Sagrada Biblia
Mateo

Mateo

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11Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.
2Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos.
3Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zará, Fares engendró a Esrón, Esrón engendró a Arán,
4Arán engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón,
5Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé,
6Jesé engendró a David, el rey. David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón,
7Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asaf,
8Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías,
9Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías,
10Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amós, Amós engendró a Josías;
11Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.
12Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel,
13Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquín, Eliaquín engendró a Azor,
14Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquín, Aquín engendró a Eliud,
15Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob;
16y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
17Así, las generaciones desde Abrahán a David fueron en total catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta el Cristo, catorce.
18La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
19José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado.
20Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo.
21Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
22Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta:
23«Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».
24Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer.
25Y sin haberla conocido, ella dio a luz un hijo al que puso por nombre Jesús.
21Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén
2preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
3Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él;
4convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
5Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:
6“Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”».
7Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella,
8y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».
9Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
10Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría.
11Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
12Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.
13Cuando ellos se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
14José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto
15y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».
16Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos.
17Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
18«Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven».
19Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto
20y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño».
21Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
22Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea
23y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno.
31Por aquellos días, Juan el Bautista se presenta en el desierto de Judea, predicando:
2«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
3Este es el que anunció el profeta Isaías diciendo: «Voz del que grita en el desierto: | “Preparad el camino del Señor, | allanad sus senderos”».
4Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
5Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y de la comarca del Jordán;
6confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
7Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?
8Dad el fruto que pide la conversión.
9Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Tenemos por padre a Abrahán”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras.
10Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego.
11Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
12Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».
13Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice.
14Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
15Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió.
16Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
17Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
41Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo.
2Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
3El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
4Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
5Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo
6y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
7Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
8De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria,
9y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
10Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
11Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
12Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea.
13Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí,
14para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
15«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles.
16El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
17Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
18Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
19Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
20Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
21Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
22Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
23Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
24Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curó.
25Y lo seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania.
51Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos;
2y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
3«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
4Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
5Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
6Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
7Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
8Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
9Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
10Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
11Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.
12Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.
13Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
14Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
15Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
16Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.
17No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
18En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
19El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
20Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
21Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
22Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego.
23Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti,
24deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
25Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel.
26En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
27Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
28Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
29Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna.
30Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna.
31Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”.
32Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
33También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
34Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios;
35ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey.
36Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello.
37Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.
38Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”.
39Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra;
40al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto;
41a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos;
42a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
43Habéis oído que se dijo: “‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”.
44Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen,
45para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
46Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?
47Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?
48Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.
61Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.
2Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
3Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha;
4así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
5Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
6Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
7Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso.
8No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis.
9Vosotros orad así: “Padre nuestro que estás en el cielo, | santificado sea tu nombre,
10venga a nosotros tu reino, | hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
11danos hoy nuestro pan de cada día,
12perdona nuestras ofensas, | como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
13no nos dejes caer en la tentación, | y líbranos del mal”.
14Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial,
15pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.
16Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.
17Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara,
18para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.
19No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban.
20Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban.
21Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
22La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz;
23pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!
24Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
25Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido?
26Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?
27¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
28¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan.
29Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos.
30Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?
31No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir.
32Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.
33Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura.
34Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia.
71No juzguéis, para que no seáis juzgados.
2Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros.
3¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
4¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo?
5Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.
6No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros.
7Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá;
8porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
9Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?;
10y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente?
11Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!
12Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas.
13Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
14¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos.
15Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces.
16Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos?
17Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos.
18Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos.
19El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego.
20Es decir, que por sus frutos los conoceréis.
21No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
22Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”.
23Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”.
24El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca.
25Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
26El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena.
27Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».
28Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza,
29porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas.
81Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.
2En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».
3Extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Y enseguida quedó limpio de la lepra.
4Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».
5Al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole:
6«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho».
7Le contestó: «Voy yo a curarlo».
8Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano.
9Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».
10Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe.
11Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos;
12en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes».
13Y dijo Jesús al centurión: «Vete; que te suceda según has creído». Y en aquel momento se puso bueno el criado.
14Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a su suegra en cama con fiebre;
15le tocó su mano y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirle.
16Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos
17para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades».
18Viendo Jesús que lo rodeaba mucha gente, dio orden de cruzar a la otra orilla.
19Se le acercó un escriba y le dijo: «Maestro, te seguiré adonde vayas».
20Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
21Otro, que era de los discípulos, le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre».
22Jesús le replicó: «Tú, sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos».
23Subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron.
24En esto se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía.
25Se acercaron y lo despertaron gritándole: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!».
26Él les dice: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?». Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma.
27Los hombres se decían asombrados: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?».
28Llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gadarenos. Desde los sepulcros dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino.
29Y le dijeron a gritos: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?».
30A cierta distancia, una gran piara de cerdos estaba paciendo.
