La liturgia de hoy nos ayuda a vivir los sentimientos de Cristo ante la Pasión: «Sálvame del hombre traidor y malvado. Tú eres mi Dios y protector» (ant. de entrada). La eucaristía hace presente el amor de Cristo por nosotros en su Pasión (cf. 1.ª orac.). La comunión eucarística hoy hará que nuestra unión con Cristo, en vísperas de su misterio pascual, sea una realidad que nos lleve a ser contados entre los miembros de Cristo (cf. orac. después de la comunión). Esta es la meta de nuestra conversión cuaresmal; pero todavía no la hemos alcanzado. Tenemos que acompañar a Cristo hasta el final: «Corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús» (2 lect.) (Comentario para el V domingo de Cuaresma de Calendario Litúrgico-Pastoral 2018-2019).

 

Ahora – dice el Señor -, convertíos a mí de todo corazón, porque soy compasivo y misericordioso. 

Jn 8, 1-11. El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor».

Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Otras lecturas del día:

– Is 43, 16- 21. Mirad que realizo algo nuevo; daré de beber a mi pueblo.

Esto dice el Señor, que abrió camino en el mar y una senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, la tropa y los héroes: caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue.

«No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis Abriré un camino en el desierto, corrientes en el yermo.

Me glorificarán las bestias salvajes, chacales y avestruces, porque pondré agua en el desierto, corrientes en la estepa, para dar de beber a mi pueblo elegido, a este pueblo que me he formado para que proclame mi alabanza”.

– Sal 125. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres
Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sion,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua, de cantares.
Hasta los gentiles decían:
“El Señor ha estado grande con ellos”.
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.
Recoge, Señor, a nuestros cautivos
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares.
Al ir, iban llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelven cantando,
trayendo sus gavillas.

 

– Flp 3, 8-14. Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte

Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.

Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos.

No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo.

Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús.