡Vive Dios, quien me ha entronizado y consolidado sobre el trono de David mi padre, dándome una dinastía tal como había prometido! ¡Adonías será hoy hombre muerto!».
25Entonces el rey Salomón envió a Benaías, hijo de Yehoyadá, que cargó sobre él y lo mató.
26En cuanto al sacerdote Abiatar, el rey le dijo: «¡Vete a Anatot, a tus tierras! ¡Eres reo de muerte! Aunque en esta ocasión no voy a matarte, en atención a que llevaste el Arca de Dios, mi Señor, en presencia de mi padre David y compartiste todas sus tribulaciones».
27Destituyendo a Abiatar de su función como sacerdote del Señor, cumplió Salomón la palabra que el Señor había sentenciado en Siló contra la casa de Elí.
28El rumor de lo sucedido llegó a Joab, quien estaba de parte de Adonías —aunque antes no había estado de parte de Absalón—. Huyó entonces Joab a la Tienda del Señor y allí se agarró a los cuernos del altar.
29Comunicaron al rey Salomón: «Joab ha huido a la Tienda del Señor y permanece al lado del altar». Salomón envió a decirle: «¿Qué te sucede, que has huido al altar?». Respondió Joab: «He tenido miedo de ti y he huido al Señor». Entonces Salomón envió a Benaías, hijo de Yehoyadá, con esta orden: «Ve, carga contra él». Benaías entró en la Tienda del Señor y le ordenó: «Así dice el rey: sal».
30Él respondió: «No, aquí moriré»; y Benaías llevó la respuesta al rey: «Así ha hablado Joab y así le he respondido».
31El rey mandó: «Haz como él ha dicho. ¡Carga contra él y entiérralo! De tal modo apartarás de la casa de mi padre y de mí la sangre inocente derramada por Joab.
32¡Haga recaer el Señor sobre su cabeza esa sangre inocente, por haber cargado contra dos hombres más justos y mejores que él asesinándolos con la espada! —sin que mi padre David supiese nada—: contra Abner, hijo de Ner, jefe del ejército de Israel, y contra Amasá, hijo de Jéter, jefe del ejército de Judá.
33¡Recaiga su sangre sobre la cabeza de Joab y la de su descendencia para siempre! ¡Mas haya paz perpetua de parte del Señor para David, su descendencia, su casa y su trono!».
34Entonces Benaías, hijo de Yehoyadá, subió, cargó contra Joab y lo mató. Luego lo enterraron en su casa, en el desierto.
35El rey puso en su lugar al frente del ejército a Benaías, hijo de Yehoyadá, y en el de Abiatar, a Sadoc, el sacerdote.
36Envió el rey a llamar a Semeí para decirle: «Hazte una casa en Jerusalén y vive en ella. No saldrás de allí ni a un lado ni a otro.
37Ten por cierto que el día en que salgas y cruces el torrente Cedrón, morirás y tú serás el responsable de tu muerte».
38Y Semeí dijo al rey: «Está bien lo que dices. Tu siervo hará como el rey mi señor ha dicho». Luego permaneció Semeí en Jerusalén durante mucho tiempo.
39Pero al cabo de tres años, dos de sus siervos huyeron adonde estaba Aquís, hijo de Maacá, rey de Gat. Se lo comunicaron a Semeí: «Tus siervos están en Gat».
40Semeí se levantó, aparejó su asno y marchó a Gat, donde estaba Aquís, en busca de sus siervos. Fue y se los trajo de Gat.
41Informaron a Salomón: «Semeí ha ido de Jerusalén a Gat y ha traído a sus siervos».
42El rey envió a llamarle y le recordó: «¿No te hice jurar por Dios y te advertí: “El día en que salgas, para ir a dondequiera que sea, ten por cierto que morirás”, y tú asentiste a lo que escuchabas?
43¿Por qué no has guardado el juramento pronunciado ante el Señor y la orden que te impuse?».
44Añadió el rey: «Tú sabes todo el mal que hiciste a David mi padre —bien lo recuerdas—. Pues bien, ¡el Señor haga recaer toda tu maldad sobre tu cabeza!
45En cambio, ¡sea bendito el rey Salomón y manténgase siempre firme ante el Señor el trono de David!».
46Entonces el rey dio instrucciones a Benaías, hijo de Yehoyadá, el cual salió y cargó contra él hasta matarlo. Y quedó el reino consolidado en manos de Salomón.
31Salomón emparentó con el faraón, rey de Egipto. Tomó la hija del faraón y la condujo a la Ciudad de David mientras terminaba de edificar su palacio, el templo del Señor y la muralla en torno a Jerusalén.
2El pueblo continuaba ofreciendo sacrificios en los altozanos, pues no se había construido hasta entonces un templo al Nombre del Señor.
3Salomón amaba al Señor y obraba según los preceptos de su padre David, pero, a pesar de ello, ofrecía sacrificios y quemaba incienso en los altozanos.
4El rey acudió a Gabaón a ofrecer mil holocaustos sobre aquel altar, pues era aún el santuario principal.
5Aquella noche el Señor se apareció allí en sueños a Salomón y le dijo: «Pídeme lo que deseas que te dé».
6Salomón respondió: «Has actuado con gran benevolencia hacia tu siervo David, mi padre, porque caminaba en tu presencia con lealtad, justicia y rectitud de corazón. Has tenido para con él una gran benevolencia, concediéndole un hijo que había de sentarse en su trono, como sucede en este día.
7Pues bien, Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar.
8Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular.
9Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».
10Agradó al Señor esta súplica de Salomón.
11Entonces le dijo Dios: «Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia,
12yo obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti.
13Te concedo también aquello que no has pedido, riquezas y gloria mayores que las de ningún otro rey mientras vivas.
14Y si caminas por mis sendas, guardando mis preceptos y mandamientos, como hizo David, tu padre, prolongaré los días de tu vida».
15Salomón se despertó entonces: ¡había sido un sueño! Levantándose fue a Jerusalén. Allí, puesto en pie ante el Arca de la Alianza del Señor, ofreció holocaustos y sacrificios de comunión y dispuso luego un banquete para todos sus servidores.
16En cierta ocasión se presentaron ante el rey dos prostitutas. Se pararon ante él
17y una de ellas exclamó: «Por favor, mi señor, yo y esa mujer vivíamos en una misma casa y di a luz mientras ella estaba conmigo.
18A los tres días de mi parto, parió también esa mujer; estábamos juntas, no había nadie más en la casa, solo nosotras dos.
19Una noche murió el hijo de esa mujer, porque ella había permanecido acostada sobre él.
20Se levantó durante la noche y, mientras tu servidora dormía, tomó al mío de mi vera y lo acostó en su regazo, y a su hijo, el que estaba muerto, lo acostó en el mío.
21Me levanté al amanecer para amamantar a mi hijo, y… ¡estaba muerto! Pero lo examiné bien a la luz de la mañana para ver que no era mi hijo, el que yo había parido».
22La otra mujer repuso: «No, de ninguna manera, mi hijo es el vivo y tu hijo el muerto». Mas la otra replicaba: «No, al contrario, tu hijo es el muerto y el mío el vivo». Y seguían discutiendo ante el monarca,
23quien proclamó: «Esa dice: “Este es mi hijo, el vivo, y tu hijo es el muerto”, mientras que la otra dice: “No, al contrario, tu hijo es el muerto y mi hijo es el vivo”».
24Entonces ordenó: «Traedme una espada». Presentaron la espada al rey
25y este sentenció: «Cortad al niño vivo en dos partes y dad mitad a una y mitad a la otra».
26A la mujer de quien era el niño vivo se le conmovieron las entrañas por su hijo y pidió al rey: «Por favor, mi señor, que le den a ella el niño vivo, pero matarlo ¡no!, ¡no lo matéis!», mientras la otra decía: «Ni para mí ni para ti: ¡que lo corten!».
27Sentenció entonces el monarca: «Entregadle a ella el niño vivo, no lo matéis, porque ella es su madre».
28Llegó a oídos de todo Israel el juicio pronunciado y cobraron respeto al rey, viendo que dentro de él había una sabiduría divina con la que hacer justicia.
41El rey Salomón gobernaba sobre todo Israel
2y estos eran sus ministros: Azarías, hijo de Sadoc, sacerdote;
3Elihaf y Ajías, hijos de Seraías, secretarios; Josafat, hijo de Ajilud, heraldo;
4Benaías, hijo de Yehoyadá, jefe del ejército; Sadoc y Abiatar, sacerdotes;
5Azarías, hijo de Natán, jefe de gobernadores; Zabud, hijo de Natán, amigo del rey;
6Ajisar mayordomo de la casa real; Eliab, hijo de Joab, jefe del ejército, y Adorán, hijo de Abdá, supervisor de trabajos forzados.
7Tenía Salomón doce gobernadores al frente de todo Israel. Proveían al rey y a la casa real y durante un mes al año recaía sobre cada uno de ellos procurar su suministro.
8Estos eran sus nombres: Ben Jur, en la montaña de Efraín, uno.
9Ben Dequer, en Mahás, Saalbín, Bet Semes, Ayalón, hasta Bet Janán, uno.
10Ben Jésed, en Arubot; tenía Socó y toda la tierra de Jéfer.
11Ben Abinadab: por todo el distrito de Dor —Tabaat, hija de Salomón, fue su mujer—, uno.
12Baaná, Ben Ajilud, en Tanac, Meguido —hasta más allá de Jocmeán—, y todo Bet Seán, por debajo de Yezrael, desde Bet Seán hasta Abel Mejolá, que está hacia Sartán, uno.
13Ben Guéber, en Ramot de Galaad (le correspondían las aldeas de Jaír, hijo de Manasés, que están en Galaad) (también la región de Argob en el Basán, con sesenta grandes ciudades amuralladas y con cerrojos de bronce), uno.
14Ajinadab, Ben Idó, en Majanáin.
15Ajimás, en Neftalí —este casó también con otra hija de Salomón, llamada Basmat—, uno.
16Baaná, Ben Jusay, en Aser y las subidas, uno.
17Josafat, hijo de Paruaj, en Isacar.
18Semeí, Ben Elá, en Benjamín.
19Guéber, Ben Urí, en la tierra de Gad, el territorio de Sijón, rey de los amorreos, y de Og, rey de Basán.Había, además, un gobernador en el país.
20Entonces Judá e Israel eran numerosos como la arena a orillas del mar; había abundancia de comida y bebida y vivían alegres.
51Salomón tenía el dominio sobre todos los reinos, desde el Río hasta la tierra de los filisteos y la frontera de Egipto. Durante todo el tiempo de su vida le pagaron tributo y le estuvieron sometidos.
2Su suministro diario era de treinta cargas de flor de harina y sesenta cargas de harina,
3diez bueyes cebados y veinte de pasto, cien cabezas de ganado menor, aparte de ciervos y gacelas, gamos y aves cebadas.
4Dominaba en toda la Transeufratina sobre todos los reyes de más acá del Río, desde Tafsaj hasta Gaza, y gozó de paz en todas sus fronteras.
5Durante los días de Salomón, Judá e Israel vivieron tranquilos, cada cual bajo su parra y su higuera desde Dan hasta Berseba.
6Salomón disponía de establos para cuatro mil caballos de tiro y doce mil de montar.
7Los gobernadores proveían un mes cada uno al rey Salomón y a todos los acogidos por él a mesa puesta, de modo que no les faltase.
8También cada uno según su turno suministraba la cebada y la paja para los caballos y los animales de tiro, allí donde el rey se encontrara.
9Dios concedió a Salomón sabiduría e inteligencia extraordinarias, y un corazón dilatado como la playa a orillas del mar.
10Su sabiduría superaba a la de todos los hijos de Oriente y a toda la de Egipto.
11A cualquier hombre superó en sabiduría; a Etán el ezrajita, a Hemán, Calcol y Dardá, hijos de Majol. Su nombre se hizo famoso entre todos los países vecinos.
12Compuso tres mil proverbios y su cancionero contenía mil cinco poemas.
13Trató sobre las plantas, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que brota en el muro; disertó también acerca de cuadrúpedos, aves, peces y reptiles.
14De todos los pueblos venían a escuchar la sabiduría de Salomón, trayendo presentes de parte de todos los reyes de la tierra que tuvieron noticia de su sabiduría.
15Jirán, rey de Tiro, oyó que Salomón había sido ungido en lugar de su padre. Jirán había sido amigo de David durante toda la vida de este y envió una embajada a Salomón,
16quien remitió a Jirán esta respuesta:
17«Tú sabes que mi padre David no pudo construir un templo al Nombre del Señor, su Dios, debido a las guerras que lo tuvieron cercado, hasta que el Señor puso a sus enemigos bajo las plantas de sus pies.
18Pero ahora, el Señor, mi Dios, me ha concedido tranquilidad a mi alrededor, pues no tengo adversario alguno ni se producen acciones hostiles.
19Me propongo construir un templo al Nombre del Señor, mi Dios, según lo dicho por el Señor a David mi padre: “Tu hijo, al que pondré en tu lugar sobre tu trono, será quien construya el templo a mi Nombre”.
20Así pues, da orden de que corten para mí cedros del Líbano. Mis siervos irán con los tuyos y yo te pagaré el salario de los tuyos conforme a lo que me digas, pues tú sabes que no hay entre nosotros quien sepa talar árboles como los sidonios».
21Cuando Jirán oyó las palabras de Salomón se alegró sobremanera exclamando: «Bendito sea hoy el Señor, que ha concedido a David un hijo sabio al frente de ese pueblo numeroso».
22Jirán entonces le devolvió el mensaje: «He escuchado lo que me has enviado a decir. Cumpliré tu deseo acerca de la madera de cedro y de ciprés.
