Sagrada Biblia
Marcos

Marcos

1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 | 15 | 16

11Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
2Como está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino;
3voz del que grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos”»;
4se presentó Juan en el desierto bautizando y predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.
5Acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén. Él los bautizaba en el río Jordán y confesaban sus pecados.
6Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
7Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias.
8Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».
9Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
10Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma.
11Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».
12A continuación, el Espíritu lo empujó al desierto.
13Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían.
14Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios;
15decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».
16Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
17Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
18Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
19Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes.
20A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.
21Y entran en Cafarnaún y, al sábado siguiente, entra en la sinagoga a enseñar;
22estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.
23Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:
24«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
25Jesús lo increpó: «¡Cállate y sal de él!».
26El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él.
27Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».
28Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
29Y enseguida, al salir ellos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés.
30La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella.
31Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
32Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados.
33La población entera se agolpaba a la puerta.
34Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
35Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar.
36Simón y sus compañeros fueron en su busca y,
37al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca».
38Él les responde: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».
39Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.
40Se le acerca un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme».
41Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio».
42La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.
43Él lo despidió, encargándole severamente:
44«No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».
45Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.
21Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa.
2Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra.
3Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro
4y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico.
5Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».
6Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
7«¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?».
8Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso?
9¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”?
10Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —dice al paralítico—:
11“Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”».
12Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual».
13Salió de nuevo a la orilla del mar; toda la gente acudía a él y les enseñaba.
14Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice: «Sígueme». Se levantó y lo siguió.
15Sucedió que, mientras estaba él sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que lo seguían.
16Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: «¿Por qué come con publicanos y pecadores?».
17Jesús lo oyó y les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».
18Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús: «Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?».
19Jesús les contesta: «¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar.
20Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán en aquel día.
21Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto —lo nuevo de lo viejo— y deja un roto peor.
22Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».
23Sucedió que un sábado atravesaba él un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.
24Los fariseos le preguntan: «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».
25Él les responde: «¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre,
26cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él?».
27Y les decía: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado;
28así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».
31Entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada.
2Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.
3Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada: «Levántate y ponte ahí en medio».
4Y a ellos les pregunta: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?». Ellos callaban.
5Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida.
6En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él.
7Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.
8Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón.
9Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío.
10Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.
11Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios».
12Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.
13Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él.
14E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar,
15y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios:
16Simón, a quien puso el nombre de Pedro,
17Santiago el de Zebedeo, y Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso el nombre de Boanerges, es decir, los hijos del trueno,
18Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el de Caná
19y Judas Iscariote, el que lo entregó.
20Llega a casa y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer.
21Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.
22Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».
23Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas: «¿Cómo va a echar Satanás a Satanás?
24Un reino dividido internamente no puede subsistir;
25una familia dividida no puede subsistir.
26Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido.
27Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.
28En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan;
29pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».
30Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
31Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
32La gente que tenía sentada alrededor le dice: «Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
33Él les pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
34Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos.
35El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».
41Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Acudió un gentío tan enorme, que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó; y el gentío se quedó en tierra junto al mar.
2Les enseñaba muchas cosas con parábolas y les decía instruyéndolos:
3«Escuchad: salió el sembrador a sembrar;
4al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron.
5Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida;
6pero en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó.
7Otra parte cayó entre abrojos; los abrojos crecieron, la ahogaron y no dio grano.
8El resto cayó en tierra buena; nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno».
9Y añadió: «El que tenga oídos para oír, que oiga».
10Cuando se quedó a solas, los que lo rodeaban y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas.
11Él les dijo: «A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas,
12para que “por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”».
13Y añadió: «¿No entendéis esta parábola? ¿Pues cómo vais a conocer todas las demás?
14El sembrador siembra la palabra.
15Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos.
16Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría,
17pero no tienen raíces, son inconstantes, y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben.
18Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra,
19pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril.
20Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno».
21Les decía: «¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero?
22No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz.
23El que tenga oídos para oír, que oiga».
24Les dijo también: «Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces.
25Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene».
26Y decía: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra.
27Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo.
28La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano.
29Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».
30Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos?
31Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña,
32pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».
33Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender.
34Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.