31Los demonios le rogaron: «Si nos echas, mándanos a la piara».
32Jesús les dijo: «Id». Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo al mar y murieron en las aguas.
33Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados.
34Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.
91Subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad.
2En esto le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados».
3Algunos de los escribas se dijeron: «Este blasfema».
4Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?
5¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”?
6Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —entonces dice al paralítico—: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”».
7Se puso en pie y se fue a su casa.
8Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.
9Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió.
10Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos.
11Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?».
12Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.
13Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores».
14Los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?».
15Jesús les dijo: «¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán.
16Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor.
17Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan».
18Mientras les decía esto, se acercó un jefe de los judíos que se arrodilló ante él y le dijo: «Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá».
19Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.
20Entre tanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orla del manto,
21pensando que con solo tocarle el manto se curaría.
22Jesús se volvió y al verla le dijo: «¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado». Y en aquel momento quedó curada la mujer.
23Jesús llegó a casa de aquel jefe y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente,
24dijo: «¡Retiraos! La niña no está muerta, está dormida». Se reían de él.
25Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano y ella se levantó.
26La noticia se divulgó por toda aquella comarca.
27Cuando Jesús salía de allí, dos ciegos lo seguían gritando: «Ten compasión de nosotros, hijo de David».
28Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo: «¿Creéis que puedo hacerlo?». Contestaron: «Sí, Señor».
29Entonces les tocó los ojos, diciendo: «Que os suceda conforme a vuestra fe».
30Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Cuidado con que lo sepa alguien!».
31Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca.
32Estaban ellos todavía saliendo cuando le llevaron a Jesús un endemoniado mudo.
33Y después de echar al demonio, el mudo habló. La gente decía admirada: «Nunca se ha visto en Israel cosa igual».
34En cambio, los fariseos decían: «Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios».
35Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.
36Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
37Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos;
38rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
101Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
2Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano;
3Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo;
4Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó.
5A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría,
6sino id a las ovejas descarriadas de Israel.
7Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos.
8Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis.
9No os procuréis en la faja oro, plata ni cobre;
10ni tampoco alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento.
11Cuando entréis en una ciudad o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis.
12Al entrar en una casa, saludadla con la paz;
13si la casa se lo merece, vuestra paz vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros.
14Si alguno no os recibe o no escucha vuestras palabras, al salir de su casa o de la ciudad, sacudid el polvo de los pies.
15En verdad os digo que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquella ciudad.
16Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas.
17Pero ¡cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas
18y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles.
19Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir,
20porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.
21El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán.
22Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará.
23Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra. En verdad os digo que no terminaréis con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del hombre.
24Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo;
25ya le basta al discípulo con ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados!
26No les tengáis miedo, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
27Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
28No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna.
29¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre.
30Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados.
31Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
32A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos.
33Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos.
34No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada.
35He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra;
36los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.
37El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí;
38y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
39El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
40El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado;
41el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
42El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».
111Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.
2Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle:
3«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?».
4Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo:
5los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados.
6¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!».
7Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento?
8¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios.
9Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.
10Este es de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”.
11En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.
12Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan.
13Los Profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan;
14él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo.
15El que tenga oídos, que oiga.
16¿A quién compararé esta generación? Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo:
17“Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”.
18Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio”.
19Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”. Pero la sabiduría se ha acreditado por sus obras».
20Entonces se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido:
21«¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza.
22Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras.
23Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy.
24Pues os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti».
25En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.
26Sí, Padre, así te ha parecido bien.
27Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
28Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.
29Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas.
30Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
121En aquel tiempo atravesó Jesús en sábado un sembrado; los discípulos, que tenían hambre, empezaron a arrancar espigas y a comérselas.
2Los fariseos, al verlo, le dijeron: «Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado».
3Les replicó: «¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre?
4Entró en la casa de Dios y comieron de los panes de la proposición, cosa que no les estaba permitida ni a él ni a sus compañeros, sino solo a los sacerdotes.
5¿Y no habéis leído en la ley que los sacerdotes pueden violar el sábado en el templo sin incurrir en culpa?
6Pues os digo que aquí hay uno que es más que el templo.
7Si comprendierais lo que significa “quiero misericordia y no sacrificio”, no condenaríais a los inocentes.
8Porque el Hijo del hombre es señor del sábado».
9Se dirigió a otro lugar y entró en su sinagoga.
10Había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Entonces preguntaron a Jesús para poder acusarlo: «¿Está permitido curar en sábado?».
11Él les respondió: «Supongamos que uno de vosotros tiene una oveja y que un sábado se le cae en una zanja, ¿no la agarra y la saca?
12Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Por lo tanto, está permitido hacer bien en sábado».