23Mis siervos la bajarán del Líbano al mar, allí la cargaré en balsas y la haré llegar al lugar que me indiques. Yo la desmontaré y tú la cargarás. Por tu parte, cumple tú mi deseo suministrando víveres para mi casa real».
24Así Jirán entregó a Salomón madera de cedro y ciprés según su deseo.
25Por su parte, Salomón hizo llegar a Jirán veinte mil cargas de trigo y veinte mil medidas de oliva molida para el aprovisionamiento de su casa. Tal era la aportación anual de Salomón a Jirán.
26El Señor concedió sabiduría a Salomón, como le había prometido, y entre Jirán y Salomón reinó la paz, establecida mediante tratado.
27El rey Salomón suscitó una leva de trabajos forzados en todo Israel, alcanzando a treinta mil hombres.
28Envió al Líbano diez mil mensualmente, en turnos de estancia de un mes en el Líbano y dos en casa, con Adonirán al frente de la leva.
29Disponía Salomón también de setenta mil cargadores y ochenta mil canteros en la montaña,
30además de los tres mil trescientos capataces que tenía al frente de los obreros.
31El rey mandó extraer grandes bloques de piedra de calidad, para cimentar el templo con sillares.
32De tal modo, los de Salomón, los de Jirán y los guiblitas labraron la piedra y prepararon la madera para construir el templo.
61El año cuatrocientos ochenta de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, el cuarto año del reinado de Salomón en Israel, en el segundo mes, en el de ziv, Salomón construyó el templo del Señor.
2El templo edificado por el rey Salomón al Señor tenía sesenta codos de largo, veinte de ancho y veinticinco de alto.
3El vestíbulo tenía veinte codos de longitud a lo ancho del templo y diez de anchura a lo largo.
4Abrió ventanas con celosías.
5Adosada al muro del edificio levantó una galería con habitaciones laterales en torno a la nave y al santuario.
6La galería inferior medía cinco codos de ancho, la intermedia, seis codos y la tercera, siete, pues había dispuesto huecos alrededor del templo por la parte exterior, para no horadar sus muros.
7Se construyó con piedra tallada en la cantera, de modo que mientras se erigió no se escucharon martillos, sierras o instrumentos de hierro.
8La entrada del piso bajo estaba en el ala derecha y por una escalera de caracol se subía al piso intermedio y de este al tercero.
9Construyó el templo hasta su conclusión, recubriéndolo con artesonado de cedro.
10Finalmente añadió la galería adosada a todo el edificio, de cinco codos de altura y unida al templo por vigas de cedro también.
11Llegó a Salomón la palabra del Señor que decía:
12«Por este templo que estás levantando, si caminas según mis preceptos, obras según mis leyes y guardas todos mis mandatos, caminando conforme a ellos, yo te cumpliré mi palabra, la que prometí a David tu padre:
13habitaré en medio de los hijos de Israel y no abandonaré a mi pueblo, Israel».
14Salomón inició la construcción del templo y la concluyó.
15Entonces cubrió aún los muros interiores del templo con planchas de cedro desde el suelo hasta las vigas del techo y de madera el interior y el pavimento con planchas de ciprés.
16Luego cubrió los veinte codos del fondo con planchas de cedro desde el suelo hasta las vigas, formando así en el interior el santuario, el Santo de los Santos.
17Así, el templo, es decir, la nave delante del santuario medía cuarenta codos.
18El cedro del interior se hallaba trabajado con bajorrelieves de calabazas y capullos de flores abiertos; todo era de cedro, no se veía la piedra.
19Al fondo del templo dispuso el santuario, colocando allí el Arca de la Alianza del Señor.
20Medía veinte codos de largo, veinte de ancho y veinte de alto, y lo recubrió de oro puro, y alzó delante del santuario un altar de cedro.
21También recubrió el interior del Templo de oro puro, colocó unas cadenas de oro delante del Santo de los Santos.
22Envolvió de oro la totalidad del templo, de arriba abajo, y el altar para el Santo de los Santos también lo revistió de oro.
23Mandó tallar para el santuario dos querubines de madera de acebuche de diez codos de altura.
24Un ala de uno de ellos medía cinco codos y cinco codos también la otra, es decir, diez codos de punta a punta de las dos.
25También el segundo querubín medía diez codos. Tenían las mismas medidas y forma.
26La altura de un querubín era de diez codos; igualmente el segundo.
27Los colocó en medio del recinto interior, con las alas desplegadas. Cada uno tocaba un muro con un ala y en el centro del templo se tocaban uno con otro, ala con ala.
28Luego los revistió de oro.
29Esculpió todos los muros del templo, del santuario y de la nave con bajorrelieves de querubines, palmeras y capullos de flores abiertos.
30El pavimento del templo, del santuario y de la nave fueron recubiertos con oro.
31Hizo construir la entrada del santuario con puertas de madera de acebuche; el dintel y las jambas tenían cinco laterales.
32Sobre ellos mandó esculpir bajorrelieves de querubines, palmeras y capullos de flores abiertos. Los recubrió de oro, aplicando láminas doradas sobre los querubines y las palmeras.
33Lo mismo hizo para la puerta de la nave, con montantes de madera de acebuche de cuatro laterales
34y dos puertas de madera de abeto; las dos planchas de cada puerta se hallaban redondeadas.
35Esculpió querubines, palmeras, capullos de flores abiertos y aplicó oro sobre los relieves.
36Finalmente construyó el patio interior, con tres hileras de piedra tallada y una de tablones de cedro.
37El año cuarto, en el mes de ziv, se echaron los cimientos del templo del Señor,
38y el año once, en el mes de bul, el octavo, fue concluido el templo en su totalidad, conforme al proyecto establecido. Salomón lo construyó en siete años.
71Salomón edificó su palacio en trece años y lo concluyó en su totalidad.
2Construyó la sala del «Bosque del Líbano», de cien codos de longitud, cincuenta de anchura y treinta de altura, sobre cuatro hileras de columnas y vigas de cedro que reposaban sobre aquellas.
3Un artesonado de cedro reposaba sobre los travesaños que apoyaban sobre las columnas; cuarenta y cinco, en total, quince por cada fila.
4Había tres líneas de ventanas con celosía, unas frente a otras y de tres en tres.
5Todas las puertas y montantes eran cuadrangulares, unas frente a otras, de tres en tres.
6Levantó el Pórtico de las columnas de cincuenta codos de longitud y treinta de anchura; estaba este en frente de las columnas y las había con un dosel en frente.
7Erigió el Salón del trono o de la audiencia, donde administraba justicia (estaba recubierto de cedro desde el suelo hasta las vigas).
8El edificio donde residía, en otro patio dentro del pórtico, tenía la misma estructura. Mandó construir también otro edificio como este pórtico para la hija del faraón que Salomón había tomado por esposa.
9Todo era de piedras selectas, talladas a medida, cortadas con sierra por el lado exterior y por el interior, de los cimientos a las cornisas y en el exterior hasta el patio principal.
10Los cimientos estaban construidos con piedras de calidad, grandes piedras, de diez y de ocho codos,
11y encima piedras escogidas, talladas a medida, y madera de cedro.
12En el exterior, el patio principal tenía en torno tres filas de piedras talladas y una de vigas de cedro, al igual que el interior del templo del Señor o el pórtico de palacio.
13El rey Salomón mandó que buscaran y trajeran a Jirán de Tiro.
14Este era hijo de una viuda de la tribu de Neftalí; su padre había sido un tirio, artesano del cobre. Se hallaba dotado de conocimiento, pericia y suma habilidad para ejecutar cualquier trabajo en bronce. Se presentó ante el rey y llevó a cabo todo lo encomendado.
15Así, fundió las dos columnas de bronce. Una de ellas medía dieciocho codos de altura y doce de circunferencia; lo mismo la otra.
16Esculpió ambos capiteles de bronce fundido de cinco codos de altura cada uno, con objeto de situarlos sobre lo alto de las columnas.
17Figuró dos encajes y dos trenzados a modo de cadenas para los capiteles en lo alto de las columnas; un trenzado para cada capitel,
18con dos hileras de granadas alrededor de cada trenzado.
19Los capiteles posados sobre lo alto de las columnas tenían forma de azucenas (cuatrocientas en total,
20colocadas sobre la moldura situada detrás del trenzado y doscientas granadas alrededor de cada capitel).
21Erigió las columnas ante el pórtico de la nave. Alzando la columna de la derecha, la llamó Yaquín; luego elevó la de la izquierda y la denominó Boaz.
22Los capiteles que estaban en lo alto de las columnas tenían forma de azucena. Así concluyó el trabajo de las columnas.
23Fundió el mar de metal que medía diez codos de diámetro, cinco de altura y treinta de circunferencia.
24Debajo del borde había calabazas todo alrededor, dando vuelta al mar a lo largo de treinta codos, había dos filas de calabazas fundidas en una sola pieza.
25Reposaba sobre doce bueyes, tres mirando al Norte, tres al Oeste, tres al Sur y tres al Este. Sobre ellos se asentaba el mar, quedando hacia el interior las partes traseras de los bueyes.
26Tenían un palmo de espesor y el borde era como el del cáliz de la flor de azucena; tenían una capacidad de dos mil medidas.
27Fundió también las diez basas de bronce de cuatro codos de largo cada una, cuatro de ancho y tres de alto.
28La estructura de las basas era de paneles situados entre listones.
29Sobre el panel y los listones había leones, bueyes y querubines. Por encima y por debajo de los leones y de los toros se aparecían volutas de metal labrado.
30Cada basa tenía cuatro ruedas de bronce y ejes de bronce; sus cuatro pies disponían de asas debajo de la pila y los apliques estaban fundidos…
31Su boca, desde el interior de las asas hasta arriba, tenía un codo; era esta redonda, teniendo un soporte de codo y medio; sobre ella se levantaban también esculturas, pero los paneles eran cuadrados, no redondos.
32Las cuatro ruedas se hallaban bajo los paneles y los ejes de las ruedas en la basa; la altura de cada una de ellas era de codo y medio;
33la forma como la de la rueda de un carro; sus ejes, llantas, radios y cubos, todo era de metal fundido.
34Se encontraban en los cuatro ángulos de cada basa y cada una de aquellas formaba un cuerpo con su propia asa.
35En la cima de la basa había un soporte de medio codo de altura completamente redondo y en la misma cima los ejes y el armazón formaban un cuerpo con ella.
36Sobre las tablas grabó querubines, leones, palmeras… y volutas alrededor.
37Construyó las diez basas de este modo: misma fundición y mismo tamaño para todas.
38Mandó fundir diez pilas de bronce de cuarenta medidas cada una. Cada pila medía cuatro codos y había una sobre cada una de las diez basas.
39Luego colocó las basas, cinco al lado derecho y cinco al lado izquierdo del templo. El mar lo situó en el lado derecho del templo hacia el Sureste.
40Jirán esculpió los ceniceros, las paletas y los acetres. Concluyó él toda la obra que el rey Salomón le encargó que hiciera para el templo del Señor:
41dos columnas, las molduras de los capiteles de la cima de las dos columnas, los dos trenzados para recubrir las dos molduras de los capiteles de la cima de las columnas;
42las cuatrocientas granadas para los dos trenzados; las dos filas de granadas para cada trenzado;
43las diez basas y pilas sobre las basas;
44el mar y los doce bueyes bajo el mar;
45los ceniceros, las paletas y los acetres.Todos estos objetos que Jirán hizo al rey Salomón para el templo del Señor eran de bronce bruñido.
46El rey los hizo fundir en la vega del Jordán, entre Sucot y Sartán, en moldes de tierra;
47en cantidad tan enorme que no era posible calcular el peso del bronce.
48Salomón hizo construir todos los objetos que había en el templo del Señor; el altar, que era de oro; la mesa sobre la que se disponían los panes presentados, también de oro;
49los candelabros de delante del santuario: cinco a la derecha y cinco a la izquierda, asimismo de oro fino; las flores, lámparas y despabiladeras, de oro;
50las cucharas, cuchillos, acetres, copas y braseros, de oro fino; los goznes para las puertas del santuario interior, el Santo de los Santos, y para las de la nave del templo, en oro también.
51Cuando se hubo completado toda la obra que Salomón había llevado a cabo en el templo del Señor, el rey hizo traer todo lo consagrado por David su padre, la plata, el oro y los objetos, para depositarlo entre los tesoros del templo del Señor.
81Entonces congregó Salomón a los ancianos de Israel en Jerusalén —todos los jefes de las tribus y los cabezas de familia de los hijos de Israel ante el rey—, para hacer subir el Arca de la Alianza del Señor desde la ciudad de David, Sión.
2En torno al rey Salomón se congregaron todos los varones de Israel. En el mes de etanín, el mes séptimo, por la fiesta,
3vinieron todos los ancianos de Israel y los sacerdotes condujeron el Arca
4e hicieron subir el Arca del Señor y la Tienda del Encuentro, con todos los objetos sagrados que había en ella.
5El rey Salomón y todo Israel, la comunidad de Israel reunida en torno a él ante el Arca, sacrificaron ovejas y bueyes en número no calculable ni contable.
6Los sacerdotes acarrearon el Arca de la Alianza del Señor al santuario del templo, el Santo de los Santos, a su lugar propio bajo las alas de los querubines.
7Estos extendían sus alas sobre el lugar del Arca, cubriendo el Arca y sus varales.
8Estos se prolongaban hasta el punto de que sus extremos eran visibles desde el santuario, sin que se dejaran ver hacia fuera. Han estado allí hasta el día de hoy.