35Aquel día, al atardecer, les dice Jesús: «Vamos a la otra orilla».
36Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban.
37Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua.
38Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
39Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma.
40Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».
41Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».
51Y llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos.
2Apenas desembarcó, le salió al encuentro, de entre los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo.
3Y es que vivía entre los sepulcros; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo;
4muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para dominarlo.
5Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras.
6Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él
7y gritó con voz potente: «¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes».
8Porque Jesús le estaba diciendo: «Espíritu inmundo, sal de este hombre».
9Y le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Él respondió: «Me llamo Legión, porque somos muchos».
10Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.
11Había cerca una gran piara de cerdos paciendo en la falda del monte.
12Los espíritus le rogaron: «Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos».
13Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al mar y se ahogó en el mar.
14Los porquerizos huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en los campos. Y la gente fue a ver qué había pasado.
15Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Y se asustaron.
16Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos.
17Ellos le rogaban que se marchase de su comarca.
18Mientras se embarcaba, el que había estado poseído por el demonio le pidió que le permitiese estar con él.
19Pero no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti».
20El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.
21Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar.
22Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies,
23rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».
24Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
25Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años.
26Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor.
27Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto,
28pensando: «Con solo tocarle el manto curaré».
29Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.
30Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?».
31Los discípulos le contestaban: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”».
32Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto.
33La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad.
34Él le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
35Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».
36Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe».
37No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
38Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos
39y después de entrar les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».
40Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña,
41la cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
42La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.
43Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
61Saliendo de allí se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.
2Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos?
3¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.
4Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
5No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos.
6Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
7Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos.
8Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja;
9que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
10Y decía: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
11Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
12Ellos salieron a predicar la conversión,
13echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
14Como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
15Otros decían: «Es Elías». Otros: «Es un profeta como los antiguos».
16Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
17Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo,
18y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
19Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía,
20porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
21La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
22La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
23Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
24Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?». La madre le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista».
25Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
26El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla.
27Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel,
28trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
29Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.
30Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
31Él les dijo: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
32Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.
33Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron.
34Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.
35Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y ya es muy tarde.
36Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer».
37Él les replicó: «Dadles vosotros de comer». Ellos le preguntaron: «¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?».
38Él les dijo: «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver». Cuando lo averiguaron le dijeron: «Cinco, y dos peces».
39Él les mandó que la gente se recostara sobre la hierba verde en grupos.
40Ellos se acomodaron por grupos de cien y de cincuenta.
41Y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran. Y repartió entre todos los dos peces.
42Comieron todos y se saciaron,
43y recogieron las sobras: doce cestos de pan y de peces.
44Los que comieron eran cinco mil hombres.
45Enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente.
46Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar.
47Llegada la noche, la barca estaba en mitad del mar y Jesús, solo, en tierra.
48Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la madrugada, fue hacia ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo.
49Ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito,
50porque todos lo vieron y se asustaron. Pero él habló enseguida con ellos y les dijo: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».
51Entró en la barca con ellos y amainó el viento. Ellos estaban en el colmo del estupor,
52pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada.
53Terminada la travesía, llegaron a Genesaret y atracaron.
54Apenas desembarcados, lo reconocieron
55y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas.
56En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que la tocaban se curaban.
71Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén;
2y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos.
3(Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores,
4y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas).
5Y los fariseos y los escribas le preguntaron: «¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?».
6Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
7El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.
8Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».
9Y añadió: «Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición.
10Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre” y “el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte”.
11Pero vosotros decís: “Si uno le dice al padre o a la madre: los bienes con que podría ayudarte son corbán, es decir, ofrenda sagrada”,
12ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre;
13invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os transmitís; y hacéis otras muchas cosas semejantes».
14Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos:
15nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».
16
17Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola.
18Él les dijo: «¿También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre,
19porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina». (Con esto declaraba puros todos los alimentos).
20Y siguió: «Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre.
21Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios,
22adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad.
23Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».
24Desde allí fue a la región de Tiro. Entró en una casa procurando pasar desapercibido, pero no logró ocultarse.
25Una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró enseguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies.
26La mujer era pagana, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija.
27Él le dijo: «Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
28Pero ella replicó: «Señor, pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños».
29Él le contestó: «Anda, vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija».
30Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.
31Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis.
32Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano.
33Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.
34Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»).
35Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.
36Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.
37Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».
81Por aquellos días, como de nuevo se había reunido mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
2«Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer,
3y si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino. Además, algunos han venido desde lejos».
4Le replicaron sus discípulos: «¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para saciar a tantos?».
5Él les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos contestaron: «Siete».
6Mandó que la gente se sentara en el suelo y tomando los siete panes, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente.
7Tenían también unos cuantos peces; y Jesús pronunció sobre ellos la bendición, y mandó que los sirvieran también.
8La gente comió hasta quedar saciada y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas;
9eran unos cuatro mil y los despidió;
10y enseguida montó en la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.
11Se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo.
12Jesús dio un profundo suspiro y dijo: «¿Por qué esta generación reclama un signo? En verdad os digo que no se le dará un signo a esta generación».
13Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.
14A los discípulos se les olvidó tomar pan y no tenían más que un pan en la barca.
15Y él les ordenaba diciendo: «Estad atentos, evitad la levadura de los fariseos y de Herodes».
16Y discutían entre ellos sobre el hecho de que no tenían panes.
17Dándose cuenta, les dijo Jesús: «¿Por qué andáis discutiendo que no tenéis pan? ¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis el corazón embotado?
18¿Tenéis ojos y no veis, tenéis oídos y no oís? ¿No recordáis
19cuántos cestos de sobras recogisteis cuando repartí cinco panes entre cinco mil?». Ellos contestaron: «Doce».
20«¿Y cuántas canastas de sobras recogisteis cuando repartí siete entre cuatro mil?». Le respondieron: «Siete».
21Él les dijo: «¿Y no acabáis de comprender?».
22Llegaron a Betsaida. Y le trajeron a un ciego pidiéndole que lo tocase.
23Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano, le untó saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: «¿Ves algo?».
24Levantando los ojos dijo: «Veo hombres, me parecen árboles, pero andan».
25Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía todo con claridad.
26Jesús lo mandó a casa diciéndole que no entrase en la aldea.
27Después Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?».
28Ellos le contestaron: «Unos, Juan el Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas».
29Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Tomando la palabra Pedro le dijo: «Tú eres el Mesías».
30Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto.
31Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días».
32Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo.
33Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».
34Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
35Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.
36Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?
37¿O qué podrá dar uno para recobrarla?
38Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles».
91Y añadió: «En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios en toda su potencia».
2Seis días más tarde Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, sube aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos.
3Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.
4Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
5Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
6No sabía qué decir, pues estaban asustados.
7Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: «Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo».
8De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
9Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.
10Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos.
11Le preguntaron: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?».
12Les contestó él: «Elías vendrá primero y lo renovará todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado?
13Os digo que Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito acerca de él».
14Cuando volvieron a donde estaban los demás discípulos, vieron mucha gente alrededor y a unos escribas discutiendo con ellos.
15Al ver a Jesús, la gente se sorprendió y corrió a saludarlo.
16Él les preguntó: «¿De qué discutís?».
17Uno de la gente le contestó: «Maestro, te he traído a mi hijo; tiene un espíritu que no lo deja hablar;
18y cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda rígido. He pedido a tus discípulos que lo echen y no han sido capaces».
19Él, tomando la palabra, les dice: «¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo».
20Se lo llevaron. El espíritu, en cuanto vio a Jesús, retorció al niño; este cayó por tierra y se revolcaba echando espumarajos.
21Jesús preguntó al padre: «¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?». Contestó él: «Desde pequeño.
22Y muchas veces hasta lo ha echado al fuego y al agua para acabar con él. Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos».
23Jesús replicó: «¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe».
24Entonces el padre del muchacho se puso a gritar: «Creo, pero ayuda mi falta de fe».
25Jesús, al ver que acudía gente, increpó al espíritu inmundo, diciendo: «Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: sal de él y no vuelvas a entrar en él».
26Gritando y sacudiéndolo violentamente, salió. El niño se quedó como un cadáver, de modo que muchos decían que estaba muerto.
27Pero Jesús lo levantó cogiéndolo de la mano y el niño se puso en pie.
28Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas: «¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?».
29Él les respondió: «Esta especie solo puede salir con oración».
