Comentarios lecturas de Pascua

Comentarios lecturas de Pascua

28 de abril – II Domingo de Pascua

Alabamos hoy a Dios porque es eterna su misericordia (sal. resp.). Ese debe ser nuestro sentimiento una vez que hemos sido renovados por los sacramentos de la iniciación cristiana (cf. 1.ª orac.), un don gratuito de Dios para nosotros. Los apóstoles con su fe y sus carismas hacían signos y prodigios y por eso crecía el número de los creyentes (cf. 1 lect.). Hoy decrece ese número… ¿No será por la falta de una vivencia más auténtica de la fe por parte nuestra? El domingo –el octavo día– es el día del encuentro con el Señor Resucitado, en quien creemos por la gracia de Dios, sin haberlo visto. Nos bastan los signos –la Palabra, la eucaristía, las «llagas de nuestros hermanos más necesitados»– para descubrir que el Señor sigue presente entre nosotros (cf. Ev. y 2 lect.).

5 de mayo – III Domingo de Pascua

La alegría es una de las características de este domingo. Alegría de haber recobrado la adopción filial, al vernos renovados y rejuvenecidos en el espíritu (cf. 1.ª orac.). Por eso ofrecemos hoy el pan y el vino exultantes de un gozo, esperando que sea un día eterno (cf. orac. sobre las ofrendas). Un gozo que vivieron ya los apóstoles cuando salieron contentos del Consejo por haber recibido los azotes por testimoniar, con la ayuda del Espíritu Santo, la resurrección de Jesucristo (1 lect.). Y es que ellos estuvieron con el Señor Resucitado, que se les manifestó a través de signos como la pesca milagrosa y les ofreció el pan para comer (Ev.). En la misa, nos sigue ofreciendo el pan de su cuerpo resucitado. Alabemos al Cordero que quita el pecado del mundo (cf. 2 lect.).

12 de mayo – Domingo IV de Pascua

Somos el débil rebaño del Hijo y comenzaremos la celebración pidiendo «tener parte en la admirable victoria de nuestro Pastor» (1.ª orac.). Una victoria que ha comenzado ya en los sacramentos de la iniciación cristiana y en el testimonio de vida incluso hasta en el martirio. Es lo que expresan las vestiduras blancas y las palmas en las manos de los que están de pie delante del Cordero (2 lect.) y que alcanzará su plenitud cuando podamos gozar eternamente de las verdes praderas de su reino (cf. orac. después de la comunión). Todos están llamados a recibir esa vida eterna que solo puede dar Cristo, el Buen Pastor (cf. Ev.). Y será la labor evangelizadora, llevada a cabo desde las diversas vocaciones y carismas, la que hará llegar a todo el mundo ese mensaje salvador (cf. 1 lect.).

19 de mayo – Domingo de Pascua

Dios ha hecho maravillas con nosotros. Por eso debemos cantarle un cántico nuevo (ant. de entrada). Esa acción salvadora de Dios nos llega a través de la acción evangelizadora de la Iglesia (cf. 1 lect.). Y nosotros debemos difundir la fe en Cristo Resucitado con nuestras palabras y ejemplos. Y será nuestro amor fraterno lo que nos distinguirá en el mundo como discípulos de Cristo. Es el mandamiento nuevo que nos dejó como encargo: «Que os améis unos a otros, como yo os he amado» (Ev.). Es decir, que tenemos que amarnos mutuamente hasta dar la vida por el otro como Cristo ha hecho con nosotros. La eucaristía es la fuente de ese amor, la caridad que nos lleva a dar la vida por los demás.

26 de mayo – VI Domingo  de Pascua

Se acerca el momento en que Jesús Resucitado subirá al cielo. Pero, puesto que Jesús nos ama, no nos dejará solos en medio del mundo. Seguirá con nosotros de una manera nueva pero no menos real que la anterior. Promete hacer morada en los que lo amen y guarden su Palabra. Después promete a los apóstoles que el Espíritu Santo que enviará el Padre les irá enseñando todo y recordando todo lo que Jesús les dijo (Ev.). Esta certeza es la que hará a la comunidad de Jerusalén, con los apóstoles al frente, decir con plena seguridad: «Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros…» (1 lect.). Cristo nos deja su paz para siempre. Es la paz que brotó del sacrificio de la cruz y que brota del altar para todos nosotros cada vez que celebramos el misterio de la eucaristía.

2 de junio – VII Domingo de Pascua. Solemnidad de la Ascensión del Señor

Con la ascensión del Señor se consuma la encarnación del Verbo que ha glorificado en sí a la naturaleza humana que había asumido para redimirla (cf. orac. después de la comunión). La presencia de Cristo glorificado a la derecha del Padre es una presencia de intercesión sacerdotal por todos nosotros. Él nos enviará el Espíritu que actuará siempre con nosotros en la labor de anunciar la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos (cf. Ev.). Él es, por tanto, el autor de la santidad y la gracia que se nos da en los sacramentos (cf. Pf. para después de la ascensión). El Señor volverá al fin de los tiempos para dar plenitud a lo que ha comenzado a gestarse en su ascensión: nuestra entrada definitiva en la casa del Padre (cf. 1.ª orac.).

9 de junio – Domingo de Pentecostés

El misterio pascual culmina con el envío del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los apóstoles (1 lect.). Pentecostés es la fiesta de la Nueva Alianza, con una ley no escrita en tablas de piedra sino en el corazón de los creyentes por el Espíritu Santo que hemos recibido. Su venida dio lugar al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia. Por eso, bautizados en un mismo Espíritu formamos un solo cuerpo (2 lect.): un solo cuerpo místico de Cristo, dado a luz espiritualmente por María, la Madre de la Iglesia, por obra y gracia del Espíritu Santo en Pentecostés. Jesús nos había prometido no dejarnos solos cuando se fuera y que nos enviaría al Espíritu Santo, que, por el ministerio de la Iglesia, nos sigue perdonando los pecados y dándonos su gracia (cf. Ev.).

Fuente: Calendario Litúrgico Pastoral 2018-2019


Tiempo Pascual: ¡El Señor ha resucitado! ¡Aleluya!