9No había en el Arca más que las dos tablas de piedra que Moisés depositó allí en el Horeb: las tablas de la alianza que estableció el Señor con los hijos de Israel cuando salieron de la tierra de Egipto.
10Cuando salieron los sacerdotes del santuario —pues ya la nube había llenado el templo del Señor—,
11no pudieron permanecer ante la nube para completar el servicio, ya que la gloria del Señor llenaba el templo del Señor.
12Dijo entonces Salomón:«El Señor puso el sol en los cielos, | mas ha decidido habitar en densa nube.
13He querido erigirte una casa para morada tuya, | un lugar donde habites para siempre».
14Volviéndose el rey, bendijo a toda la asamblea de Israel, en pie ante él:
15«Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que con su mano ha cumplido lo que prometió con su propia boca diciendo:
16“Desde el día en que saqué de Egipto a mi pueblo Israel no elegí ninguna ciudad entre todas las tribus de Israel para edificar un templo en donde resida mi Nombre; , y he elegido a David para que esté al frente de Israel, mi pueblo”.
17Mi padre David acariciaba en su corazón el propósito de edificar un templo al Nombre del Señor, Dios de Israel;
18sin embargo el Señor dijo a David mi padre: “Has acariciado en tu corazón el deseo de edificar un templo a mi Nombre; has hecho bien en ello,
19pero no serás tú el que lo edifique. Un hijo tuyo, salido de tus entrañas, será quien levante el templo a mi Nombre”.
20Ahora el Señor ha cumplido la promesa que pronunció. Como sucesor de mi padre David me ha establecido y sentado sobre el trono de Israel, como el Señor declaró, y yo construiré el templo al Nombre del Señor, Dios de Israel,
21y fijaré en él un lugar para el Arca, en donde se encuentra la alianza que el Señor pactó con nuestros padres al sacarlos de la tierra de Egipto».
22Salomón se puso en pie ante el altar del Señor frente a toda la asamblea de Israel, extendió las manos al cielo
23y dijo: «Señor, Dios de Israel, no hay Dios como tú arriba en los cielos ni abajo en la tierra, tú que guardas la alianza y la fidelidad a tus siervos que caminan ante ti de todo corazón,
24que has mantenido a mi padre David la promesa que le hiciste y cumpliste en este día con tu mano lo que con tu boca habías prometido.
25Ahora, pues, Señor, Dios de Israel, mantén a tu siervo David, mi padre, la promesa que le hiciste diciéndole: “No faltará nunca uno de los tuyos en mi presencia para sentarse en el trono de Israel, si tus hijos vigilan su camino, procediendo ante mí como tú lo has hecho”.
26Y ahora, Dios de Israel, cúmplase la palabra que declaraste a tu siervo David, mi padre.
27¿Habitará Dios con los hombres en la tierra? Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos este templo que yo te he erigido!
28Inclínate a la plegaria y a la súplica de tu siervo, Señor, Dios mío. Escucha el clamor y la oración que tu siervo entona hoy en tu presencia.
29Que día y noche tus ojos se hallen abiertos hacia este templo, hacia este lugar del que declaraste: “Allí estará mi Nombre”. Atiende la plegaria que tu servidor entona en este lugar.
30Escucha la súplica que tu siervo y tu pueblo Israel entonen en este lugar. Escucha tú, hacia el lugar de tu morada, hacia el cielo, escucha y perdona.
31Si un hombre peca contra su prójimo y tiene que prestar juramento imprecatorio y se presenta con su imprecación ante tu altar en este templo,
32tú escucharás en el cielo y actuarás juzgando a tus siervos: declarando culpable al malvado, para que su conducta recaiga sobre su cabeza, e inocente al justo, retribuyéndole según su justicia.
33Cuando tu pueblo Israel haya sido derrotado por un enemigo, por haber pecado contra ti, y se vuelva a ti y alabe tu Nombre, ore y suplique ante ti en este templo,
34tú escucharás en los cielos y perdonarás el pecado de tu pueblo Israel y los devolverás a la tierra que diste a sus padres.
35Cuando, por haber pecado contra ti, los cielos se cierren y deje de haber lluvia, y acudan a orar en este lugar y alaben tu Nombre y se conviertan de su pecado porque los humillaste,
36tú escucharás en los cielos y perdonarás el pecado de tus siervos y de tu pueblo Israel, enseñándoles el buen camino que deberán seguir, y enviarás lluvia a la tierra, que diste en herencia a tu pueblo.
37Cuando en el país haya hambre, peste, tizón, añublo, langosta o pulgón, cuando el enemigo ponga asedio en una de sus puertas, en la desgracia o la enfermedad
38de cualquier persona o de todo el pueblo de Israel que conozca la aflicción en su corazón, eleve plegarias y súplicas y extienda sus manos hacia este templo,
39tú escucharás en los cielos, lugar de tu morada, perdonarás e intervendrás, dando a cada uno según su merecido, tú que conoces su corazón, tú el único que conoce el corazón de los hijos de los hombres,
40de modo que te teman a lo largo de los días que vivan en la tierra que diste a nuestros padres.
41También al extranjero, al que no es de tu pueblo Israel y viene de un país lejano a orar en este templo a causa de tu Nombre
42 —porque oirán hablar de tu gran Nombre, de tu mano fuerte y de tu brazo extendido—,
43tú lo escucharás en los cielos, lugar de tu morada; harás al extranjero según lo que te pida, para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu Nombre y te respeten como tu pueblo Israel, y reconozcan que tu Nombre es invocado en este templo que yo he construido.
44Cuando tu pueblo salga a la guerra contra el enemigo, por el camino por el que le envíes, y supliquen al Señor vueltos hacia la ciudad que has elegido y hacia el templo que he construido para tu Nombre,
45tú escucharás en los cielos su oración y su plegaria y les harás justicia.
46Cuando pequen contra ti, pues no hay hombre que no peque, y tú, irritado contra ellos, los entregues al enemigo, y sus vencedores los deporten al país enemigo, lejano o próximo,
47si en la tierra de sus dominadores se convierten de corazón, se arrepienten y te suplican, diciendo: “Hemos pecado, hemos actuado perversamente, nos hemos hecho culpables”;
48si en la tierra de los enemigos que los deportaron se vuelven a ti con todo su corazón y con toda su alma y te suplican vueltos hacia la tierra que diste a sus padres y hacia la ciudad que has elegido y el templo que he edificado a tu Nombre,
49tú escucharás en los cielos, lugar de tu morada;
50perdonarás a tu pueblo lo que ha pecado contra ti, todas las rebeliones que cometieron; les concederás que encuentren la compasión de sus dominadores y que se apiaden de ellos,
51porque son tu pueblo y tu heredad, los que sacaste de Egipto, del crisol del hierro.
52Estén abiertos tus ojos a la súplica de tu siervo, a la súplica de tu pueblo Israel, para escucharlos en cuanto te imploren.
53Porque tú, Señor Dios, los apartaste para ti, en herencia, entre todos los pueblos de la tierra, según dijiste a través de Moisés tu siervo cuando sacaste a nuestros padres de Egipto».
54Cuando Salomón concluyó esta súplica y plegaria ante el altar del Señor, donde había estado arrodillado con las manos extendidas hacia el cielo,
55se alzó y, puesto en pie, bendijo a toda la asamblea de Israel, diciendo en voz alta:
56«Bendito sea el Señor que ha dado el descanso a su pueblo Israel, según todas sus promesas; no ha fallado ni una sola de las palabras de bondad que prometió por medio de Moisés su siervo.
57Que el Señor, nuestro Dios, esté con nosotros como estuvo con nuestros padres, que no nos abandone ni nos rechace.
58Que incline nuestros corazones hacia él, para que marchemos por sus caminos y guardemos todos los mandatos, preceptos y decretos que ordenó a nuestros padres.
59Que estas palabras mías con las que he suplicado ante el Señor permanezcan cercanas al Señor, nuestro Dios, día y noche, para que haga justicia a su siervo y a su pueblo Israel, según las necesidades de cada día,
60para que todos los pueblos de la tierra reconozcan que el Señor es Dios y no hay otro,
61y vuestros corazones estén enteramente con el Señor, nuestro Dios, marchando según sus decretos y guardando sus mandatos como en este día».
62El rey y todo Israel con él ofrecieron sacrificios ante el Señor.
63Salomón sacrificó, veintidós mil bueyes y ciento veinte mil ovejas como sacrificios de comunión en honor del Señor. De este modo el rey y todos los hijos de Israel dedicaron el templo del Señor.
64Aquel día consagró el rey el atrio interior que está delante del templo del Señor, ofreciendo allí el holocausto, la oblación y las grasas de los sacrificios de comunión, pues el altar de bronce que estaba ante el Señor era demasiado reducido para contener el holocausto, la oblación y las grasas de los sacrificios de comunión.
65En aquella ocasión Salomón celebró la fiesta. Con él ante el Señor, nuestro Dios, en el templo que había construido, estaba todo Israel, una asamblea inmensa, desde la entrada de Jamat hasta el torrente de Egipto. Comieron, bebieron e hicieron fiesta ante el Señor, nuestro Dios, durante siete días.
66El día octavo despidió al pueblo. Bendijeron al rey y regresaron a sus tiendas, gozosos y felices por todos los beneficios que el Señor había hecho a su siervo David y a su pueblo, Israel.
91Cuando Salomón terminó de construir el templo del Señor, el palacio real y todo lo que había deseado hacer,
2el Señor se apareció a Salomón por segunda vez, como se le había manifestado en Gabaón.
3El Señor le dijo: «He escuchado la plegaria y la súplica que has pronunciado ante mí. Consagro este templo que me has construido para poner en él mi Nombre para siempre; mis ojos y mi corazón estarán en él por siempre.
4Y en cuanto a ti, si marchas ante mí como lo hizo David tu padre, con corazón íntegro y recto, haciendo todo lo que te ordene, guardando mis mandatos y decretos,
5yo afianzaré el trono de tu realeza sobre Israel para siempre como prometí a David tu padre: “No te faltará uno de los tuyos sobre el trono de Israel”.
6Pero si vosotros y vuestros hijos me dais la espalda y no guardáis los mandatos y decretos que os he dado, y os dedicáis a servir a otros dioses y a postraros ante ellos,
7yo arrancaré a Israel de la superficie de la tierra que les di, retiraré de mi presencia el templo que he consagrado a mi Nombre, e Israel se convertirá en objeto de burla y de escarnio entre todos los pueblos.
8Y este santuario se convertirá en ruina, de modo que todos los que pasen ante él quedarán estupefactos y silbarán preguntándose: “¿Por qué ha actuado el Señor así con esta tierra y este templo?”.
9Y responderán: “Porque abandonaron al Señor, su Dios, que había sacado a sus padres de la tierra de Egipto y abrazaron otros dioses, se postraron ante ellos y les rindieron culto; por eso ha hecho venir el Señor sobre ellos estos males”».
10Veinte años después de que Salomón hubo construido las dos casas, el templo del Señor y el palacio real,
11el rey entregó a Jirán veinte ciudades en la tierra de Galilea, pues Jirán, rey de Tiro, había proporcionado a Salomón madera de cedro y de ciprés y todo el oro que quiso.
12Salió Jirán de Tiro a observar las ciudades que Salomón le había entregado, pero no le agradaron,
13y se quejó: «¿Qué ciudades son estas que me has entregado, hermano mío?». Las denominó: «Tierra de Cabul», nombre conservado hasta el día de hoy.
14Había enviado Jirán al rey ciento veinte talentos de oro.
15Esto es lo referente a la prestación personal que el rey Salomón estableció para construir el templo del Señor y el palacio real, el Miló y la muralla de Jerusalén, Jasor, Meguido y Guézer
16—el faraón, rey de Egipto, había subido y tomado Guézer y, tras incendiarla y matar a los cananeos que habitaban la ciudad, la entregó en dote a su hija, la mujer de Salomón,
17quien la reconstruyó—, Bet Jorón de abajo,
18Baalat y Tamar en el desierto del país,
19más todas las ciudades de aprovisionamiento que tenía Salomón, las ciudades para carros y caballos, y cuanto Salomón quiso construir en Jerusalén, en el Líbano o por todos los dominios de su reino.
20A cuantos quedaron de los amorreos, hititas, perizitas, jivitas y jebuseos, que no eran de los hijos de Israel,
21cuyos descendientes habían permanecido en el país y a quienes los hijos de Israel no habían podido exterminar mediante anatema, Salomón los redujo a mano de obra forzada, como ha sucedido hasta el día de hoy.
22Pero a los hijos de Israel no les impuso trabajos forzados, pues eran sus guerreros, oficiales y jefes, escuderos y guías de sus carros y caballería.
23Los capataces de los prefectos al frente de las obras de Salomón eran quinientos cincuenta para dirigir a los obreros de sus construcciones.
24Una vez que la hija del faraón hubo subido de la ciudad de David al palacio que Salomón construyera para ella, se edificó el Miló.
25Tres veces al año, Salomón ofrecía holocaustos y sacrificios de comunión en el altar que había levantado al Señor y quemaba ante él las ofrendas abrasadas. Así, llevó a conclusión la obra del templo.
26El rey Salomón construyó una flota en Esión Guéber, cerca de Elat, a orillas del mar Rojo en tierra de Edón.
27Jirán envió en las naves servidores suyos, marineros expertos, junto con los servidores de Salomón.
28Llegaron a Ofir y de allí trajeron cuatrocientos veinte talentos de oro que llevaron ante el rey.
101La reina de Saba oyó la fama de Salomón, en honor del nombre del Señor, y vino a ponerlo a prueba con enigmas.