30Se fueron de allí y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase,
31porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará».
32Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle.
33Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?».
34Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.
35Se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».
36Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
37«El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».
38Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros».
39Jesús respondió: «No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí.
40El que no está contra nosotros está a favor nuestro.
41Y el que os dé a beber un vaso de agua porque sois de Cristo, en verdad os digo que no se quedará sin recompensa.
42El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar.
43Si tu mano te induce a pecar, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos a la gehenna, al fuego que no se apaga.
44
45Y, si tu pie te induce a pecar, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies a la gehenna.
46
47Y, si tu ojo te induce a pecar, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos a la gehenna,
48donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.
49Todos serán salados a fuego.
50Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salaréis? Tened sal entre vosotros y vivid en paz unos con otros».
101Y desde allí se marchó a Judea y a Transjordania; otra vez se le fue reuniendo gente por el camino y según su costumbre les enseñaba.
2Acercándose unos fariseos, le preguntaban para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito al hombre repudiar a su mujer?».
3Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?».
4Contestaron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla».
5Jesús les dijo: «Por la dureza de vuestro corazón dejó escrito Moisés este precepto.
6Pero al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer.
7Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer
8y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne.
9Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
10En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo.
11Él les dijo: «Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera.
12Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio».
13Acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos los regañaban.
14Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios.
15En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él».
16Y tomándolos en brazos los bendecía imponiéndoles las manos.
17Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?».
18Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios.
19Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre».
20Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».
21Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme».
22A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico.
23Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!».
24Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras. Pero Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios!
25Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios».
26Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?».
27Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo».
28Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».
29Jesús dijo: «En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio,
30que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna.
31Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros».
32Estaban subiendo por el camino hacia Jerusalén y Jesús iba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que lo seguían tenían miedo. Él tomó aparte otra vez a los Doce y empezó a decirles lo que le iba a suceder:
33«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles,
34se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará».
35Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir».
36Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?».
37Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
38Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?».
39Contestaron: «Podemos». Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y seréis bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar,
40pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado».
41Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.
42Jesús, llamándolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen.
43No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor;
44y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.
45Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos».
46Y llegan a Jericó. Y al salir él con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna.
47Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí».
48Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí».
49Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo». Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama».
50Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
51Jesús le dijo: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego le contestó: «Rabbuní, que recobre la vista».
52Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha salvado». Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
111Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, mandó a dos de sus discípulos,
2diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo.
3Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: “El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto”».
4Fueron y encontraron el pollino en la calle atado a una puerta; y lo soltaron.
5Algunos de los presentes les preguntaron: «¿Qué hacéis desatando el pollino?».
6Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron.
7Llevaron el pollino, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó.
8Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo.
9Los que iban delante y detrás, gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
10¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!».
11Entró Jesús en Jerusalén, en el templo, lo estuvo observando todo y, como era ya tarde, salió hacia Betania con los Doce.
12Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre.
13Vio de lejos una higuera con hojas, y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos.
14Entonces le dijo: «Nunca jamás coma nadie frutos de ti». Los discípulos lo oyeron.
15Llegaron a Jerusalén y, entrando en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas.
16Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo.
17Y los instruía diciendo: «¿No está escrito: “Mi casa será casa de oración para todos los pueblos”? Vosotros en cambio la habéis convertido en cueva de bandidos».
18Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo admiraba su enseñanza, buscaban una manera de acabar con él.
19Cuando atardeció, salieron de la ciudad.
20A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz.
21Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús: «Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado».
22Jesús contestó: «Tened fe en Dios.
23En verdad os digo que si uno dice a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá.
24Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis.
25Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».
26
27Volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos,
28y le decían: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?».
29Jesús les replicó: «Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto.
30El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contestadme».
31Se pusieron a deliberar: «Si decimos que es del cielo, dirá: “¿Y por qué no le habéis creído?”.
32¿Pero cómo vamos a decir que es de los hombres?». (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta).
33Y respondieron a Jesús: «No sabemos». Jesús les replicó: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».
121Se puso a hablarles en parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
2A su tiempo, envió un criado a los labradores, para percibir su tanto del fruto de la viña.
