Cristo, fundamento único de la Iglesia (1 Cor 3,1-23)

Cristo, fundamento único de la Iglesia (1 Cor 3,1-23)

Semana de Oración por la Unidad 2005

 

Cada año, del 18 al 25 de enero, todos los cristianos somos convocados de manera muy especial para orar por la unidad. Aunque son muchos los aspectos que nos unen, todavía estamos separados unos de otros. Ante esta anómala situación, no podemos permanecer impasibles, como si no nos afectara o no tuviéramos nada que hacer. Al contrario: hemos de seguir fielmente a nuestro Señor Jesucristo que ha querido que la comunidad de sus discípulos, la Iglesia, fuera una sola cosa en El.

1. Sentido de la oración por la unidad de los cristianos

La Semana de oración por la unidad nos interpela sobre la actual división, que contrasta con la voluntad de Jesucristo y que disminuye la capacidad evangelizadora de la Iglesia.

Al rezar por la unidad plena de los cristianos nos unimos a la oración de Jesús la víspera de su muerte: “No ruego sólo por éstos sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que sean todos uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 20-21). Jesucristo elevado al cielo intercede siempre ante el Padre por nosotros para que vivamos como hermanos.

Al orar por la unidad de los cristianos reconocemos que en el corazón del ecumenismo está la súplica perseverante a Dios para que nos envíe su Espíritu de concordia y de paz. La oración nos hace disponibles para trabajar sin desmayos, a pesar de los obstáculos, según los planes de Dios, que quiere la unidad de sus hijos. La Semana de oración por la unidad de los cristianos, que ha sido desde su origen como un despertador de nuestra conciencia para sintonizar con la voluntad del Señor sobre su Iglesia y fermento del movimiento ecuménico, debe purificar nuestro corazón de prejuicios, otorgarnos humildad para reconocer nuestros fallos y disponernos a la reconciliación.

Cuando en la oración toman parte cristianos, aún separados pero que aspiran hondamente a la unidad plena y visible, adquiere el encuentro una significación particular; invitamos a que en la medida de lo posible se organicen entre las diversas confesiones cristianas estas celebraciones de oración. Orar juntos empuja hacia la concordia; recitar unidos el Padrenuestro expresa y fomenta la unidad de la fe. Jesucristo, que ha prometido estar con nosotros cuando nos reunimos en su nombre (cf. Mt 18,20), nos fortalece con su presencia para recorrer los caminos de la unificación.

2. “Cristo, fundamento único de la Iglesia”

Es el lema de este año para la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Resume la respuesta de san Pablo a los fieles de Corinto, que por actitudes contrarias a la condición cristiana estaban divididos, apuntándose a grupos rivales con su líder a la cabeza (cf. 1 Cor 1, 10-4,21). Pablo, Pedro, Apolo y otros apóstoles son colaboradores del Señor y ministros del Evangelio, que han desarrollado diversas tareas en la comunidad; pero “nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo” (1 Cor 3,11). Los apóstoles deben ser servidores de Cristo y administradores fieles de los misterios de Dios (cf. 1 Cor 4,1). El bien excelente de la unidad de la Iglesia ha necesitado desde el principio ser reafirmado sobre sus fundamentos y ser recordado en la exhortación cristiana frente a las disensiones y escándalos.

El que Jesucristo sea el único fundamento puesto por Dios (cf. Act 4, 11-12; Ef 2, 19-22; 1 Ped 2,4 ss), sobre el cual se edifica la Iglesia, significa que por El hemos recibido la salvación, que El es nuestra paz (cf. Ef 2,14 ss) y que al margen de la unión con Jesucristo no puede afianzarse la unidad auténtica entre sus discípulos. Volviendo a Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn 14,6), hallamos los cristianos la fuente y la base de nuestra concordia. Si confesamos por la fe al mismo Cristo, debemos estar unidos en un mismo cuerpo. Nuestra unión será tanto más estrecha cuanto más unidos estemos todos con Jesucristo.

La Iglesia está inseparablemente unida a Cristo, como el rebaño a su pastor (cf. Jn 10,16) y como el sarmiento a la vid (15,5), porque su identidad y su misión es la misma que Cristo le ha confiado. La fe en Jesucristo, presente en medio de nosotros, nos reúne a los cristianos en una comunidad de hermanos e hijos de Dios por el bautismo.