2Llegó a Jerusalén con una gran fuerza de camellos portando perfumes, oro en cantidad y piedras preciosas. Ante Salomón se presentó para plantearle cuanto había ideado.
3El rey resolvió sus preguntas todas, pues no había cuestión tan arcana que él no pudiese desvelar.
4Cuando la reina de Saba percibió la sabiduría de Salomón, el palacio que había construido,
5los manjares de su mesa, las residencias de sus servidores, el porte y vestimenta de sus ministros, sus coperos y los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó sin respiración
6y dijo al rey: «Era verdad cuanto oí en mi tierra acerca de tus enigmas y tu sabiduría.
7No daba crédito a lo que se decía, pero ahora he venido y mis propios ojos lo han visto. ¡Ni la mitad me narraron! Tu conocimiento y prosperidad superan con mucho las noticias que yo escuché.
8Dichosas tus mujeres, dichosos estos servidores tuyos siempre en tu presencia escuchando tu sabiduría.
9Bendito sea el Señor, tu Dios, que se ha complacido en ti y te ha situado en el trono de Israel. Pues, por el amor eterno del Señor a Israel, te ha puesto como rey para administrar derecho y justicia».
10Ofreció al rey ciento veinte talentos de oro y gran cantidad de esencias perfumadas y piedras preciosas. Jamás llegaron en tal abundancia perfumes como los que la reina de Saba dio a Salomón.
11La flota de Jirán, la que transportaba el oro de Ofir, trajo también madera de sándalo en gran cantidad y piedras preciosas.
12Con la madera de sándalo el rey hizo balaustradas para el templo del Señor y el palacio real; cítaras y salterios para los cantores. Nunca como entonces volvió a llegar madera de sándalo ni ha vuelto a verse hasta el día de hoy.
13El rey Salomón concedió a la reina de Saba cuanto ella quiso y pidió, además de los regalos que él le hizo con munificencia regia. Luego ella se volvió a su país con sus servidores.
14El peso del oro que llegaba a Salomón cada año era de seiscientos sesenta y seis talentos de oro,
15sin contar los tributos impuestos a los mercaderes, las ganancias por el tráfico comercial y lo procedente de todos los reyes árabes e inspectores del país.
16El rey fundió doscientos escudos de gran tamaño en oro batido con seis kilos y medio de oro batido por cada uno,
17y trescientos escudos de menor tamaño en oro batido, con tres minas de oro cada uno, que el rey guardó en la casa denominada «Bosque del Líbano».
18Luego construyó un gran trono de marfil revestido de oro finísimo.
19Tenía el trono seis gradas, un respaldo redondo, brazos a uno y otro lado del asiento, dos leones de pie junto a los brazos
20y doce leones de pie sobre las seis gradas, a uno y otro lado. Nada igual llegó a hacerse para ningún otro reino.
21Todas las copas para bebidas del rey Salomón eran de oro y toda la vajilla de la casa «Bosque del Líbano» de oro puro, pues en sus tiempos la plata no se estimaba en nada,
22porque tenía el rey una flota de Tarsis en el mar, junto con la de Jirán, y cada tres años llegaba la flota de Tarsis portando oro, plata, marfil, monos y pavos reales.
23El rey Salomón superó a todos los reyes de la tierra en riqueza y conocimiento.
24Todo el mundo quería verle en persona para escuchar la sabiduría con la que Dios había dotado su mente.
25Y cada cual aportaba su obsequio, año tras año: utensilios de plata y oro, vestiduras, perfumes e inciensos, caballos y mulos.
26Reunió Salomón carruajes y caballería. Poseía mil cuatrocientos carros y doce mil caballos acuartelados en las ciudades para carros y en Jerusalén en torno al rey.
27El rey logró que en Jerusalén la plata abundara como las piedras, y los cedros como los sicomoros de la Tierra Baja.
28Los caballos de Salomón procedían de Musur y Cilicia. Sus mercaderes los compraban en Cilicia a precio fijo.
29Un carro importado de Egipto valía seiscientos siclos de plata, y un caballo, ciento cincuenta. Ambos se exportaban luego a todos los reyes de los hititas y a los reyes de Siria.
111El rey Salomón amó a muchas mujeres extranjeras: a la hija del faraón, a mujeres moabitas, amonitas, edomitas, sidonias e hititas,
2mujeres de los pueblos de los que había dicho el Señor a los hijos de Israel: «No os unáis a ellas ni ellas a vosotros, pues seguro que arrastrarán vuestro corazón tras sus dioses». Pero Salomón se unía a ellas por amor
3y tuvo setecientas mujeres con rango de princesas y trescientas concubinas.
4Cuando llegó a viejo, sus mujeres desviaron el corazón de Salomón tras otros dioses y su corazón no fue por entero del Señor, su Dios, como lo había sido el corazón de David, su padre.
5Salomón iba en pos de Astarté, diosa de los sidonios, y de Milcón, abominación de los amonitas.
6Salomón hizo así lo malo a los ojos del Señor, no manteniéndose del todo al lado del Señor como David, su padre.
7Edificó Salomón por entonces un altar a Camós, abominación de Moab, sobre el monte que está frente a Jerusalén, y otro a Milcón, abominación de los amonitas.
8Lo mismo hizo con todas sus mujeres extranjeras que quemaban incienso y sacrificaban a sus dioses.
9Y se enojó el Señor contra Salomón por haber desviado su corazón del Señor, Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces,
10dándole instrucciones sobre este asunto: que no fuera en pos de otros dioses. Pero no guardó lo que el Señor le había ordenado.
11El Señor dijo a Salomón: «Por haber actuado así y no guardar mi alianza y las leyes que te ordené, voy a arrancar el reino de tus manos y lo daré a un siervo tuyo.
12Pero no lo haré en vida tuya, en atención a David, tu padre, sino que lo arrancaré de manos de tu hijo.
13Tampoco le arrancaré todo el reino, en atención a David, mi siervo, sino que daré a tu hijo una tribu en consideración a Jerusalén, a la que he elegido».
14Suscitó entonces el Señor a Salomón un adversario, Hadad el edomita, de la estirpe real de Edón.
15Cuando David hubo derrotado a Edón, Joab, jefe del ejército, subió a dar sepultura a los muertos y mató a todos los varones de Edón,
16pues Joab y todo Israel permanecieron allí seis meses hasta que exterminaron a todos los varones de Edón.
17Pero Hadad huyó en dirección a Egipto, junto con algunos hombres edomitas servidores de su padre. Era entonces Hadad un muchacho joven.
18Partieron de Madián y llegaron a Farán; tomaron consigo hombres de allí y llegaron a Egipto, ante el faraón, rey de Egipto, quien le proporcionó casa con la promesa de sustento y le concedió tierras.
19Halló Hadad gran favor a los ojos del faraón, que le dio como mujer a la hermana de su mujer, la hermana de la Gran Dama Tajfenés.
20La hermana de Tajfenés le dio a luz un hijo, Guenubat. Lo crió Tajfenés en casa del faraón y Guenubat vivió en la casa del faraón con los hijos del faraón.
21Cuando Hadad se enteró de que David había reposado con sus padres y que Joab, jefe del ejército, estaba muerto, Hadad dijo al faraón: «Déjame partir y regresar a mi tierra».
22El faraón le preguntó: «¿Qué te falta aquí a mi lado para que trates de ir a tu tierra?». Respondió: «Nada, pero déjame partir».
25bEntonces Hadad regresó a su tierra. El mal hecho por Hadad consistió en rechazar la autoridad de Israel y reinar en Edón.
23Dios le suscitó otro adversario, Rezón, hijo de Elyadá, que había huido de su señor Hadadézer, rey de Sobá:
24se le unieron algunos hombres y se hizo jefe de banda (cuando David los mató). Fueron a Damasco, allí se instalaron y establecieron un reino en Damasco.
25aDurante toda la vida de Salomón, Damasco fue un adversario de Israel.
26Jeroboán era hijo de Nebat, efraimita de Seredá; su madre, mujer viuda, se llamaba Seruá. Se hallaba al servicio de Salomón, pero alzó la mano contra el rey.
27Las circunstancias de su alzamiento fueron estas: construía Salomón el Miló con objeto de cerrar la brecha de la ciudad de David, su padre.
28Jeroboán era un líder valeroso. Salomón pudo observar que el joven era un experto trabajador y lo puso al frente de toda la leva de la casa de José.
29Sucedió entonces que Jeroboán salía de Jerusalén y se le presentó el profeta Ajías de Siló cubierto con un manto nuevo. Estando los dos solos en campo abierto,
30tomó Ajías el manto nuevo que llevaba puesto, lo rasgó en doce jirones
31y dijo a Jeroboán: «Toma diez jirones para ti, porque así dice el Señor, Dios de Israel: “Rasgaré el reino de manos de Salomón y te daré diez tribus.
32La otra tribu será para él, en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que me elegí entre todas las tribus de Israel.
33Porque me ha abandonado postrándose ante Astarté, diosa de los sidonios, ante Camós, dios de Moab, y ante Milcón, dios de los amonitas, no siguiendo mis caminos ni haciendo lo que es justo a mis ojos, mis decretos y sentencias, como su padre David.
34No tomaré de su mano todo el reino; lo mantendré como príncipe todos los días de su vida en atención a David mi siervo, a quien yo elegí y que guardó mis mandatos y decretos.
35Pero tomaré de mano de su hijo el reino, las diez tribus, y te lo daré,
36aunque daré a su hijo una tribu para que a David mi siervo le quede siempre una lámpara en mi presencia en Jerusalén, la ciudad que me elegí para poner allí mi Nombre.
37A ti te tomaré y tú reinarás sobre cuanto desees: serás rey de Israel.
38Si escuchas todo cuanto te ordene y andas por mi camino y haces lo recto a mis ojos, guardando mis decretos y mis mandamientos, como hizo David mi siervo, yo estaré contigo y te daré una dinastía estable como se la di a David. Te entrego a Israel
39y humillaré el linaje de David por esta causa, mas no por siempre”».
40Salomón intentó matar a Jeroboán, pero Jeroboán emprendió la huida a Egipto, junto a Sosac, rey de Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Salomón.
41El resto de los hechos de Salomón, todo cuanto hizo y su sabiduría ¿no está escrito en el libro de los Hechos de Salomón?
42El tiempo que reinó en Jerusalén sobre todo Israel fue de cuarenta años.
43Salomón se durmió con sus padres y lo enterraron en la ciudad de su padre David. Le sucedió en el trono Roboán, su hijo.
121Roboán fue a Siquén, porque todo Israel había ido a Siquén para proclamarlo rey.
2Pero Jeroboán, hijo de Nebat, estaba todavía en Egipto, prófugo del rey Salomón. Cuando oyó esta noticia, volvió de Egipto.
3Entonces mandaron a llamarlo. Vino, pues, Jeroboán con toda la asamblea de Israel y se dirigieron a Roboán con estas palabras:
4«Tu padre nos impuso un pesado yugo; aligera tú ahora la dura servidumbre de tu padre, el pesado yugo que nos impuso, y te serviremos».
5Roboán contestó: «Marchaos, y al cabo de tres días volved luego a mí». Y el pueblo se fue.
6El rey Roboán consultó entonces con los ancianos que habían servido a su padre Salomón en vida de este: «¿Qué me aconsejáis que responda a este pueblo?».
7Ellos le contestaron: «Si hoy tú te conviertes en servidor de este pueblo y les sirves y ofreces buenas palabras, ellos serán tus siervos por siempre».
8Pero él ignoró la advertencia que los ancianos le daban y buscó consejo entre los jóvenes que se habían criado con él y estaban a su servicio.
9Les dijo: «¿Qué me aconsejáis que responda a este pueblo que me ha hablado diciendo: “Aligera el yugo que tu padre puso sobre nosotros”?».
10Los jóvenes que se criaron junto a él respondieron: «A este pueblo que te ha dicho: “Tu padre hizo pesado nuestro yugo, aligéralo tú ahora”, diles así: “Mi dedo meñique es más grueso que los lomos de mi padre.
11Mi padre os impuso un yugo pesado, | yo añadiré peso a vuestro yugo. | Mi padre os azotaba con látigos, | yo os azotaré con escorpiones”».
12Al cabo de tres días, Jeroboán y todo el pueblo vinieron a Roboán, como había dicho el rey: «Al cabo de tres días volved a mí».
13El rey respondió al pueblo con dureza, ignorando el consejo que los ancianos le habían dado
14y, hablándoles según el consejo de los jóvenes, dijo:«Mi padre hizo pesado vuestro yugo, | yo añadiré peso a vuestro yugo. | Mi padre os azotaba con látigos, | yo os azotaré con escorpiones».
15El rey no escuchó al pueblo, pues se trataba de algo dispuesto por el Señor, para que se cumpliera la palabra que el Señor había anunciado a Jeroboán, hijo de Nebat, por medio de Ajías de Siló.
16Viendo todo Israel que el rey no había querido escucharles, le replicaron diciendo:«¿Qué parte tenemos con David? | ¡No tenemos herencia con el hijo de Jesé! | ¡A tus tiendas, Israel! | ¡Mira ahora por tu casa, David!».Israel regresó a sus tiendas.
17Roboán reinó sobre los hijos de Israel que habitaban en las ciudades de Judá.
18El rey envió entonces a Adorán, jefe de la leva, pero todo Israel lo apedreó hasta matarlo y Roboán se apresuró a subir a su carro para huir a Jerusalén.
19Es así como Israel se rebeló contra la casa de David, hasta el día de hoy.
20Cuando Israel supo que Jeroboán había vuelto, enviaron a llamarlo a la asamblea y lo proclamaron rey sobre todo Israel; nadie se puso de parte de la casa de David, excepto la tribu de Judá.
21Al llegar a Jerusalén, Roboán reunió a toda la casa de Judá y a la tribu de Benjamín, ciento ochenta mil jóvenes dispuestos para la guerra, con objeto de combatir contra la casa de Israel y devolver el reino a Roboán, hijo de Salomón.
22La palabra de Dios se dirigió a Semaías, hombre de Dios, diciendo:
23«Habla a Roboán, hijo de Salomón, rey de Judá, y a toda la casa de Judá, a Benjamín y al resto del pueblo, y diles:
24“Así dice el Señor: No subáis a combatir con vuestros hermanos, los hijos de Israel. Que cada uno se vuelva a su casa, pues soy yo quien lo ha hecho”». Obedecieron ellos la palabra del Señor y dieron la vuelta yéndose conforme a lo dicho por el Señor.
25Jeroboán fortificó Siquén, en la montaña de Efraín, y residió en ella. Después se trasladó de allí y edificó Penuel.
26Jeroboán pensó para sus adentros: «El reino podría volver todavía a la casa de David.
27Si el pueblo continúa subiendo para ofrecer sacrificios en el templo del Señor en Jerusalén, el corazón del pueblo se volverá a su señor, a Roboán, rey de Judá, y me matarán».
28Y tras pedir consejo, el rey fundió dos becerros de oro y dijo al pueblo: «Basta ya de subir a Jerusalén. Este es tu dios, Israel, el que te hizo subir de la tierra de Egipto»,
29e instaló uno en Betel y otro en Dan.
30Este hecho fue ocasión de pecado. El pueblo marchó delante de uno a Betel y delante del otro hasta Dan.
31Construyó lugares de culto en los altos e instituyó sacerdotes del común del pueblo que no eran descendientes de Leví.
32Jeroboán estableció una fiesta en el mes octavo, el día quince del mes, a semejanza de la que se celebraba en Judá. Subió al altar que había edificado en Betel a ofrecer sacrificios a los becerros que había esculpido y estableció en Betel sacerdotes para los lugares de culto que instituyó.
33Subió al altar que había edificado en Betel el día quince del octavo mes —el mes que ideó por su cuenta—, ofreció incienso sobre él e instituyó una fiesta para los hijos de Israel.
131Bajo la orden del Señor, un hombre de Dios llegó de Judá a Betel en el momento en que Jeroboán estaba en pie sobre el altar dispuesto a quemar incienso.
2Por orden del Señor, gritó al altar: «Altar, altar, así dice el Señor: un hijo nacerá a la casa de David, de nombre Josías. Sacrificará él sobre ti a los sacerdotes de los lugares de culto, a los que queman incienso sobre ti. Huesos humanos se quemarán sobre ti».
3Y realizó aquel día un signo portentoso, al decir: «Este es el signo y el portento que el Señor ha decretado: el altar se hará pedazos y las cenizas que hay sobre él quedarán esparcidas».
4Cuando el rey Jeroboán oyó lo que el hombre de Dios gritaba contra el altar de Betel, extendió su mano desde lo alto del altar diciendo: «Prendedlo». Pero la mano extendida quedó seca y no podía volverla hacia sí,
5el altar se hizo pedazos y las cenizas que había sobre el altar quedaron esparcidas, conforme al signo milagroso que había realizado el hombre de Dios por orden del Señor.
6El rey respondió al hombre de Dios: «Aplaca, por favor, el rostro del Señor tu Dios, para que mi mano pueda volver a mí». Entonces el hombre de Dios aplacó el rostro del Señor y la mano de Jeroboán volvió hacia él y quedó como antes.
7Dijo el rey al hombre de Dios: «Entra a palacio conmigo para reconfortarte y te haré un regalo».
8El hombre de Dios replicó al rey: «Aunque me dieras la mitad de tu palacio, no entraré contigo. No comeré pan ni beberé agua en este lugar,
9porque así me ha sido ordenado a través de la palabra del Señor: “No comerás pan ni beberás agua ni volverás por el camino por el que has ido”».
10Y se fue por otro camino; no volvió por el camino por donde había venido a Betel.
11Vivía en Betel un anciano profeta. Sus hijos vinieron y le contaron cuanto el hombre de Dios había hecho aquel día en Betel y las palabras que había pronunciado ante el rey.
12Cuando terminaron su relato, el padre les preguntó: «¿Por qué camino se ha ido?». Sus hijos le mostraron el camino por el que se había ido el hombre de Dios venido de Judá.
13Y ordenó a sus hijos: «Aparejadme el asno». Aparejaron el asno y se montó en él.
14Fue en pos del hombre de Dios y lo encontró sentado bajo el terebinto. «¿Eres tú el hombre de Dios que ha venido de Judá?», le preguntó. Él respondió: «Yo soy».
15El anciano profeta le dijo: «Ven conmigo a casa y toma algo de comer».
16El hombre de Dios respondió: «No puedo volver contigo ni entrar en tu casa. No puedo comer pan ni beber agua en este lugar,
17porque he recibido orden, por la palabra de Dios: “No comerás pan ni beberás agua ni volverás por el camino por el que viniste”».
18Pero el anciano profeta le dijo: «También yo soy profeta como tú y un ángel me ha hablado por orden del Señor diciendo: “Hazle volver contigo a tu casa y que coma pan y beba agua”», mas le estaba mintiendo.
19Lo hizo volver y comió pan y bebió agua en su casa.
20Estando ellos sentados a la mesa, llegó la palabra de Dios al profeta que lo había hecho volver.
21Gritó este al hombre de Dios venido de Judá: «Así dice el Señor: has desobedecido la voz del Señor y no guardaste la orden que el Señor tu Dios te había dado,
22sino que has vuelto y has comido pan y bebido agua en el lugar del que dijo: “No comerás pan y no beberás agua”. Por ello, tu cadáver no acabará en la tumba de tus padres».
23Después que hubo comido y bebido, le aparejó su asno (al profeta al que había hecho volver).
24Este partió y de camino un león le salió al encuentro y lo mató. Su cadáver yacía en el camino; el asno se mantenía junto a él de pie y el león erguido también.
25Algunos hombres que pasaban vieron el cadáver tirado en el camino y al león de pie junto al cadáver; fueron y lo contaron en la ciudad en la que vivía el anciano profeta.
26Lo oyó el profeta que le había hecho volver del camino y dijo: «Es el hombre de Dios que desobedeció la orden del Señor y el Señor lo ha entregado al león que lo ha destrozado y matado, según la palabra que el Señor le dijo».
27Y ordenó a sus hijos: «Aparejadme el asno». Se lo aparejaron.
28Marchó hasta encontrar el cadáver tendido en el camino, y al asno y al león de pie junto al cadáver. El león no había devorado el cadáver ni había descuartizado el asno.
29El profeta recogió entonces el cadáver del hombre de Dios, lo acomodó sobre el asno y regresó a la ciudad del anciano profeta para enterrarlo.
30Depositó el cadáver en su propio sepulcro y entonaron lamentaciones por él: «¡Ay, hermano mío!».
31Tras enterrarlo, dijo a sus hijos: «Cuando yo muera, enterradme en el sepulcro en el que está el hombre de Dios. Donde están sus huesos poned los míos,
32porque se ha de cumplir la palabra que, por orden del Señor, gritó contra el altar de Betel y contra todos los santuarios de los lugares altos que hay en las ciudades de Samaría».
33Después de esto, Jeroboán no se convirtió de su mal camino y siguió consagrando para los lugares de culto sacerdotes tomados de entre el pueblo común; a todo el que deseaba, lo consagraba sacerdote de los lugares de culto.
34Este proceder condujo a la casa de Jeroboán al pecado y a su perdición y exterminio de la superficie de la tierra.
141Por aquel tiempo cayó enfermo Abías, hijo de Jeroboán,
2y dijo Jeroboán a su mujer: «Anda, disfrázate para que nadie sepa que eres la mujer de Jeroboán; ve a Siló, pues allí se encuentra el profeta Ajías, el que me predijo que yo sería rey de este pueblo.
3Toma en tus manos diez panes, tortas y un tarro de miel, y preséntate ante él; te dará a conocer qué será del niño».
4Hizo así la mujer de Jeroboán: se levantó, fue a Siló y entró en casa de Ajías. Ajías no podía ver porque sus ojos estaban rígidos por la ancianidad,
5pero el Señor le había dicho: «Ahí tienes a la mujer de Jeroboán, viene a pedirte un oráculo sobre su hijo enfermo. Le hablarás así y así. Se hará pasar por otra cuando entre».
6En cuanto Ajías oyó el ruido de sus pasos al entrar por la puerta, dijo: «Entra, mujer de Jeroboán. ¿Por qué pretendes pasar por otra? Tengo un duro mensaje para ti.
7Ve y dile a Jeroboán: “Así dice el Señor, Dios de Israel: yo te exalté de entre el pueblo y te constituí príncipe designado de mi pueblo Israel;
8arranqué el reino de la casa de David y te lo di a ti, pero tú no has sido como mi siervo David, que guardó mis mandatos y me siguió con todo su corazón haciendo solo lo que es recto a mis ojos;
9tú has actuado peor que todos los que te han precedido, porque has ido a hacerte otros dioses —imágenes fundidas—, para irritarme y me has vuelto la espalda echándome detrás.
10Por ello, traeré el mal a la casa de Jeroboán y exterminaré a todo varón de Jeroboán, siervo o libre en Israel, barriendo a fondo la casa de Jeroboán como se barre del todo la basura.
11A los de Jeroboán que mueran en la ciudad los devorarán los perros y a los que mueran en el campo los devorarán las aves del cielo, porque ha hablado el Señor”.
12Tú, pues, levántate y vuelve a tu casa; en cuanto tus pies pisen la ciudad, morirá el niño.
13Todo Israel llorará por él y le dará sepultura, pues es este el único de los de Jeroboán que accederá a un sepulcro, porque de la casa de Jeroboán solo en él se encuentra algo agradable al Señor, Dios de Israel.
14Suscitará el Señor para sí un rey en Israel que exterminará la casa de Jeroboán.
15Golpeará el Señor a Israel como se agita una caña en las aguas; lo arrojará de esta tierra fecunda que ofreció a sus padres y los dispersará al otro lado del Río. Porque se hicieron sus estelas, irritando al Señor,
16entregará a Israel por los pecados que Jeroboán cometió y que este le hizo cometer».
17La mujer de Jeroboán se levantó, se fue y llegó a Tirsá. El niño murió cuando entraba por el umbral de la casa.
18Lo enterraron y todo Israel hizo duelo, conforme a la palabra que el Señor había dicho por boca de su siervo, el profeta Ajías.
19El resto de los hechos de Jeroboán, cuanto guerreó y gobernó, está escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Israel.
20El tiempo de su reinado fue de veintidós años. Se durmió con sus padres y le sucedió en el trono su hijo Nadab.
21Roboán, hijo de Salomón, reinó en Judá; tenía cuarenta y un años cuando inició su reinado y reinó diecisiete años en Jerusalén, la ciudad que había elegido el Señor entre todas las tribus de Israel para poner allí su Nombre. Su madre se llamaba Naamá y era amonita.
22Pero Judá hizo el mal a los ojos del Señor, provocando su celo más de lo que lo hicieron sus padres con sus pecados,
23pues también ellos construyeron santuarios, cipos y estelas en toda colina elevada, bajo todo árbol frondoso.
24En el país hubo incluso consagrados a la prostitución que cometieron los mismos actos abominables de los pueblos que el Señor había expulsado delante de los hijos de Israel.
25El año quinto del rey Roboán, Sosac, rey de Egipto, subió contra Jerusalén,
26apoderándose de los tesoros del templo del Señor y del palacio real. Se hizo con todo, incluso con los escudos de oro que había fundido Salomón.
27En su lugar hizo escudos de bronce, que confió a los jefes de la guardia que custodiaban la entrada del palacio real.
28Cuando entraba el rey en el templo del Señor, los guardianes los portaban y los devolvían después a la sala de guardia.
29El resto de los hechos de Roboán, cuanto hizo, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Judá?
30Se sucedieron las guerras entre Roboán y Jeroboán.
31Roboán se durmió con sus padres y lo enterraron en la ciudad de David. Le sucedió en el trono su hijo Abías.
151El año dieciocho del rey Jeroboán, hijo de Nebat, comenzó a reinar Abías en Judá.
2Reinó en Jerusalén tres años; su madre se llamaba Maacá, hija de Absalón.
3Prosiguió la serie de pecados que su padre había cometido antes de él, pues su corazón no estaba por entero de parte del Señor, su Dios, como el corazón de David, su padre.
4Mas en atención a David, el Señor, su Dios, le concedió una lámpara en Jerusalén, dándole un descendiente y conservando Jerusalén,
5pues David había hecho lo recto a los ojos del Señor, sin apartarse durante toda su vida de lo que le prescribió (salvo en el caso de Urías el hitita).
6
7El resto de los hechos de Abías, cuanto hizo, ¿no está acaso ya escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Judá? Hubo guerras incesantes entre Abías y Jeroboán.
8Abías se durmió con sus padres y lo enterraron en la ciudad de David y le sucedió en el trono su hijo Asá.
9El año veinte de Jeroboán, rey de Israel, comenzó a reinar Asá en Judá.
10Reinó cuarenta y un años en Jerusalén; su madre se llamaba Maacá, hija de Absalón.
11Hizo Asá lo recto a los ojos del Señor, como David su padre,
12expulsando del país a los consagrados a la prostitución y retirando todos los ídolos fabricados por sus padres.
13Llegó incluso a retirar a su madre la función de Gran Dama por haber hecho un objeto abominable para Aserá. Abatió Asá este objeto abominable y lo quemó en el torrente Cedrón.