13Entonces le dijo al hombre: «Extiende tu mano». La extendió y quedó restablecida, sana como la otra.
14Al salir de la sinagoga, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús.
15Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron. Él los curó a todos,
16mandándoles que no lo descubrieran.
17Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías:
18«Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones.
19No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles.
20La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará, hasta llevar el derecho a la victoria;
21en su nombre esperarán las naciones».
22Entonces le fue presentado un endemoniado ciego y mudo, y lo curó, de suerte que el mudo hablaba y veía.
23Y toda la multitud asombrada decía: «¿No será este el hijo de David?».
24Pero los fariseos al oírlo dijeron: «Este expulsa los demonios con el poder de Belzebú, príncipe de los demonios».
25Pero él, dándose cuenta de sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido internamente va a la ruina y toda ciudad o casa dividida internamente no se mantiene en pie.
26Si Satanás expulsa a Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?
27Y si yo expulso los demonios con el poder de Belzebú, ¿vuestros hijos con el poder de quién los expulsan? Por eso ellos os juzgarán.
28Pero si yo expulso a los demonios por el Espíritu de Dios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios.
29¿Cómo podrá uno entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse su ajuar, si no ata primero al fuerte?
30El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.
31Por eso os digo que cualquier pecado o blasfemia serán perdonados a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada.
32Y quien diga una palabra contra el Hijo del hombre será perdonado, pero quien hable contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este mundo ni en el otro.
33Plantad un árbol bueno y el fruto será bueno; plantad un árbol malo y el fruto será malo; porque el árbol se conoce por su fruto.
34Raza de víboras, ¿cómo podéis decir cosas buenas si sois malos? Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca.
35El hombre bueno saca del caudal bueno cosas buenas, pero el hombre malo saca del caudal malo cosas malas.
36En verdad os digo que el hombre dará cuenta en el día del juicio de cualquier palabra inconsiderada que haya dicho.
37Porque por tus palabras serás declarado justo o por tus palabras serás condenado».
38Entonces algunos escribas y fariseos le dijeron: «Maestro, queremos ver un milagro tuyo».
39Él les contestó: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás.
40Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra.
41Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.
42Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.
43Cuando el espíritu inmundo sale del hombre anda vagando por lugares áridos en busca de reposo y no lo encuentra.
44Entonces dice: “Volveré a mi casa de donde salí”. Y al volver la encuentra deshabitada, barrida y arreglada.
45Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él y se mete a habitar allí; y el final de aquel hombre resulta peor que el comienzo. Así le sucederá a esta generación malvada».
46Todavía estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él.
47Uno se lo avisó: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo».
48Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».
49Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos.
50El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».
131Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar.
2Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla.
3Les habló muchas cosas en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar.
4Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.
5Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida;
6pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
7Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron.
8Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
9El que tenga oídos, que oiga».
10Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?».
11Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.
12Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene.
13Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender.
14Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver;
15porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”.
16Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen.
17En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.
18Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador:
19si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
20Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría;
21pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.
22Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril.
23Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».
24Les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo;
25pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó.
26Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña.
27Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
28Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
29Pero él les respondió: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo.
30Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».
31Les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo;
32aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas».
33Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta».
34Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada,
35para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».
36Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
37Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre;
38el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno;
39el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles.
40Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos:
41el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad,
42y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.
43Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.
44El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
45El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas,
46que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
47El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces:
48cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
49Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos
50y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
51¿Habéis entendido todo esto?». Ellos le responden: «Sí».
52Él les dijo: «Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».
53Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí.
54Fue a su ciudad y se puso a enseñar en su sinagoga. La gente decía admirada: «¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros?
55¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?
56¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?».
57Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: «Solo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta».
58Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe.
141En aquel tiempo, oyó el tetrarca Herodes lo que se contaba de Jesús
2y dijo a sus cortesanos: «Ese es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
3Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado, por motivo de Herodías, mujer de su hermano Filipo;
4porque Juan le decía que no le era lícito vivir con ella.
5Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta.
6El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos y le gustó tanto a Herodes,
7que juró darle lo que pidiera.
8Ella, instigada por su madre, le dijo: «Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
9El rey lo sintió, pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran,
10y mandó decapitar a Juan en la cárcel.
11Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven y ella se la llevó a su madre.
12Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús.
13Al enterarse Jesús se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados.
14Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos.
15Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida».
16Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer».
17Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».
18Les dijo: «Traédmelos».
19Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente.
20Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras.
21Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
22Enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
23Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
24Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.
25A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar.
26Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
27Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
28Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
29Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús;
30pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame».
31Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
32En cuanto subieron a la barca amainó el viento.
33Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».
34Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret.
35Y los hombres de aquel lugar apenas lo reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le trajeron a todos los enfermos.
