Sagrada Biblia
Judit

Judit

1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 | 15 | 16

11Corría el año duodécimo del reinado de Nabucodonosor, que reinó sobre los asirios en la gran ciudad de Nínive. Por entonces reinaba Arfaxad sobre los medos en Ecbatana.
2Él fue quien rodeó esta ciudad con una muralla hecha de piedras labradas que medían metro y medio de ancho por unos tres de largo. La muralla tenía una altura de unos treinta y cinco metros y una anchura de veinticinco.
3Junto a las puertas de la ciudad construyó unas torres que se elevaban unos cincuenta metros y tenían en los cimientos un espesor de treinta.
4Las puertas, de unos treinta y cinco metros de altura por veinte de anchura, permitían el paso del ejército y el desfile de la infantería.
5En aquel tiempo, el rey Nabucodonosor entabló batalla contra el rey Arfaxad en la gran llanura que se extiende en el territorio de Ragau.
6Se unieron a él todos los habitantes de las montañas, los que vivían a orillas de los ríos Éufrates, Tigris e Hidaspes y los de la llanura de Arioj, rey de Elán. Fueron, pues, muchos los pueblos que se aliaron para luchar con los hijos de los caldeos.
7Nabucodonosor, rey de los asirios, envió mensajeros a Persia y a todos los habitantes de Occidente: Cilicia, Damasco, Líbano y Antilíbano; a los habitantes del litoral
8y a los pueblos del Carmelo, Galaad, alta Galilea y la gran llanura de Esdrelón;
9a todos los de Samaría y sus ciudades; a los del otro lado del Jordán hasta Jerusalén, Batanea, Jelús y Cadés; pasado el río de Egipto, a Tafnes, Rameses y toda la región de Gosén,
10y, más allá de Tanis y Menfis, a todos los egipcios hasta los límites de Etiopía.
11Pero los habitantes de aquellas tierras desatendieron el mensaje de Nabucodonosor, rey de los asirios, y se negaron a ir con él a la guerra. No le tenían miedo, porque pensaban que carecía de apoyos. Así pues, trataron a sus mensajeros con desprecio y los despidieron con las manos vacías.
12Nabucodonosor se enfureció contra aquellas tierras y juró por su trono y por su reino que se vengaría de todas las regiones de Cilicia, Damasco y Siria degollando a todos sus habitantes, junto con los de Moab, Amón, de toda Judea y todo Egipto hasta los confines de los dos mares.
13El año decimoséptimo de su reinado, Nabucodonosor atacó con todas sus tropas al rey Arfaxad y lo venció en la lucha, poniendo en fuga a todo el ejército, la caballería y los carros de Arfaxad.
14Se apoderó de sus ciudades y, llegado a Ecbatana, tomó sus torres, devastó sus calles y convirtió su esplendor en ruina.
15Capturó a Arfaxad en las montañas de Ragau y acabó con él a flechazos.
16Después regresó a Nínive con su ejército, una inmensa multitud de soldados, y allí se dedicó, junto con los soldados, a holgar y banquetear durante ciento veinte días.
21El año decimoctavo, el día veintidós del primer mes, se celebró consejo en el palacio de Nabucodonosor, rey de los asirios, para decidir cómo llevar a cabo su idea de venganza contra toda la tierra.
2Convocados los ministros y magnates del reino, les comunicó su plan oculto y decretó personalmente la destrucción de aquella tierra.
3Todos acordaron que debían ser exterminados cuantos habían rechazado el mensaje del rey.
4Tan pronto como terminó el consejo, Nabucodonosor, rey de los asirios, llamó a Holofernes, jefe supremo del ejército y segundo en autoridad después del mismo rey, y le dijo:
5«Esto ordena el gran rey, señor de toda la tierra: Tan pronto como te retires de mi presencia, toma contigo hombres valerosos, hasta ciento veinte mil infantes y doce mil jinetes con sus caballos,
6y marcha contra las tierras de Occidente que se negaron a cumplir mis órdenes.
7Diles que se preparen para recibirme, porque voy a descargar mi ira sobre ellos. Su tierra será ocupada por mis soldados y se la entregaré a ellos como botín.
8Sus muertos llenarán los valles, hasta el punto de que ríos y torrentes desbordarán de cadáveres.
9A sus cautivos los enviaré a los confines de la tierra.
10Ve, pues, y conquístame todos sus territorios. Si se te entregan, guárdamelos hasta que llegue el momento de su castigo.
11No muestres piedad con los que se resistan; entrégalos a la muerte y al saqueo en toda tierra que conquistes.
12Lo juro por mi vida y por mi reino. Lo he dicho y lo cumpliré con mis propias manos.
13Y tú no desobedezcas ninguna de las órdenes de tu señor; cúmplelas exactamente y sin demora».
14Nada más salir de la presencia de su señor, Holofernes convocó a todos los jefes, generales y oficiales del ejército asirio.
15Además, de acuerdo con el mandato de su señor, seleccionó ciento veinte mil hombres aguerridos y doce mil arqueros a caballo
16y los organizó para la contienda.
17Tomó un gran número de camellos, asnos y mulos para transportar el bagaje e innumerables ovejas, bueyes y cabras para el aprovisionamiento,
18así como abundantes vituallas para cada hombre y gran cantidad de oro y plata del palacio real.
19Partió Holofernes de Nínive con todo su ejército, precediendo al rey Nabucodonosor, para invadir toda la tierra de Occidente con sus carros, jinetes e infantes selectos.
20Tras ellos iba una confusa muchedumbre, incontable como una plaga de langosta o como la arena de la tierra.
21En tres jornadas de marcha, llegaron desde Nínive a la llanura de Bectilet y acamparon cerca de allí, no lejos de las montañas que están al norte de la alta Cilicia.
22Holofernes avanzó luego, con todo su ejército de infantería, caballería y carros, hacia la región montañosa.
23Asoló Put y Lidia; saqueó a los rasitas e ismaelitas al borde del desierto, al sur de Jeleón.
24Bordeando el Éufrates, cruzó Mesopotamia y destruyó todas las ciudades fortificadas que jalonan el torrente Abrona hasta el mar.
25Ocupó el territorio de Cilicia y, aniquilando a cuantos le oponían resistencia, llegó a la frontera meridional de Jafet, frente a Arabia.
26Cercó a todos los madianitas, incendió sus tiendas y se apoderó de sus rebaños.
27Durante la siega del trigo, bajó a la llanura de Damasco, prendió fuego a sus mieses, exterminó sus rebaños de ovejas y bueyes, saqueó sus ciudades, devastó sus campos y degolló a todos sus jóvenes.
28El pánico se apoderó de los habitantes de la costa, los de Tiro y Sidón, los de Sur y Aco. Ante él se aterrorizaron los de Yamnia, Azoto y Ascalón.
31Esta gente envió a Holofernes mensajeros con una petición de paz:
2«Nosotros, siervos del gran rey Nabucodonosor, nos rendimos ante ti para que dispongas de nosotros como te plazca.