3Ellos lo agarraron, lo azotaron y lo despidieron con las manos vacías.
4Les envió de nuevo otro criado; a este lo descalabraron e insultaron.
5Envió a otro y lo mataron; y a otros muchos, a los que azotaron o los mataron.
6Le quedaba uno, su hijo amado. Y lo envió el último, pensando: “Respetarán a mi hijo”.
7Pero los labradores se dijeron: “Este es el heredero. Venga, lo matamos y será nuestra la herencia”.
8Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
9¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, hará perecer a los labradores y arrendará la viña a otros.
10¿No habéis leído aquel texto de la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.
11Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?».
12Intentaron echarle mano, porque comprendieron que había dicho la parábola por ellos; pero temieron a la gente y, dejándolo allí, se marcharon.
13Le envían algunos de los fariseos y de los herodianos, para cazarlo con una pregunta.
14Se acercaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?».
15Adivinando su hipocresía, les replicó: «¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea».
16Se lo trajeron. Y él les preguntó: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». Le contestaron: «Del César».
17Jesús les replicó: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Y se quedaron admirados.
18Se le acercan unos saduceos, los cuales dicen que no hay resurrección, y le preguntan:
19«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, que se case con la viuda y dé descendencia a su hermano”.
20Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos;
21el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero;
22y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer.
23Cuando llegue la resurrección y resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella».
24Jesús les respondió: «¿No estáis equivocados, por no entender la Escritura ni el poder de Dios?
25Pues cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán como ángeles del cielo.
26Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”?
27No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados».
28Un escriba que oyó la discusión, viendo lo acertado de la respuesta, se acercó y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
29Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor:
30amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”.
31El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
32El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él;
33y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
34Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
35Mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó: «¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David?
36El mismo David, movido por el Espíritu Santo, dice: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies”.
37Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?». Una muchedumbre numerosa le escuchaba a gusto.
38Y él, instruyéndolos, les decía: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas,
39buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes;
40y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa».
41Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho;
42se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.
43Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie.
44Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».
131Y cuando salía del templo le dijo uno de sus discípulos: «Maestro, mira qué piedras y qué edificaciones».
2Jesús le respondió: «¿Ves esos grandes edificios?; pues serán destruidos, sin que quede piedra sobre piedra».
3Y sentado en el monte de los Olivos, enfrente del templo, le preguntaron Pedro, Santiago, Juan y Andrés en privado:
4«Dinos, ¿cuándo sucederán estas cosas?, ¿y cuál será el signo de que todo esto está para cumplirse?».
5Jesús empezó a decirles: «Estad atentos para que nadie os engañe.
6Vendrán muchos en mi nombre, diciendo: “Yo soy”, y engañarán a muchos.
7Cuando oigáis hablar de guerras y noticias de guerra, no os alarméis. Todo esto ha de suceder, pero no es todavía el final;
8se levantará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá terremotos en diversos lugares, habrá hambres. Todo esto será el comienzo de los dolores.
9Mirad por vosotros mismos. Os entregarán a los tribunales, seréis azotados en las sinagogas y compareceréis ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos.
10Es necesario que se anuncie antes el Evangelio a todos los pueblos.
11Pero cuando os conduzcan para entregaros, no os preocupéis por lo que habréis de decir; decid lo que se os inspire en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que habléis sino el Espíritu Santo.
12Y entregará a la muerte el hermano al hermano y el padre al hijo, y se levantarán hijos contra padres y se darán muerte;
13y seréis odiados por todos a causa de mi nombre, pero quien persevere hasta el fin se salvará.
14Cuando veáis la abominación de la desolación erigida donde no debe (el que lee, que entienda), entonces los que viven en Judea huyan a los montes,
15el que esté en la azotea no baje y no entre en casa a coger nada,
16y el que esté en el campo no vuelva a recoger su manto.
17¡Ay de las que estén encintas o criando en aquellos días!
18Orad para que no suceda en invierno.
19Porque aquellos días habrá una tribulación como jamás ha sucedido desde el principio de la creación, que Dios ha creado, hasta hoy, ni la volverá a haber.
20Si el Señor no acortase aquellos días, nadie podrá salvarse. Pero en atención a los elegidos que escogió se abreviarán.