14Pero no abolieron los santuarios, aunque el corazón de Asá fue por completo del Señor toda su vida.
15Introdujo en el templo del Señor las ofrendas consagradas por su padre y las suyas propias, las de plata y oro y demás utensilios.
16Ocurrieron guerras incesantes entre Asá y Baasá, rey de Israel,
17pues Baasá, rey de Israel, subió contra Judá y fortificó Ramá para impedir las idas y venidas de Asá, rey de Judá.
18Entonces Asá tomó toda la plata y el oro que quedaban en los tesoros del templo del Señor y del palacio real, lo confió a sus servidores y lo envió a Ben Hadad, hijo de Tabrimón, hijo de Jezyón, rey de Siria, que habitaba en Damasco, con el mensaje:
19«Existe una alianza entre tú y yo, entre mi padre y tu padre. Te envío un presente de plata y oro. Ve, rompe tu alianza con Baasá, rey de Israel, para que se aleje de mí».
20Ben Hadad hubo de atender la petición del rey Asá enviando a los jefes de su ejército contra las ciudades de Israel, atacando a Iyón, Dan y Abel Bet Maacá, todo el Quinerot más toda la tierra de Neftalí.
21Cuando Baasá se enteró, suspendió las obras de Ramá permaneciendo en Tirsá.
22Luego convocó Asá a todo Judá sin excepción. Se llevaron la piedra y la madera con las que Baasá fortificaba Ramá y con ellas el rey Asá fortificó Gabá de Benjamín y Mispá.
23El resto de los hechos de Asá, todos sus éxitos militares y cuanto hizo, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Judá? En su ancianidad enfermó de los pies.
24Asá se durmió con sus padres y lo enterraron junto a sus padres en la ciudad de David, su padre. Le sucedió en el trono su hijo Josafat.
25Nadab, hijo de Jeroboán, comenzó a reinar en Israel el año segundo de Asá, rey de Judá, y lo hizo durante dos años.
26Hizo el mal a los ojos del Señor, siguiendo los pasos de su padre y los pecados que este hizo cometer a Israel.
27Conspiró contra él Baasá, hijo de Ajías, de la casa de Isacar: lo mató en Guibbetón de los filisteos, cuando Nadab y todo Israel lo asediaban.
28Baasá ordenó su asesinato el año tercero de Asá, rey de Judá, y le sucedió en el trono.
29Una vez rey, mató a toda la casa de Jeroboán, no dejando con vida a ninguno. Así, exterminó a los de Jeroboán conforme a la palabra que el Señor había dicho por boca de su siervo el profeta Ajías de Siló,
30por los pecados que Jeroboán cometió e hizo cometer a Israel, por provocar la irritación del Señor, Dios de Israel.
31El resto de los hechos de Nadab y todo cuanto hizo, ¿no está ya escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Israel?
32Asá y Baasá, rey de Israel, estuvieron siempre en guerra.
33El año tercero de Asá, rey de Judá, comenzó a reinar Baasá, hijo de Ajías, sobre todo Israel en Tirsá y reinó durante veinticuatro años.
34También hizo el mal a los ojos del Señor, siguiendo los pasos de Jeroboán y los pecados que este hizo cometer a Israel.
161La palabra del Señor llegó a Jehú, hijo de Jananí, contra Baasá diciendo:
2«Te he alzado del polvo y concedido ser príncipe designado de mi pueblo Israel, pero tú has continuado la senda de Jeroboán y has hecho pecar a mi pueblo Israel irritándome a mí con sus pecados.
3Por ello, voy a barrer a Baasá y a su casa, la trataré como a la de Jeroboán, hijo de Nebat.
4Así, al de Baasá que muera en la ciudad, lo comerán los perros y al que muera en el campo, lo comerán las aves del cielo».
5El resto de los hechos de Baasá, todo cuanto acometió junto a sus éxitos militares, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Israel?
6Murió Baasá y le dieron sepultura en Tirsá. Le sucedió en el trono su hijo Elá.
7La palabra del Señor había llegado por boca del profeta Jehú, hijo de Jananí, contra Baasá y su casa por el mal que había hecho a los ojos del Señor, irritándolo por los ídolos fabricados con sus manos, como había hecho la casa de Jeroboán y además por haber exterminado a esta última.
8El año veintiséis de Asá, rey de Judá, Elá, hijo de Baasá, inició en Tirsá su reinado sobre Israel. Reinó durante dos años.
9Su servidor Zimrí, jefe de la mitad del cuerpo de carros, conspiró contra él mientras bebía y se emborrachaba en Tirsá, en casa de Arsá, mayordomo del palacio de Tirsá.
10Zimrí entró, lo hirió y lo mató el año veintisiete de Asá, rey de Judá, para reinar en su lugar.
11Tan pronto como llegó a rey y tomó posesión de su trono, mató a toda la casa de Baasá sin dejar ni un solo varón, pariente o amigo.
12Exterminó Zimrí a toda la casa de Baasá conforme a la palabra que el Señor había dirigido a este por boca del profeta Jehú,
13a causa de todos los pecados que Baasá y Elá, su hijo, cometieron e hicieron cometer a Israel, irritando con sus ídolos al Señor, Dios de Israel.
14El resto de los hechos de Elá, cuanto hizo, ¿no se halla escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Israel?
15El año veintisiete de Asá, rey de Judá, reinó Zimrí siete días en Tirsá. El pueblo acampaba en Guibbetón de los filisteos.
16El ejército acampado oyó que se decía: «Zimrí ha conspirado e incluso asesinado al rey». Aquel día en el campamento, Omrí, jefe del ejército, fue proclamado rey de Israel por todo Israel.
17Entonces Omrí y con él todo Israel subieron de Guibbetón y sitiaron Tirsá.
18Al ver Zimrí que la ciudad había sido tomada, se retiró a la ciudadela del palacio real, prendió fuego al palacio real, quedándose él dentro.
19Todo a causa de los pecados que cometió obrando el mal a los ojos del Señor, siguiendo los pasos de Jeroboán y los pecados que hizo cometer a Israel.
20El resto de sus hechos y la conjuración que tramó Zimrí, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Israel?
21El pueblo de Israel se dividió entonces en dos facciones. Unos se aliaron con Tibní, hijo de Guinat, con el propósito de convertirlo en rey; otros a favor de Omrí.
22Los partidarios de Omrí se impusieron a los de Tibní, hijo de Guinat; Tibní murió y reinó Omrí.
23El año treinta y uno de Asá, rey de Judá, comenzó a reinar Omrí sobre Israel. Reinó doce años, seis en Tirsá.
24Compró a Sémer la montaña de Samaría por dos talentos de plata, la fortificó y en lo alto construyó una ciudad a la que puso por nombre Samaría, por el nombre de Sémer, dueño de la montaña.
25Obró Omrí el mal a los ojos del Señor y actuó peor que cuantos le precedieron.
26En todo siguió el camino de Jeroboán, hijo de Nebat, y los pecados que este hizo cometer a Israel, irritando con sus ídolos al Señor, Dios de Israel.
27El resto de los hechos de Omrí, cuanto obró y sus éxitos militares, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Israel?
28Omrí se durmió con sus padres y le dieron sepultura en Samaría. Le sucedió en el trono su hijo Ajab.
29Ajab, hijo de Omrí, inició su reinado en Israel el año treinta y ocho de Asá, rey de Judá. Ajab, hijo de Omrí, reinó sobre Israel en Samaría veintidós años.
30Ajab, hijo de Omrí, hizo el mal a los ojos del Señor, más aún que todos los que le precedieron.
31No le bastó seguir los pecados de Jeroboán, hijo de Nebat, sino que, además, tomó por mujer a Jezabel, hija de Itobaal, rey de los sidonios, y se puso a servir a Baal, postrándose ante él.
32Le elevó un altar en el santuario de Baal que edificó en Samaría
33y construyó Ajab la estela. Prosiguiendo de este modo irritó al Señor, Dios de Israel, más aún que todos los reyes de Israel que le precedieron.
34En su tiempo, Jiel de Betel reconstruyó Jericó, pero echó sus cimientos a costa de Abirán, su primogénito, y levantó sus puertas a costa de su hijo menor Segub, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Josué, hijo de Nun.
171Elías, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab: «Vive el Señor, Dios de Israel, ante quien sirvo, que no habrá en estos años rocío ni lluvia si no es por la palabra de mi boca».
2La palabra del Señor llegó a Elías diciendo:
3«Sal de aquí, dirígete hacia oriente y escóndete en el torrente de Querit, frente al Jordán.
4Habrás de beber sus aguas y he ordenado a los cuervos que allí te suministren alimento».
5Fue a establecerse en el torrente de Querit, frente al Jordán, procediendo según la palabra del Señor.
6Los cuervos le llevaban pan y carne por la mañana y lo mismo al atardecer; y bebía del torrente.
7Al cabo de unos días se secó el torrente, pues no hubo lluvia sobre el país.
8La palabra del Señor llegó entonces a Elías diciendo:
9«Levántate, vete a Sarepta de Sidón y establécete, pues he ordenado a una mujer viuda de allí que te suministre alimento».
10Se alzó y fue a Sarepta. Traspasaba la puerta de la ciudad en el momento en el que una mujer viuda recogía por allí leña. Elías la llamó y le dijo: «Tráeme un poco de agua en el jarro, por favor, y beberé».
11Cuando ella fue a traérsela, él volvió a gritarle: «Tráeme, por favor, en tu mano un trozo de pan».
12Ella respondió: «Vive el Señor, tu Dios, que no me queda pan cocido; solo un puñado de harina en la orza y un poco de aceite en la alcuza. Estoy recogiendo un par de palos, entraré y prepararé el pan para mí y mi hijo, lo comeremos y luego moriremos».
13Pero Elías le dijo: «No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo la harás después.
14Porque así dice el Señor, Dios de Israel:“La orza de harina no se vaciará | la alcuza de aceite no se agotará | hasta el día en que el Señor conceda | lluvias sobre la tierra”».
15Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia.
16Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías.
17Después de estos hechos, cayó enfermo el hijo de la dueña de la casa; su mal fue agravándose hasta el punto de que no le quedaba ya aliento.
18Entonces la viuda dijo a Elías: «¿Qué hay entre tú y yo, hombre de Dios? ¡Has venido a recordarme mis faltas y a causar la muerte de mi hijo!».
19Elías respondió: «Entrégame a tu hijo». Lo tomó de su regazo, lo subió a la habitación de arriba donde él vivía, y lo acostó en su lecho.
20Luego clamó al Señor, diciendo: «Señor, Dios mío, ¿vas a hacer mal a la viuda que me hospeda, causando la muerte de su hijo?».
21Luego se tendió tres veces sobre el niño, y gritó al Señor: «Señor, Dios mío, que el alma de este niño vuelva a su cuerpo».
22El Señor escuchó el grito de Elías y el alma del niño volvió a su cuerpo y el niño volvió a la vida.
23Tomó Elías al niño, lo bajó de la habitación de arriba al interior de la casa y se lo entregó a su madre, diciendo: «Mira, tu hijo está vivo».
24La mujer dijo a Elías: «Ahora sé que eres un hombre de Dios, y que la palabra del Señor está de verdad en tu boca».
181Pasado mucho tiempo, al tercer año llegó la palabra del Señor a Elías, diciendo: «Vete, preséntate ante Ajab, pues voy a conceder lluvia sobre la superficie de la tierra».
2Entonces Elías partió para presentarse ante Ajab, cuando el hambre arreciaba en Samaría.
3Mientras tanto, Ajab llamaba a Abdías, mayordomo de palacio. Abdías era profundamente temeroso del Señor.
4Cuando Jezabel exterminó a los profetas del Señor, Abdías había tomado a cien de ellos y los había ocultado en una cueva, en dos grupos de cincuenta, alimentándolos con pan y agua.
5Ajab ordenó a Abdías: «Vete por el país, recorre todas las fuentes y torrenteras; tal vez encontremos hierba, para que sigan vivos los caballos y los mulos y no perezca el ganado».
6Luego se repartieron el país para recorrerlo: Ajab se fue solo por un camino y Abdías solo por el otro.
7Estando Abdías de camino, Elías salió a su encuentro. Lo reconoció, cayó rostro en tierra y dijo «¿Eres tú, Elías, mi señor?».
8Él respondió: «Yo soy. Ve y di a tu señor: “Elías está aquí”».
9Abdías dijo: «¿Qué pecado he cometido? Así entregas a tu siervo en manos de Ajab para que me mate.
10¡Vive el Señor, tu Dios, que no hay pueblo ni reino adonde mi señor no haya enviado a alguien a buscarte! Y si decían: “No está aquí”, hacía jurar al pueblo o al reino que no te habían encontrado.
11Y ahora tú dices: “Vete y di a tu señor: Elías está aquí”.
12Cuando me aleje de ti, el espíritu del Señor te llevará adonde yo no sepa; entonces, si llego con la noticia donde está Ajab y resulta que luego no te encuentra, seguro que me mata. Sin embargo, tu siervo es temeroso del Señor desde su juventud.
13¿Nadie ha hecho saber a mi señor lo que hice cuando Jezabel mató a los profetas del Señor? Oculté a cien de ellos, de cincuenta en cincuenta, en una cueva y los alimenté con pan y agua.
14Y ahora tú me dices: “Ve y di a tu señor: Elías está aquí”… ¡Me matará!».
15Respondió Elías: «¡Vive el Señor del universo a quien sirvo que hoy me presentaré ante él!».