3Aquí tienes nuestras fincas y todo nuestro territorio, los campos de trigo, los rebaños de ovejas y bueyes, los apriscos de nuestras aldeas. Haz con ellos lo que te plazca.
4Nuestras ciudades y sus habitantes se someten a ti. Ven y trátalos como mejor te parezca».
5Los enviados se presentaron ante Holofernes y le comunicaron el mensaje.
6Entonces, él bajó con su ejército hasta la costa, estableció guarniciones en las ciudades fortificadas y reclutó en ellas a los mejores hombres para servicios auxiliares.
7Allí y en los alrededores fue recibido con coronas y danzas al son de panderos.
8Pero él destruyó sus santuarios y taló sus bosques sagrados, porque había recibido orden de terminar con todas las divinidades de la tierra, a fin de que todas las naciones adorasen solo a Nabucodonosor y todas las lenguas y tribus lo proclamasen dios.
9Avanzó luego hacia Esdrelón, cerca de Dotán, que está cerca de la región montañosa de Judea,
10y acampó entre Guibeá y Escitópolis. Allí permaneció un mes reuniendo provisiones para su ejército
41Cuando los hijos de Israel que habitaban en Judea se enteraron de lo que Holofernes, jefe supremo del ejército de Nabucodonosor, rey de los asirios, había hecho con todas las naciones y cómo había saqueado y destruido sus santuarios,
2se aterrorizaron ante su llegada, temiendo por Jerusalén y el templo del Señor, su Dios.
3Hacía poco que, después del destierro, el pueblo se había reagrupado en Judea y había tenido lugar la consagración del ajuar del templo y del altar, que habían sido profanados.
4Mandaron aviso a toda la región de Samaría, a Cona, Bet-Jorón, Belmáin, Jericó, Joba, Asora y el valle de Salén,
5se apresuraron a ocupar las cumbres de las montañas más elevadas, fortificaron las aldeas que había en ellas y almacenaron provisiones con vistas a la guerra, pues acababan de hacer la recolección.
6Joaquín, que era entonces sumo sacerdote en Jerusalén, escribió a los habitantes de Betulia y Betomestáin, ciudades situadas enfrente de Esdrelón, ante la llanura próxima a Dotán.
7Les mandaba que ocuparan los pasos de montaña que dan acceso a Judea; así les sería fácil frenar a los atacantes, pues la estrechez del camino obligaba a avanzar de dos en dos.
8Los hijos de Israel obedecieron al sumo sacerdote, Joaquín, y al consejo de ancianos del pueblo con sede en Jerusalén.
9Con gran fervor, todos los hombres de Israel clamaron a Dios y se humillaron ante él con un gran ayuno.
10Ellos, sus mujeres, sus hijos y ganados, los forasteros, jornaleros y esclavos se vistieron de saco;
11todos los hombres, mujeres y niños de Jerusalén se postraron ante el templo y, con la cabeza cubierta de ceniza, elevaron sus manos al Señor.
12Cubrieron el altar de saco y, a una voz, suplicaron fervientemente al Dios de Israel que no entregase sus hijos al saqueo, sus mujeres al cautiverio, sus ciudades ancestrales a la destrucción y el templo a la profanación y burla de los gentiles.
13El Señor escuchó las plegarias y tuvo piedad ante tanta tribulación. El pueblo ayunaba día tras día en Judea y especialmente en Jerusalén ante el santuario del Señor todopoderoso.
14El sumo sacerdote, Joaquín, y todos los sacerdotes y ministros dedicados al servicio del Señor iban vestidos de saco cuando ofrecían el holocausto perpetuo, los sacrificios votivos y los dones voluntarios del pueblo.
15Y, con los turbantes cubiertos de ceniza, clamaban al Señor con todas sus fuerzas para que se mostrara benigno con la casa de Israel.
51Holofernes, jefe supremo del ejército asirio, se enteró de que los hijos de Israel se habían preparado para la guerra cerrando los pasos de montaña, fortificando las alturas y poniendo obstáculos en los llanos.
2Entonces, profundamente irritado, llamó a todos los jefes de Moab, a los generales de Amón y a todos los gobernantes de la zona costera,
3y les conminó: «Decidme, cananeos, qué pueblo es ese que vive en la montaña, qué ciudades habita, de cuántos soldados dispone, de dónde saca su poderosa fuerza, qué rey los gobierna y manda su ejército,
4por qué es el único pueblo de Occidente que no se ha dignado salir a recibirme».
5Ajior, jefe de todos los amonitas, le respondió: «Escucha, señor mío, lo que dice tu siervo. Te diré la verdad sobre ese pueblo que habita en la montaña vecina. No saldrá mentira de mi boca.
6Los de ese pueblo descienden de los caldeos.
7Al principio residieron en Mesopotamia, porque no quisieron adorar a los dioses que sus padres adoraban en Caldea.
8Abandonaron la religión de sus padres para dar culto al Dios del cielo, al que habían llegado a conocer. Arrojados por los caldeos de la presencia de sus dioses, huyeron a Mesopotamia. Allí habitaron largo tiempo,
9hasta que su Dios les mandó salir de aquella tierra y marchar a Canaán, donde se establecieron y consiguieron gran cantidad de oro, plata y ganado.
10Obligados por un hambre que se extendió por todo Canaán, bajaron a Egipto y allí permanecieron mientras tuvieron comida. En Egipto se multiplicaron hasta formar un pueblo incontable.
11Pero los egipcios se volvieron contra ellos, los obligaron a hacer ladrillos, los humillaron y los sometieron a esclavitud.
12Ellos clamaron a su Dios, y su Dios castigó a todo Egipto con plagas incurables. Entonces los egipcios los expulsaron del país.
13Su Dios secó ante ellos el mar Rojo
14y los condujo hacia el Sinaí y Cadés Barnea. Expulsaron a todos los habitantes del desierto,
15se asentaron en la tierra de los amorreos y destruyeron con su fuerza a todo el pueblo de Jesbón. Cruzaron el Jordán y ocuparon toda la región montañosa,
16después de expulsar a los cananeos, perezeos, jebuseos, siquemitas y a todos los guirgaseos. Allí habitaron mucho tiempo.
17Mientras no pecaron contra su Dios, todo les fue bien, porque el suyo es un Dios que odia la maldad.
18Pero cuando se desviaron del camino que él les había señalado, fueron derrotados en muchas guerras y deportados a una tierra extraña; el templo de su Dios fue arrasado y sus ciudades cayeron en manos de sus enemigos.
19Pero ahora, tras haber retornado a su Dios, han vuelto de los lugares en que estaban dispersos, han recuperado Jerusalén, donde se halla su templo y se han establecido en la montaña, que había quedado despoblada.
20Así pues, dueño y señor, si hay alguna falta en este pueblo por haber pecado contra su Dios, si vemos que han cometido algún delito, podemos hacerles la guerra.