36Le pedían tocar siquiera la orla de su manto. Y cuantos la tocaban quedaban curados.
151Entonces se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron:
2«¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?».
3Él les respondió: «¿Por qué quebrantáis vosotros el mandato de Dios en nombre de vuestra tradición?
4Pues Dios dijo: “Honra al padre y a la madre” y “El que maldiga al padre o a la madre es reo de muerte”.
5Pero vosotros decís: “Si uno dice al padre o a la madre: ‘Los bienes con que podría ayudarte son ofrenda sagrada’,
6ya no tiene que honrar a su padre o a su madre”. Y así invalidáis el mandato de Dios en nombre de vuestra tradición.
7Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, diciendo:
8“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
9El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”».
10Y, llamando a la gente, les dijo: «Escuchad y entended:
11no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre».
12Se acercaron los discípulos y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?».
13Respondió él: «La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz.
14Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».
15Pedro le dijo: «Explícanos esta parábola».
16Él les dijo: «¿También vosotros seguís sin entender?
17¿No comprendéis que todo lo que entra por la boca pasa al vientre y se expulsa en la letrina?,
18pero lo que sale de la boca brota del corazón; y esto es lo que hace impuro al hombre,
19porque del corazón salen pensamientos perversos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, difamaciones, blasfemias.
20Estas cosas son las que hacen impuro al hombre. Pero el comer sin lavarse las manos no hace impuro al hombre».
21Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.
22Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».
23Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando».
24Él les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
25Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame».
26Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
27Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
28Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija.
29Desde allí Jesús se dirigió al mar de Galilea, subió al monte y se sentó en él.
30Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies y él los curaba.
31La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y daban gloria al Dios de Israel.
32Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino».
33Los discípulos le dijeron: «¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?».
34Jesús les dijo: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos contestaron: «Siete y algunos peces».
35Él mandó a la gente que se sentara en el suelo.
36Tomó los siete panes y los peces, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente.
37Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete canastos llenos.
38Los que comieron eran cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños.
39Despidió a la multitud, montó en la barca y se dirigió a la región de Magadán.
161Se le acercaron los fariseos y saduceos y, para ponerlo a prueba, le pidieron que les mostrase un signo del cielo.
2Les contestó: «Al atardecer decís: “Va a hacer buen tiempo, porque el cielo está rojo”.
3Y a la mañana: “Hoy lloverá, porque el cielo está rojo oscuro”. ¿Sabéis distinguir el aspecto del cielo y no sois capaces de distinguir los signos de los tiempos?
4Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el de Jonás». Y dejándolos se marchó.
5Al pasar a la otra orilla, a los discípulos se les había olvidado tomar pan.
6Jesús les dijo: «Estad atentos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos».
7Discutían entre ellos diciendo: «Es porque no hemos cogido panes».
8Dándose cuenta Jesús dijo: «¡Gente de poca fe!, ¿por qué andáis discutiendo entre vosotros que no tenéis panes?
9¿Aún no entendéis? ¿No os acordáis de los cinco panes para los cinco mil?, ¿cuántos cestos sobraron?
10¿Ni de los siete panes para los cuatro mil?, ¿cuántas canastas sobraron?
11¿Cómo no comprendéis que no me refería a los panes? Guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos».
12Entonces comprendieron que no hablaba de guardarse de la levadura del pan, sino de la enseñanza de los fariseos y saduceos.
13Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
14Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
15Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
16Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
17Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
18Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
19Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
20Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.
21Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
22Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
23Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».
24Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
25Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.
26¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?
27Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.
28En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre en su reino».
171Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
2Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
3De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
4Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
5Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
6Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
7Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis».
8Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
9Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
10Los discípulos le preguntaron: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?».
11Él les contestó: «Elías vendrá y lo renovará todo.
12Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos».
13Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista.
14Cuando volvieron adonde estaba la gente, se acercó a Jesús un hombre que, de rodillas,
15le dijo: «Señor, ten compasión de mi hijo que es lunático y sufre mucho: muchas veces se cae en el fuego o en el agua.
16Se lo he traído a tus discípulos y no han sido capaces de curarlo».
17Jesús tomó la palabra y dijo: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros, hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo».
18Jesús increpó al demonio y salió; en aquel momento se curó el niño.
19Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: «¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?».
20Les contestó: «Por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: “Trasládate desde ahí hasta aquí”, y se trasladaría. Nada os sería imposible».
21
22Mientras recorrían juntos Galilea, les dijo Jesús: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres,
23lo matarán, pero resucitará al tercer día». Ellos se pusieron muy tristes.
24Cuando llegaron a Cafarnaún, los que cobraban el impuesto de las dos dracmas se acercaron a Pedro y le preguntaron: «¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?».