21Y si entonces alguno os dice: “El Mesías está aquí o allí”, no le creáis.
22Porque surgirán falsos mesías y falsos profetas, que harán signos y portentos para engañar, si fuera posible, a los elegidos.
23Pero vosotros estad atentos, que os he prevenido.
24En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor,
25las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán.
26Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria;
27enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
28Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca;
29pues cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que él está cerca, a la puerta.
30En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda.
31El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
32En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre.
33Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento.
34Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara.
35Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer:
36no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
37Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!».
141Faltaban dos días para la Pascua y los Ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando cómo prender a Jesús a traición y darle muerte.
2Pero decían: «No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo».
3Estando Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y se lo derramó sobre la cabeza.
4Algunos comentaban indignados: «¿A qué viene este derroche de perfume?
5Se podía haber vendido por más de trescientos denarios para dárselo a los pobres». Y reprendían a la mujer.
6Pero Jesús replicó: «Dejadla, ¿por qué la molestáis? Una obra buena ha hecho conmigo.
7Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis; pero a mí no me tenéis siempre.
8Ella ha hecho lo que podía: se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura.
9En verdad os digo que, en cualquier parte del mundo donde se proclame el Evangelio, se hablará de lo que esta ha hecho, para memoria suya».
10Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a los sumos sacerdotes para entregárselo.
11Al oírlo, se alegraron y le prometieron darle dinero. Él andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
12El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?».
13Él envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la ciudad, os saldrá al paso un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo,
14y en la casa adonde entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Cuál es la habitación donde voy a comer la Pascua con mis discípulos?”.
15Os enseñará una habitación grande en el piso de arriba, acondicionada y dispuesta. Preparádnosla allí».
16Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua.
17Al atardecer fue él con los Doce.
18Mientras estaban a la mesa comiendo dijo Jesús: «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo».
19Ellos comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno tras otro: «¿Seré yo?».
20Respondió: «Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuente que yo.
21El Hijo del hombre se va, como está escrito; pero, ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre será entregado!; ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
22Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo».
23Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron.
24Y les dijo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos.
25En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».
26Después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos.
27Jesús les dijo: «Todos os escandalizaréis, como está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”.
28Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».
29Pedro le replicó: «Aunque todos caigan, yo no».
30Jesús le dice: «En verdad te digo que hoy, esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres».
31Pero él insistía: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré». Y los demás decían lo mismo.
32Llegan a un huerto, que llaman Getsemaní, y dice a sus discípulos: «Sentaos aquí mientras voy a orar».
33Se lleva consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir espanto y angustia, y les dice:
34«Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad».
35Y, adelantándose un poco, cayó en tierra y rogaba que, si era posible, se alejase de él aquella hora;
36y decía: «¡Abba!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres».
37Vuelve y, al encontrarlos dormidos, dice a Pedro: «Simón ¿duermes?, ¿no has podido velar una hora?
38Velad y orad, para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
39De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas palabras.
40Volvió y los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se les cerraban. Y no sabían qué contestarle.
41Vuelve por tercera vez y les dice: «Ya podéis dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora; mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
42¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
43Todavía estaba hablando, cuando se presenta Judas, uno de los Doce, y con él gente con espadas y palos, mandada por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.
44El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles: «Al que yo bese, es él: prendedlo y conducidlo bien sujeto».
45Y en cuanto llegó, acercándosele le dice: «¡Rabbí!». Y lo besó.
46Ellos le echaron mano y lo prendieron.
47Pero uno de los presentes, desenvainando la espada, de un golpe le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
48Jesús tomó la palabra y les dijo: «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como si fuera un bandido?
49A diario os estaba enseñando en el templo y no me detuvisteis. Pero, que se cumplan las Escrituras».
50Y todos lo abandonaron y huyeron.
51Lo iba siguiendo un muchacho envuelto solo en una sábana; y le echaron mano,
52pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.
53Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes y los escribas y los ancianos.
54Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del patio del sumo sacerdote; y se sentó con los criados a la lumbre para calentarse.
55Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte; y no lo encontraban.
56Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban.