21Pero si no han pecado, más vale, señor mío, que no los ataques, porque su Dios y Señor los protegerá y nosotros quedaremos en ridículo ante toda la tierra».
22Cuando Ajior terminó de hablar, todos los que estaban en torno a la tienda profirieron gritos de protesta. Los oficiales de Holofernes y los habitantes de la zona costera y de Moab querían descuartizarlo.
23«No tenemos por qué temer a los hijos de Israel. Son gente sin ejército ni recursos para hacer frente a un ataque en regla.
24¡Adelante, señor nuestro, Holofernes! Serán fácil presa para tu gran ejército».
61Cuando cesó el alboroto provocado por los que estaban en torno al consejo, Holofernes, jefe supremo del ejército asirio, dijo a Ajior en presencia de los extranjeros y de los moabitas:
2«¿Quién eres tú, y quiénes son tus mercenarios de Efraín, para que te las des de profeta entre nosotros diciendo que no luchemos contra los hijos de Israel porque su Dios los protege? ¿Qué dios existe fuera de Nabucodonosor? Él actuará y los exterminará de la faz de la tierra, sin que su Dios sea capaz de librarlos.
3Nosotros, siervos de Nabucodonosor, los aplastaremos como a un solo hombre. No podrán resistir la fuerza de nuestra caballería.
4Abrasaremos a todos. Sus montañas se empaparán de sangre y sus llanuras se colmarán con sus muertos. No aguantarán nuestros embates; todos perecerán. Así lo ha decretado Nabucodonosor, señor de toda la tierra. Lo ha dicho y sus palabras no caerán en vacío.
5Y tú, Ajior, mercenario amonita, que has hablado con tanta insensatez, no volverás a verme hasta que me haya vengado de esa chusma escapada de Egipto.
6Entonces, a mi regreso, la espada de mis soldados y la lanza de mis servidores te atravesarán de parte a parte y serás una más entre sus víctimas.
7De momento, mis hombres te conducirán a la región montañosa y te dejarán en una de las ciudades que se alzan en sus laderas.
8No perecerás ahora, sino cuando perezcan sus habitantes.
9Claro que, si de verdad esperas que ellos no sean vencidos, no debes preocuparte. Lo he dicho y mis palabras se cumplirán».
10Holofernes mandó a los hombres de servicio en su tienda que tomaran a Ajior y lo llevasen a Betulia para entregarlo a los hijos de Israel.
11Los siervos lo sacaron del campamento y lo llevaron a la llanura, y desde allí a la región montañosa hasta llegar a las fuentes que hay junto a Betulia.
12Los de la ciudad, al verlos, tomaron sus armas y corrieron a lo alto de la montaña. Como los honderos lanzaban piedras contra los hombres de Holofernes para impedirles la subida,
13estos retrocedieron hacia la falda de la montaña, ataron a Ajior y lo dejaron allí tendido. Después regresaron a la presencia de su jefe.
14Los hijos de Israel bajaron de su puesto y encontraron a Ajior. Lo desataron, lo llevaron a Betulia y lo presentaron a los jefes de la ciudad,
15que en aquel tiempo eran Ozías, hijo de Miqueas, de la tribu de Simeón; Jabrís, hijo de Gotoniel, y Jarmís, hijo de Melquiel.
16Ellos convocaron a todos los ancianos de la ciudad; también acudieron todos los jóvenes y las mujeres. Pusieron a Ajior en medio de los reunidos y Ozías le preguntó qué había sucedido.
17Ajior contó lo tratado en el consejo de Holofernes, lo que él había dicho ante los jefes de los asirios y las insolencias que el propio Holofernes había proferido contra Israel.
18Los reunidos, postrados en tierra, clamaron a Dios:
19«Señor, Dios del cielo, mira desde lo alto su arrogancia y apiádate de nuestro pueblo humillado. Mira con benevolencia en este día el rostro de tus consagrados».
20Después animaron a Ajior y lo felicitaron calurosamente.
21Al acabar la asamblea, Ozías lo invitó a su propia casa y ofreció un banquete a los ancianos. Durante toda aquella noche estuvieron suplicando la ayuda del Dios de Israel.
71Al día siguiente, Holofernes mandó a su ejército y a los aliados levantar el campamento, avanzar hacia Betulia, ocupar los pasos de la montaña e iniciar las hostilidades contra los hijos de Israel.
2Aquel mismo día se pusieron en marcha todas las fuerzas, que sumaban ciento setenta mil infantes y doce mil jinetes, a los que se añadían los encargados de la intendencia y la gran muchedumbre que iba a pie con ellos.
3Acamparon en el valle cercano a Betulia, junto a la fuente, desplegándose a lo ancho desde Dotán hasta Belmáin, y a lo largo desde Betulia hasta Ciamón, que está enfrente de Esdrelón.
4Los hijos de Israel, al ver semejante multitud, quedaron pasmados y se dijeron: «Estos arrasarán la tierra. Ni los montes más altos, ni valles, ni colinas podrán frenar su empuje».
5Entonces cada cual tomó sus armas, encendieron hogueras en las torres y permanecieron toda la noche en guardia.
6Al día siguiente, Holofernes hizo desfilar toda su caballería ante los hijos de Israel de Betulia.
7Inspeccionó los accesos a la ciudad, localizó las fuentes y las ocupó. Tras dejar allí varios destacamentos de soldados, volvió al lado de su ejército.
8Se acercaron entonces a él los jefes de los edomitas, de los moabitas y de toda la zona costera para decirle:
9«Escúchanos, señor, y no tendrás bajas en tu ejército.
10Esos hijos de Israel confían menos en sus armas que en la altura de las montañas en que viven, porque no es fácil llegar hasta las cumbres.
11Pues bien, señor, evita enfrentarte abiertamente a ellos y no perderás ni un solo hombre.
12Quédate en el campamento, retén a tus hombres en sus emplazamientos y permítenos ocupar la fuente que mana al pie de la montaña,
13pues de ella se abastecen todos los habitantes de Betulia. Cuando estén muertos de sed, te entregarán la ciudad. Nosotros y nuestra gente subiremos a las alturas de los montes cercanos y acamparemos allí, y vigilaremos que no salga nadie de la ciudad.
14Ellos, sus mujeres y sus hijos se consumirán de hambre y, sin necesidad de que la espada los alcance, caerán tendidos en las calles de la ciudad.
15Así les pagarás por haberse rebelado contra ti en vez de salir a recibirte en son de paz».
16Holofernes y sus oficiales aprobaron el plan, y él dio orden de que se llevara a efecto.
17Se pusieron en marcha los amonitas y con ellos cinco mil asirios; acamparon en el valle y ocuparon los manantiales y las fuentes de que se abastecían los hijos de Israel.
18Los edomitas y amonitas acamparon en la montaña frente a Dotán y enviaron destacamentos hacia el sur y el este, frente a Egrébel, cerca de Cus, junto al torrente Mojmur. El resto del ejército de los asirios, que siguió acampado en la llanura, cubría toda su superficie. Sus tiendas y bagajes formaban un campamento muy extenso. La muchedumbre era inmensa.