25Contestó: «Sí». Cuando llegó a casa, Jesús se adelantó a preguntarle: «¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños?».
26Contestó: «A los extraños». Jesús le dijo: «Entonces, los hijos están exentos.
27Sin embargo, para no darles mal ejemplo, ve al mar, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti».
181En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?».
2Él llamó a un niño, lo puso en medio
3y dijo: «En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.
4Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos.
5El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.
6Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar.
7¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo!
8Si tu mano o tu pie te induce a pecar, córtatelo y arrójalo de ti. Más te vale entrar en la vida manco o cojo que con las dos manos o los dos pies ser arrojado al fuego eterno.
9Y si tu ojo te induce a pecar, sácalo y arrójalo de ti. Más te vale entrar en la vida con un solo ojo que con los dos ser arrojado a la gehenna del fuego.
10Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial.
11
12¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida?
13Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.
14Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños.
15Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
16Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos.
17Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
18En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
19Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos.
20Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
21Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
22Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
23Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados.
24Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos.
25Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
26El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
27Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.
28Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”.
29El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
30Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
31Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.
32Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste.
33¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
34Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
35Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
191Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.
2Lo seguía una gran multitud y él los curaba allí.
3Se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?».
4Él les respondió: «¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer,
5y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”?
6De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
7Ellos insistieron: «¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?».
8Él les contestó: «Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así.
9Pero yo os digo que, si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— y se casa con otra, comete adulterio».
10Los discípulos le replicaron: «Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse».
11Pero él les dijo: «No todos entienden esto, solo los que han recibido ese don.
12Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda».
13Entonces le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban.
14Jesús dijo: «Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos».
15Les impuso las manos y se marchó de allí.
16Se acercó uno a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?».
17Jesús le contestó: «¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos».
18Él le preguntó: «¿Cuáles?». Jesús le contestó: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio,
19honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo».
20El joven le dijo: «Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?».
21Jesús le contestó: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme».
22Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico.
23Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos.
24Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos».
25Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: «Entonces, ¿quién puede salvarse?».
26Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».
27Entonces dijo Pedro a Jesús: «Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?».
28Jesús les dijo: «En verdad os digo: cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
29Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.
30Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros.
201Pues el reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña.
2Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
3Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo
4y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”.
5Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
6Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”.
7Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”.
8Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.
9Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
10Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno.
11Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
12“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
13Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario?
14Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti.
15¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.
16Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».
17Mientras iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino:
18«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte
19y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará».
20Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición.
21Él le preguntó: «¿Qué deseas?». Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».
22Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?». Contestaron: «Podemos».
23Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre».
24Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos.
25Y llamándolos, Jesús les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen.
26No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor,
27y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
28Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».
29Y al salir de Jericó le siguió una gran muchedumbre.
30Dos ciegos que estaban sentados al borde del camino oyeron que Jesús pasaba y se pusieron a gritar: «¡Ten compasión de nosotros, Señor, Hijo de David!».
31La muchedumbre los increpó para que se callaran, pero ellos gritaban más fuerte: «¡Ten compasión de nosotros, Señor, Hijo de David!».
32Entonces Jesús se detuvo, los llamó y les dijo: «¿Qué queréis que os haga?».
33Le respondieron: «Señor, que se abran nuestros ojos».
34Compadecido, Jesús les tocó los ojos, y al punto recobraron la vista y lo siguieron.
211Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, envió a dos discípulos
2diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis.
3Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto».
4Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:
5«Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”».
6Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús:
7trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó.
8La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada.
9Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!».
10Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién es este?».
11La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».
12Entró Jesús en el templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas.
13Y les dijo: «Está escrito: “Mi casa será casa de oración, pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos”».
14Se le acercaron en el templo ciegos y cojos, y los curó.
15Pero los sumos sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban en el templo «¡Hosanna al Hijo de David!», se indignaron
16y le dijeron: «¿Oyes lo que dicen estos?». Y Jesús les respondió: «Sí; ¿no habéis leído nunca: “De la boca de los pequeñuelos y de los niños de pecho sacaré una alabanza”?».
17Y dejándolos salió de la ciudad, a Betania, donde pasó la noche.
18De mañana, camino de la ciudad, tuvo hambre.
19Viendo una higuera junto al camino se acercó, pero no encontró en ella nada más que hojas y le dijo: «¡Que nunca jamás brote fruto de ti!». E inmediatamente se secó la higuera.
20Al verlo los discípulos se admiraron y decían: «¿Cómo es que la higuera se ha secado de repente?».
21Jesús les dijo: «En verdad os digo que si tuvierais fe y no vacilaseis, no solo haríais lo de la higuera, sino que diríais a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y así se realizaría.