16Abdías fue al encuentro de Ajab y le transmitió la noticia. Ajab partió al encuentro de Elías
17y, al verlo, le dijo: «¿Eres tú, ruina de Israel?».
18Él respondió: «No soy yo quien ha arruinado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, por abandonar los mandatos del Señor y seguir a los baales.
19Pero ahora, manda que todo Israel se reúna en torno a mí en el monte Carmelo, especialmente a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal que comen a la mesa de Jezabel».
20Ajab dio una orden entre todos los hijos de Israel y reunió a los profetas en el monte Carmelo.
21Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando sobre dos muletas? Si el Señor es Dios, seguidlo; si lo es Baal, seguid a Baal». El pueblo no respondió palabra.
22Elías continuó: «Quedo yo solo como profeta del Señor, mientras que son cuatrocientos cincuenta los profetas de Baal.
23Que nos den dos novillos; que ellos elijan uno, lo descuarticen y lo coloquen sobre la leña, pero sin encender el fuego. Yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, también sin encender el fuego.
24Vosotros clamaréis invocando el nombre de vuestro dios y yo clamaré invocando el nombre del Señor. Y el dios que responda por el fuego, ese es Dios». Todo el pueblo acató: «¡Está bien lo que propones!».
25Elías se dirigió a los profetas de Baal: «Elegid un novillo y preparadlo vosotros primero, pues sois más numerosos. Clamad invocando el nombre de vuestro dios, pero no pongáis fuego».
26Tomaron el novillo que les dieron, lo prepararon y estuvieron invocando el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: «¡Baal, respóndenos!». Mas no hubo voz ni respuesta. Brincaban en torno al altar que habían hecho.
27A mediodía, Elías se puso a burlarse de ellos: «¡Gritad con voz más fuerte, porque él es dios, pero tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará de camino; tal vez esté dormido y despertará!».
28Entonces gritaron con voz más fuerte, haciéndose incisiones con cuchillos y lancetas hasta chorrear sangre por sus cuerpos según su costumbre.
29Pasado el mediodía, entraron en trance hasta la hora de presentar las ofrendas, pero no hubo voz, no hubo quien escuchara ni quien respondiese.
30Elías dijo a todo el pueblo: «Acercaos a mí», y todo el pueblo se acercó a él. Entonces se puso a restaurar el altar del Señor, que había sido demolido.
31Tomó Elías doce piedras según el número de tribus de los hijos de Jacob, al que se había dirigido esta palabra del Señor: «Tu nombre será Israel».
32Erigió con las piedras un altar al nombre del Señor e hizo alrededor una zanja de una capacidad de un par de arrobas de semilla.
33Luego dispuso leña, descuartizó el novillo y lo colocó encima.
34«Llenad de agua cuatro tinajas y derramadla sobre el holocausto y sobre la leña», ordenó y así lo hicieron. Pidió: «Hacedlo por segunda vez»; y por segunda vez lo hicieron. «Hacedlo por tercera vez» y una tercera vez lo hicieron.
35Corrió el agua alrededor del altar, e incluso la zanja se llenó a rebosar.
36A la hora de la ofrenda, el profeta Elías se acercó y comenzó a decir: «Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, que se reconozca hoy que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya he obrado todas estas cosas.
37Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, Señor, eres Dios y que has convertido sus corazones».
38Cayó el fuego del Señor que devoró el holocausto y la leña, lamiendo el agua de las zanjas.
39Todo el pueblo lo vio y cayeron rostro en tierra, exclamando: «¡El Señor es Dios. El Señor es Dios!».
40Entonces Elías sentenció: «Echad mano a los profetas de Baal, que no escape ni uno». Les echaron mano y Elías les hizo bajar al torrente de Quisón, y allí los degolló.
41Elías dijo a Ajab: «Sube, come y bebe, porque va a llover mucho».
42Ajab subió a comer y beber, mientras Elías subía a la cima del Carmelo para encorvarse hacia tierra, con el rostro entre las rodillas.
43Había ordenado a su criado: «Sube y mira hacia el mar»; el criado subió, miró y dijo: «No hay nada». Elías repitió: «Vuelve»; y así siete veces.
44A la séptima dijo el criado: «Aparece una nubecilla como la palma de una mano que sube del mar». Entonces le ordenó: «Sube y dile a Ajab: “Engancha el carro y desciende, no te vaya a detener la lluvia”».
45En unos instantes los cielos se oscurecieron por las nubes y el viento, y sobrevino una gran lluvia. Ajab montó en su carro y marchó a Yezrael.
46La mano del Señor se posó sobre Elías; este, ciñéndose la cintura, iba corriendo delante de Ajab hasta que llegó a Yezrael.
191Ajab transmitió a Jezabel cuanto había hecho Elías y cómo pasó a cuchillo a todos los profetas de Baal.
2Jezabel envió un mensajero para decirle: «Que los dioses me castiguen si mañana a estas horas no he hecho con tu vida como has hecho tú con la vida de uno de estos».
3Entonces Elías tuvo miedo, se levantó y se fue para poner a salvo su vida. Llegó a Berseba de Judá y allí dejó a su criado.
4Luego anduvo por el desierto una jornada de camino, hasta que, sentándose bajo una retama, imploró la muerte diciendo: «¡Ya es demasiado, Señor! ¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres!».
5Se recostó y quedó dormido bajo la retama, pero un ángel lo tocó y dijo: «Levántate y come».
6Miró alrededor y a su cabecera había una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió, bebió y volvió a recostarse.
7El ángel del Señor volvió por segunda vez, lo tocó y de nuevo dijo: «Levántate y come, pues el camino que te queda es muy largo».
8Elías se levantó, comió, bebió y, con la fuerza de aquella comida, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.
9Allí se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor preguntando: «¿Qué haces aquí, Elías?».
10Y él respondió: «Ardo en celo por el Señor, Dios del universo, porque los hijos de Israel han abandonado tu alianza, derribado tus altares y pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para arrebatármela».
11Le dijo: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor». Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor.
12Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego el susurro de una brisa suave.
13Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva. Le llegó una voz que le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?»,
14y él respondió: «Ardo en celo por el Señor, Dios del universo, porque los hijos de Israel han abandonado tu alianza, derribado tus altares y pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para arrebatármela».
15Le dijo el Señor: «Vuelve a tu camino en dirección al desierto de Damasco. Cuando llegues, unge rey de Siria a Jazael,
16rey de Israel a Jehú, hijo de Nimsí, y profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá.
17Al que escape a la espada de Jazael lo matará Jehú, y al que escape a la espada de Jehú, lo matará Eliseo.
18Dejaré un resto de siete mil en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal y todas las bocas que no lo besaron».
19Partió Elías de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, quien se hallaba arando. Frente a él tenía doce yuntas; él estaba con la duodécima. Pasó Elías a su lado y le echó su manto encima.
20Entonces Eliseo abandonó los bueyes y echó a correr tras Elías, diciendo: «Déjame ir a despedir a mi padre y a mi madre y te seguiré». Le respondió: «Anda y vuélvete, pues ¿qué te he hecho?».
21Eliseo volvió atrás, tomó la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio. Con el yugo de los bueyes asó la carne y la entregó al pueblo para que comiera. Luego se levantó, siguió a Elías y se puso a su servicio.
201Ben Hadad, rey de Siria, reunió todo su ejército. Lo acompañaban treinta y dos reyes con caballos y carros. Subió y puso sitio a Samaría y la atacó.
2Mandó luego mensajeros a la ciudad, a Ajab, rey de Israel,
3diciendo: «Así habla Ben Hadad: Tu plata y tu oro son míos. Tus mujeres y tus mejores hijos son míos».
4Respondió el rey de Israel: «Como tú digas, rey mi señor; soy tuyo, yo y todo lo mío».
5Los mensajeros regresaron con este mensaje: «Así habla Ben Hadad: Puesto que envié a decirte: “Dame tu plata, tu oro, tus mujeres y tus hijos”,
6mañana a estas horas enviaré a mis siervos que registrarán tu casa y las casas de tus siervos, y echarán mano de cuanto sea precioso a tus ojos para llevárselo».
7El rey de Israel convocó entonces a todos los ancianos del país y les dijo: «Podéis ver claramente que este busca el mal, pues cuando me pidió mis mujeres y mis hijos, mi plata y mi oro, no se lo negué».
8Todos los ancianos y todo el pueblo replicaron: «No le hagas caso, no lo consientas»;
9y respondió a los enviados de Ben Hadad: «Decid a mi señor el rey: “Haré lo que mandaste a tu siervo la primera vez, pero esto no puedo hacerlo”»; los mensajeros se fueron llevando la noticia.
10Entonces Ben Hadad mandó decir: «Que me castiguen los dioses si hay suficiente polvo en Samaría para llenar los puños de los hombres que me van a seguir».
11El rey de Israel respondió: «Replicad: “No canta victoria quien ciñe la espada, sino quien la desciñe”».
12Nada más saber esta respuesta, en el momento en que él y los otros reyes bebían en Sukkot, ordenó a sus servidores: «Tomad posiciones». Y tomaron estos posiciones frente a la ciudad.
13Un profeta se acercó a Ajab, rey de Israel, y le dijo: «Así habla el Señor: “¿Ves esa gran multitud? La entrego hoy en tus manos y sabrás que yo soy el Señor”».
14Ajab preguntó: «¿Por medio de quién?». Respondió: «Así dice el Señor: “Por medio de los ayudantes de los gobernadores provinciales”», y Ajab inquirió: «¿Quién ha de entablar el combate?»; el profeta respondió: «Tú».
15Entonces Ajab pasó revista a los ayudantes de los gobernadores provinciales —doscientos treinta y dos—, y seguidamente a todo el ejército —todos los hijos de Israel—, siete mil.
16Hicieron una salida a mediodía, mientras Ben Hadad se hallaba en Sukkot bebiendo hasta emborracharse con los treinta y dos reyes aliados.
17Los ayudantes de los gobernadores provinciales salieron en cabeza. Pero Ben Hadad envió mensajeros, los cuales le advirtieron: «Algunos hombres han salido de Samaría».
18Respondió él: «Si han salido en son de paz, prendedlos vivos, y si en son de guerra, vivos habéis de cogerlos».
19Habían salido, pues, de la ciudad los ayudantes de los gobernadores provinciales, siguiéndoles la tropa.
20Cada uno mató a un adversario. Siria se dio a la fuga e Israel los persiguió, pero Ben Hadad, rey de Siria, logró salvarse a caballo con algunos jinetes.
21El rey de Israel salió y atacó a los caballos y carros, infligiendo a Siria una gran derrota.
22Entonces el profeta se acercó al rey de Israel para advertirle: «Anda, mantente fuerte, piensa y mira lo que has de hacer, porque a la vuelta del año el rey de Siria subirá de nuevo para atacarte».
23Los servidores del rey de Siria aconsejaron a este: «Su Dios es un Dios de las montañas; por eso han sido más fuertes que nosotros. Pero, si los combatimos en la llanura, seremos más fuertes que ellos.
24De esta manera has de actuar: destituye a los reyes de sus puestos y pon gobernadores en su lugar;
25recluta un ejército como el que perdiste, otros tantos caballos y carros. Nosotros los combatiremos en la llanura y seremos más fuertes que ellos». Atendiendo su consejo actuó de esa manera.
26A la vuelta de un año, Ben Hadad pasó revista a los arameos y subió a Afec para luchar contra Israel.
27También se pasó revista a los hijos de Israel y, tras suministrarles provisiones, marcharon al encuentro de los arameos y acamparon frente a ellos. Parecían dos rebaños de cabras, mientras que los arameos llenaban la tierra.
28El hombre de Dios se acercó al rey de Israel y le dijo: «Así habla el Señor: Por haber dicho los arameos: “El Señor es un Dios de las montañas, no es Dios de las llanuras”, he entregado toda esta gran muchedumbre en tus manos y así sabréis que yo soy el Señor».
29Estuvieron acampados frente a frente durante siete días y al séptimo trabaron combate. Los hijos de Israel derrotaron en un solo día a cien mil soldados de infantería arameos.
30Algunos supervivientes huyeron a la ciudad de Afec, pero la muralla se desplomó sobre los veintisiete mil supervivientes.Ben Hadad huyó a la ciudad para refugiarse en una habitación interior.
31Dijo a sus servidores: «Sé que los reyes de la casa de Israel pensaron que era un buen augurio. Pongámonos sayales a la cintura y cuerdas a la cabeza y salgamos ante el rey de Israel. Tal vez nos perdone la vida».
32Se ciñeron sayales a la cintura y cuerdas a la cabeza y se presentaron al rey de Israel, diciendo: «Tu siervo Ben Hadad pide: “Perdóname la vida”». A lo que él respondió: «¿Está vivo todavía? ¡Es mi hermano!».
33Los hombres adivinaron el sentido y le tomaron la palabra, diciendo: «Ben Hadad es hermano tuyo». Les pidió: «Id a traerlo». Ben Hadad salió hacia él y el rey de Israel lo subió a su carro.
34Ben Hadad le dijo: «Devolveré las ciudades que mi padre tomó a tu padre; y podrás abrir bazares para ti en Damasco, como mi padre los instaló en Samaría». Ajab dijo: «Por mi parte, con este trato te dejaré partir»; y estableció un pacto con él y lo dejó marchar.
35Un hombre, discípulo de los profetas, dijo a su compañero por orden del Señor: «Hiéreme»; pero el hombre no quiso herirle.
36Le dijo: «Por no haber atendido a la voz del Señor, en cuanto te apartes de mí, un león te herirá». Partió de su lado y un león dio con él y lo mató.
37Luego se fue a cruzar con otro hombre y le repitió: «Hiéreme». Entonces el hombre le pegó un golpe y le hirió.