19Entonces los hijos de Israel clamaron al Señor, su Dios. Al verse cercados por sus enemigos, sin posibilidad de retirada, cayeron en un profundo abatimiento.
20El ejército asirio, infantería, caballería y carros, mantuvo el cerco durante treinta y cuatro días. Los habitantes de Betulia, una vez agotadas las reservas de agua en los hogares
21y con las cisternas a punto de secarse, como el agua estaba racionada, no pudieron beber a satisfacción ni un solo día.
22Los niños languidecían; las mujeres y los jóvenes desfallecían de sed y caían extenuados por las calles y junto a las puertas de la ciudad.
23Entonces toda la población, jóvenes, mujeres y niños, acudieron a Ozías y a los jefes de la ciudad, gritando ante los ancianos:
24«Que Dios sea nuestro juez. Nos habéis hecho mucho daño al negaros a un acuerdo con los asirios.
25Ahora no contamos con nadie que nos ayude. Dios nos ha puesto en sus manos, para que, totalmente exhaustos, muramos de sed.
26Llamadlos: que el ejército de Holofernes y toda su gente saqueen la ciudad.
27Más vale que nos hagan prisioneros: seremos esclavos suyos, pero salvaremos la vida y no tendremos que ver cómo se nos mueren los pequeños y fallecen nuestras mujeres y nuestros hijos.
28Os conjuramos por el cielo y la tierra, y por nuestro Dios, Señor de nuestros padres, que nos castiga por nuestros pecados y por los que ellos cometieron: haced lo que os proponemos».
29Todos los reunidos estallaron en lamentos y clamaron al Señor Dios.
30Ozías les dijo: «Tened confianza, hermanos. Resistamos cinco días más. En ese plazo, el Señor, nuestro Dios, volverá a mostrarnos su misericordia. No nos abandonará por siempre.
31Pero si pasan esos días sin que recibamos ayuda, entonces haré lo que deseáis».
32Mandó a los hombres que volvieran a sus puestos en las murallas y en las torres de la ciudad, y a las mujeres y los niños que se quedaran en casa. En toda la ciudad cundía el desaliento.
81Por entonces habitaba en la ciudad Judit, hija de Merari, hijo de Ox, hijo de José, hijo de Oziel, hijo de Elcías, hijo de Ananías, hijo de Gedeón, hijo de Rafaín, hijo de Ajitob, hijo de Elías, hijo de Jilquías, hijo de Eliab, hijo de Natanael, hijo de Salamiel, hijo de Sarasaday, hijo de Israel.
2Su marido, Manasés, de la misma tribu y familia que ella, había fallecido durante la recolección de la cebada;
3sufrió una insolación mientras vigilaba a los que ataban las gavillas, tuvo que acostarse y murió en Betulia, su ciudad. Fue enterrado junto con sus padres en el campo que hay entre Dotán y Balamón.
4Judit llevaba viuda tres años y cuatro meses.
5Vivía en una habitación que había mandado construir sobre la terraza de su casa. Se ciñó un sayal y llevaba vestidos de viuda.
6Desde que enviudó, ayunaba a diario, excepto los sábados y sus vísperas, los días con que se inicia cada mes y sus vísperas, las solemnidades y los días de regocijo público en Israel.
7Era muy hermosa y atractiva. Su marido, Manasés, le había dejado oro y plata, criados y criadas, ganado y tierras, que ella administraba.
8Como temía mucho a Dios, nadie hablaba mal de ella.
9Llegó a oídos de Judit que la gente, desmoralizada por la falta de agua, había protestado contra los jefes de la ciudad y que Ozías había jurado entregar la ciudad a los asirios al cabo de cinco días.
10Entonces, por medio de la criada que llevaba la administración de todos sus bienes, mandó llamar a los ancianos Jabrís y Jarmís.
11Cuando se presentaron, les dijo: «Escuchadme, jefes de Betulia. Es un desatino lo que habéis dicho hoy a la gente, jurando ante Dios entregar la ciudad a nuestros enemigos si el Señor no os manda ayuda en unos días.
12¿Quiénes sois vosotros para tentar así a Dios y alzaros en público por encima de él?
13Habéis puesto a prueba al Señor todopoderoso. Nunca llegaréis a entender nada.
14Si no sois capaces de sondear el fondo del corazón humano, ni de conocer el pensamiento, ¿cómo vais a comprender a Dios, el Creador de todas las cosas? ¿Cómo vais a conocer sus pensamientos y penetrar sus designios? Hermanos, no irritéis al Señor, nuestro Dios.
15Si no quiere ayudarnos en el plazo de cinco días, puede hacerlo cuando quiera, como si quiere destruirnos ante nuestros enemigos.
16No intentéis forzar las decisiones del Señor, nuestro Dios, porque Dios no es como un hombre, al que se mueve con amenazas y se le impone lo que ha de hacer.
17Imploremos, pues, su ayuda y esperemos de él la salvación, y escuchará nuestro clamor si lo tiene a bien.
18No existe hoy entre nosotros tribu, familia, pueblo o ciudad que adore a dioses hechos por manos humanas, cosa que sí sucedió en el pasado,
19y por ello nuestros padres fueron entregados a la espada y al saqueo, y perecieron desgraciadamente ante nuestros enemigos.
20Nosotros, en cambio, no reconocemos a ningún Dios fuera del Señor. Ahí se funda nuestra esperanza de que no nos despreciará, ni a nosotros ni a nadie de nuestro pueblo.
21Si nosotros nos entregamos, se perderá toda Judea, nuestro templo será saqueado y Dios nos hará responsables de la profanación.
22La matanza y la deportación de nuestros hermanos y la devastación de la tierra que hemos heredado recaerán sobre nuestras cabezas allí donde vivamos como esclavos entre los gentiles; seremos motivo de burla y desprecio para nuestros amos.
23Y nuestra esclavitud no terminará felizmente, sino que el Señor, nuestro Dios, la convertirá en deshonra.
24Así pues, hermanos, demos ejemplo a los de nuestra raza, porque su vida depende de nosotros, y en nosotros se apoyan el santuario, el templo y el altar.
25Por todo esto demos gracias al Señor, nuestro Dios, que nos pone a prueba como a nuestros antepasados.
26Recordad cómo trató a Abrahán, cómo probó a Isaac y lo que sucedió a Jacob en Mesopotamia de Siria, cuando apacentaba el rebaño de su tío Labán.
27Los puso en el crisol para sondear sus corazones; lo mismo hace con nosotros, no para castigarnos, sino porque el Señor aflige a sus fieles para amonestarlos».
28Ozías replicó: «Tienes razón. Todo lo que has dicho es verdad, y nadie puede negarlo.
29No es la primera vez que has manifestado tu sabiduría. Desde hace mucho, todos conocemos tu inteligencia y buen juicio.