22Todo lo que pidáis orando con fe, lo recibiréis».
23Jesús llegó al templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?».
24Jesús les replicó: «Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto.
25El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?». Ellos se pusieron a deliberar: «Si decimos “del cielo”, nos dirá: “¿Por qué no le habéis creído?”.
26Si le decimos “de los hombres”, tememos a la gente; porque todos tienen a Juan por profeta».
27Y respondieron a Jesús: «No sabemos». Él, por su parte, les dijo: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.
28¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”.
29Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue.
30Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
31¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?». Contestaron: «El primero». Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios.
32Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
33Escuchad otra parábola: «Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
34Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían.
35Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
36Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo.
37Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”.
38Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”.
39Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron.
40Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».
41Le contestan: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
42Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?
43Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.
44Y el que cayere sobre esta piedra se destrozará, y a aquel sobre quien cayere, lo aplastará».
45Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos.
46Y, aunque intentaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta.
221Volvió a hablarles Jesús en parábolas, diciendo:
2«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo;
3mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir.
4Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.
5Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios,
6los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
7El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
8Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían.
9Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.
10Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.
11Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta
12y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca.
13Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
14Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
15Entonces se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
16Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias.
17Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?».
18Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis?
19Enseñadme la moneda del impuesto». Le presentaron un denario.
20Él les preguntó: «¿De quién son esta imagen y esta inscripción?».
21Le respondieron: «Del César». Entonces les replicó: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
22Al oírlo se maravillaron y dejándolo se fueron.
23En aquella ocasión se le acercaron unos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron:
24«Maestro, Moisés mandó que cuando uno muere sin hijos, su hermano se case con la viuda para dar descendencia a su hermano.
25Pues bien, había entre nosotros siete hermanos. El primero se casó, murió sin hijos y dejó su mujer a su hermano.
26Lo mismo pasó con el segundo y con el tercero hasta el séptimo.
27Después de todos murió la mujer.
28Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque los siete han estado casados con ella».
29Les contestó Jesús: «Estáis equivocados porque no entendéis las Escrituras ni el poder de Dios.
30Cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres tomarán esposo; serán como ángeles en el cielo.
31Y a propósito de la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os dice Dios:
32“Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”? No es Dios de muertos, sino de vivos».
33Al oírlo la gente se admiraba de su enseñanza.
34Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar
35y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
36«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».
37Él le dijo: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”.
38Este mandamiento es el principal y primero.
39El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
40En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».
41Estando reunidos los fariseos, les propuso Jesús una cuestión:
42«¿Qué pensáis acerca del Mesías? ¿De quién es hijo?». Le respondieron: «De David».
43Él les dijo: «¿Cómo entonces David, movido por el Espíritu, lo llama Señor diciendo:
44“Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies”?
45Si David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?».
46Y ninguno pudo responderle nada ni se atrevió nadie en adelante a plantearle más cuestiones.
231Entonces Jesús habló a la gente y a sus discípulos,
2diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos:
3haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen.
4Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
5Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto;
6les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas;
7que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame rabbí.
8Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar rabbí, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
9Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
10No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.
11El primero entre vosotros será vuestro servidor.
12El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
13«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren.
14
15¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que viajáis por tierra y mar para ganar un prosélito, y cuando lo conseguís, lo hacéis digno de la gehenna el doble que vosotros!
16¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: “Jurar por el templo no obliga, jurar por el oro del templo sí obliga”!
17¡Necios y ciegos! ¿Qué es más, el oro o el templo que consagra el oro?
18O también: “Jurar por el altar no obliga, jurar por la ofrenda que está en el altar sí obliga”.
19¡Ciegos! ¿Qué es más, la ofrenda o el altar que consagra la ofrenda?
20Quien jura por el altar, jura por él y por cuanto hay sobre él;
21quien jura por el templo, jura por él y por quien habita en él;
22y quien jura por el cielo, jura por el trono de Dios y también por el que está sentado en él.
23¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello.
24¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello!
25¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno!
26¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera.
27¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre;
28lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad.
29¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y ornamentáis los mausoleos de los justos,
30diciendo: “Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas”!
31Con esto atestiguáis en vuestra contra, que sois hijos de los que asesinaron a los profetas.
32¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!
33¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo escaparéis del juicio de la gehenna?
34Mirad, yo os envío profetas y sabios y escribas. A unos los mataréis y crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad.
35Así recaerá sobre vosotros toda la sangre inocente derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el santuario y el altar.
36En verdad os digo, todas estas cosas caerán sobre esta generación».
37«¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y apedreas a quienes te han sido enviados, cuántas veces intenté reunir a tus hijos, como la gallina reúne a los polluelos bajo sus alas, y no habéis querido.