38El profeta se fue y se puso a esperar al rey en el camino, disfrazado con una banda sobre los ojos.
39Cuando el rey pasaba, gritó al rey: «Tu siervo se introdujo en el centro de la batalla cuando uno se retiró y me entregó un hombre diciendo: “Custodia a este hombre; si llega a faltar, tu vida responderá por la suya, o pagarás un talento de plata”.
40Tu siervo estaba ocupado de acá para allá y el hombre ha desaparecido». El rey de Israel le dijo: «Esa es tu sentencia. Tú mismo la has dictado».
41Pero él se quitó rápidamente la banda de sus ojos y el rey de Israel lo reconoció como uno de los profetas.
42Entonces transmitió al rey: «Así habla el Señor: “Por haber dejado partir al hombre entregado a mi anatema, tu vida pagará por su vida y tu ejército por su ejército”».
43El rey de Israel se fue a su casa triste e irritado, y entró en Samaría.
211Tras estos sucesos ocurrió que Nabot de Yezrael tenía una viña junto al palacio de Ajab, rey de Samaría.
2Ajab habló a Nabot diciendo: «Dame tu viña para que pueda tener un huerto ajardinado, pues está pegando a mi casa; yo te daré a cambio una viña mejor, o, si te parece bien, te pagaré su precio en plata».
3Nabot respondió a Ajab: «Dios me libre de cederte la herencia de mis padres».
4Se fue Ajab a su casa abatido y enfadado por la respuesta que le había dado Nabot de Yezrael: «No te cederé la heredad de mis padres». Se postró en su lecho de cara a la pared y se negó a comer.
5Jezabel, su mujer, se le acercó y le dijo: «¿Qué te pasa que estás entristecido y no comes alimento alguno?».
6Él le respondió: «Hablé con Nabot de Yezrael y le propuse: “Véndeme tu viña por su valor en plata, o, si lo prefieres, te daré otra viña a cambio”; pero él me contestó: “No te cederé mi viña”».
7Jezabel, su mujer, le replicó: «¡Ya es hora de que ejerzas el poder regio en Israel! Levántate, come y se te alegrará el ánimo. Yo misma me encargo de darte la viña de Nabot de Yezrael».
8Escribió cartas con el nombre de Ajab y las selló con el sello de él, enviándolas a los ancianos y notables que vivían junto a Nabot.
9En las cartas escribió lo siguiente: «Proclamad un ayuno y sentad a Nabot al frente de la asamblea.
10Frente a él sentad a dos hombres hijos de Belial que testifiquen en su contra diciendo: “Tú has maldecido a Dios y al rey”. Entonces lo sacaréis fuera y lo lapidaréis hasta que muera».
11Los hombres de la ciudad, los ancianos y notables que vivían junto a Nabot en su ciudad, hicieron tal como Jezabel les ordenó según lo escrito en las cartas remitidas a ellos.
12Así proclamaron un ayuno y sentaron a Nabot al frente de la asamblea.
13Llegaron los dos hombres hijos de Belial, se sentaron frente a él y testificaron contra él diciendo: «Nabot ha maldecido a Dios y al rey». Lo sacaron fuera de la ciudad y lo lapidaron a pedradas hasta que murió.
14Enviaron a decir a Jezabel: «Nabot ha sido lapidado y está muerto».
15En cuanto Jezabel oyó que Nabot había muerto lapidado, dijo a Ajab: «Levántate y toma posesión de la viña de Nabot, el de Yezrael, el que se negó a vendértela por su valor en plata, pues Nabot ya no está vivo, ha muerto».
16Apenas oyó Ajab que Nabot había muerto, se levantó y bajó a la viña de Nabot, el de Yezrael, para tomar posesión de ella.
17La palabra del Señor llegó entonces a Elías tesbita para decirle:
18«Levántate, baja al encuentro de Ajab, rey de Israel, que está en Samaría. Ahora se encuentra en la viña de Nabot, adonde ha bajado para tomar posesión de ella.
19Le hablarás diciendo: “Así habla el Señor: ‘¿Has asesinado y pretendes tomar posesión?’ Por esto, así habla el Señor: ‘En el mismo lugar donde los perros han lamido la sangre de Nabot, lamerán los perros también tu propia sangre’”».
20Entonces Ajab se dirigió a Elías diciendo: «Así que has dado conmigo, enemigo mío». Respondió Elías: «He dado contigo. Así, por haberte vendido, haciendo el mal a los ojos del Señor,
21yo mismo voy a traer sobre ti el desastre. Barreré tu descendencia y exterminaré en Israel a todos los varones de la familia de Ajab, del primero al último.
22Dispondré de tu casa como de la de Jeroboán, hijo de Nebat, y de la de Baasá, hijo de Ajías, por la irritación que me has producido y por haber hecho pecar a Israel.
23También contra Jezabel ha hablado el Señor diciendo: “Los perros devorarán a Jezabel en el campo de Yezrael”,
24y los perros devorarán a los de Ajab que mueran en la ciudad y las aves del cielo a los que mueran en el campo».
25No hubo otro como Ajab que, instigado por su mujer Jezabel, se vendiera para hacer el mal a los ojos del Señor.
26Actuó del modo más abominable, yendo tras los ídolos, procediendo en todo como los amorreos a quienes el Señor había expulsado frente a los hijos de Israel.
27Ajab, al oír estas palabras, rasgó sus vestiduras, se echó un sayal sobre el cuerpo y ayunó. Con el sayal puesto se acostaba y andaba pesadamente.
28Llegó a Elías tesbita la palabra del Señor:
29«¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? No traeré el mal en los días de su vida, por haberse humillado ante mí, sino en vida de su hijo».
221Pasaron tres años en los que no hubo guerra entre Siria e Israel.
2Al tercero, Josafat, rey de Judá, descendió a visitar al rey de Israel.
3Este dijo a sus servidores: «Vosotros sabéis que Ramot de Galaad nos pertenece y, sin embargo, no hacemos nada por rescatarla de manos del rey de Siria»,
4y preguntó a Josafat: «¿Vas a venir conmigo a la guerra contra Ramot de Galaad?». Josafat respondió al rey de Israel: «Yo haré como tú, mi pueblo como tu pueblo, mis caballos como tus caballos».
5Josafat se dirigió al rey de Israel: «Consulta en este día la palabra del Señor».
6El rey de Israel reunió a los profetas, unos cuatrocientos hombres, para consultarles: «¿He de ir a la guerra contra Ramot de Galaad o debo desistir?». Le respondieron: «Sube, porque el Señor la entregará en manos del rey».
7Pero Josafat insistió: «¿No hay aquí todavía otro profeta del Señor al que hacer consulta?».
8Y contestó el rey de Israel a Josafat: «Todavía hay un hombre para consultar al Señor por su medio, pero yo lo odio, pues no me profetiza el bien, sino el mal. Se trata de Miqueas, hijo de Jimlá». Josafat dijo: «No hable el rey de esta manera».
9El rey de Israel llamó entonces a un eunuco y le ordenó: «Trae enseguida a Miqueas, hijo de Jimlá».
10El rey de Israel y Josafat, rey de Judá, se hallaban sentados en sus tronos, vestidos con sus galas, en la era que se encuentra a la entrada de la puerta de Samaría, mientras todos los profetas profetizaban ante ellos.
11Sedecías, hijo de Quenaaná, se había hecho unos cuernos de hierro y decía: «Así dice el Señor: “Embestirás con estos a los arameos hasta acabar con ellos”»;
12y todos profetizaban del mismo modo diciendo: «Sube contra Ramot de Galaad, tendrás éxito. El Señor la entregará en manos del rey».
13El mensajero que había ido a llamar a Miqueas le habló diciendo: «Los oráculos de los profetas a una voz son favorables al rey. Que tu oráculo sea como el de cualquiera de ellos y lo que anuncies favorable».
14Respondió Miqueas: «¡Vive Dios que lo que el Señor me diga, eso anunciaré!».
15Cuando llegó ante el rey, este le preguntó: «Miqueas, ¿hemos de marchar en guerra contra Ramot de Galaad o debemos desistir?». Le respondió: «Sube, tendrás éxito. El Señor la entregará en manos del rey».
16Pero el rey le recriminó: «¿Cuántas veces he de hacerte jurar que no me digas sino solo la verdad en nombre del Señor?».
17Entonces Miqueas dijo:«Veo a todo Israel en desbandada por los montes como rebaño sin pastor. Ha dicho el Señor: “No tienen señor. Cada cual regrese en paz a su casa”».
18El rey de Israel se dirigió a Josafat diciendo: «¿No te dije que no me profetiza el bien sino el mal?».
19Dijo entonces Miqueas: «Por todo ello, escucha la palabra del Señor: “He visto al Señor sentado en su trono, con todo el ejército de los cielos en pie junto a él, a derecha e izquierda”.
20El Señor preguntó: “¿Quién engañará a Ajab para que suba y caiga en Ramot de Galaad?”; unos respondían una cosa y otros otra,
21hasta que un espíritu se adelantó y de pie ante el Señor dijo: “Yo lo engañaré”. El Señor le preguntó: “¿De qué modo?”.
22Le respondió: “Iré y me convertiré en espíritu de mentira en la boca de todos sus profetas”; el Señor dijo entonces: “Lo engañarás y lo vencerás. Ve y haz como dices”.
23Así pues, porque el Señor ha predicho el mal contra ti, ha puesto un espíritu de mentira en la boca de todos estos profetas tuyos».
24Se acercó Sedecías, hijo de Quenaaná, y, dándole una bofetada a Miqueas en la cara, le preguntó: «¿Por qué camino el espíritu del Señor ha pasado de mí para hablar contigo?».
25Miqueas respondió: «Tú mismo lo verás en el día aquel, cuando trates de esconderte en la habitación más oculta».
26Entonces el rey de Israel sentenció: «Prende a Miqueas y entrégalo a Amón, gobernador de la ciudad, y a Joás, hijo del rey,
27a quienes dirás: “Así habla el rey: Meted a este en la cárcel y alimentadlo con pan y agua de prisión hasta que yo vuelva victorioso”»,
28y Miqueas murmuró: «Si vuelves salvo, es que el Señor no ha hablado por mi boca».
29El rey de Israel y Josafat, rey de Judá, subieron contra Ramot de Galaad.
30El rey de Israel dijo a Josafat: «Voy a disfrazarme para entrar en combate, pero tú ponte tus vestiduras». El rey de Israel se disfrazó y entró en combate.
31Ahora bien, el rey de Siria había ordenado a los jefes de los carros: «No ataquéis a chicos ni a grandes, sino solo al rey de Israel».
32Cuando los jefes de los carros vieron a Josafat, dijeron: «Seguro que este es el rey de Israel», y lo rodearon para cargar sobre él, pero Josafat dio el grito
33y, viendo los jefes de los carros que no era él el rey de Israel, dieron la vuelta para perseguirlo.
34Entonces un hombre disparó su arco al azar e hirió al rey de Israel por entre las placas de la coraza, y dijo el rey a su auriga: «Me siento mal, da la vuelta a los caballos y sácame de la batalla».
35Pero aquel día el combate se prolongó y el rey hubo de ser sostenido en pie en su carro frente a los arameos, hasta que murió al atardecer; la sangre de la herida corría por el fondo del carro.
36Al caer el sol corrió un grito por el campamento: «¡Cada uno a su ciudad!, ¡cada uno a su herencia!
37¡El rey ha muerto!». Condujeron al rey a Samaría y allí lo enterraron;
38lavaron el carro junto a la alberca de Samaría y los perros lamieron su sangre y las prostitutas se bañaron en ella, según la palabra que el Señor pronunciara.
39El resto de los hechos de Ajab, todo cuanto hizo —la casa de marfil que construyera y todas las ciudades que fortificó—, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Israel?
40Ajab se durmió con sus padres y le sucedió en el trono su hijo Ocozías.
41En el año cuarto de Ajab, rey de Israel, Josafat, hijo de Asá, comenzó a reinar en Judá.
42Tenía Josafat treinta y cinco años cuando inició su reinado y reinó veinticinco años en Jerusalén. Su madre se llamaba Azubá, hija de Siljí.
43En todo siguió el camino de su padre, Asá, sin desviarse nada de él, haciendo lo recto a los ojos del Señor.
44Mas no desaparecieron aún los lugares de culto, pues el pueblo continuaba sacrificando y quemando incienso en ellos.
45Josafat mantuvo la paz con el rey de Israel.
46El resto de los hechos de Josafat, la bravura que mostró, las guerras que sostuvo, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Judá?
47Barrió de la tierra a los consagrados a la prostitución que habían quedado en el país en los días de Asá su padre.
48En su tiempo no hubo rey establecido en Edón; un virrey actuaba como tal.
49Construyó Josafat una flota de Tarsis para ir a Ofir por oro, pero no fue, porque la flota naufragó en Esión Guéber.
50Entonces Ocozías, hijo de Ajab, dijo a Josafat: «Que mis siervos naveguen junto a los tuyos en las mismas naves»; pero Josafat no aceptó.
51Josafat se durmió con sus padres y lo enterraron con sus padres en la ciudad de su padre David. Luego le sucedió en el trono su hijo Jorán.
52El año diecisiete de Josafat, rey de Judá, inició en Samaría su reinado Ocozías, hijo de Ajab, y dos años reinó sobre Israel.
53Hizo lo malo a los ojos del Señor, persistiendo en el camino de su padre, en el de su madre y en el de Jeroboán, hijo de Nabat, quien hizo pecar a Israel.
54Rindió culto a Baal, postrándose ante él, e irritó al Señor, Dios de Israel, exactamente como lo había hecho su padre.