30Pero la gente se muere de sed y nos ha obligado a hacer lo que decían, comprometiéndonos con un juramento que no podemos violar.
31Tú, que eres una mujer piadosa, ruega por nosotros y pide al Señor que envíe la lluvia, se llenen nuestras cisternas y no perezcamos».
32Judit respondió: «Escuchadme. Voy a hacer algo que se recordará en nuestro pueblo de generación en generación.
33Permaneced esta noche a la puerta de la ciudad, para que yo salga con mi criada. Antes de que expire el plazo que habéis fijado para entregar la ciudad a nuestros enemigos, el Señor librará a Israel por mi mano.
34Pero no intentéis averiguar mis planes, pues no los conoceréis hasta que se realicen».
35Ozías y los jefes le dijeron: «Vete en paz y que Dios esté contigo para que puedas vengarte de nuestros enemigos».
36Salieron de la habitación y volvieron a sus puestos.
91Entonces Judit se postró en tierra, se echó ceniza en la cabeza, descubrió el saco que llevaba puesto y, coincidiendo con la hora en que se ofrecía el incienso de la tarde en el templo de Jerusalén, clamó al Señor con todas sus fuerzas:
2«Señor, Dios de mi padre Simeón, | tú pusiste la espada en su mano | para vengarse de los extranjeros | que rasgaron el seno de una virgen, | dejaron desnudas sus piernas | y deshonraron con furia su seno. | Tú habías dicho: “No hagáis eso”, | pero ellos lo hicieron.
3Y tú entregaste a sus jefes a la muerte, | y su lecho, testigo de sus engaños, | lo dejaste cubierto de sangre. | Aniquilaste a siervos y poderosos, | a los poderosos en sus tronos.
4Entregaste sus mujeres al saqueo | y sus hijas a la cautividad; | diste sus despojos a tus hijos amados, | que, movidos por el celo de tu causa | y el horror a la mancha de su sangre, | te invocaron en su auxilio. | Escucha, Dios mío, a esta viuda.
5Todo lo que entonces hiciste, | lo que hiciste antes y después, | tus proyectos del pasado y del futuro | todo sucede como tú lo quieres.
6Las cosas que tienes pensadas | se presentan y dicen: “Aquí estamos”. | Tienes preparados tus caminos; | tus juicios, previstos de antemano.
7Los asirios se apoyan en su fuerza, | presumen de sus caballos y jinetes, | se engríen del vigor de sus infantes, | confían en sus escudos y lanzas, | en sus arcos y en sus hondas, | pero no saben que tú eres el Señor, | que pone fin a las guerras.
8Tu nombre es “el Señor”. | Destruye su fuerza con la tuya, | aplasta su dominio con tu cólera, | pues planean profanar tu santuario, | mancillar la tienda donde mora | la gloria de tu nombre | y arrancar los salientes de tu altar.
9Pon tus ojos en su orgullo, | derrama sobre su cabeza tu cólera | y concede fuerzas a esta viuda | para realizar lo que tiene pensado.
10Por la seducción de mi lengua | hiere al siervo con su jefe, | al jefe junto con su siervo. | Quebranta su arrogancia | a manos de una viuda.
11Tu fuerza no está en el número | ni tu poder reside en los guerreros; | eres el Dios de los humildes, | el valedor de los pobres, | el defensor de los débiles, | el protector de los deprimidos, | el salvador de los desesperados.
12Sí, Dios de mi antepasado, | Dios de la heredad de Israel, | Señor de cielos y tierra, | hacedor de las aguas | rey de todo lo creado, | escucha mi plegaria,
13haz que mis palabras seductoras | hieran de muerte a los que traman | crueles designios contra tu alianza, | tu santa casa y el monte Sión, | contra la casa de tus hijos.
14Que todo tu pueblo y todas las tribus | reconozcan que solo tú eres Dios, | Dios de toda fuerza y todo poder | y que solo tú proteges a Israel».
101Cuando Judit terminó de invocar al Dios de Israel con su plegaria,
2se levantó del suelo, llamó a su criada y bajó a la casa, donde solía pasar los sábados y solemnidades.
3Se quitó la prenda de saco y el vestido de luto, se bañó, se ungió con un perfume de gran calidad, se peinó, adornó su cabeza con una diadema y se puso un elegante vestido que había llevado en vida de su marido, Manasés.
4Se calzó las sandalias, se puso collares, brazaletes, anillos, pendientes y todas sus joyas. Estaba tan hermosa que atraería las miradas de los hombres que la vieran.
5Entregó a su criada un odre de vino y un cántaro de aceite, llenó una alforja con galletas, tortas de higos y panes puros, empaquetó todo y se lo entregó a su criada para que lo llevara.
6Cuando ambas se dirigían a la puerta de Betulia, se encontraron con Ozías, acompañado de Jabrís y Jarmís, ancianos de la ciudad.
7Al ver a Judit con el semblante transformado y su nuevo atuendo, se quedaron atónitos ante tanta hermosura y le dijeron:
8«El Dios de nuestros padres te conceda su favor y haga realidad tus planes para gloria de los hijos de Israel y exaltación de Jerusalén».
9Judit adoró a Dios y les dijo: «Mandad que me abran la puerta de la ciudad. Voy a cumplir los deseos que me habéis expresado». Mandaron a los soldados que abrieran la puerta, como ella pedía.
10Así lo hicieron, y salió Judit con su criada. Los hombres de la ciudad no la perdieron de vista mientras descendía por la ladera, hasta que desapareció tras cruzar el valle.
11Cuando avanzaban aprisa por el valle, les salió al paso una avanzadilla de soldados asirios.
12La detuvieron y le preguntaron: «¿Quién eres? ¿De dónde vienes y adónde vas?». Ella respondió: «Soy hija de hebreos y huyo de ellos porque están a punto de caer en vuestras manos.
13Quiero presentarme ante Holofernes, vuestro jefe, para informarle con toda sinceridad. Le mostraré un camino por el que puede pasar y apoderarse de toda la región montañosa sin perder ni uno de sus hombres».
14Y cuando aquellos hombres oyeron sus palabras y vieron su rostro —de tan maravillosa hermosura—, le dijeron:
15«Has salvado tu vida apresurándote a bajar para ver a nuestro señor. Ve a su tienda. Algunos de los nuestros te escoltarán hasta allí.
16Cuando estés ante él, no tengas miedo. Repítele lo que nos has dicho y te tratará bien».
17Escoltadas por cien hombres escogidos, Judit y su criada fueron conducidas a la tienda de Holofernes.
18La noticia de su llegada se extendió de tienda en tienda, y acudió gente de todo el campamento. Mientras Judit estaba junto a la tienda de Holofernes en espera de ser recibida, los soldados rebullían en torno a ella.
19Admirados de su hermosura, pensaban que los hijos de Israel debían de ser un pueblo extraordinario y se decían: «¿Quién puede despreciar a un pueblo que tiene mujeres como esta? No hay que dejar con vida a ninguno de sus hombres; si quedara alguno, sería capaz de engañar a toda la tierra».