57Y algunos, poniéndose de pie, daban falso testimonio contra él diciendo:
58«Nosotros le hemos oído decir: “Yo destruiré este templo, edificado por manos humanas, y en tres días construiré otro no edificado por manos humanas”».
59Pero ni siquiera en esto concordaban los testimonios.
60El sumo sacerdote, levantándose y poniéndose en el centro, preguntó a Jesús: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».
61Pero él callaba, sin dar respuesta. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?».
62Jesús contestó: «Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo».
63El sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dice:
64Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?». Y todos lo declararon reo de muerte.
65Algunos se pusieron a escupirlo y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían: «Profetiza». Y los criados le daban bofetadas.
66Mientras Pedro estaba abajo en el patio, llega una criada del sumo sacerdote,
67ve a Pedro calentándose, lo mira fijamente y dice: «También tú estabas con el Nazareno, con Jesús».
68Él lo negó diciendo: «Ni sé ni entiendo lo que dices». Salió fuera al zaguán y un gallo cantó.
69La criada, al verlo, volvió a decir a los presentes: «Este es uno de ellos».
70Pero él de nuevo lo negaba. Al poco rato, también los presentes decían a Pedro: «Seguro que eres uno de ellos, pues eres galileo».
71Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar: «No conozco a ese hombre del que habláis».
72Y enseguida, por segunda vez, cantó el gallo. Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús: «Antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres», y rompió a llorar.
151Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, hicieron una reunión. Llevaron atado a Jesús y lo entregaron a Pilato.
2Pilato le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Él respondió: «Tú lo dices».
3Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
4Pilato le preguntó de nuevo: «¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan».
5Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba extrañado.
6Por la fiesta solía soltarles un preso, el que le pidieran.
7Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los rebeldes que habían cometido un homicidio en la revuelta.
8La muchedumbre que se había reunido comenzó a pedirle lo que era costumbre.
9Pilato les preguntó: «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».
10Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia.
11Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.
12Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó: «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?».
13Ellos gritaron de nuevo: «Crucifícalo».
14Pilato les dijo: «Pues ¿qué mal ha hecho?». Ellos gritaron más fuerte: «Crucifícalo».
15Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
16Los soldados se lo llevaron al interior del palacio —al pretorio— y convocaron a toda la compañía.
17Lo visten de púrpura, le ponen una corona de espinas, que habían trenzado,
18y comenzaron a hacerle el saludo: «¡Salve, rey de los judíos!».
19Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
20Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacan para crucificarlo.
21Pasaba uno que volvía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo; y lo obligan a llevar la cruz.
22Y conducen a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»),
23y le ofrecían vino con mirra; pero él no lo aceptó.
24Lo crucifican y se reparten sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.
25Era la hora tercia cuando lo crucificaron.
26En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos».
27Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.
28
29Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días,
30sálvate a ti mismo bajando de la cruz».
31De igual modo, también los sumos sacerdotes comentaban entre ellos, burlándose: «A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar.
32Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos». También los otros crucificados lo insultaban.
33Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona.
34Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí Eloí, lemá sabaqtaní (que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
35Algunos de los presentes, al oírlo, decían: «Mira, llama a Elías».
36Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber diciendo: «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo».
37Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
38El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
39El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».
40Había también unas mujeres que miraban desde lejos; entre ellas María la Magdalena, María la madre de Santiago el Menor y de Joset, y Salomé,
41las cuales, cuando estaba en Galilea, lo seguían y servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.
42Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado,
43vino José de Arimatea, miembro noble del Sanedrín, que también aguardaba el reino de Dios; se presentó decidido ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús.
44Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión, le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto.
45Informado por el centurión, concedió el cadáver a José.
46Este compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro.
47María Magdalena y María, la madre de Joset, observaban dónde lo ponían.
161Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús.
2Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro.
3Y se decían unas a otras: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?».
4Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida y eso que era muy grande.
5Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y quedaron aterradas.
6Él les dijo: «No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. Mirad el sitio donde lo pusieron.
7Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro: “Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo”».
8Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían.
9Resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios.
10Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando.
11Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.
12Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo.
13También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.
14Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.
15Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
16El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.
17A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas,
18cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».
19Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
20Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.