38Pues bien, vuestra casa va a quedar desierta.
39Os digo que a partir de ahora no me veréis hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».
241Cuando salió Jesús del templo y caminaba, se le acercaron sus discípulos, que le señalaron las edificaciones del templo,
2y él les dijo: «¿Veis todo esto? En verdad os digo que será destruido sin que quede allí piedra sobre piedra».
3Estaba sentado en el monte de los Olivos y se le acercaron los discípulos en privado y le dijeron: «¿Cuándo sucederán estas cosas y cuál será el signo de tu venida y del fin de los tiempos?».
4Jesús les respondió y dijo: «Estad atentos a que nadie os engañe,
5porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: “Yo soy el Mesías”, y engañarán a muchos.
6Vais a oír hablar de guerras y noticias de guerra. Cuidado, no os alarméis, porque todo esto ha de suceder, pero todavía no es el final.
7Se levantará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá hambre, epidemias y terremotos en diversos lugares;
8todo esto será el comienzo de los dolores.
9Os entregarán al suplicio y os matarán, y por mi causa os odiarán todos los pueblos.
10Entonces muchos se escandalizarán y se traicionarán mutuamente, y se odiarán unos a otros.
11Aparecerán muchos falsos profetas y engañarán a mucha gente,
12y, al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría;
13pero el que persevere hasta el final se salvará.
14Y se anunciará el evangelio del reino en todo el mundo como testimonio para todas las gentes, y entonces vendrá el fin.
15Cuando veáis la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el lugar santo (el que lee que entienda),
16entonces los que vivan en Judea huyan a los montes,
17el que esté en la azotea no baje a recoger nada en casa
18y el que esté en el campo no vuelva a recoger el manto.
19¡Ay de las que estén encintas o criando en aquellos días!
20Orad para que la huida no suceda en invierno o en sábado.
21Porque habrá una gran tribulación como jamás ha sucedido desde el principio del mundo hasta hoy, ni la volverá a haber.
22Y si no se acortan aquellos días, nadie podrá salvarse. Pero en atención a los elegidos se abreviarán aquellos días.
23Y si alguno entonces os dice: “El Mesías está aquí o allí”, no le creáis,
24porque surgirán falsos mesías y falsos profetas, y harán signos y portentos para engañar, si fuera posible, incluso a los elegidos.
25Os he prevenido.
26Si os dicen: “Está en el desierto”, no salgáis; “En los aposentos”, no les creáis.
27Pues como el relámpago aparece en el oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre.
28Donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres.
29Inmediatamente después de la angustia de aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna perderá su resplandor, las estrellas caerán del cielo y los astros se tambalearán.
30Entonces aparecerá en el cielo el signo del Hijo del hombre. Todas las razas del mundo harán duelo y verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria.
31Enviará a sus ángeles con un gran toque de trompeta y reunirán a sus elegidos de los cuatro vientos, de un extremo al otro del cielo.
32Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca;
33pues cuando veáis todas estas cosas, sabed que él está cerca, a la puerta.
34En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda.
35El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
36En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles de los cielos ni el Hijo, sino solo el Padre.
37Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé.
38En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca;
39y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre:
40dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán;
41dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán.
42Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
43Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa.
44Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
45¿Quién es el criado fiel y prudente, a quien el señor encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas?
46Bienaventurado ese criado, si el señor, al llegar, lo encuentra portándose así.
47En verdad os digo que le confiará la administración de todos sus bienes.
48Pero si dijere aquel mal siervo para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”,
49y empieza a pegar a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos,
50el día y la hora que menos se lo espera, llegará el amo
51y lo castigará con rigor y le hará compartir la suerte de los hipócritas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
251Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo.
2Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes.
3Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite;
4en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
5El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
6A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”.
7Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas.
8Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”.
9Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”.
10Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
11Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”.
12Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”.
13Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».
14«Es como un hombre que, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes:
15a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó.
16El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco.
17El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos.
18En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.
19Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos.
20Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”.
21Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.
22Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”.
23Su señor le dijo: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.
24Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces,
25tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”.
26El señor le respondió: “Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo?
27Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses.
28Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez.
29Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene.
30Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”».
31«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria
32y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.
33Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.
34Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.
35Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis,
36estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.
37Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?;
38¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?;
39¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.
40Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.
41Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.
42Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber,
43fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.
44Entonces también estos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”.
45Él les replicará: “En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”.
46Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».
261Cuando acabó Jesús todos estos discursos, dijo a sus discípulos:
2«Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua y el Hijo del hombre va a ser entregado para ser crucificado».