20Entonces la guardia personal de Holofernes y sus servidores salieron y la introdujeron en la tienda.
21Holofernes descansaba bajo un dosel de púrpura recamado de oro, esmeraldas y otras piedras preciosas.
22Cuando le anunciaron la llegada de Judit, salió a la entrada de la tienda, precedido por lámparas de plata.
23Ante la presencia de Judit, él y sus servidores se maravillaron al ver un rostro tan bello. Ella se postró en tierra ante Holofernes, pero los servidores la levantaron.
111Holofernes le dijo: «¡Ánimo, señora! No tengas miedo, porque yo no hago mal a nadie que esté dispuesto a servir a Nabucodonosor, rey de toda la tierra.
2Tampoco habría alzado mi lanza contra los de tu pueblo, en la montaña, si ellos no me hubieran despreciado; pero ellos mismos se lo han buscado.
3Dime ahora por qué huyes de ellos y te pasas a nosotros. Viniendo aquí has salvado tu vida. Ten confianza: no correrás peligro ni esta noche ni en el futuro.
4Nadie te hará daño. Gozarás del trato que reciben los súbditos de mi señor, el rey Nabucodonosor».
5Respondió Judit: «Señor, acoge las palabras de tu esclava, permite que tu sierva hable en tu presencia. No mentiré esta noche a mi señor.
6Si sigues el consejo de tu sierva, Dios llevará a buen término tu empresa, y mi señor no fracasará en sus planes.
7¡Viva Nabucodonosor, rey de toda la tierra, y viva su poder, que te ha enviado a poner orden en todas las criaturas! Gracias a ti, no solo le servirán los hombres, sino que también, por tu fuerza, las fieras, los ganados y las aves del cielo estarán a disposición de Nabucodonosor y de su casa.
8Hemos oído hablar de tu sabiduría y prudencia; el mundo entero comenta que sobresales en todo el reino por tu preclara inteligencia y tu singular destreza en el arte de la guerra.
9Tenemos noticia de lo que dijo Ajior en tu consejo, pues los hombres de Betulia lo rescataron, y él les contó lo que había dicho aquí.
10Dueño y señor, no desprecies sus palabras; tómalas en consideración, porque son verdad. Los de nuestro pueblo no sufrirán daño ni serán dominados por las armas si no pecan contra su Dios.
11Pero ahora, señor, no debes sentirte burlado o fracasado, porque están condenados a muerte. Han caído en pecado —puesto que van a cometer una locura— y, cuando pecan, provocan la ira de su Dios.
12Al verse faltos de alimentos y casi sin agua, han decidido echar mano de sus rebaños: están dispuestos a consumir todo lo que las leyes de su Dios les tienen prohibido comer.
13Han decidido también consumir las primicias del trigo y los diezmos del vino y del aceite, cosas reservadas para los sacerdotes que ejercen su ministerio ante nuestro Dios en Jerusalén e intocables para nadie del pueblo.
14Han despachado mensajeros a Jerusalén para obtener del consejo de ancianos el correspondiente permiso, puesto que la gente de allí ha hecho lo mismo.
15Pero tan pronto como consigan el permiso y actúen en consecuencia, ese mismo día te serán entregados para que los destruyas.
16Yo, tu sierva, al enterarme de esto, señor, escapé corriendo. Dios me envía para hacer contigo una hazaña que dejará asombrados a cuantos la oigan.
17Porque tu sierva es una mujer piadosa que sirve día y noche al Dios del cielo. Ahora, señor, desearía quedarme a tu lado. Cada noche saldré al valle para pedir a Dios que me haga saber cuándo han cometido esos pecados.
18Yo vendré a decírtelo; entonces tú sacarás todo el ejército y ninguno de ellos podrá resistir ante ti.
19Te conduciré a través de Judea hasta llegar a Jerusalén y haré que te instales en medio de la ciudad. Ellos te seguirán como ovejas que han quedado sin pastor. Ni los perros te ladrarán. Todo esto me ha sido revelado y he sido enviada para comunicártelo».
20Las palabras de Judit agradaron a Holofernes y sus servidores, los cuales, admirados de su sabiduría, comentaban:
21«No hay en toda la tierra mujer como ella, tan hermosa y tan prudente en su hablar».
22Holofernes le dijo: «Gracias a Dios por haberte hecho salir de tu pueblo para darnos el poder a nosotros y destruir a los que han despreciado a mi señor.
23Eres tan hermosa como persuasiva. Si haces lo que has prometido, tu Dios será mi Dios, vivirás en el palacio del rey Nabucodonosor y serás famosa en toda la tierra».
121Holofernes mandó que la condujeran al lugar donde tenía su vajilla de plata y dio orden de que comiera de su misma comida y bebiera de su mismo vino.
2Pero Judit replicó: «No comeré de ellos, para no incurrir en una ofensa. Comeré de lo que he traído conmigo».
3Holofernes le dijo: «Pero si se te acaba lo que has traído, ¿dónde podremos obtener comida igual? Entre nosotros no hay nadie de tu pueblo».
4Judit respondió: «¡Por tu vida, mi señor! Antes de que acabe lo que he traído, el Señor habrá realizado por mi mano lo que tiene decidido».
5Los servidores de Holofernes condujeron a Judit a la tienda, donde durmió hasta la medianoche. Se levantó poco antes de la vigilia matutina
6y mandó decir a Holofernes: «Señor, ordena que me permitan salir para orar».
7Holofernes mandó a su guardia personal que no se lo impidieran. Judit permaneció en el campamento tres días. Cada noche se adentraba en el valle de Betulia y se bañaba en la fuente.
8Al regreso suplicaba al Señor, Dios de Israel, que orientara sus pasos para exaltación de los hijos de su pueblo.
9Una vez purificada, volvía a la tienda y permanecía allí hasta que le servían la cena.
10El cuarto día, Holofernes mandó preparar para sus servidores un banquete, al que no fue invitado ninguno de sus oficiales.
11Dijo al eunuco Bagoas, que era su camarero: «Ve y convence a esa mujer hebrea que tienes a tu cargo, para que venga a comer y beber con nosotros.
12Sería una vergüenza que la dejáramos marchar sin gozar de sus favores. Si no consigo poseerla, se reirá de mí».
13Bagoas salió de la presencia de Holofernes, entró en la tienda de Judit y le dijo: «No rehúse esta hermosa joven el honor de ser invitada por mi señor para beber y alegrarse hoy con nosotros, lo mismo que hacen las mujeres asirias que viven en el palacio de Nabucodonosor».
14Judit le respondió: «¿Quién soy yo para decir que no a mi señor? Haré al punto lo que guste y ello será para mí motivo de orgullo mientras viva».
15Se vistió y se puso todos sus adornos de mujer. Su criada fue por delante y extendió en el suelo, frente a Holofernes, las pieles que le había dado Bagoas para que, a diario, comiera reclinada sobre ellas.