No puede darse en el cristiano una disociación o disyuntiva entre Jesucristo y la Iglesia, como si para ser cristiano bastara con asumir el Evangelio solamente en el ámbito personal excluyendo la comunidad eclesial; ni tampoco sería correcto acentuar los aspectos organizativos de la Iglesia más que el Evangelio de Jesucristo, que ha de ser anunciado, celebrado y vivido personal y eclesialmente. Jesucristo continúa presente en la Iglesia, y ésta es su prolongación en la tierra. En este sentido se comprende cómo Jesucristo es su fundamento sobre el cual la Iglesia debe ser edificada.

3. Un edificio de piedras vivas

El Concilio Vaticano II nos señala que los Apóstoles construyeron la Iglesia sobre ese fundamento que le da solidez y cohesión (LG 6). Por ello, el cartel de este año nos presenta las piedras vivas, que somos todos los cristianos, y todos juntos, bien unidos y apoyados en Cristo, formamos la Iglesia. Es una llamada a todos los cristianos, para que cada uno mire el fundamento que pone, que no puede ser otro que el Hijo de Dios hecho hombre.

Estamos llamados, pues, a ahondar nuestras raíces en Jesucristo, que nos ha confiado el Evangelio en el que se contiene su mensaje de amor, de unidad, de paz, para después anunciarlo con nuestra vida y nuestras palabras. Por ello, necesitamos conocerlo y
llevarlo a nuestra vida en privado y en público. El verdadero reto que tenemos todos los cristianos es conocer y comprender a la Iglesia desde Cristo y sólo desde El. Por ello, si ignoramos a Cristo y su mensaje, la imagen de la Iglesia queda totalmente desvirtuada.

El Papa Juan Pablo II nos ha recordado, en numerosas ocasiones, que Europa ha de revitalizarse mediante la vuelta a sus raíces. De manera especial lo ha recordado cuando se están poniendo los cimientos de la nueva Europa, que debe respirar con sus dos pulmones. También los cristianos estamos necesitados de descubrir nuestros orígenes, nuestras raíces, ir al fondo de nuestro ser cristiano. El camino de la unidad de los cristianos consiste en “ir juntos” hacia Cristo y hacia la unidad visible querida por El, de tal modo que la unidad en la diversidad brille en la Iglesia como don del Espíritu Santo, artífice de la comunión (Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, 30).

4. La Eucaristía, sacramento de unidad de la Iglesia y escuela de paz

El presente Año de la Eucaristía es una oportunidad para entrar más intensamente en el dinamismo de unidad y de paz que la caracteriza.

Jesús murió para reunir a los hijos de Dios dispersos (cf. Jn 11,52); y en la celebración eucarística ofrecemos a Dios “el sacrificio de la reconciliación perfecta”. Por esto, pedimos al Padre que al participar del banquete pascual de su Hijo, que es “sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad” (San Agustín), nos conceda el Espíritu Santo para que desaparezcan los obstáculos en el camino de la concordia y la Iglesia sea en medio de los hombres signo de unidad e instrumento de paz.

La participación en la Eucaristía es fermento de unidad en la Iglesia y acicate de amor a los hermanos, y también impulso a la reunificación de todos los cristianos y a la pacificación de la humanidad entera.

“La Eucaristía no es sólo expresión de comunión en la vida de la Iglesia; es también proyecto de solidaridad para toda la humanidad… El cristiano que participa en la Eucaristía aprende de ella a hacerse promotor de comunión, de paz, de solidaridad en todas las circunstancias de la vida. La desgarrada imagen de nuestro mundo, que ha iniciado el nuevo milenio con el fantasma del terrorismo y la tragedia de la guerra, convoca más que nunca a los cristianos a vivir la Eucaristía como una gran escuela de paz” (Juan Pablo II, Carta apostólica Mane nobiscum, Domine, 27).

Cristo, fundamento único de la Iglesia, está presente de manera singular en la Eucaristía como llamada a la unidad plena y visible de la Iglesia. En la mesa eucarística se acrecienta el deseo de unidad con todos los cristianos y de paz entre todos los hombres.

Os saludamos con todo afecto:


Ricardo, Obispo de Bilbao y Presidente
Agustín, Arzobispo de Valencia
Jesús, Obispo de Ávila
Esteban, Obispo auxiliar de Valencia