3Entonces se reunieron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo en la casa del sumo sacerdote, llamado Caifás,
4y se pusieron de acuerdo para prender a Jesús a traición y darle muerte.
5Pero decían: «Durante la fiesta no, para que no se ocasione un tumulto entre el pueblo».
6Hallándose Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso,
7se le acercó una mujer llevando un frasco de alabastro con perfume muy caro y lo derramó sobre su cabeza mientras estaba a la mesa.
8Al verlo los discípulos se indignaron y dijeron: «¿A qué viene este derroche?
9Esto se podía haber vendido muy caro y haber dado el producto a los pobres».
10Dándose cuenta Jesús les dijo: «¿Por qué molestáis a la mujer? Ha hecho conmigo una obra buena.
11Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre.
12Al derramar el perfume sobre mi cuerpo, estaba preparando mi sepultura.
13En verdad os digo que en cualquier parte del mundo donde se proclame este Evangelio se hablará también de lo que esta ha hecho, para memoria suya».
14Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes
15y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?». Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata.
16Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
17El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
18Él contestó: «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
19Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
20Al atardecer se puso a la mesa con los Doce.
21Mientras comían dijo: «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».
22Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro: «¿Soy yo acaso, Señor?».
23Él respondió: «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar.
24El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
25Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?». Él respondió: «Tú lo has dicho».
26Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».
27Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo: «Bebed todos;
28porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados.
29Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».
30Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.
31Entonces Jesús les dijo: «Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”.
32Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».
33Pedro replicó: «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».
34Jesús le dijo: «En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».
35Pedro le replicó: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré». Y lo mismo decían los demás discípulos.
36Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».
37Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.
38Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».
39Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
40Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No habéis podido velar una hora conmigo?
41Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
42De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
43Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño.
44Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.
45Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo: «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
46¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
47Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.
48El traidor les había dado esta contraseña: «Al que yo bese, ese es: prendedlo».
49Después se acercó a Jesús y le dijo: «¡Salve, Maestro!». Y lo besó.
50Pero Jesús le contestó: «Amigo, ¿a qué vienes?». Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron.
51Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
52Jesús le dijo: «Envaina la espada: que todos los que empuñan espada, a espada morirán.
53¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles.
54¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».
55Entonces dijo Jesús a la gente: «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis.
56Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas». En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
57Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos.
58Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello.
59Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte
60y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos
61que declararon: «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».
62El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».
63Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
64Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».
65Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo: «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia.
66¿Qué decidís?». Y ellos contestaron: «Es reo de muerte».
67Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon
68diciendo: «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».
69Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo: «También tú estabas con Jesús el Galileo».
70Él lo negó delante de todos diciendo: «No sé qué quieres decir».
71Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí: «Este estaba con Jesús el Nazareno».
72Otra vez negó él con juramento: «No conozco a ese hombre».
73Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».
74Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo: «No conozco a ese hombre». Y enseguida cantó un gallo.
75Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.
271Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús.
2Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
3Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos
4diciendo: «He pecado entregando sangre inocente». Pero ellos dijeron: «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».
5Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó.
6Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron: «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas porque son precio de sangre».
7Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros.
8Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre».
9Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel,
10y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».
11Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió: «Tú lo dices».
12Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada.
13Entonces Pilato le preguntó: «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».
14Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado.
15Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera.
16Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás.
17Cuando la gente acudió, dijo Pilato: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».
18Pues sabía que se lo habían entregado por envidia.
19Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».
20Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
21El gobernador preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?». Ellos dijeron: «A Barrabás».
22Pilato les preguntó: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?». Contestaron todos: «Sea crucificado».
23Pilato insistió: «Pues, ¿qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban más fuerte: «¡Sea crucificado!».
24Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!».
25Todo el pueblo contestó: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
26Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
27Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte:
28lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura
29y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!».
30Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza.
31Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
32Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.
33Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»),
34le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo.
35Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes
36y luego se sentaron a custodiarlo.
37Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
38Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
39Los que pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza,
40decían: «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».
41Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:
42«A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos.
43Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”».
44De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
45Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra.
46A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: Elí, Elí, lemá sabaqtaní (es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
47Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron: «Está llamando a Elías».
48Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.
49Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».
50Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.
51Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron,
52las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron
53y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
54El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: «Verdaderamente este era Hijo de Dios».
55Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo;
56entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
57Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús.
58Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran.
59José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia,
60lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.
61María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
62A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato
63y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: “A los tres días resucitaré”.
64Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».
65Pilato contestó: «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».
66Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.
281Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro.
2Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima.
3Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve;
4los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos.
5El ángel habló a las mujeres: «Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado.
6No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía
7e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado».
8Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.
9De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.
10Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
11Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido.
12Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma,
13encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais.
14Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».
15Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.
16Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
17Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
18Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
19Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo;
20enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».