16Cuando Judit entró y ocupó su lugar, Holofernes se turbó y, presa de la pasión, sintió un violento deseo de poseerla. De hecho, desde el día en que la vio por vez primera, estaba buscando la ocasión de seducirla.
17Holofernes la animó: «Bebe y diviértete con nosotros».
18Judit le contestó: «Con mucho gusto, señor, porque mi vida se siente hoy enaltecida».
19Entonces ella tomó lo que había preparado su criada, y comió y bebió en presencia de Holofernes.
20Él, fascinado por ella, bebió tanto vino como jamás había bebido en los días de su vida.
131Cuando se hizo tarde, los servidores de Holofernes se apresuraron a retirarse. Bagoas hizo salir a los rezagados y cerró la tienda por fuera. Todos se fueron a dormir, rendidos de tanto beber.
2En la tienda quedaron solo Judit y Holofernes, que estaba tendido en su lecho, totalmente borracho.
3Judit había mandado a su criada que permaneciera fuera del dormitorio y la esperase como los otros días. Había dicho que iría a hacer oración y así se lo había indicado a Bagoas.
4Cuando todos hubieron salido del dormitorio y no quedó absolutamente nadie, Judit, en pie ante el lecho de Holofernes, oró en silencio: «Señor, Dios todopoderoso, mira con benevolencia lo que voy a hacer para gloria de Jerusalén.
5Ha llegado la hora de ayudar a tu heredad y cumplir mi propósito de aplastar a los enemigos que se han levantado contra nosotros».
6Se dirigió hasta la columna del lecho próxima a la cabeza de Holofernes, descolgó su espada,
7se acercó al lecho y, sujetando la cabeza por el pelo, dijo: «Dame fortaleza en este momento, Señor, Dios de Israel».
8Entonces, con todas sus fuerzas, le asestó dos golpes en el cuello y le cortó la cabeza.
9Hizo rodar el cuerpo fuera del lecho y arrancó de las columnas el dosel. Salió rápidamente y entregó la cabeza de Holofernes a su criada,
10y esta la metió en la alforja de las provisiones. Luego, las dos juntas, como si fueran a orar igual que los otros días, cruzaron el campamento, bordearon el valle y subieron por el monte de Betulia hasta llegar a las puertas de la ciudad.
11Judit gritó desde lejos a los centinelas: «¡Abrid, abrid la puerta! Dios, nuestro Dios, está con nosotros. Todavía despliega su fuerza en Israel y su poder contra nuestros enemigos. Lo ha demostrado hoy».
12Cuando los habitantes de la ciudad oyeron su voz, corrieron hacia la puerta y convocaron a los ancianos.
13Acudieron todos, grandes y pequeños. Les costaba creer que Judit hubiera vuelto. Abrieron la puerta, hicieron entrar a las dos mujeres y, tras encender una hoguera para ver mejor, se reunieron en torno a ellas.
14Entonces Judit, alzando la voz, dijo: «¡Alabad a Dios, alabad a Dios! Alabadlo, porque no ha retirado su misericordia de la casa de Israel, porque esta noche ha derrotado a nuestros enemigos por mi mano».
15Y, sacando la cabeza de la alforja, se la mostró y dijo: «Mirad la cabeza de Holofernes, jefe supremo del ejército asirio, y mirad el dosel bajo el que dormía su borrachera. El Señor ha terminado con él sirviéndose de una mujer.
16Os lo juro por el Señor, que ha protegido mis pasos: aunque mi rostro sedujo a Holofernes para su perdición, él no me hizo pecar. Mi honor está intacto».
17La gente, llena de asombro, se postró en adoración a Dios y estalló en un clamor unánime: «Bendito seas, Dios nuestro, que has humillado hoy a los enemigos de nuestro pueblo».
18Ozías dijo a Judit: «Hija, que el Dios altísimo te bendiga entre todas las mujeres de la tierra. Alabado sea el Señor, el Dios que creó el cielo y la tierra y que te ha guiado hasta cortar la cabeza al jefe de nuestros enemigos.
19Tu esperanza permanecerá en el corazón de los hombres que recuerdan el poder de Dios por siempre.
20Que Dios te engrandezca siempre y te dé felicidad, porque has arriesgado tu vida al ver la humillación de nuestro pueblo. Has evitado nuestra ruina y te has portado rectamente ante nuestro Dios». Toda la gente respondió: «¡Amén, amén!».
141Entonces Judit les dijo: «Escuchadme, hermanos. Tomad esta cabeza y colgadla en la almena.
2Apenas despunte el alba y asome el sol en la tierra, tomad las armas todos los que seáis capaces y salid de la ciudad. Debéis llevar un jefe al frente, como si bajarais a la llanura para atacar la vanguardia de los asirios. Pero no bajéis.
3Ellos tomarán las armas y acudirán al campamento para despertar a los jefes del ejército asirio; estos irán corriendo a la tienda de Holofernes. Al no encontrarlo, todos serán presa del pánico y huirán ante vosotros.
4Entonces perseguidlos, vosotros y todos los que viven en el territorio de Israel, y destruidlos en su huida.
5Pero antes traed aquí a Ajior el amonita, para que vea y reconozca al que despreció a Israel y al que lo envió a nosotros como alguien destinado a la muerte».
6Llamaron a Ajior, que estaba en casa de Ozías. Cuando llegó y vio la cabeza de Holofernes en la mano de uno de los hombres de la asamblea, perdió el sentido y cayó al suelo.
7Una vez reanimado, se arrojó a los pies de Judit y le dijo: «Bendita seas en todas las tiendas de Judá y en todas las naciones. Cuantos oigan tu nombre quedarán pasmados.
8Ahora cuéntame lo que has hecho estos días». Judit, en presencia de la gente, le contó todo desde que salió hasta aquel momento.
9Al término de su relato, todos prorrumpieron en aclamaciones y gritos de alegría por las calles de la ciudad.
10Ajior, viendo lo que el Dios de Israel había hecho, creyó plenamente en él, se hizo circuncidar y quedó agregado para siempre a la comunidad israelita.
11Cuando amaneció, colgaron la cabeza de Holofernes en la muralla, tomaron sus armas y salieron en grupos hacia los accesos de la montaña.
12Al verlos, los asirios informaron a sus oficiales, y estos a los generales, capitanes y demás jefes.
13Fueron hasta la tienda de Holofernes y dijeron a Bagoas: «Despierta a nuestro señor, porque esos esclavos han tenido la osadía de bajar a combatir contra nosotros. Al parecer, quieren que los exterminemos».
14Bagoas entró e hizo ruido con la cortina de la tienda, suponiendo que Holofernes estaría durmiendo con Judit.
15Al no obtener respuesta, retiró la cortina, pasó al dormitorio y encontró el cadáver tendido en el suelo, muerto, desnudo y decapitado.
16Dio un gran grito y llorando con gemidos y alaridos, se rasgó las vestiduras.
17Fue luego a la tienda que había ocupado Judit y, al no encontrarla, corrió hacia la tropa vociferando:
18«Esas esclavas se han burlado de nosotros. Ha bastado una mujer hebrea para cubrir de vergüenza la casa del rey Nabucodonosor. Ahí está Holofernes tirado en tierra y sin cabeza».
19Ante tal noticia, los jefes del ejército asirio, en el colmo de la consternación, se rasgaron las túnicas. Sus gritos y lamentaciones resonaron por todo el campamento.
151Cuando se enteraron los hombres que estaban acampados, quedaron atónitos.
2Llenos de terror y espanto, ya nadie fue capaz de permanecer en su puesto; todos huyeron a la desbandada por los caminos de la llanura y de los montes.
3También huyeron los que se hallaban apostados alrededor de Betulia. Entonces todos los guerreros de los hijos de Israel salieron en su persecución.
4Ozías despachó mensajeros a Betomestáin, Bebá, Jobá, Colá y todo el territorio de Israel para informar sobre lo sucedido y para que todos se lanzaran sobre los enemigos hasta acabar con ellos.
5Cuando los hijos de Israel recibieron la noticia, se abalanzaron sobre los asirios y los aniquilaron hasta Jobá. Se sumaron al ataque los de Jerusalén y de toda la región montañosa, pues también ellos se habían enterado de lo sucedido en el bando enemigo. Asimismo los de Galaad y Galilea atacaron a los asirios y les causaron fuertes pérdidas hasta llegar a Damasco y su región.
6Los que habían permanecido en Betulia cayeron sobre el campamento asirio, lo saquearon y obtuvieron un considerable botín.
7Los hijos de Israel, al volver de la matanza, se apoderaron de lo que quedaba. Dada la abundancia del botín, incluso las aldeas y los caseríos de la región montañosa y de la llanura lograron una buena parte de los despojos.
8El sumo sacerdote, Joaquín, y el consejo de ancianos de Jerusalén acudieron desde Jerusalén para ver por sí mismos las maravillas realizadas por el Señor en favor de su pueblo y para felicitar a Judit.
9Cuando estuvieron ante ella, la alabaron a una voz, diciendo: «Tú eres la gloria de Jerusalén, | tú eres el orgullo de Israel, | tú eres el honor de nuestro pueblo.
10Lo has hecho todo con tu mano. | Has devuelto la dicha a Israel, | y Dios se muestra complacido. | La bendición del Señor todopoderoso | te acompañe por todos los siglos». Y todo el pueblo respondió: «¡Amén! ¡Amén!».
11El saqueo del campamento se prolongó durante treinta días. A Judit le dieron la tienda de Holofernes junto con los objetos de plata, los divanes, las vasijas y el mobiliario. Ella lo tomó, cargó su mula, preparó sus carros y puso todo encima.
12Todas las mujeres de Israel acudieron a verla y felicitarla y ejecutaron danzas en su honor. Judit tomó ramos y los repartió entre todas.
13Y tanto ella como las demás se coronaron con ramas de olivo. Judit dirigía la danza de las mujeres, a la cabeza del gentío. Las seguían los hombres de Israel, armados y con ramos en sus manos, cantando himnos.
14En medio de todo Israel, Judit entonó este himno de alabanza y acción de gracias, que coreaba todo el pueblo:
161«¡Alabad a mi Dios con tambores, | elevad cantos al Señor con cítaras, | ofrecedle los acordes de un salmo de alabanza; | ensalzad e invocad su nombre!
2Porque el Señor es un Dios | quebrantador de guerras; | me libró de mis perseguidores | y me trajo al campo de su pueblo.
3De los montes del norte los asirios | vinieron con tropas sin número; | su multitud llenaba los valles, | sus caballos cubrían las colinas.
4Quisieron quemar mis tierras, | entregar mis jóvenes a la espada, | arrojar mis niños contra el suelo, | ofrecer mis párvulos al pillaje, | dar mis doncellas como despojos.
5Pero el Señor todopoderoso | lo impidió por mano de mujer.
6No cayó su caudillo ante guerreros, | ni lo abatieron hijos de titanes, | ni lo venció una raza de gigantes; | lo desarmó Judit, hija de Merari, | con la sola belleza de su rostro.
7Se quitó sus lutos de viuda | para aliviar a los tristes de Israel; | ungió su rostro con perfumes,
8adornó su cabeza con diadema, | se vistió de lino para seducirlo.
9Sus sandalias le cautivaron la vista, | su belleza le arrebató el corazón, | y la espada le partió el cuello.
10A los persas espantó tal audacia, | a los medos acobardó tal valor.
11Entonces mis humildes clamaron, | y ellos se llenaron de terror; | mis débiles estallaron en gritos, | y ellos quedaron espantados; | los míos levantaron la voz, | y ellos se dieron a la fuga.
12Hijos de esclavas los golpearon, | los hirieron como a desertores; | perecieron en la lucha de mi Señor.
13Cantaré a mi Dios un cántico nuevo: | Señor, tú eres grande y glorioso, | admirable en tu fuerza, invencible.
14Que te sirva toda la creación, | porque tú lo mandaste, y existió; | enviaste tu aliento, y la construiste, | nada puede resistir a tu voz.
15Sacudirán las olas los cimientos de los montes, | las peñas en tu presencia se derretirán como cera, | pero tú serás propicio a tus fieles.
16No basta el aroma de los sacrificios | ni la grasa de los holocaustos, | pero es grande quien teme al Señor.
17¡Ay de los que atacan a mi pueblo! | El Señor todopoderoso | los castigará en el día del juicio; | serán entregados al fuego y los gusanos, | llorarán con dolor eternamente».
18Cuando llegaron a Jerusalén, adoraron a Dios. Una vez purificados, ofrecieron sus holocaustos, sacrificios voluntarios y votivos.
19Judit ofreció a Dios todas las pertenencias de Holofernes: lo que el pueblo le había dado y el dosel que ella misma había arrancado del dormitorio.
20La gente permaneció tres meses en Jerusalén celebrando festejos ante el santuario y Judit los acompañó.
21Pasado ese tiempo, cada cual volvió a su casa. También Judit volvió a Betulia y se dedicó a administrar su hacienda. Mientras vivió, fue muy famosa en todo el país.
22Tuvo muchos pretendientes, pero ella no volvió a casarse desde que su marido, Manasés, murió y fue a reunirse con los suyos.
23Su fama fue en aumento. Vivió en casa de su marido hasta la edad de ciento cinco años. A su criada le concedió la libertad. Murió en Betulia y fue enterrada en el sepulcro de su marido, Manasés.
24Los israelitas le guardaron siete días de luto. Antes de morir, Judit repartió sus bienes entre los parientes de su marido, Manasés, y entre sus propios parientes.
25Nadie se atrevió a amenazar a los hijos de Israel mientras ella vivió, ni mucho tiempo después de su muerte.